Entre polvo, balas y pobreza resiste comunidad garífuna en la Rivera Hernández

San Pedro Sula ha sido catalogada como la ciudad más violenta del mundo, y a pesar que en 2017 pasó de ser la tercera ciudad del mundo con más alto índice de homicidios para posicionarse en el lugar número 26, sigue siendo  una “zona caliente”. El sector Rivera Hernández ha sido icónico para argumentar dicha categoría por ser uno de los sectores más violentos de la ciudad en el que se registran más de 5 grupos delictivos que controlan la zona. Pero hay un oasis en esta zona, una comunidad garífuna que llegó a este territorio hostil así como hace 220 años llegó a las costas hondureñas.

Texto: Catherine Calderón

El calor era intenso y en las calles había mucho movimiento, los buses interurbanos llamaban a sus pasajeros y en una de las calles del sector Rivera Hernández parecía que se viajaba al pasado. A lo lejos se escuchaba una voz estridente; era el director José Roberto López, del Centro Básico Padre Claret de la colonia Dr. Alfonzo Lacayo Sánchez, invitando a celebrar al ritmo de los tambores, la llegada del pueblo garífuna a tierras hondureñas, una conmemoración de lo acontecido hace 220 años.

Mientras en las escuelas, los tambores, caracoles y movimientos tradicionales coloreaban la escena, en el Centro Comunitario Juvenil (CCJ) de la colonia, tres mujeres negras debatían sobre cómo las tradiciones se estaban perdiendo y la necesidad urgente de transferir los verdaderos rituales de celebración de la llegada de la comunidad garífuna a Honduras y no seguir replicando lo que estaban presenciando, solo un acto más de folklore sin conexiones más profundas.

La Alfonzo Lacayo, como se le conoce comúnmente, está ubicada en medio de las colonias Llanos de Sula 1 y 2, Seis de Mayo y Asentamientos Humanos ubicadas en el sector Rivera Hernández conocidas por el alto índice de violencia. Hasta hace 3 años Honduras era uno de los países más peligrosos del mundo además de ser uno de los menos recomendados para viajar, según el Informe de Competitividad de Viajes y Turismo del Foro Económico Mundial que posiciona a Honduras en el número seis de los países con los índices más altos de violencia y homicidios a turistas.

Es una colonia peculiar no solo porque está rodeada de colonias en donde fácilmente se ven banderas (personas que están vigilando quién entra y sale para informar a la mara o pandilla que controla la zona) sino también porque es la única colonia conformada totalmente por Garífunas. Una colonia Garífuna entre ladinos y grupos criminales.

San Pedro Sula queda muy cerca de la ciudad de Tela, a 93.8 km del mar caribe, donde hace más de 200 años se asentó el pueblo garífuna expulsado de la isla de San Vicente. Ahora en San Pedro existen sectores o pasajes (pequeñas calles) enteros en los que la cultura Garífuna se siente, se saborea al comer casabe y pan de coco horneado artesanalmente en el patio de una casa.

En la megaposta policial del sector Rivera Hernández, en octubre de 2017, la policía informó que se había roto el record en la baja de homicidios en el sector, 26 días sin uno tan solo. La situación de violencia ha dejado de ser tan visible en el sector a pesar de que los barrios siguen controlados por grupos criminales. En esa misma posta policial, una oficial nos asegura que de todo el sector la colonia Alfonso Lacayo es la única que no genera denuncias por violencia. “Lo que sí se da es el escándalo público, porque ellos pasan tocando los tambores hasta altas horas de la noche, pero homicidios y violencia no se dan”, nos explicó en ese entonces.

La discusión de prevención de violencia se da en muchos espacios en el sector Rivera Hernández y es por eso que los vecinos preguntan constantemente a las representantes de la colonia Lacayo por qué pareciera que no hay garífunas involucrados en las bandas criminales del sector.

En Honduras se estima que existen poco más de cincuenta asentamientos garífunas, sin embargo, las estimaciones de la población garífuna de Honduras varían entre 50, 000 y 200,000, repartiéndose entre unos cuarenta pueblos de la costa y las principales ciudades del litoral y del interior. (Agudelo: 2011; Citado por Cuisset Olivier; 2014: 92).

