Festival Ícaro: Tres historias para sobrevolar el pasado y presente del cine hondureño

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El pasado 1 de septiembre comenzó la vigesimocuarta edición del Festival Centroamericano de Cine Ícaro, que se viene realizando cada año desde 1988 y que se propone integrar y promocionar el cine de la región centroamericana. 

Por Luis Lezama 

Por segundo año consecutivo de manera virtual, comenzó el Festival Centroamericano de Cine Ícaro. El festival, que comienza primero en una selección nacional en cada uno de los países y después reúne a los mejores trabajos en una edición regional en Guatemala, se ha consolidado como un evento fundamental para dar a conocer el trabajo de los cineastas centroamericanos. Honduras, Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Panamá y hasta Barcelona y New York, se dieron cita desde el 2 de septiembre hasta el 3 de octubre para encontrarse en salas virtuales de cine a través de la página web del festival, pese a que la región atraviesa una desintegración política, principalmente en Nicaragua, Honduras y El Salvador, donde los gobiernos autoritarios han polarizado y fragmentado a la sociedad. 

El Festival Ícaro fue organizado por primera vez en 1988 por Casa Comal Arte y Cultura y la Escuela de Cine Casa Comal, con el apoyo del Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala y el Congreso de la República de Guatemala. Se ha consolidado, en poco más de dos décadas, como una ventana para que desde otros países se conozca la producción cinematográfica de la región. 

El festival Ícaro Honduras —que forma parte del festival homónimo nacido en Guatemala y que propone unir a la región centroamericana a través del arte y la cultura— contó con la participación de dieciséis  proyectos realizados por cineastas y productores hondureños. 

En sus inicios, este evento promovía la diversidad cultural, los derechos humanos y el cuidado del medioambiente (que hasta la fecha se mantienen como pilares del festival), pero estos se han ampliado en cuanto a géneros y categoría. Actualmente el festival contempla ocho categorías y ocho premios técnico-artísticos. 

«La protección y promoción de las diversas expresiones, la construcción de culturas de paz y la regionalización centroamericana son los ejes transversales de la Política Cultural de Integración Centroamericana, estos han sido el ámbito de trabajo del Festival Ícaro durante veintidós años», describe el festival en su página web. 

En Ícaro Honduras se contó con participantes en tres de las cuatro categorías, que son animación, documental, ficción y experimental —en esta última no hubo participación por parte de Honduras—, y fueron seleccionados un total de once trabajos para integrar el festival regional en Guatemala. 

Para Manuel Muñoz, cineasta hondureño graduado de la Universidad del Cine (Buenos Aires) y quien participa por primera vez en el festival, que Honduras no haya tenido participación en la categoría experimental es un síntoma de la falta de recursos y formación en lenguajes cinematográficos que hay en el país. «No se está experimentando», dice y explica que «en Honduras el lenguaje cinematográfico está bastante influenciado por la publicidad. No hay de otra, como no hay escuela, la gente se forma de lo que hay. Y lo que hay es publicidad y cine hollywoodense. En términos de lenguaje estamos mal», explica. Pero Muñoz rescata que espacios como el Festival Ícaro sirven justamente para eso, para que exista un espacio para el cine alternativo.

Toma del cortometraje Rubicón, dirigido por Manuel Muñoz y seleccionado para el Festival Ícaro regional.
Toma del cortometraje Rubicón, dirigido por Manuel Muñoz y seleccionado para el Festival Ícaro regional.

En Rubicón, dirigido por Manuel Muñoz, un cortometraje de once minutos, y filmado en material fílmico de 16 mm, asistimos a la despedida entre una joven y una ciudad —una ciudad cualquiera, pero latinoamericana— y lo que esto significa para ella. El cortometraje fue uno de los seleccionados para asistir al festival regional en Guatemala y se puede ver en el sitio web.  Para la cineasta española Elena López Riera, quien lo comentó como jurado del festival suizo Visions Du Ree, donde también participó el corto: «Manuel Muñoz nos invita a reflexionar sobre el vértigo del exilio, sobre el sentimiento de ser extranjero, sobre el desarraigo. Más que una película, Rubicón es un poema sobre el movimiento incierto en el corazón de cada partida». 

Contrastando —o complementando— la novedosa narrativa de Manuel Muñoz, es destacable el espacio que tuvo el pasado del cine hondureño en la categoría documental con el trabajo de Pablo Zúniga, quien se presentó a Ícaro Honduras con Cintas en desarrollo, un documental de cincuenta minutos que recorre la historia del cine hondureño desde sus inicios hasta hoy. Zúniga también clasificó al festival regional con este trabajo que logra conmover a través de historias como la del cineasta Sami Kafati, primer cineasta hondureño, quien murió sin lograr ver proyectado su largometraje No hay tierra sin dueño.  

Pese a que en Honduras el primer cine de autor se formalizó más tarde que en otros países de la región, según se cuenta en el documental Cintas en desarrollo de Pablo Zúniga, actualmente Honduras es uno de los países de la región donde más se está produciendo cine. Según la revista especializada LatAm Cinema, en 2019 en Honduras se realizaron once filmes, más del doble que en 2018 o 2016, representando un 7.3 % de lo que se expuso ese año en salas de cine en el país. 

Se cuenta con pocos datos, pero se estima que, aproximadamente, desde que Sami Kafati estrenara Mi amigo Ángel, reconocida como la primera película hondureña de autor, en Honduras se han producido más de tres mil proyectos audiovisuales. Datos como este y otros son los que plasmó el documentalista Pablo Zúniga en Cintas en desarrollo, un recorrido por la historia del cine en Honduras, que cuenta con la participación de personalidades del cine nacional como el director Hispano Durón, el documentalista francés René Pauck y el historiador Marxis Lenin Hernández, entre otros. 

