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La Moskitia hondureña: un paraíso para el ecotráfico

Texto: Jennifer Avila

Fotografía: Martín Cálix

Esta es una publicación entre Mongabay Latam y Contracorriente

Anaida Panting golpea las ollas con arroz que preparó para las guaras rojas. A las 4 en punto de la tarde decenas de Ara macao (nombre científico del ave nacional hondureña) descienden volando de entre los pinos atendiendo al llamado de esta mujer miskita que lleva tantos años cuidando los animales de su entorno que ya ni los puede contar. Tuvieron que pasar 18 años para que la conservación de la vida silvestre se insertara en las comunidades de Mabita y Rus Rus en el departamento de Gracias a Dios, dos comunidades remotas donde existen defensores que nadie conoce.

La Moskitia no sólo está integrado por el departamento de Gracias a Dios, el último, contiguo a Nicaragua, también comprende tres reservas naturales que atraviesan las tierras de los tawahka asentados en Olancho y de los miskitos que se extienden hasta Nicaragua. La Reserva del Hombre, Biósfera de Río Plátano fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y arqueológicamente cuenta con vestigios importantes como la Ciudad Blanca. Pero sobre todo, la moskitia hondureña es un territorio inhóspito donde las instituciones del Estado, todas, las de seguridad, las de justicia, las administrativas, todas, dicen lo mismo que Marleny Zelaya del Instituto de Conservación Forestal (ICF): “no tenemos logística para cubrir los grandes problemas que hay aquí”.

Las historias de narcotráfico y el drama de los buzos que terminan lisiados por la pesca de langosta son las historias que más resuenan en el exterior, pero los problemas en La Moskitia son tan variados y drásticos como sus paisajes y sus cambios de clima.

La comunidad de Mabita queda a más de 200 kms de Puerto Lempira, la cabecera departamental de Gracias a Dios, muy cerca de la frontera con Nicaragua. Antes de llegar a esta comunidad se pueden visualizar llanos, bosques de pino, bosques húmedos, y un par de ríos atravesados por puentes en muy mal estado, podridos, abandonados. A mitad de camino nos topamos con un retén militar en medio de la nada, jovencitos miskitos con uniformes moteados que pertenecen al Quinto Batallón de Infantería. Las misiones militares en esta zona llegaron para desarticular bandas criminales del narcotráfico y ahora también ven el tema de tráfico de madera y vida silvestre.

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Después del retén se extienden los bosques de pino en un clima húmedo y extremo, hasta que se llega a las comunidades anunciadas con rótulos oxidados, como advertencia de que uno se aproxima a una tierra perdida donde viven indígenas defensores del medio ambiente que no se conocen, que reciben amenazas y que son asfixiados por la aguda situación de pobreza y la falta de acceso a servicios básicos en la que viven.

Anaida se aparta del grupito de niños que son sus nietos y sobrinos para atender las guaras y loras que tiene en recuperación, y también a las que llegan a comer después de disfrutar de la libertad entre los pinares. Cada día a las 4 de la tarde, las guaras llegan y comen de sus ollas, de su mano y a veces de su boca. Hay una muy especial para ella que ya está vieja, nadie  sabe cuántos años tiene, dice Anaida. «Es la única que se queda después de la comida, todas se van al comer, ésta se queda conmigo», cuenta después de una pelea en la que su guara especial le aplica una tunda a otra por acercarse mucho a su ama.

La guara roja es el ave nacional de Honduras. Actualmente hay entre 500 a 600 especímenes en estado silvestre en los pinares de Gracias a Dios y reintroducidas 36 en el Parque Macao Mountain en Copán y en la isla de Zacate Grande, según el biólogo Héctor Portillo quien por 20 años ha estudiado esta especie.

Marleny Zelaya del ICF regional de Puerto Lempira, cuenta que hacen todo lo que pueden, que es poco, porque no hay logística, porque no tienen biólogos y porque la situación es más compleja de lo que se ve. En mayo, cuenta Zelaya que el ICF tuvo que eliminar el monto que cobraba por la inscripción de estas aves silvestres,  por cada especie que era registrada se cobraba alrededor de 358 lempiras ($14.94),para incentivar a que las personas que tengan estos animales en cautiverio se animen a legalizarlos. Las penas son muy bajas por el tráfico de especies silvestres y este problema parece ser el que menos importa en un país controlado por mafias que usan de entretenimiento a estos animales.

