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Absuelven a único policía acusado por asesinatos en operativo con la DEA en Ahuás

Texto: Jennifer Avila

Fotografía de portada: Hansel Brooks, joven asesinado en la masacre de Ahuás 2012. Por: Martín Cálix

Un Tribunal de La Ceiba absolvió ayer al único policía en juicio por el asesinato de una de las víctimas en masacre perpetrada hace seis años en Ahuás, Gracias a Dios. El acusado era Alex Robelo, un miembro de la policía de frontera hondureña asignado a la Unidad Élite de Embajada Americana y DEA en el marco de la lucha contra el narcotráfico en la Moskitia hondureña. Al policía se le acusaba de la muerte de Emerson Martínez, el guía del pipante que fue atacado en el operativo y fue absuelto por falta de pruebas en un juicio plagado de racismo y falta de diligencia por parte del Ministerio Público, ente acusador.

El programa de colaboración de la DEA con el Estado de Honduras en 2012 era conocido como el Foreign-deployed Advisory Support Team, o equipo de asesoría con despliegue en el extranjero. Sus integrantes recibieron entrenamiento militar para combatir a traficantes de opio vinculados al Talibán en la guerra de Afganistán pero después se expandió a América Latina en 2008 con el fin de combatir el narcotráfico trasnacional, y desembocó en la tragedia de Ahuás.

En mayo de 2012 murieron 4 personas, una de ellas era una mujer embarazada. Era de noche y un grupo de al menos 16 personas miskitas viajaban a Ahuás, el pipante -barcaza tradicional de los miskitos- iba lleno y era conducido por don Melanio un anciano del pueblo que se dedicaba con su esposa Hilda al oficio de sacabuzo, se encargaban de trasladar buzos de Ahuás a los cayos en tiempos de pesca. De regreso don Melanio daba jalón a las personas de la comunidad y sí, viajaban de noche, algo muy normal en los miskitos que por el sol inclemente del día prefieren viajar en la frescura de la oscuridad.

La DEA dijo en ese momento que las víctimas eran traficantes que habían atacado a los agentes e intentado capturar un cargamento de cocaína que había en otro pipante que en un momento se encontró con el de las víctimas, pero al final, un par de años después salió a la luz que el inspector general del Departamento de Justicia, en su reporte de 424 páginas, no encontró evidencia que respaldara la versión de la DEA.

Lea: La DEA mintió sobre la muerte de civiles en Honduras en 2012

Pero ahora, en esta parte del proceso judicial en el caso no hubo pruebas suficientes, determinó el Tribunal hondureño. La defensa del policía insistió en todo el juicio que el oficial Robelo disparó por miedo, disparó mal y la bala rebotó y así terminó atravesando dos costillas, el hígado y alojándose en el corazón de Emerson. Y ese es el muerto que contó para la justicia, porque en la exhumación lograron recuperar la bala que quedó en su cuerpo y comparándola determinaron que venía  de un fusil policial. Pero no se pudo comprobar que ese fusil estaba asignado a Robelo. En medio de una lluvia de balas que esa noche mataron a 4 personas e hirieron a otras más, solo una bala podía hacer algo de justicia. Pero se discutió tanto de la bala que al final no se pudo comprobar que fue disparada por el oficial que ahora está totalmente absuelto.

“Yo solo espero que se haga justicia”, dijo tajante el acusado después de las conclusiones en las que la fiscalía junto con los acusadores privados pedían condena máxima por homicidio simple y por el delito de abuso de autoridad y la defensa pedía absolución.

Robelo sería el tercer policía que sale bien librado de las acusaciones en este caso. Noel Hernández, oficial a cargo del operativo, jefe de Robelo fue sobreseido provisionalmente en el proceso de audiencia preliminar y hasta sirvió de testigo de la defensa de Robelo. También fue sobreseido provisionalmente Luis Vallecillo Cedillo, también oficial hondureño. Ninguno de estos han dicho haber visto a algún miembro de la DEA disparar esa noche.

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Revivir la pesadilla

Las mujeres familiares de las víctimas en Ahuás, las mismas que sobrevivieron al ataque, lloran cuando cuentan la historia como si hubiera sido ayer. Han pasado 6 años y aun ruedan las lágrimas, se le sube la presión a doña Hilda, Lucio no puede continuar el relato, todos desconsolados no entienden porqué es tan difícil de esclarecerse un caso en el que oficiales armados disparan contra una embarcación de civiles desarmados y mueren los civiles, mueren bajo una lluvia de balas.

