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Tijuana: la gran sala de espera

El muro atraviesa la ciudad, se mete por las montañas y un poco en el mar. Pero en realidad, el muro no es esa verja de alrededor de 8 metros, son las políticas migratorias que refuerzan el plan contra la inmigración ilegal que comenzó Bill Clinton en 1994 y el miedo a los «bad hombres» que, en Tijuana, son los migrantes centroamericanos. En el lado mexicano, ese cerco rojizo, oxidado, separa el destino de los refugiados de una sala de espera enorme. Cada día en El Chaparral, desde muy temprano, cientos de migrantes se acercan para saber cómo va su turno, se han apuntado en una lista para pedir asilo. En julio de 2019 la organización Al Otro Lado hablaba de más de 9 mil nombres en esa lista de la primera espera y ahora, con las nuevas políticas migratorias de Donald Trump, estos migrantes, al ser llamados al fin para iniciar el trámite, podrían ser retornados a México a una segunda espera, para culminar su proceso de asilo.

Israel (Guatemala) y Sarahí (Honduras) se conocieron en la caravana migrante de octubre de 2018. «Fue amor de caravana», dice Israel, mientras carga a su bebé de 3 meses, el producto de ese amor, que ahora en México podría ayudarlos a comenzar un trámite para obtener algún documento que les permita quedarse allí, trabajar y avanzar tras la pausa que han hecho en su vida en ese país extraño. Pero ellos no están seguros, no han podido registrar a su bebé porque Sarahí no tiene un tan solo documento de identidad con ella. Sarahí tiene 15 años y es hondureña, huyó de su ciudad tras el asesinato de su hermano y su madre. Lo único que tiene en la vida es a Israel, a su bebé y la familia que hizo con otros migrantes de la caravana.

Las historias de Israel y Sarahí se encuentran en los nombres que le han puesto a su bebé, el primer nombre es el del hermano de Sarahí, asesinado hace tres años por miembros de una pandilla en Honduras, y el segundo nombre es el del hermano de Israel, asesinado en Guatemala también por miembros de una pandilla. Ninguno de ellos ha pensado en solicitar asilo, ahora viven en una casa que ellos llaman albergue, pero que es realmente una casa prestada donde viven migrantes, sin ninguna regulación. No han tenido tiempo de pensar en solicitar asilo.

Dice Israel que podemos pasar toda la tarde y la noche hablando de su historia larga de migración. Hace 9 años, cuando él tenía 16, salió de Retalhuleu, Guatemala siguiendo a un primo que había sido deportado de Estados Unidos y que iba de regreso. «Yo viajé de Guatemala para EEUU en 2010, monté 22 trenes para llegar a Piedras Negras, tenía 16 años», cuenta Israel mostrándome uno de sus tatuajes: es «la bestia», como le llaman al tren donde él mismo vio gente morir, caer y perder piernas o brazos, asaltos y actos de violencia que marcaron su vida. Aún se le llenan los ojos de lágrimas al recordarlo.

Israel llegó a Estados Unidos y trabajó allá durante 6 años hasta que cayó en una redada y fue deportado a Guatemala, acababan de asesinar a su hermano y él, por dolor y miedo, no quiso volver a su pueblo. A los pocos días se regresó para el norte desde Ciudad Guatemala, las cosas habían cambiado.

«Once balazos le metieron a mi hermano. Hubo un momento allí donde vivíamos que llegaron las pandillas que le inculcaban a los más morritos que se metieran, él se negó a meterse a cosas así, yo igual lo viví y siempre me aparté de eso. Ese día estaban jugando pelota con los amigos de la infancia, estaba lloviendo cuando comenzaron a disparar, ese día mataron a varias personas allí en Reu en esa área, fue como hace tres años —le pregunta a su esposa cuánto tiene de muerta su madre, porque fue casi al mismo tiempo—.

Cuando yo regresé me di cuenta que ya las cosas no eran como antes cuando yo viajé, ya miraba que caminaban tres personas en el tren, ya no miraba tanta gente y me dio miedo, comencé a llorar, no hallaba qué hacer, llamé a mi mamá y le dije que la quería mucho, que no sabía si la volvería a ver. Me regresé a Guatemala, me vine de pueblo en pueblo, charoleé (pedir limosna), luego compraba paletas y me subía a los transportes para venderlas», pero Israel se encontró en el sur de México un grupo de 900 personas que iban juntos, en caravana, hacia la frontera norte.

«Allí conocí a la gente de Pueblos sin fronteras y me preguntaron si iría con ellos. Así me vine».