Con el decreto 98-2007 de la Ley Forestal áreas protegidas y vida silvestre vigente desde marzo de 2008, se impusieron penas de reclusión por captura ilegal de fauna de 4 a 7 años, por el daño a la fauna de 1-3 años y por comercialización ilegal de fauna de 4 a 9 años. Todas estas penas son conmutables si son menores a 6 años.

Las ganancias de un negocio que no llega a los pobres

El ecotráfico es un problema presente en la región y muchas otras partes del mundo . En marzo de 2018, Jorge Eduardo Ríos, responsable del programa global para combate esta problemática a través de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), enfatizó en la agencia de noticias EFE que la falta de datos y estudios hace muy difícil medir el impacto real del tráfico de especies.

Ríos recuerda que algunos estudios calculan que los ingresos que genera este negocio ilícito fluctúa entre los 10 000 y 20 000 millones de dólares anuales en todo el mundo, una estimación muy conservadora para este experto si se incluye también la pesca y la tala ilegal.

En Honduras, la venta de animales silvestres y exóticos se castiga con el pago de una multa de 5 a 10 salarios mínimos (cada salario mínimo es de $400). Los expertos consultados consideran que esta pena es mínima si se compara con el impacto que genera la extracción de las especies de sus ecosistemas.

Por eso, lo que hacen Anaida y su familia en Mabita es considerado peligroso. Ahora hay 38 nidos de guaras rojas y 30 de loras verdes según la cuenta que ella lleva. La dieta de las guaras es parecida a la de las 19 familias de la comunidad: yuca, arroz, frijoles y plátano de la tierra que se cultiva en la zona.

Anaida cuida la guara en un refugio que ahora pertenece a la comunidad de Mabita pero que empezó con su familia. Foto: Martín Cálix

Anaida recuerda la primera vez que le llegaron estos animalitos a la casa. Hace cinco años, su esposo Santiago descubrió un grupo de jóvenes que saqueaban los nidos de guaras, que se llevaban las aves pequeñitas y así un día rescató siete. Anaida se enamoró de ellas, de su plumaje arcoíris.

El biólogo Héctor Portillo de la Fundación de Ciencias para el Estudio y la Conservación de la Biodiversidad (INCEBIO), quien viaja a la Moskitia para estudiar estos animales y las amenazas que sufren ellos y las comunidades alrededor, cuenta que eso significa la palabra «guara»: arcoíris, en idioma Lenca –otro de los 13 grupos étnicos de Honduras, ubicado en las montañas de Yoro–. Aunque las guaras y los lencas ya no tienen mucha relación, esta ave sigue siendo símbolo de identidad nacional.

“Existen dos tipos de amenazas: para las especies y para la comunidad. El tráfico ilegal conlleva a que muchas veces esté dentro de las comunidades porque son locales los que saquean pero son los intermediarios quienes venden y los consumidores finales están fuera del país, normalmente en Jamaica e Islas Caimán.  Luego están las otras amenazas por parte de los colonos que están acaparando tierras, compran tierras, compran conciencias y muchas veces con la venia de los locales o los locales bajo las amenazas por la ingobernabilidad que en esa zona es terrible”, explica Portillo.

Una lora nuca amarilla come un trozo de tortilla de maíz en una vivienda en Puerto Lempira. Foto: Martín Cálix

Este biólogo llegó en el año 2000 porque trabajaba en un proyecto de biodiversidad en áreas prioritarias y así logró identificar la guara verde, la guara roja y la lora nuca amarilla, especies únicamente ubicadas en su estado silvestre en la moskitia. “Por cinco años trabajamos en el monitoreo y eso era para capacitar a los locales como guías. El proyecto terminó en 2005 pero personalmente quedé impresionado con el sitio, así, yo viajaba y conseguía pequeños proyectos para incorporar a los locales en ese monitoreo, eso fue hasta 2009 y en ese año tras un congreso en Costa Rica, se puso en contacto conmigo la doctora Lorakim Joyner y su organización de Estados Unidos»”, narra el biólogo que ha escrito diversos artículos antes y después de impulsar el proyecto de conservación en Mabita.

En la Moskitia, sus pobladores viven en un estado de espera permanente. Esperan que alguien llegue con ayuda, que lleguen con buenas noticias, pero cuentan que lo que llega muchas veces es gente con malas intenciones que se aprovecha del estado de abandono en esta parte del país.