Doña Clara Woods, una sobreviviente y madre de una de las víctimas fue llamada al juicio oral y público a testificar. Ella vive en Roatán y en ese momento también vivía allá pero visitaba a su madre en Ahuás y esa noche, antesala al día de la madre también llevó a su hijo, su bebé, a Hansel Brooks de 14 años. Hoy tendría 20 pero no sobrevivió, su cuerpo lo encontraron al día siguiente flotando en el río en estado de putrefacción.

Cuando Clara se acercó al tribunal en un salón de iglesia, porque en Puerto Lempira las instalaciones del Juzgado no estaban listas para ese juicio, comenzó a hablar su accidentado castellano. La fiscalía debió llevar un traductor, era un juicio en la moskitia hondureña, sobre un hecho sucedido en un pequeño municipio olvidado donde la gente habla su propia lengua, pero la justicia no estaba preparada para eso, ni el defensor del pueblo. Además de la revictimización que Clara sufrió al ser interrogada una y otra vez porque no se entendía su español, a Clara la defensa la acusó de estar coludida con narcos, como que si por ello tendría que merecer la tragedia.

Clara Woods, madre de Hansel Brooks, asesinado en una operación de la DEA con fuerzas de seguridad de Honduras. Por el caso de su hijo no hay proceso judicial. Foto: Martín Cálix.

Doña Clara cuenta que esa noche vieron volar unos helicópteros, ya estaban acostumbrados a esas operaciones que los militares efectuaban desde que el narcotráfico creció en la zona. Sabían que había una guerra, pero no se sentían parte. Antes del juicio, doña Clara habló con nosotros, estaba nerviosa y hablaba rápido entre miskito y español. “Había mucha neblina, el muchacho (Emerson) venía guiando con un foco, luego oímos 4 tiros desde arriba que el helicóptero tiró.  Así como ustedes viajan en la carretera de noche, así viajamos nosotros en el río, esto no había sucedido antes”, doña Clara escuchó los tiros y de repente se tiró al río, ya no miraba a su hijo. Los que pudieron se tiraron al río, pero otros, como Emerson, quedaron muertos en el pipante y otros como su hijo menor, su bebé como ella le llamaba a Hansel, quedaron flotando en el río.

“Yo quería que me mataran también, les grité: ya mataste a mi hijo y a un montón de gente”,  pero Clara, apesar de ir herida nadó y llegó a tierra firme donde se encontró con Lucio, otro de los muchachos que iba en el pipante, otro herido. Caminaron de noche en un lugar con vacas y mucho pasto, recuerda y allí se encontró con unos militares que la querían capturar. “Les dije que mataron un montón de gente que venía en el viaje, luego escuché que alguien dijo tía tía, y vi a mi sobrino tirado que lo tenían enchachado con chachas negras y el militar dijo a saber qué estábamos esperando a altas horas en el río yo me metí porque mi sobrino solo me esperaba para ayudarme con las cosas que traía y el tipo nos dijo: perdete de mi cara”, relata.

La defensa de Robelo tiene una hipótesis: Clara es una narcotraficante y se comunicaba con su sobrino que esperaba la mercancía, que el pipante con 16 personas en tránsito estaban asegurando el río. Una prueba que intentó meter la defensa fue un vaciado telefónico en el que se evidenciaba que Clara llamó muchas veces a su sobrino, la prueba fue denegada por el tribunal, pero durante el juicio servía de excusa decir que Clara tuvo comunicación con tierra firme, a esa hora, como si estaba en una operación ilegal.

Clara dice que no entiende porqué dios la salvó a ella y no a su niño “el seca leche”, el que ahora visita cada vez que puede en Ahuás, donde quedó enterrado.

Durante el juicio se realizó la reconstrucción del hecho en Ahuás. El grupo de fiscales, peritos, acusadores privados, jueces, defensores e imputado se trasladaron en helicóptero al lugar y desde las 4 de la tarde comenzaron la reconstrucción. El momento en que los dos agentes hondureños, Noel y Alex bajaron por una cuerda seguido por un tercero no identificado, llegan al pipante con la droga y según el testigo Noel son impactados por el pipante con los  16 pasajeros. Ellos aducen que recibieron un ataque que no queda claro si viene del pipante o de tierra firme, donde después encontraron armas prohibidas. Pero eso hizo que Alex disparara torpemente, tanto así que la bala rebotó y le dio a Emerson quien murió al instante. Eso dijo Noel, quien después de ese disparó dejó de ver, por lo tanto su relato fue incompleto.

