La solidaridad de los excluidos 

En Contracorriente nos comenzamos a preguntar cómo podremos mantenernos creativos si estamos sumergidos en la información. Salimos a respirar un poco, solo para tomar el aliento para hablar, hacer entrevistas, guiones, infografías, boletines, reportajes de investigación, fotografías, y todo lo que nos dedicamos a producir en nuestro oficio periodístico. Cómo mantenernos en esa dinámica con el temor que implica salir y estar expuestas y expuestos al contagio, pero también a dejarnos llevar por el pesimismo. Así decidimos que nos dedicaremos a buscar, también, historias de solidaridad, de respuesta comunitaria a la pandemia y a la crisis social que esto ha agudizado. No hay esfuerzo grande o pequeño, uno más útil que el otro, o uno más trascendental que el otro, solo acciones de respuesta organizada.

La barra Ultrafiel

Un león bordado en la gorra que viste una niña en la comunidad de Sabana Redonda, el león es el símbolo del Club Deportivo Olimpia, equipo que apoya la barra Ultra Fiel, 17 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Hace dos semanas, recibimos fotografías de una entrega de comida que realizaron peñas organizadas de la barra deportiva Ultra Fiel (hinchas del equipo capitalino Olimpia) a varias comunidades en el norte del país. Este grupo de jóvenes que viven en barrios y comunidades vulnerables, se organizaron para llevar comida a personas en calamidad, tras la emergencia por COVID-19. El líder de la barra, a nivel nacional, Melbin Servellón, nos contaba —en una primera entrevista por teléfono— que en el norte del país reunieron comida para llevar a más de 200 familias que se encuentran en situación precaria. No eran familiares de sus miembros, eligieron según iban viendo la necesidad expresada, tanto en redes sociales o en llamados personales, a algunos miembros.

El valle de Sula entró en fase 4 de contagio. Varios municipios se cerraron totalmente y muchas empresas suspendieron los contratos a sus empleados por 4 meses sin goce de salario. Allí en esa zona, en los municipios de Villanueva, La Lima y San Pedro Sula, la barra Ultrafiel se organizó —así como cuando se organiza para ir a un partido a alentar a su equipo— esta vez para asistir a la gente que más necesita. En el sur del país, en Choluteca, llevaron comida para un grupo de migrantes procedentes de África, Haití y Cuba, que en su tránsito quedaron varados en las calles de esa ciudad.

«Esto no es para limpiar nombres, es para ayudar al pueblo», reitera Melbin, quien además explica que las peñas tienen sus fondos. Entre todos juntan el dinero, compran la comida y arman las bolsas, después de tener ya identificados los barrios, esos que no están en vulnerabilidad por tener muchos casos de coronavirus, sino por la falta de empleo y comida.

Una anciana carga los alimentos que fueron donados por miembros de la barra Ultra Fiel, Lepaterique, 17 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

En Honduras, las barras deportivas son llamadas «barras bravas» y han sido emisoras y receptoras de una violencia que ya ha cobrado cientos de vidas, según los datos de los propios barristas. La dirigencia de la Ultra Fiel registra alrededor de 500 miembros activos de la barra asesinados entre 1998 y 2016, muchos de estos en enfrentamientos con barras contrarias. La violencia ha ido disminuyendo, pero el Observatorio de la Violencia de la UNAH, en su reporte de 2019, resaltó que al menos 17 personas miembros de barras fueron asesinadas y que se reportaron alrededor de 15 denuncias por violencia sexual en estos grupos. En varias ocasiones los han colocado en lista de grupos criminales, junto a las maras y pandillas (cosa que los ha puesto en riesgo mortal). En muchas ocasiones han sido reprimidos en el estadio o a sus alrededores por pleitos entre contrarias.

Por la cuarentena no hay partidos. Aún no se sabe qué pasará con el campeonato y, juntarse solamente, sin necesidad de entrar a los golpes, podría llevarlos a prisión por 24 horas. Con este panorama, los jóvenes de esta barra decidieron reinventarse y usar la organización y la disciplina con la que cuentan, para alentar a su equipo, esta vez para llevar comida a las personas que siguen esperando el saco o la bolsa del programa Honduras Solidaria.