Por eso en Mabita,  los jóvenes que creen en la conservación y que se han sumado a las tareas de patrullaje, vigilan los nidos de las guaras rojas sobre todo entre abril y mayo. Salen a las 6 de la mañana y cambian de turno a las 6 de la tarde con la instrucción precisa de no dejar que nadie se acerque a saquear los nidos. A esos jóvenes cuando hay proyectos internacionales se les paga 200 lempiras (menos de 10 dólares) al día y a Anaida, que es la administradora del proyecto, le dan 3000 lempiras ($125) para la comida de las aves y otros 3000 ($125) por el trabajo realizado. Aunque este pago es reciente por parte de la gestión de la bióloga estadounidense Lorakim Joyner junto con INCEBIO, la comunidad comenzó esta labor de conservación sin pedir un pago a cambio.

La única guara verde rescatada durante la última incautación de animales silvestres víctimas del tráfico ilegal en la Moskitia fue llevada a la comunidad de Mabita, aquí se recupera de los maltratos y las heridas, se estima que pronto podrá volar libre junto a sus pares rojas. Foto: Martín Cálix

Pero algunos pobladores de esta comunidad perdida en la Moskitia, con apenas una escuela que llega a sexto grado, sin centro de salud, sin energía y sin agua potable, a veces ve como oportunidad vender un animal por 1500 lempiras ($62.50), aunque saben que luego el intermediario obtendrá una suma mucho mayor en el mercado internacional.

Una fuente dentro del Ministerio Público le aseguró a Mongabay Latam, que según investigaciones en la zona, el tráfico de vida silvestre en la Moskitia podría estar generando ingresos de 15 000 a 20 000 dólares mensuales. Una guara roja se vende a 1000 dólares pero una guara verde podría estar valorada en 3000. La Fiscalía del Medio Ambiente que investiga las rutas y el comercio ilegal tanto de madera y fauna en el área, logró identificar que la ruta más rentable es a través de la comunidad de Caukira (a media hora en lancha desde Puerto Lempira) con rumbo a  La Ceiba e Islas de la Bahía en el caribe hondureño y Jamaica.

Caukira es un pueblo colorido y visiblemente más desarrollado que Puerto Lempira. Está formado por una sola calle larga que al final desemboca en una  playa, es la costa que baña el océano atlántico. A la orilla de la laguna de Caratasca se ve una fila de casas que son de los dueños de los barcos pesqueros que trabajan en la extracción de  langostas y pepinos de mar. Es allí donde se maneja el negocio precario que ha dejado lisiados a más de 5000 hombres en la moskitia debido a la enfermedad por descompresión por sumergirse en el oceano sin la protección adecuada. Pero Caukira también es un sitio de mucho tráfico, allí han llegado fardos de cocaína, marihuana de Jamaica y con esto el trueque de especies exóticas, según la fuente en la fiscalía.

El negocio es tan lucrativo que intentar atacarlo puede costar la vida en esta zona donde, como dijo Portillo, la falta de gobernabilidad es alarmante.

Caukira. Foto: Martín Cálix.

En diciembre de 2017, con apenas 10 meses de estar trabajando, el fiscal asignado a la unidad de medio ambiente en Puerto Lempira, tuvo que huir tras un atentado en su casa después de realizar acciones contra el tráfico de madera y especies de vida silvestre.

El fiscal llegó y comenzó a trabajar con los militares, que en la Moskitia son la única muestra clara y evidente de la presencia del Estado. Se realizó a fines de diciembre la incautación de más de 60 Ara macao, 120 loras, una guara verde y alrededor de 12 monos cara blanca que fueron llevados a Mabita para su recuperación y posterior liberación. Después de eso, individuos desconocidos dispararon contra el portón, la puerta y las ventanas del apartamento donde vivía el fiscal quien de inmediato fue removido. Nadie fue acusado por el atentado. Ahora se habla poco del tema y la mayoría de autoridades se ponen de acuerdo en que es un negocio que no significa nada comparado a los problemas que tienen en esta zona.

Varias autoridades civiles aseguraron que incluso, en varias ocasiones, encontraron animales silvestres en los cuarteles militares y que en muchos casos estos animales eran cazados y extraídos con el beneplácito de ellos.