Por la noche, los participantes de la reconstrucción regresaron en pipante con miembros del ejército. Allí vieron cómo es navegar de noche en la Moskitia. Se encontraron varios pipantes con personas que llegaban de pescar, que se transportaban a sus comunidades. La hostilidad de los militares crecía con esos encuentros. Uno de los barcos tuvo que buscar refugio en una comunidad cercana y al bajarse del pipante los militares para pedir apoyo, la comunidad no los dejaba pasar. Se asomaron por la puerta de una de las casas y cuando desde adentro vieron los uniformes moteados, no querían abrir hasta que vieron civiles. Apenas unas semanas antes militares habían asesinado a 3 jóvenes miskitos de noche en una comunidad pequeñita de Ahuás llamada Warunta. Los miskitos en este punto se van sintiendo parte de la guerra.

Este juicio en el medio de la moskitia hondureña pasaba desapercibido mientras en las portadas de los periódicos aparecía el presidente Juan Orlando Hernández con Preston Grubbs director interino de la DEA, tomándose las manos, haciendo tratos para aumentar la militarización en la Moskitia porque ya se siente la presión, dice Hernández, de la droga que se produce en sudamérica y se dirige a Estados Unidos.

Hace seis años, cuenta doña Clara, llegaron periodistas de todas partes que los entrevistaron, viajaron a Tegucigalpa y organizaciones de Derechos Humanos los acogieron, les organizaron ruedas de prensa, les pusieron el foco de los medios. Luego de eso regresaron a sus comunidades y los olvidaron. Aunque no todos.

Poco tiempo después de la masacre, doña Clara cuenta que un señor la llevó a Tegucigalpa, la buscó en su casa de Roatán y la llevó a un lugar donde le pusieron el polígrafo.

“Ese señor me dijo que dijera la verdad, que el señor Melanio disparó desde el pipante, yo le dije que eso no podía decir yo porque era mentira, si el señor Melanio disparaba tenía que soltar el motor y no podía hacerlo porque íbamos en contracorriente, luego él me dijo que si le decía eso me iba a dar 100 mil dólares. Allí me puse a llorar, me dijo que era americano que vino por mi, otro me dijo que todo había sido un accidente. Luego me quitaron la máquina del cuerpo y me mandaron de regreso”. Pero no se podía mencionar en el juicio nada referente al papel de la Embajada de Estados Unidos, la DEA o el Departamento de Justicia, como si se les borrara del hecho.

Lucio, tenía apenas 16 años en ese entonces y allí con doña Clara recuerda esa noche en que le cambió la vida. “Hablo porque doña Clara me ha dicho que yo también tengo mi palabra para hablar”, comienza su relato.

“Yo tenía mujer río arriba y yo bajé en Barra Patuca para ver a mi mamá, al siguiente día me vine de Ahuas con Melanio, nadie sabía que iba a suceder eso, ni con la bulla del helicóptero me imaginé hasta que escuché el disparo del helicóptero. Me tiré al río y  estaba crecido, no había manera pero ya tenía quebrado el brazo, no podía. No me salió el tiro, yo sufrí por ese disparo, tengo muchas cicatrices por eso. Me tiré intenté nadar, cuando lo hice sentí que el brazo no se movía solo el otro de abajo, sentí que mi brazo no estaba trabajando, yo estaba asustado porque pedía a dios y nada”, relata, Lucio se encontró después con doña Clara. Sigue contando y cuando muestra las cicatrices y se sabe lisiado, comienza a llorar.

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“Ahora no puedo ayudar a mi mamá y mi papá, tengo el brazo fracasado, ahorita tengo dos bebés, pero yo soy como un bebé porque no puedo trabajar, me están manteniendo mis papás. He sufrido en esta vida”, y el relato se interrumpe por el nudo de su garganta, por el dolor.

Allí intercede Marlene Zelaya, la líder en ese grupo de víctimas. Marlene aun anda en su celular los videos de cuando encontraron el cuerpo de su hermana embarazada en el río junto con el del hijo de Clara. Los muestra en su celular deteriorado e indignada dice que esos videos le recuerdan que aun no hay justicia.