Se ha puesto en duda la identidad garífuna de quienes ya no viven en las playas, de comunidades como la Lacayo que vive en una ciudad ajena a su territorio. Doña Rita, Trifi y Esma, tres mujeres negras lideresas, que constantemente escuchan interrogantes como las que se plantean en reuniones sus vecinos, nunca se inmutan, porque para ellas ingresar a una pandilla o mara no es opción para la comunidad garífuna, no es parte de su cultura.

Ellas consideran que sus saberes ancestrales, aún lejos del mar y en medio del puro polvo, son saberes tan fuertes que su forma de vivir no cambia ni siquiera frente a maras y pandillas. Y aunque pareciera que todo culturalmente está bien dentro de los parámetros de ser un negro migrante en la ciudad, para ellas tres que trabajan en diversos espacios de la para preservar su cultura y seguir trabajando en la prevención de violencia o cultura de paz, han  decidido ahora luego de ese bochornoso día cultural en la Escuela Claret, abrir o más bien aprovechar espacios de organizaciones, que sí tienen los recursos, para preservar su cultura desde el arte y la pedagogía.

Las calles que conforman la Lacayo son desérticas, no hay árboles alrededor y el polvo es amarillo claro, casi blanco, cubre todo. En ese ambiente con el sol en extremo resplandeciente, surgen las clases para ejecutar el tambor, bailar la tradicional danza, confeccionar vestuarios y para hablar el idioma garífuna casi perdido en la ciudad. Las chicas que llegan a las clases visten ropa de moda, su cabello trenzado bajo gorras planas de rapero. Quieren aprender sobre sus raíces porque se identifican más con la cultura negra en Estados Unidos, la que ven en la televisión o el internet, la que trajeron otros muchachos que probaron suerte en el norte después de saltar de la playa a la ciudad en Honduras.

Esma, la maestra, tiene 54 años y da clases de idioma garífuna por las tardes en un salón muy caluroso. En la mañana trabaja en una escuela en la colonia la Unión (otra colonia con altos índices de violencia) enseñando español a aquellos niños y niñas que vienen de las comunidades en el atlántico.

Su día no tiene nada extraordinario, según ella. «Vea que rico es esto, qué bonito es, al que viene de allá se le enseña español y al que es de acá se le enseña garífuna”, dice con una efusiva carcajada Esma, como si la alegría del caribe se hubiera hecho presente con sus recuerdos de infancia.

Cuenta que en su adolescencia no existían centros educativos interculturales como ahora -«Hablar mi idioma no era opción en las aulas de clase, pero como a una le enseñan a cuidar lo suyo, decidí estudiar bien el idioma, empecé a comprar libros, leerlos y practicarlo» – relata esta mujer luchadora, creativa y muy dedicada a su trabajo. Para estar donde ella siempre deseó profesionalmente tuvo que lavar ajeno, vender pan de coco, construir su propia casa y criar a sus hijas prácticamente sola.

De la migración forzada a buscar comunidad

Históricamente la migración ha sido parte de la realidad Garífuna, desde los tiempos pre –coloniales se registran las primeras movilizaciones de estos entre el Atlántico del país y algunas zonas cercanas a las fronteras de Honduras. Con el paso del tiempo, esta migración y desplazamiento forzado ha ido incrementando y la escena de un Basilio Urrutia perseguido, no se ha vuelto a registrar.

Basilio, es el personaje de una de las escenas que el historiador Dario Euraque, logra relatar en su colaboración del libro “Africanos y afromestizos en la historia colonial de Centroamérica” [i]Una historia que cuenta, cómo un hombre negro llegó a la capital de Honduras, en busca de mejores oportunidades laborales en un contexto en el que jamás un ladino y menos citadino capitalino había visto un negro. Lo persiguieron al no saber con exactitud cómo era posible su color de piel. El hecho, según Euraque queda registrado en un relato, titulado “El Negro Basilio”, publicado en una revista de Tegucigalpa en 1965.