“A veces pasa que la aplicación de la ley no es adecuada. A nosotros como ICF nos toca estar en medio entre las autoridades del Ministerio Público, los militares y las comunidades”, expresa Zelaya. Y agrega que no fue la mejor manera de cumplir la ley, el que el Ministerio Público pasara de cero acciones de fiscalización a  imponer mano dura contra el tráfico sin tomar en cuenta que muchas comunidades son pobres y hacen uso racional –aunque no legal– de los recursos.

Marleny Zelaya, directora regional del Instituto de Conservación Forestal (ICF). Foto: Martín Cálix.

Doña Anaida recibió con gusto los animales que ahora se recuperan en Mabita. La única guara verde que tiene es asustadiza, le teme a todo, se aisla y se esconde del lente de la cámara. Tiene golpes. Doña Anaida dice que las instituciones del Estado aparecen solo para dar la cara un momento y después se pierden. Llegó la fiscalía a dejar los animales, llegó el ICF para apoyar en el traslado de los animales, pero luego tuvieron que irse. Marleny Zelaya del ICF confiesa que hacen lo que pueden, a veces les toca asumir el papel de mediadores para que los problemas no se hagan más grandes.

Las comunidades de Rus Rus y Mabita sufren con el abandono, un abandono que roza con el olvido. En Rus Rus hace alrededor de una década surgió un conflicto entre narcotraficantes que hizo que la gente se viera obligada a abandonar sus hogares. El narcotráfico también trae consigo otras prácticas, como la ganadería extensiva. Según el Plan de Nación Visión de País elaborado en el gobierno de Porfirio Lobo Sosa (2010-2013) se estima que se pierden 70 000 hectáreas de bosque por año, sobre todo en la zona de Olancho y en las áreas protegidas de la Moskitia.

Familia miskita en comunidad de Mabita pasa la tarde. Foto: Martín Cálix.

“Si se sobrevuela la biosfera se nota el descombro que hay», asegura el coronel Héctor Cabrera de la Fuerza de Tarea Conjunta que cuenta con cinco destacamentos militares en la zona de Ahuás, Wuarunta y Auka en la moskitia hondureña donde hay mayor problema con colonos que compran tierras ilegalmente. Los colonos se han movido desde Auka hasta Wuarunta para continuar talando el bosque, además de participar en otras acciones criminales. En territorios como éste,  donde el tráfico de drogas se desarrolla con mayor libertad, la militarización y el abandono terminan muchas veces en tragedia. El 22 de mayo tres indígenas miskitos fueron asesinados por militares asignados a esta zona y es en estos casos cuando de pronto todos los problemas confluyen: el narcotráfico, el acaparamiento ilegal de tierras y el uso de las armas contra el pueblo miskito. La única presencia fuerte del Estado también se ha convertido en un peligro.

Doña Anaida dice que siempre habrá problemas, cuenta que hace unas semanas un muchacho robó un huevo de lora que luego supo que vendió en Nicaragua por 1500 lempiras (62.50 dólares). El hambre propicia también el tráfico.

Más aún si a Mabita llegan extranjeros para hacer negocios con la guara.  Investigaciones del Ministerio Público indican que se comercializaban diversas aves en la ruta de Mocorón, Rus Rus y Leimus, y que un hombre de nacionalidad china era el que les pagaba  a los locales para que roben pichones de los nidos. Poco dinero para los pobladores, mucho para los traficantes que venden las especies en mercados de Europa, Asia y Honduras. Es un tráfico de alto nivel, personas peligrosas a las que se enfrentan las comunidades que quieren cuidar  a estos animales.

Anaida ha creado un vínculo fuerte con las aves que cuida y alimenta. Foto: Martín Cálix

«Aquí a los miskitos nos pueden matar y es como que maten a una gallina», dice un poblador de Rus Rus. Esta población discriminada es la que rescata y cuida al ave nacional sin esperar nada a cambio. Saben que si alguien los amenaza y los elimina del camino para seguir el negocio, su muerte no llegará ni a los noticieros.

La guara roja era para los mayas la protectora de los bosques, el fuego del sol encarnado. Pero ahora en las ciudades solo se ven encerradas y ver a una guara volando se ha convertido en casi un milagro. En Mavita se da ese milagro, Anaida las recibe y las besa. Apu pauni pree palisa, “Guara roja vuela libre”, dice en algunos rótulos escritos en lengua miskita que rodean esta comunidad que apenas recibe visitas. La guara roja vuela libre y regresa a los brazos de quienes las rescataron.

La guara roja ha encontrado en la comunidad de Mabita una esperanza para su conservación. Foto: Martín Cálix.

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