“Somos pobres nosotros, trabajamos en el monte sembramos yuca, él hacía eso- y señala a Lucio quien llora con la cabeza agachada- pero ahora no puede. Él esta muy triste, claro, todos nosotros sufrimos porque este dolor es horrible, todo el tiempo nos quedó en la mente eso, nunca nos sale, es una cosa que no se puede olvidar”, dice Marlene, ella buscó a Mirian Miranda de la Organización Fraternal Negra de Honduras (OFRANEH) para que les apoyaran con el caso, así Ofraneh logró incluir dos acusadores privados a estas alturas del juicio. La Ofraneh apenas acababa de apoyar legalmente de esta manera a las víctimas de Iriona, Colón, dos garífunas asesinados por miembros de la Naval en 2015, en este caso lograron la condena de 10 miembros de la Fuerza Naval. La misma receta de racismo estuvo en este caso.

La gente quedó traumada, dice Marlene, le temen a los helicópteros cuando pasan por allí. Ella quedó con los hijos que dejó su hermana, uno ya tiene 15 años.

“Yo digo que no hubieran matado, se confundieron entre el pipante de la droga y el de los inocentes. Ella -y señala a doña Hilda, la esposa de Melanio- ella está baleada en las piernas no puede ni sostenerse. No vale la pena digo yo, buscamos la justicia, esto está bien claro pero ellos no quieren responder, yo digo que ellos se quieren lavar las manos”, dice Marlene y no acepta lo que se dijo en el juicio, lo que dijeron los policías testigos, eso de que el pueblo miskito es “altamente tolerante” con el narcotráfico, porque Marlene no sabe siquiera el valor real de la cocaína y desde su comunidad perdida, sin servicios básicos e ignorados por las autoridades lo único que sabe es que la droga trae una guerra que no entiende.

Marlene Zelaya, líder de comité de víctimas de Ahuás. Foto: Martín Cálix.

La duda del Tigre Bonilla

El Ministerio Público citó a Juan Carlos Bonilla, ex director de la Policía Nacional que en 2012 al tomar el cargo firmó un acta en el que se documentaban los tipos de armas asignados a los oficiales de policía. Llegó molesto porque aducía no saber ni porqué fue citado, que no sabía nada del caso y lo hicieron viajar desde Tegucigalpa a la selva hondureña para que reconociera una firma que al final no sirvió como prueba necesaria para condenar al policía acusado.

“Las armas no son controladas por el director de la policía y además en ese tiempo ni era yo el director, pero sí firmé porque se me requirió aunque no puedo hacer constar que el arma fue asignada al oficial”, dijo en la sala de juicios de La Ceiba el “Tigre” Bonilla cuando el tribunal decidió reanudar el juicio ya no en la Moskitia, sino en esa ciudad costera.

Bonilla fue conocido como un policía rudo, pero también fue señalado por el mismo Departamento de Estado de Estados Unidos en 2007 de participar en operaciones de ejecuciones extrajudiciales de las que nunca se le acusó directamente. Él mismo siendo director de la Policía se mostraba implacable con la depuración policial, y allí se encontraba en el juicio contra un oficial que estuvo a su mando, dándole un impulso de impunidad.

La Fiscalía no solicitó información a la Unidad de bienes nacionales, quienes tienen el inventario de armas de uso oficial, y así se perdió otra prueba que inculpaba a Robelo.

Seis años sin justicia

Doña Hilda tiembla cuando recuerda lo que sucedió esa noche, ella con su esposo Melanio regresaban a Ahuás después de ir a dejar a los miskitos que buceando pescan langosta en los cayos de Roatán. En esos cayos donde quedan lisiados por las malas condiciones en que se sumergen en el agua. Pero así es la economía miskita, sobreviven de la agricultura y hacen unos pocos lempiras más de la pesca que les puede costar la vida. Doña Hilda y don Melanio están más arriba en la cadena de la tragedia miskita, ellos eran sacabuzos y en ese tiempo tenían su pipante.

Hilda Lezama, sobreviviente de masacre en Ahuás en 2012 en la que murió su yerno Emerson Martínez. El juicio llevado a cabo en junio de 2018 solo contempla la muerte de Emerson pero en la masacre murieron 3 más y doña Hilda fue una de las heridas. Foto: Martín Cálix.