Un relato del racismo y violencia a la que se enfrentaba la comunidad Garífuna, un relato que nos lleva y trae, como si fuéramos caminando en círculo para llegar al mismo punto en que actualmente se encuentra la sociedad Garífuna en Honduras. Una comunidad que ha sido expropiada de sus tierras ancestrales, violentada y criminalizada por el Estado de donde solo se le pone importancia cuando se quiere la fotografía “emblemática” para redes sociales o cuando se le ve en fotografías que el Ministerio de Turismo promueve con tanto orgullo.

Un rótulo de Marca País en San Pedro Sula invita a visitar las playas de Honduras con la imagen de un pescador garífuna y anciano. El pueblo garífuna ha sido expropiado de sus tierras y cultura. Actualmente el Estado de Honduras tiene dos sentencias internacionales por la violación a los derechos ancestrales de este pueblo que lleva más de dos siglos viviendo en la costa norte en condiciones de pobreza y falta de acceso a trabajo, educación y salud. Foto: Martín Cálix.

En el año 1989 se adoptó el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de la Declaración de los Pueblos Indígenas de 2007. Estos instrumentos reconocen a los Pueblos Indígenas y a los Afrodescendientes el derecho humano fundamental de la libre determinación, el derecho al territorio, a su cultura, a no ser desplazados y a conservar un estilo de desarrollo que asegure su continuidad histórica. Sin embargo, en diciembre de 2008, el ministro de turismo, Ricardo Martínez Castañeda, escribió una carta a Manuel Zelaya Rosales, entonces presidente, en la que le suplicaba que tomara medidas para expulsar a la comunidad, a quienes describía como «ocupantes ilegales […] que afectan al desarrollo del proyecto y a la inversión».  Dicha carta fue filtrada a la organización inglesa Global Witness y citada en un caso de estudio de la organización, el proyecto al se refería el ministro es Indura Beach & Golf Resort, Curio Collection by Hilton.

Un caso emblemático de despojo en la comunidad garifuna es Barra Vieja en Tela Atlántida, que se ha enfrentado ante el Estado mismo, ya que el propietario indirecto de un 49 % del proyecto Indura, es el Estado de Honduras a través del Instituto Hondureño de Turismo.

En marzo de 2009, Martínez Castañeda también escribía a la Fiscalía General y al ministro de seguridad en un intento por conseguir su apoyo para desalojar a los habitantes de Barra Vieja. Una carta enviada tres meses antes del Golpe de Estado al que José Manuel Zelaya se enfrentaría, un hecho histórico que abriría puertas al despojo y criminalización de las comunidades Garífunas, logrando en 2014 la construcción del Resort e incrementando la siembra de Palma Africana pasando de 69.000 hectáreas a cerca de 150.000 de hectáreas de palma que han sido plantadas en todo el atlántico del país.

Según Doña Rita, que ahora vive en la Lacayo, ha hecho que personas como ella y su familia, migren o se desplacen de sus tierras a la ciudad.  Ella es originaria de Santa Rosa de Aguán, Colón y llegó a San Pedro Sula en busca de nuevos horizontes, en poco tiempo, en palabras de ella “se endamó” e inició una familia en la ciudad.

Actualmente tiene 62 años y lleva 29 viviendo en el sector Rivera Hernández, es una de las fundadoras de la Lacayo. Vive en una casa sencilla de dos cuartos, sala y cocina, con un patio lo suficientemente amplio para su pila y un horno artesanal construido con bloques, lámina y algunos maderos donde hornea pan de coco, hace casabe y a veces pan de camote.

«Empezamos en el 89 gracias a Chombo Sandoval por medio de Julián Palacio, gente que tenía conexiones con ciertos empresarios que no eran garífunas, que se encargaron de comentar a ciertas personas que queríamos una tierra, unas parcelas para garífunas, tierra para nosotros los negros», cuenta.