Este documental viene a responder a la necesidad del cine hondureño de autorretratarse y mirar, desde ahí, hacia el futuro. El documental, de forma sencilla y clara, pero profunda, recorre los inicios del cine hondureño desde la película que mandara a producir el dictador Tiburcio Carías Andino, la película Honduras, que promovía una visión idílica de las plantaciones de banano y de la vida del hondureño de finales de los años treinta. 

El historiador hondureño Jorge Amaya ha calificado aquella etapa de apoyo al cine hondureño como prehistórica y afín a los intereses del Gobierno de Carías. Las cosas no han cambiado mucho desde entonces en cuanto al apoyo gubernamental. 

En enero de 2019, el Congreso Nacional aprobó la Ley de Cinematografía en Honduras, que había sido enviada por el Poder Legislativo y con la cual se busca incentivar la inversión en el séptimo arte, así como garantizar una mayor de producción de cine local. La ley contemplaba la creación de una dirección, un consejo y un fondo nacional de cinematografía, pero actualmente parece que no se está avanzando más en la creación de ninguno de esos entes. 

Según escribe Katia Lara, directora y cineasta hondureña, en un artículo publicado en el medio hondureño Conexihon, la ley aprobada «no responde, de ninguna manera, a las verdaderas necesidades de las y los creadores cinematográficos, hombres y mujeres, en nuestro país, la formación y los recursos para la creación. Por el contrario, fomenta una élite de empresarios impedidos de la capacidad de apasionarse por descubrir una forma de entender la vida a través del cine».

El Gobierno de Juan Orlando Hernández también había lanzado un concurso nacional de cine llamado «Honduras Positiva», que buscaba premiar año a año a las mejores producciones hondureñas en categorías como documental, ficción y hasta categorías de cine infantil. El problema, dice Manuel Muñoz, es que «es un concurso donde el Gobierno pone las bases de lo que hay que filmar y eso limita. Y quieren temas que tengan que ver con cacao, café, y básicamente promover el turismo del país». Para Muñoz «si ves Ícaro, los trabajos que se mandaron este año, sobre todo, lo que reflejan es oscurísimo. Te das cuenta que somos un país enfermo. Por eso está bueno Ícaro, ahí ves lo que le pasa a la gente, y lo que pasa es que la está pasando mal». 

Esto que señala se puede ver en uno de los trabajos más logrados que se presentó al festival, el cortometraje de catorce minutos Los supervisores de nubes, de William Aguilar, que, aunque inscrito como cortometraje de ficción, es de una realidad pasmosa. El cortometraje, que contó con el apoyo y patrocinio del Consejo Nacional Anticorrupción (CNA), retrata la realidad de los hospitales hondureños durante la pandemia de la COVID-19. 

En el corto de William Aguilar, que dura apenas catorce minutos, Beto y Rigo, dos pacientes enfermos de coronavirus, se encuentran delicados en la sala de un hospital hondureño, pero mientras Beto trata de darse ánimos, Rigo se ve desahuciado espiritualmente y se muestra pesimista en cuanto a la posibilidad de sobrevivir. El corto retrata, de forma verídica, el hacinamiento que hay en los hospitales hondureños, así como la falta de insumos, protección y personal médico. Rigo dice que no le importa morir, pues hay ciertos lujos que solo la gente honesta se puede dar, como ser supervisor de nubes. Así es como se titula el corto que es uno de los más vistos en la página y que en un cuarto de hora muestra la mayoría de los problemas que actualmente enfrenta la sociedad hondureña: corrupción, falta de protección social, hasta traumas históricos por eventos vividos recientemente como los huracanes, las elecciones fraudulentas y el famoso proyecto «Trans 450». Sin embargo, pese al pesimismo que parece tener, el final resulta bastante vibrante y parece repetir aquel adagio hondureño, que acaso tanto mal nos ha permitido sobrevivir: «Solo el pueblo salva al pueblo».

Toma del cortometraje Los supervisores de nubes, dirigido por William Aguilar y patrocinado por el CNA.
Toma del cortometraje Los supervisores de nubes, dirigido por William Aguilar y patrocinado por el CNA.

Tal como lo ha perseguido por más de veinte años el festival Ícaro, estos tres trabajos hondureños, pero también el resto que participó promueven el cine como parte insustituible del desarrollo humano en nuestro país. 

Como lo propuso Pablo Zúniga, el cine ha servido y sirve para recuperar nuestra memoria. También, como lo logró Manuel Muñoz, es fundamental para experimentar con nuevas formas que permitan cambiar las narrativas enquistadas que predominan en todo ámbito cultural. Y siempre, aunque muchos gobiernos intenten apoderarse del cine como síntoma de su deseo de controlarlo todo, existen trabajos como el de William Aguilar, que puede, mediante las armas audiovisuales, presentar una formidable crítica a la clase política hondureña. Los tres trabajos reafirman que el arte, aun el que es ficción, puede y debe cambiar la realidad; y también puede recuperarla para que no se pierda, para que de manera documental o ficcional sigamos existiendo, o existamos otra vez en un país que, como el sol que buscaba Ícaro, a veces parece abrasante.

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1 comentario en “Festival Ícaro: Tres historias para sobrevolar el pasado y presente del cine hondureño”

  1. Éxitos a TODOS. Gracias por hacer trascender Talentos Auténticos en pro de una Mejor Honduras. Adelante ICAROS.

    BENDIGA DIOS LA PRODIGA TIERRA EN QUE NACIMOS…………..

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