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Madres solteras en Honduras le plantan cara a la pandemia: «No podemos quedarnos de brazos cruzados»

El impacto de la pandemia en las mujeres hondureñas es triple por la violencia intrafamiliar, la presión económica y laboral. Ante esas dificultades, el intercambio de productos, emprendimientos de bioseguridad, comunicación comunitaria y apoyo emocional por llamadas, han sido las claves para sobrellevar la crisis de la COVID-19. Roxana, Marta y Alejandra cuentan cómo sortean la crisis sanitaria y las complejidades que acarrea desde uno de los países más violentos para las mujeres en Centroamérica. 

Publicado originalmente en Divergentes

Texto: Jennifer Ávila

Ilustraciones: Divergentes

Si quieres leerlo en inglés CLICK AQUÍ

Tegucigalpa, Honduras-. En los últimos dos meses, tras el confinamiento por la pandemia en Honduras, hubo un aumento del 20 % en las denuncias por llamadas al 911 por violencia doméstica e intrafamiliar. Al mismo tiempo, se activaron redes telefónicas de mujeres para apoyar y hacer frente a esto. Pero también hay otro tipo de violencia, más silenciosa, como la que viven las madres solteras que en Honduras representan el 33.5 % de las jefaturas de hogar (unas 722 054 mujeres), según la última encuesta de hogares en 2018 del Instituto Nacional de Estadística (INE). Ellas enfrentan la pandemia en la calamidad que ha traído el desempleo y la restricción de salir a la calle a ganarse el sustento para sus familias, mientras cuidan de sus hijos y se encargan de las actividades domésticas.

Jessica Isla, de la Coalición Todas, que aglutina diversas organizaciones feministas y de mujeres en Honduras, asegura que así como le llegan llamadas de mujeres sobrevivientes de violencia que no han sido correctamente atendidas en su emergencia, también recibe reportes de hospitales que niegan el derecho a la salud de las mujeres y de comunidades donde se ha politizado una ayuda alimenticia del gobierno que es insuficiente para las familias en precariedad. «Muchos frentes se han politizado también, porque se les da la bolsa solidaria y los víveres, pero no ha habido una mirada estratégica a las necesidades de las mujeres, mucho menos de las mujeres que sufren violencia, madres solteras, jóvenes con necesidades de su salud sexual reproductiva», explica.

Según un reporte de la Secretaría de Trabajo, el impacto económico de la pandemia en Honduras ha dejado alrededor de 120 000 personas suspendidas de sus trabajos. En todo el país, 276 empresas se han acogido al decreto de emergencia que contiene la Ley de auxilio al sector productivo ante los efectos de la pandemia de COVID-19, que permite la suspensión por 4 meses del personal sin goce de salario. Muchos han sido despedidos. El apoyo prometido por el presidente Juan Orlando Hernández ante la crisis económica consiste en una bolsa de alimentos valorada en 20 USD y distribuida a través del programa Honduras Solidaria, cuestionado por corrupción en el manejo de la emergencia.

Isla, agrega que hay muchas mujeres desempleadas en el rubro de servicios y en el de la educación. «Por ejemplo maestras en la universidad, que han sido contratadas por hora y las han despedido. Muchas son madres solteras, no hay claridad de una salida para ellas. Tenemos muchas redes de mujeres que estamos viendo cómo sobreviven. Hay una red de intercambio de productos, pero incluso eso es difícil por el tema de la movilización. Lo otro es que las mujeres que están en el mercado, en las calles sobreviviendo, están más expuestas al contagio», explica.

Jessica Isla también es madre y asegura que uno de los retos más grandes además de la carga de trabajo es el impacto emocional que este encierro implica. «El tema de la sororidad en estos tiempos difíciles es importante, las redes de cuidado. Es difícil para nosotras cuando alguien nos llama y no podemos atenderla y que la patrulla no va. Terminamos llorando nosotras también, no hay atención integral para las que cuidamos. Aquí también hablamos de las doctoras, las enfermeras que son agredidas porque dicen que ellas son un peligro de contagio», dice Isla.

Son tiempos de relaciones de ternura a la distancia —añade— y de pensar las formas en que se pueden sostener estos esfuerzos económicos y de redes de mujeres. Ahora han funcionado las redes sociales, el whatsapp, pero poco a poco los recursos disminuyen. Las redes de distribución de bienes para el consumo son cooptadas, el Estado se vuelve más represivo, el camino es más difícil. Tres mujeres hondureñas nos cuentan cómo ha sido sobrellevar esta presión múltiple, porque han decidido no quedarse de brazos cruzados. 