Rita y otras personas Garífunas que estaban ubicadas en diversas colonias de San Pedro Sula se organizaron y empezaron a reunirse en la Ferretería de Alicia Martínez y Martín su esposo que tenía un salón llamado Yurimi, ahí empezaron a planificar las primeras actividades de recaudación de fondos para construir su casa, mientras las personas que tenían los contactos municipales incidían por la tierra.

Las reuniones fueron dando frutos en un salón negro ubicado en una ferretería de la colonia Dandy, luego estas reuniones fueron rotándose en colonias donde también había garífunas, como en Medina en la Iglesia San José, Barrio Sunseri, Cabañas entre otros espacios, que cada vez se fueron haciendo más pequeños, por la cantidad de personas que llegaban, sin importar la lluvia que a veces caía.

“En ese momento cuando ya estábamos organizados, llegó la Misión Técnica Española, que nos acompañó y dio la base técnica, para que nosotros mismos empezáramos a construir nuestras casas, daban charlas sobre cómo trabajar en equipo y relaciones humanas, para que las cosas funcionaran de la mejor manera…pero bueno …eso siempre es un sueño nada más. Y aunque a partir de ese proceso se logró fundar una cooperativa llamada Cooperativa Mixta Garífuna Limitada, que ayudaría a construir las casas en grupo supuestamente gracias a las charlas de relaciones humanas” dice con un gesto de sarcasmo con el cual puntualiza, que, aunque se construyeron las casas, la cooperativa desapareció porque simplemente eso de las relaciones humanas no era prioridad.

Foto: Sandre Ruiz.

Empezaron la construcción poco después de una reunión en la que la Misión Técnica, había usado como estrategia decir que cobraría 100 lempiras por la construcción de las casas, obviamente ese día la reunión, el salón de la Escuela Claret estaba llena “En ese entonces estaba de alcalde Chombo Sandoval, recuerdo que la escuela la termino  inaugurando Callejas y el que puso el primera piedra para la escuela  fue Jaime Rosenthal, quién ya estaba tirándose de candidato presidencial, la iniciativa de esa escuela, la primera y única por muchos años intercultural, fue obra de las gestiones que profesora Sebastiana Arriola hacia” dice Rita quién además de haber construido su casa, ayudó a limpiar el solar donde se construiría la escuela, que solo era un cuarto inicial, pequeño y caluroso, el primer centro básico de la colonia.

Las primeras personas que llegaron a La Lacayo fueron Doña Rafaela y Doña Eva, ellas construyeron su casa y halaban su agua potable en la Colonia Seis de Mayo hasta que lograron tener en su propia casa.

«Acá no fue invasión, porque la Municipalidad de San Pedro Sula, durante el período de Chombo Sandoval nos ayudó, gracias a que hubo personas que dialogaron por nosotros y decían que los negros queríamos donde vivir.  Es la primera colonia garífuna de Honduras, tenemos una escuela que es PROHECO de la cual soy secretaria en la junta de padres y madres de familia, también formo parte de la Pastoral Garífuna que es liderada por las hermanas de Claret, soy una líderesa, igual que Trifi quien coordina el proyecto del CCJ que es parte del proyecto de USAID y Children International, ahí también soy parte del comité de apoyo», cuenta Rita al referirse a los diversos espacios en los que aprovechan para dar a conocer su cultura.

Según el informe Barreras de acceso al suelo Para Vivienda Social En Honduras en el país existe un déficit de 1,1338,018 de viviendas en el que solo alrededor de 400 mil viviendas son nuevas, el informe que fue realizado por Habitat para la Humanidad en Honduras, también menciona que una de las razones del déficit se debe a que Honduras se encuentra entre los cinco países latinoamericanos con mayor desigualdad social según las bases de datos del Banco Mundial como los informes de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Foto: Sandre Ruiz.
 

Cuando se juntan las mujeres

Rita, Esma y Trifi son mujeres que se destacan en su comunidad por su liderazgo pero en el sector se destacan por ser mujeres garífunas que tienen arraigadas las tradiciones, que procuran traspasar y compartir con sus descendientes, sean familia de sangre o no.