Pueblos sin fronteras, desde 2011 ha acompañado a grupos de migrantes que encontraron una manera de migrar más seguros juntos. La antropóloga Amelia Frank Vitale asegura que desde aquella caminata inicial en 2011, miles de centroamericanos han participado en algún tipo de caravana. «Se corrió la voz. Las experiencias gemelas de seguridad en la visibilidad y abiertamente retando las leyes migratorias y violaciones de derechos humanos en masa en México han dado fruto. Algunos argumentan que no se debe de llamar caravana, en el sentido tradicional, sino un éxodo». Así lo escribió en su texto De caravana a éxodo, de migración a movimiento explicando el origen de las caravanas.

Israel llegó a Tijuana en una caravana que partió en 2017, comenzó a ir a talleres con organizaciones que atienden migrantes y a participar en manifestaciones exigiendo derechos y pidiendo un cese al racismo. Cuando salió el anuncio de la caravana que vendría de Honduras en octubre de 2018, decidió bajar al sur de México para ver cómo ayudaba.

De la caravana se ha dicho mucho, el mismo Donald Trump la catalogó como una invasión, el presidente municipal de Tijuana adoptó esa idea y los medios de comunicación hablaron de conspiraciones y de pagos a las personas para que trajeran el mar de gente, la mayoría con la idea de solicitar asilo en Estados Unidos. Dice Israel que a él le han acusado de haber recibido 10 mil dólares por ayudar a traer a los migrantes en la caravana, eso más o menos, le habría costado a Israel pagar un coyote para pasar al otro lado, pero ni siquiera puede costearse una renta en Tijuana.

Los murales en El parque la amistad, un lugar que en 2014 brevemente se convierte en espacio de encuentro entre familias separadas por el muro entre México y Estados Unidos. Foto: Jennifer Avila.

Sarahí escucha la historia de Israel mientras ve su celular y carga al bebé. Es una niña delgada que no tiene país. A los 13 años salió de Honduras porque se quedó sin madre y sin hermano (las personas que la protegían), dejó la escuela y se fue con su hermana de 23 años, con rumbo a Estados Unidos. Llegaron solas a Tapachula, Sarahí no cuenta detalles de cómo lo lograron. Estando en Tapachula se unieron a la caravana y se aferraron a los líderes, Sarahí llama papá a uno de ellos y el otro, Israel, es su pareja, el padre de su hijo.

«Mi mamá trabajó en un restaurante, en un asilo de ancianos limpiando a los señores solos, trabajó en una tienda de vender ropa formal, la planchaba. Cuando se quedaba sin trabajo lo que hacíamos era vender tortillas. Éramos cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres, el que mataron y uno que murió de diarrea antes que yo naciera. A mi hermano lo mataron primero y en 2017 mataron a mi mamá». Sarahí no pudo volver al cementerio después de enterrar a su madre, los que la mataron advirtieron que a quien se acercara le llovería balas.

«Tuvimos que hacer una misa en la iglesia, nunca fuimos al cementerio a verla. Yo no sé si me harían daño si regreso, pero igual me da miedo. No he hecho proceso de asilo, nunca lo he pensado y regresar no puedo porque me da miedo, sería tal vez como última opción», asegura. Sarahí pasó un infierno cuando tuvo a su bebé, como casi todas las mujeres en Latinoamérica vivió violencia obstétrica, pero ella siendo menor y además migrante indocumentada, la pasó peor. No tuvo suficiente información, poco supo de lo que le estaba pasando: de la aplicación de suero para hacerla dilatar, de las horas en un trabajo de parto que desde el inicio estaba condenado a terminar en una cesárea.

Al salir de eso, Sarahí ahora solo espera poder inscribir a su hijo en el registro de México con la identidad de ambos padres y con sus respectivas nacionalidades y comenzar un proceso para legalizarse. Ella sueña con tener pronto un trabajo para que junto con Israel puedan rentar un apartamento, también sueñan con comprar un carrito para vender elotes, que ese es buen negocio, les han dicho. Quizá un día se permitan pensar seguir su camino hacia donde alguna vez soñaron llegar.

Israel y Sarahí caminan por el centro de Tijuana. Foto: Jennifer Avila.

Encuentro Migrante

Volvamos a la lista y la sala de espera. Paulina Bejarano es una mujer joven que dirige la organización Encuentro Migrante, una organización de sociedad civil que surgió cuando llegó la migración haitiana a Tijuana, alrededor de 20 mil migrantes haitianos que buscaban asilo en Estados Unidos.