“Yo soy una señora que siempre me gusto trabajar, yo he trabajado como 20 años sacando buzos, mandandoles al mar. En esos tiempos era el 9 de mayo y bajé a dejar 50 pasajeros entre buzos y cayuqueros y al día siguiente día salí de noche, la luna estaba llena, veníamos durmiendo sin ninguna novedad, estábamos cerca del landin de Paptalaya y oímos ruidos y oímos los helicópteros saliendo, hicieron los disparos. Yo me venía levantando, oí cuatro disparos que tiraron del pipante y me asusté, me levanté y del helicóptero dispararon al pipante y cuando sentí las dos balas en las piernas me tiré al agua”, relata doña Hilda quien aun no puede mover las piernas normalmente.

Después de estar agarrada de una rama, sangrando de las piernas sin alguna esperanza, se desmayó y solo recuerda que despertó en el hospital de Ahuás. Su hijo la rescató en otro pipante y se la llevaron.

Un coronel asignado recientemente a Gracias a Dios dijo a Contracorriente, en el anonimato, que los narcotraficantes operan así, ponen de escudo a mujeres, ancianos y niños, les prometen sacarlos de la pobreza con tal de ayudar con las cargas de droga que llegan a las comunidades. Todos pasan de narcotraficantes a escudos humanos en las diversas versiones por parte de las fuerzas de seguridad, la única muestra de Estado que existe en la Moskitia.

“Yo ya no puedo estar trabajando, antes trabajaba pero ya casi no, ya casi no viajo por este peligro que tenemos, cuando oigo balas me pongo nerviosa, tengo un trauma, cuando estoy sentada y me viene a la mente las balas que me cayeron y cuantas que caían al agua, dios es tan grande que algunos se salvaron, siempre nos hubieran matado a todos, dios nos ayudó a algunos”, cuenta doña Hilda y recuerda que apenas unas semanas antes volvió a suceder, volvieron a caer víctimas miskitas por balas militares en Warunta, allí mismo en Ahuás.

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Don Melanio, su esposo, tiene la cara rajada por los años y el sol. No habla español, se queda ido cuando los demás hablan, a él lo acusan de haber disparado primero.

-¿De donde voy a tener armas para andar allí? Yo solo espero la justicia. Los primeros días cuando llegaban los periodistas a entrevistar no soportaba los nervios.

Melanio, conductor de pipante, sobreviviente de masacre en Ahuás 2012. Foto: Martín Cálix.

El New York Times reveló que la DEA engañó al público, al congreso estadounidense y al Departamento de Justicia sobre esa operación en Ahuás en 2012 en la que agentes comando fueron enviados a Honduras.

En un informe oficial se rechazó los alegatos de la DEA de que la operación había sido liderada por agentes hondureños. Descartó lo mismo para otras operaciones, en junio y julio de 2012, en las que agentes estadounidenses dispararon a muerte contra tratantes que supuestamente se rehusaron a rendirse e iban a tomar sus armas. De hecho, el reporte señala que solo los agentes de la DEA y no los hondureños tenían el equipo necesario para comandar la operación, como el acceso directo a la inteligencia. En vez de tomar órdenes de la policía de Honduras, los agentes daban “instrucciones tácticas” a los hondureños durante las misiones. Y los relatos sobre los tres tiroteos muestran que los líderes de la agencia en el país “tomaron las decisiones cruciales y dirigieron las acciones tomadas durante la misión”.

La DEA después no cooperó con el Departamento de Estado durante la investigación de lo sucedido en Ahuas y la pesquisa interna en la agencia no fue más que “un ejercicio sobre el papel”, según el informe, porque el supervisor de FAST no entrevistó a los involucrados y solo recolectó declaraciones escritas.

La DEA anunció que acepta las conclusiones del inspector general.

El programa FAST ya terminó; es la segunda vez que la DEA desarrolla y abandona un programa estilo militar en el hemisferio.

Marlene le ayuda a comunicarse a Lucio y agrega: “Todos sabemos que aquí son los militares los que nos están matando , no son los narcos, antes yo podía decir que eran los narcos pero no , yo veo que ellos mismos, los militares nos están matando. No confiamos mucho en las autoridades porque son un arma de doble filo, solo ofrecen algo pero no hacen las leyes para los pobres”, reflexiona Marlene antes del juicio donde estaban puestas sus esperanzas, un juicio donde se exoneró al policía y quedan de nuevo las vidas de los miskitos en un limbo de impunidad permanente.

 

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