Roxana Corrales, sosteniéndolo todo

Roxana Corrales es una mujer de 29 años que vive en una de las 12 comunidades de la península de Zacate Grande, en el Golfo de Fonseca, al sur de Honduras. Una comunidad rural, postergada y con conflictos por la tierra. Según la base de datos del proyecto transnacional Tierra de Resistentes, en los últimos diez años en esta zona se registraron 50 ataques, entre acoso judicial y amenazas. Roxana es parte de la única organización comunitaria que enfrenta esto, la Asociación de Defensa de Zacate Grande (Adepza).

Ahora con el encierro por la pandemia, ha tenido que organizarse para tomar sus clases virtuales y las de su hija de 12 años. Roxana sigue estudiando en la universidad y cuando logra conectarse a internet —si el servicio no falla y la energía eléctrica tampoco— se turnan las dos. «Apago el micrófono mientras atiendo la clase y apoyo a la niña en la suya», explica, mientras dice sentirse como una de las pocas privilegiadas en su comunidad. Muchas madres solteras no saben leer ni escribir y se les dificultaría apoyar a sus hijos con las tareas o clases virtuales, aún teniendo un celular inteligente.

Pero Roxana no solo tiene que sortear el vaivén del internet o la energía, sino sus múltiples trabajos también. Una vez a la semana, los jueves por la tarde, Roxana se encarga de la programación de la radio comunitaria donde informan las últimas noticias que ocurren en el país, una responsabilidad muy grande en esta zona donde la radio es el único canal para enterarse de lo que sucede, ya que muy poca gente tiene acceso a internet. También trabaja en proyectos para Adepza y se involucra en la organización comunitaria para la prevención de la COVID-19.

En su comunidad no hay casos positivos aún, pero se han organizado para controlar la entrada y salida de personas y la desinfección de las mismas. Esto también ha generado problemas en la comunidad, cuenta Roxana: «Para quienes hemos sido más visibles en las comunidades por la lucha por la tierra es más difícil, porque ya saben que vamos a ser nosotros vigilantes de que las cosas se hagan bien. En los cercos epidemiológicos en la comunidad, por ejemplo, unos pocos deciden quién puede entrar y quién no y tenemos que velar que se respeten los derechos de todas y todos. Aquí se nos ha acusado de querer que la gente se contagie. Una vez velamos por una mujer que regresó de Tegucigalpa para estar con su niña en la cuarentena, y no la dejaban entrar. Nosotros estuvimos en discusiones con el mismo alcalde y la policía y con la gente de la misma comunidad que cuidaba el paso, porque le estaban violando el derecho a ella de estar con su hija, todo porque aquí se cree que quienes vienen de Tegucigalpa están contagiados y eso genera estigma», relata. 

Roxana lidia con esto a diario, pero también con el miedo. «El miedo hace lo suyo. A veces me pregunto si a mi hija le pega esta enfermedad, ¿qué voy a hacer? En el centro de salud no hay test . Hay medidas de protección de rociar con cloro a quienes entran pero en todo el municipio no hay lugar especializado ni personal capacitado para esto. Tendría que buscar un vehículo para llevarla al hospital que está a una hora y media de aquí. El miedo hace su labor y una sobredimensiona todo», dice Roxana.

¿Lo sobredimensiona todo?…

Marta Izaguirre, adaptándose a la crisis

Marta Izaguirre tiene 41 años y dos hijos, uno de 23 años y su hija de 25 que, como ella, también es madre soltera. Marta es el sostén de toda la familia después de que su esposo terminara en la cárcel tras agredirla. A su hija le pasó lo mismo, solo que su agresor no terminó en la cárcel, al menos sí lejos de sus vidas. Marta dice que toda su vida ha tenido que sobrevivir a la adversidad por sus hijos y que este tiempo de pandemia no es la excepción para ponerse creativa. «Yo nunca he recibido apoyo del gobierno. Aquí no podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay bastantes madres solteras en mi comunidad, ayer estuve con dos de ellas que venden baleadas, hojaldras, hay otras que lavan ropa ajena para ganar algo de dinero, y yo que me he estado ayudando con la venta de mascarillas, siempre me encargan», cuenta Marta, haciendo un poco de tiempo mientras costura en la sala de su casa el pedido más reciente de mascarillas de tela que confecciona.

Marta trabajaba antes de la pandemia reparando ropa de segunda mano en una tienda en Tegucigalpa, a 32 km de su comunidad. Ahora, sin poder salir, se las ha ingeniado para confeccionar mascarillas y venderlas por pedido. En Honduras, el uso de mascarillas es obligatorio y las de tela son aceptadas para uso preventivo. Marta cree que la ayuda de los gobiernos no es suficiente. En todo este tiempo de confinamiento la alcaldía envió dos raciones de alimentos, cada una valorada en 15 USD (las raciones del programa Honduras Solidaria).