«Se vivió de una manera muy fuerte porque era la primera vez que recibíamos gente que no fuera de México y Centroamérica, eran del caribe, sobre todo familias que pasaron por aquí, y los albergues eran insuficientes», Bejarano explica que hubo hospitalidad por parte de la ciudad, abrieron varios centros comunitarios para enseñar español y apoyar a los refugiados haitianos, pero todo se complicó cuando en el gobierno de Barack Obama se puso un límite para las solicitudes de asilo, se debía dosificar, el sistema estaba colapsado.

«A nosotros dos cosas nos afectaron más, desde 2016 se creó una lista. Antes la gente venía a la puerta de Estados Unidos , pedía asilo, lo dejaban pasar y adentro llevaban su proceso, pero desde que llegaron los haitianos (como era tanta gente) EEUU comenzó a dosificar las peticiones de asilo con el apoyo de México. Se creó una lista informal, la gente llega y se apunta, eso hizo que Tijuana sea como un cuello de botella o una sala de espera», explica Bejarano.

Su organización es binacional y en Tijuana tiene un centro comunitario y un albergue donde caben 40 personas que pueden estar allí en esa espera, pero el tiempo se ha extendido tanto que ya no pueden atender mucha gente, porque las personas pueden estar varios meses yendo a ver cómo va su turno. La mayoría de las personas en su albergue son hondureñas y siguen llegando más.

El centro comunitario Encuentro Migrante tiene un espacio para niñas y niños migrantes. Foto: Jennifer Avila.

«Esto se presta para corrupción porque es una lista hecha a mano y nadie toma la responsabilidad de esto. Tanto el gobierno de México y el de EEUU niegan que ellos han hecho esa lista y se ha dicho que son los mismos migrantes que lo manejan, Grupo Beta resguarda la lista, así que ellos deben tomar esa responsabilidad. Por ejemplo, los menores no acompañados no pueden poner su nombre en la lista porque entonces Grupo Beta llama a la Dirección de Infancia y Familia (DIF), que son los que se encargan de la niñez y se los llevan a un albergue de ellos para después ser retornados sin tener acceso a ningún acompañamiento legal, ellos deberían ser los primeros en proteger, pero se les cierra la puerta».

Los funcionarios mexicanos de inmigración con Grupo Beta, la agencia encargada de la protección de los migrantes, se comunican con los oficiales de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) del lado estadounidense para determinar a cuántos números llamar. Ellos, junto a un grupo de voluntarios migrantes, son responsables de la lista. New York Times publicó un artículo donde detallan cómo funciona esta lista: «¿Qué pasa cuando les llega el turno para presentar sus casos? Las autoridades estadounidenses les informan a sus homólogos mexicanos cuántas personas serán entrevistadas cada día y los funcionarios mexicanos informan a los voluntarios que coordinan la lista. En las últimas semanas, la capacidad diaria para entrevistas ha oscilado entre cuarenta y cien».

Otra política que ha venido a cambiar dinámicas en esta ciudad fronteriza son los Protocolos de Protección a Migrantes (MPP), que según la página web de Homeland Security «son parte de una acción del gobierno estadounidense para que ciertas personas extranjeras que ingresan, de manera ilegal o solicitan la admisión, sin la documentación adecuada a los EEUU desde México, sean devueltas a México y esperen desde allí sus procedimientos de inmigración. México les proporcionará todas las protecciones humanitarias apropiadas durante la duración de su estadía».

«Esto de remain in México quiere decir que después de esperar 3 o 6 meses en la lista los dejan entrar, se les hace una entrevista y son retornados a la frontera a esperar su proceso en México y eso hace que las familias que atendemos tengan que esperar de 8 a 10 meses, para nosotros es difícil porque quiere decir que nos quedamos sin espacio para la gente que sigue llegando. Cuando llegaron las caravanas comenzó un ambiente de xenofobia y racismo, sobre todo con los migrantes centroamericanos en Tijuana, cosa que nunca habíamos visto en la ciudad de manera abierta», explica Bejarano.

Los albergues que el gobierno mexicano ha habilitado en el marco de estos protocolos, como el Centro Integrador para el Migrante Carmen Serdán, son grandes y tiene buenas condiciones para que los peticionarios de asilo esperen, pero los migrantes no confían, están ubicados lejos de la ciudad y prefieren esperar en un lugar donde puedan trabajar e incluirse en la sociedad.

Israel cuenta que en el lugar donde está trabajando actualmente en Tijuana, sus compañeros mexicanos le han preguntado por qué no se regresa, por qué siguen llegando si en México no caben, no es su país.

«Yo les he respondido y ustedes ¿porqué siguen cruzando a Estados Unidos?».

Un hombre se ejercita en el Parque La Amistad, de espaldas al muro. Video: Jennifer Avila.