El gobierno ha destinado más de 300 millones de lempiras para el programa Honduras Solidaria y con esto aun no cubrirán ni el 50 % de la población en pobreza extrema de cada municipio. La falta de transparencia en las compras y los actos de corrupción, llenan a la gente de desconfianza y aunque no sea una solución a la crisis social que se ha agudizado por la pandemia en Honduras, la gente busca salidas. Los jóvenes de la Ultra fiel sacan sus ahorros, incomparables con los millones aprobados por el gobierno. 

En Tegucigalpa se juntó primero la peña Santa Fé para visitar el barrio Mirador de Oriente. D (así lo llamaremos), miembro de esta peña, me contó que ese día fueron a visitar 80 casas. «Primero pensamos en nuestro núcleo, las personas con más bajos recursos, a nuestros integrantes de peña y al pueblo en general». Santa fe tiene alrededor de 130 miembros y ese dinero que reúnen les sirve para sus viajes, sus instrumentos, mantas y actividades que realizan como barra. «Es lindo ver la cara de alegría de la gente, porque el gobierno no se pronuncia, ellos son invisibles así como nosotros», explica D.

Un hombre rocía con una mezcla de agua, cloro y detergente a los miembros de la peña Invasores de la Ultra Fiel, a su ingreso a Lepaterique, donde tuvieron una jornada de donación de alimentos y agua, 17 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

La segunda movilización de la barra, en Tegucigalpa, fue de la peña Los Invasores. Decidieron ir un poco más allá y llevarle comida a comunidades rurales en Lepaterique, municipio vecino del Distrito Central. El camino no es fácil para estos jóvenes, aun cuando sus intenciones sean las mejores. El estigma que cargan llena de adrenalina el recorrido. Los retenes policiales y militares son el primer obstáculo: que si no hay permiso, que si vienen con prensa igual es prohibido filmar, y a regañadientes, les revisan con detalle los vehículos y auscultándolos con la mirada, al final los dejan pasar. Luego los retenes comunitarios que —a pesar de la desconfianza de quienes podrían traer el virus al pueblo— no pasan del baño de un líquido que es una mezcla entre cloro, vinagre y bicarbonato, para que la comida llegue a su destino pero bien desinfectada.

Melbin lo dijo en una de las comunidades al repartir alrededor de 40 bolsas de provisión:  «nuestra realidad no es tan distinta a la suya. Esta ayuda sale de los que no tenemos para los que tampoco tienen». En ese momento, una anciana comenzó a llorar, porque lo que se veía allí, enmedio de esas bolsas de comida, era algo mucho más grande. La chica vestida con su camiseta de colores vivos y mascarilla diseñada por ella misma, dando la mano a la madre de 4 hijos, embarazada, que ha quedado sin trabajo por la cuarentena y lleva días sin comer. Allí entre los colores rojo, azul y blanco de la manta de la peña, el contraste con el bosque de pino y los niños desnutridos que aparecían de repente bajando del cerro, lo que se veía era la unión de los excluidos del campo y la ciudad, y la esperanza de que un pueblo así sale de la crisis que se venga.

Güiran: significa «pueblo», en lenca

Todo comenzó por una publicación en su perfil de Facebook, ahora son más de 200 voluntarios fabricando escudos faciales,  filtros de aislamiento, aeroboxes y un ventilador mecánico para respiración artificial en San Pedro Sula. El arquitecto Josué Castro escribió en su muro una invitación a sus colegas para construir el equipo médico de manera gratuita, ante las denuncias de que los hospitales estaban desabastecidos, cuando inició la emergencia por COVID-19 el 21 de marzo de este año. La crisis se aceleró, sobre todo en su ciudad. Castro, comenzó identificando quiénes en San Pedro Sula cuentan con una impresora 3D, identificó 51. Luego descargó una patente que una empresa internacional liberó en internet para construir los escudos. La iniciativa se volvió «viral» (ya no sé si esta sea la mejor palabra). Ahora ya no solo fabrican escudos o caretas de protección facial,  sino que también trabajan en la construcción de un ventilador mecánico para respiración artificial. A la iniciativa se unen médicos, ingenieros en mecatrónica y, de manera temporal, se suma la Universidad Tecnológica de Honduras (UTH) y la Universidad Tecnológica (UNITEC) que aún les apoya brindando un espacio para todo el trabajo.