De fondo se escucha un sorteo que realiza en vivo  HCH y doña Rita explica cómo se va haciendo la yuca y cómo sus hijos ya no viven con ella porque son profesionales independientes, aun cuando ella solo hizo hasta el 6to grado.

-¿ha valido la pena abandonar su tierra?

-Sí, ha valido la pena porque acá siempre habrá mejores oportunidades.

La colonia donde ahora Rita conversa, fue una colonia construida colectivamente desde una visión de una comunidad, que nace, crece y muere en familia. «Le pusimos Alfonso Lacayo por el primer médico garífuna, en honor a él que vino y demostró que nosotros los negros si podíamos ser más de lo que la gente acostumbra a saber. Acá en la comunidad, hay maestras, doctores, enfermeras, artistas y toda aquella ocupación que es beneficiosa para la comuna.»

Y aunque es una comunidad, establecida en medio de colonias peligrosas y en un sector estigmatizado, Doña Rita dice que cuando piensa en eso cree que son una comunidad acostumbrada a aguantar pobreza, una comunidad que fue esclava, que aguanta hambre y que el ser parte de estos grupos delictivos no es una opción. «Y el que se mete a eso de robar y otras cosas, que mejor compre su cajón de una vez, porque así terminan siempre», dice enérgicamente.

Aunque el Observatorio Nacional de la Violencia (ONV) de la Universidad Autónoma de Honduras (UNAH) presenta en el boletín No. 48 sobre Mortalidad y Otros, edición enero a diciembre de 2017,  un análisis del comportamiento geográfico de los homicidios que permite observar y conocer que, durante el 2017, la región Norte fue la de mayor reducción con el 33.2%, mantuvo una tendencia elevada en el número de víctimas. El estigma que tienen las colonias ubicadas en el sector, es una marca que difícilmente se quita.

Esma y Rita son dos mujeres de la primera población que se fue estableciendo en aquellos pantanos, con acceso limitado, sin energía y agua potable, ellas dos fueron parte de esa población que se organizó para establecer la primera colonia más extensa de garífunas en la ciudad de San Pedro Sula.

Entre tambores, murales y dibujos con títulos garífunas

«La cultura es algo muy importante, no debemos depender de lenguas ajenas, porque nuestros padres  tienen la nuestra y esa es la que debemos mantener, es algo  que a mí me gusta y me enorgullece también porque me lo inculcaron mis padres, en todos los aspectos tanto dentro de lo espiritual, material y familiar, la cultura es muy importante más cuando se vive en la ciudad donde se dificulta un poco esa transferencia de conocimientos a los niños de ahora, nacidos acá en la ciudad» expresa la profe Esma, mientras continúa en la clase de garífuna.

  • Niñas, por favor pasen a leer lo escrito en la pizarra.

Ha dibujado y escrito las palabras de la lección de esa semana para que aprendan a relacionar los objetos con las palabras. Ella cree que el hecho que estas niñas y niños reciban las clases, es porque los padres y madres de ellas desean que puedan saber más de su cultura, aun cuando quizás ni ellos saben hablarlo bien más si lo entiende.

  • Uma significa sol, maestra.

Se escucha de la niña que acaba de pasar al pizarrón.

Foto: Catherine Calderón.

La multiculturalidad que se ve en la colonia Alfonzo Lacayo es una muestra de cómo la identidad cultural de la comunidad Garífuna es a prueba de balas, violencia, discriminación, urbanidad, como es a prueba del contexto que hasta el día de ahora no les ha podido arrebatar la esencia de una colonia que cada 12 de abril amanece más colorida, más rápida y más bulliciosa que de costumbre  conmemorando que un 12 de abril de 1793, los yurumi llegaron a Honduras en Punta Hisopo, de cómo los más de 5 mil ochocientos negros expulsados de San Vicente que se revelaron a la esclavitud, fueron obligados a naufragar.

Las clases de garífuna y de tambor se vuelven fundamentales para la vida de esta comunidad, que además de abrir espacios como estos en un contexto tan complejo, también rompe esquemas al permitir que mujeres garífunas, específicamente niñas aprendan a tocar el tambor –una práctica que usualmente hacen los hombres.