Tijuana, el límite entre México y Estados Unidos, ha visto décadas de flujos migratorios, es una frontera transitada a diario por mexicanos viviendo en Tijuana y trabajando a 20 minutos en San Diego o viceversa, se estima que actualmente hay alrededor de 3 millones de habitantes, pero su población «flotante» es incalculable. Y es Tijuana, una ciudad diversa, con un comercio enorme característico de ciudad fronteriza: una calle larga de prostíbulos, grandes hoteles y clubes nocturnos.

En “Tijuana en los cuentos de Luis Humberto Crosthwaite: el reto a la utopía de las culturas híbridas en la frontera” , Pilar Bellver Saez habla sobre la exageración de Tijuana y las narrativas alrededor de su transformación de “rancho fronterizo” a “metrópoli transnacional” y cita al ensayista tijuanense Heriberto Yépez en una idea que calzó con lo que sentí al estar en Tijuana:

«La frontera es la paradójica oportunidad para que nuestros males nacionales (la pobreza, la migración, el crimen) le ocurran a otros . . . Hablar de frontera desde el lado mexicano es la enorme oportunidad para tratar nuestro pan diario como platillo exótico; hablar de la  discriminación y la desigualdad como si fuera un caso y no la realidad cotidiana . . . La frontera es donde todas las mentes nacionales se lavan las manos . . . ¡México no somos nosotros! ¡Toda la culpa la tiene Tijuana!»

Últimamente hay una hostilidad marcada contra los centroamericanos, sobre todo los hondureños que con las caravanas se atrevieron a romper una dinámica migratoria de la que generaciones en esta ciudad se han beneficiado.

«Yo soy de aquí de Baja California, cuando llegó la migración haitiana me sentí orgullosa de la hospitalidad de la comunidad, de la solidaridad de San Diego, Los Ángeles, de Tijuana. Y ahora es absurdo que una ciudad como Tijuana, construida a base de migrantes que todos los que somos de aquí de la frontera tenemos familiares allá, tengan esta actitud tiene que ver con las narrativas de los gobernantes y los medios de comunicación. Muchos migrantes nos han dicho que sienten que México es como una prisión, se les quiere obligar a pedir refugio aquí cuando lo que quieren es ir a EEUU, otra cosa es que hemos visto que les dan documentos que dicen que son apátridas y esto es para que se queden aquí y eventualmente se regresen, esos son los resultados de la presión de EEUU a México con el tema de los aranceles», añadió.

Foto: Jennifer Avila.

En mayo de 2019, la Casa Blanca anunció un plan para subir los derechos de aduana hasta el 25%, si México no frenaba la llegada de inmigrantes. Le torció el brazo al nuevo gobernante que había recibido a la caravana migrante de enero de 2019 con la promesa de libre tránsito por México. Un año después devolvió la última caravana con gas lacrimógeno y engaños al país del que huía.

Yo conocí Tijuana por un breve momento, presentamos una revista en vivo sobre migración con un grupo de periodistas y actrices centroamericanos, un proyecto de la productora El Intercambio, fue un evento de organizaciones de sociedad civil y donantes estadounidenses, el Encuentro Transnacional de organizaciones en solidaridad con la comunidad migrante y refugiada Géneros, Infancias y Juventudes en movimiento. De 8 albergues, Tijuana pasó a tener 30 en tres años y esto también atrajo la solidaridad de fundaciones e incluso asociaciones gremiales en Estados Unidos para apoyar a la sostenibilidad de estos espacios que ahora también se han diversificado: hay albergues, consultorios legales, atención a la salud y espacios lúdicos y de sanación mental.

En la calle, un par de veces en mi recorrido por la ciudad, algunas personas me preguntaron por qué mis compatriotas estaban llegando a Tijuana así, con «el relajo» de las caravanas. Las pláticas terminaban casi siempre en lo mismo: tenemos problemas similares, sabemos lo que es huir o simplemente migrar para estar mejor.

«Siempre hay voces críticas que dicen que porqué no ayudan a los nuestros, pero igual nosotros estamos acompañando a los deportados y también atendemos a muchos mexicanos siendo desplazados del crimen organizado. Este es un tema no solo de Centroamérica sino de México, y es esquizofrénico que México tome una postura así porque el mexicano es el prototipo de inmigrante ilegal para EEUU, el concepto de ilegal se creó para nosotros, entonces, ¿cómo ahora nosotros vamos a llamar ilegales a los otros migrantes?», termina diciendo Paulina Bejarano en ese espacio que se ha convertido en un encuentro migrante frente al muro.

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