«Han sido tres semanas intensas, esta es una iniciativa ciudadana y lo organizamos desde el whatsapp y las redes sociales», cuenta el arquitecto Castro, quien ahora ha trasladado todo a una página en facebook que se llama Güiran, el nombre que decidieron ponerle al grupo, una palabra en lenca que quiere decir “pueblo”, «porque es el pueblo el que se volcó a responder a la crisis, en este caso a los médicos y empleados de salud», explica. Castro cuenta que han donado 8000 escudos faciales, valorados en 80 lempiras cada uno, dos filtros de aislamiento (camillas especiales para transportar infectados), valorados en 20 000 lempiras cada uno,  tres cabinas de desinfección, valoradas en 30 000 lempiras cada una. De manera paralela a la fabricación de escudos faciales, se hicieron 60 aeroboxes que son cajas que los médicos utilizan en los quirófanos para entubar a los pacientes sin correr el riesgo de infectarse.

Güiran toma varios nombres en otras ciudades: Fuerza HN, Fuerza Copán, Respira Honduras. Ahora su gran proyecto es el ventilador que debe ser aprobado por los médicos, y cumplir con los estándares necesarios para ser usado en una sala de cuidados intensivos. En todo este trabajo y con toda la gente que se ha unido, cuenta Castro que no ha sido fácil conseguir los salvoconductos, conseguir insumos y transportarlos. A pesar de eso lo han podido hacer gracias a un grupo de voluntarios que creen en el proyecto. «En un principio la idea nace de que esto no debería responder a intereses gremiales, empresariales o políticos y con fines de lucro. Obviamente no podemos estar divorciados y les hemos facilitado escudos faciales a Copeco y ellos han validado los filtros, por ser ellos quienes mueven a los pacientes afectados. El ejército ha ayudado a través de la Fuerza Aérea para llevar y traer equipos de San Pedro Sula y Tegucigalpa, y hasta hemos trasladado una aerobox a La Mosquitia».

Pocas empresas se sumaron a la iniciativa, a pesar de ser San Pedro Sula «la capital industrial». Pero Castro asegura que este es un esfuerzo colectivo de muchos profesionales y empresarios, que no se sintieron cómodos quedándose solo en casa viendo la crisis por la televisión y las redes sociales.

Cuidado comunitario

La zona atlántica de Honduras es la más afectada por los contagios de COVID-19. Al inicio se hizo público el recorrido de la persona que habría llevado el virus al departamento de Colón, procedente de Estados Unidos.  Pero no solo los insultos y la paranoia salió con esto, muchas comunidades en esta zona del país, algunas del pueblo garífuna, han orientado su unidad comunitaria y saberes ancestrales para dar respuesta a la pandemia. 

Juana Esquivel, de la organización San Alonzo Rodríguez, de Tocoa, Colón, explica que a nivel comunitario la respuesta se ha basado en acciones solidarias de autocuidado. El valle del Aguán ha sido una de las zonas más conflictivas del país, por la disputa de tierras que ha provocado centenares de asesinatos en los cultivos de palma africana. La militarización se volvió su día a día, tras el repunte de los homicidios por el conflicto agrario en 2008. Con la emergencia sanitaria por la pandemia, la situación parece agudizarse. Las comunidades garífunas, por su parte, han sido las más golpeadas por el olvido de las autoridades e históricamente amenazadas por industrias turísticas y mineras. En 2019 fue el pueblo originario más golpeado por la violencia homicida.

«En comunidades campesinas, la gente ha tenido crisis principalmente por las restricciones de garantías para salir de sus comunidades a obtener aquellos productos que ellos consumen. La mayor parte de las comunidades tomó como medida inmediata restringir el ingreso y salidas de sus comunidades, pero poco a poco han ido creando ideas. Ahora tienen centros de control donde la gente se lava pies y manos antes de ingresar a la comunidad», explica Esquivel.

Algo que estas comunidades han priorizado es la organización para dar respuesta solidaria a las familias más vulnerables. Comparten los recursos, desde las remesas hasta el dinero de las juntas de agua. «Ha sido muy poco o nulo el apoyo que han tenido de las municipalidades y Copeco. Como parte de la corrupción que corroe estas instancias, han hecho un clientelismo político de la ayuda. Las comunidades semiurbanas o urbanas han sabido responder de mejor manera, ya que han podido sostenerse con la producción que va desde tener una gallina, huevos, reserva de maíz, entre otras. A diferencia de aquellas personas que jornalean, viven del día a día y deben pagar una renta», asegura Esquivel, y dice que son las comunidades garífunas las que han dado el ejemplo sobre tener consciencia del cuidado comunitario, identificar a los más vulnerables y compartir para no morir en el olvido de las autoridades.

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