Y aunque la colonia lleva el nombre del hombre negro, que rompió esquemas, la  brecha educativa en comunidades como esta es latente todavía al no contar con centros educativos donde hayan maestros garífunas en las escuelas aledañas a la Alfonzo Lacayo, es quizás por eso que las clases de Esma o el  Programa Hondureño de Educación Comunitaria ( PROHECO) que ahora se ha convertido en el primer Centro Educativo Multicultural de la zona, siempre cuentan con una gran cantidad de niñas y niños garífunas, aunque los espacios donde reciban sus clases no sean los más idóneos.

CEPAL ha estipulado que dos de las llaves para la reducción de la pobreza, son la educación y el trabajo, no obstante al tener obstáculos como el lenguaje en las escuelas o colegios aledaños no todas cuentan con un 50% de personal garífuna, aunque sí hayan maestras y maestros de la comunidad (a excepción del Centro Educativo Multicultural Dr. Alfonzo Lacayo) por lo que la falta de espacios de participación o representación política, ingresos, empleo y enseñanza de la educación intercultural bilingüe hace que la brecha que el doctor Alfonzo Lacayo, inició a cerrar, siga en construcción.

Foto: Catherine Calderón.


Los esfuerzos que la comunidad hace para que la violencia no se los coma consisten en acciones sutiles, pero de gran impacto según ellas, aunque en la realidad, esas acciones sean fuertes como ellas y tan visibles como sus trajes típicos en la misa del Iglesia Católica.

Mientras doña Rita y sus nietos caminan hacia la misa del domingo, pasan por el campo de fútbol que casi no se usa por ser territorio en disputa entre pandillas. Los tambores no terminan de opacar la música de moda y gritos de alegría al celebrar un chiste seguramente cruel, que se hacían entre ellos los jóvenes de la colonia Lacayo, un espacio casi privilegiado en donde aún se puede sentir esa esencia de barrio, donde los vecinos celebran en conjunto todo, que toman sus cervezas, cocinan juntos y conversan sobre la cotidianidad.

En la iglesia, una misa intercultural, el coro está conformado por garífunas con sus trajes típicos y que, en vez de guitarras, la melodía la hacían los tambores artesanales y el canto de  familias garífunas una misa, en la que el padre hablaba o al menos intentaba cerrar frases en los dos idiomas, una misa que era acompañada de coros en garífuna y en donde las ofrendas eran pan y tableta de coco, que luego eran repartidos por igual a toda la comunidad religiosa asistente.

Puede ser que estas últimas prácticas no sean meramente de la comunidad, pero en la urbanidad conservar sus colores, formas de bailar dentro de la iglesia y cantar al son del tambor es la más grande trasgresión que quizás sin saberlo hacen ante la colonización que sigue expulsando al pueblo garífuna de las costas de Honduras.


Nota de la autora:

Este artículo, se lo dedico a esta comunidad que transgrede todos los días a todas horas, pero en especial al maestro Saul Batiz quién en vida fuera el director PR Centro Educativo Multicultural Dr. Alfonzo Lacayo. A él que siempre con ternura explicaba, acompañaba y enseñaba su cultura y educaba a las y los niños garífunas del lugar.

[i] (el olvido a la memoria: africanos y afromestizos en  la historia   colonial   de Centroamérica / ed. por Rina Cáceres Gómez)

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Cofundadora de Contracorriente y directora de desarrollo. Cubre temas de género, en específico población LGTBI, violencia y juventud. METIS fellow 2019.
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1 comentario en “Entre polvo, balas y pobreza resiste comunidad garífuna en la Rivera Hernández”

  1. Gracias Catherine, el artículo es uno que atrapa la atención del lector. Gracias por hacer entrada a nuestro mundo Garifuna y mostrar un aspecto esperanzador, para nuestra juventud y comunidad. Siempre emos luchado contra cualquier adversidades y seguimos luchando. A pesar de todo siempre tenemos razón para sonreír y bailar al ritmo heredado por nuestros ancestros.

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