Además, sostiene que las mujeres deben cuidarse entre ellas en las comunidades, y lo dice porque Honduras es un país letal para las mujeres… solamente en tiempo de pandemia se registraron 26 femicidios, según la base de datos del Centro de Derechos de Mujeres (CDM). «En esta comunidad hay varios hombres que han migrado y por eso las mujeres han quedado solas, pero otras, casi la mayoría, hemos quedado solas porque hemos sobrevivido a la violencia doméstica. Como mujeres nos tenemos que valorar y cuidar unas a otras, en mi caso yo tuve mi hija bien joven y me fue mal con el papá de ellos, pero no hay que darnos por vencidas. A veces cree una que no va a poder, pero de una u otra manera se sale adelante. Hay que esforzarse, salir a buscar el dinero honradamente, buscar de qué trabajar. Dios no desampara a nadie», concluye.

¿Hemos quedado solas?…

Alejandra Vásquez, entre el estigma y la salud

Alejandra tiene 32 años y una hija de 10. El padre de su hija vive en Estados Unidos, así que la crianza recae en ella, pero es apoyada por varias mujeres de su familia: su hermana y su sobrina. Alejandra es técnica en laboratorio clínico y antes de que la pandemia cambiara nuestras vidas, ella tenía una clínica como negocio familiar donde era la encargada del laboratorio. Ahora está contratada temporalmente para atender el laboratorio del Centro de Salud de Choloma, una ciudad en el norte de Honduras, epicentro de la COVID-19. 

«Donde trabajo hay personas infectadas entonces nos hacemos las pruebas seguido para estar seguros de no habernos contagiado. Trabajamos sin los insumos adecuados. La Secretaría de Salud no nos está proporcionando el equipo necesario, nos abastece semanalmente de mascarillas, batas y gorros. En lo personal me he puesto en una posición positiva porque si me pongo con mucho miedo entonces se me bajan las defensas. Tengo mi familia y tengo que estar con el ánimo arriba», cuenta Alejandra. Hace dos meses fue contratada por el gobierno en el marco de la emergencia, pero no le han pagado su salario. La obligan a trabajar en alto riesgo al no brindarle los implementos de bioseguridad diariamente, en una zona de alto contagio por COVID-19.

La situación no es fácil para Alejandra, sobre todo porque el personal de salud ha sufrido hostigamiento y discriminación durante esta pandemia. La Red Lésbica Cattrachas, presentó un informe que evidencia que «el miedo a contagiarse de la enfermedad ha propiciado que grupos que no habían sido discriminados, sean el nuevo foco del estigma. Pacientes de COVID-19, sus familiares y el personal de salud han sufrido en las últimas semanas amenazas contra sus vidas, desalojos ilegales, ataques a su integridad física y discriminación en la prestación de servicios, por ser considerados erróneamente como “fuentes de contaminación”».

Alejandra ha sido vista en la calle como portadora del virus, solamente por llevar puesto su uniforme. También ha sido discriminada porque en su familia dos personas resultaron infectadas. «Necesitamos la solidaridad ahorita, la empatía. Mi hermano fue contagiado, los miembros del patronato (organización vecinal) de su colonia se dieron cuenta, investigaron quién era y querían sacarlo de allí. De dos formas he sentido la discriminación por el miedo de la gente que con la falta de conciencia e información los hace actuar de tal forma», relata Alejandra, quien asegura buscar energía todos los días para no sucumbir. 

En Honduras no se habla de prevención más allá del uso de mascarillas, gel de alcohol o uso excesivo de cloro. No se habla de la salud mental y de mantener fuerte el sistema inmunológico para vencer el virus. Alejandra dice que en la medida de lo posible buscan comer saludable y mantenerse fuertes, a pesar de solo contar con su salario mínimo y la poca ayuda del padre de su hija y lo que la familia apoya. Ya vio a dos de sus familiares vencer el virus sin complicaciones.

Además, una de las razones por las que Alejandra prioriza mantenerse activa y positiva es su hija, quien padece un retraso moderado en el aprendizaje y rasgos de autismo. «Esta condición de encierro la estresa mucho, no le exijo tanto. De mi trabajo voy a la casa a colaborar con las tareas de ella. Tengo en mi casa el apoyo de mi sobrina y una tía de la niña. Es una tarea bien ardua venir, estar feliz y crear ideas para trabajar con ella, por eso en casa cantamos, bailamos, hacemos karaoke, nos ponemos a hacer coreografías, a tratar de tocar instrumentos musicales. Todas esas actividades nos fortalecen y nos mantienen tranquilas», cuenta.

Hay una frase recurrente en las mujeres enfrentándose a esta pandemia: «no nos podemos quedar de brazos cruzados». Alejandra también lo dijo y como ellas, miles de mujeres en Honduras están en este momento buscando opciones para vencer esta nueva adversidad.

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Comentarios

  • Ana Ponce
    REPLY

    que bueno leer este tipo de historias que son tristes pero también esperanzadoras, que apuestan por lo local y apoyan a las mujeres!

    7 julio, 2020

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