«Algo muy grave va a suceder en este pueblo»

Por Luis Lezama
Foto por Martín Cálix


 
Urna: recipiente que acoge los restos de un individuo.
|| 2. En las jornadas electorales, ídem.
Barbarismos, Andrés Neuman.

 Imagínese usted un país muy pequeño en el que la gente se levanta una mañana de domingo y dice: «Algo muy grave va a suceder en este país». La gente de otros países, algunos tan cerca como Costa Rica y El Salvador, podrían preguntar: «Pero ¿qué pasa o qué va a pasar?». Y este país entero, con la más absoluta preocupación, podría contestar al unísono: «No sé, pero llevo semanas con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este país». 

Honduras, ese país traumatizado que ha vivido en crisis política desde 2009, es justamente ese pequeño y preocupado país que en menos de una semana va a vivir, quizá, las elecciones más dramáticas de su historia reciente. 

Pero ese malestar, esa sensación de que «algo está pasando y algo va a pasar» no es nuevo, porque no ha habido ni pactos ni gobiernos de mediación que hayan podido (re)hacer cualquier cosa más allá del papel y el discurso. La gente sigue esperando, con toda razón, lo peor. Desde que asumiera el Gobierno de «reconciliación» de Porfirio Lobo, el país solo se ha polarizado más y más, hasta llegar a un punto donde nadie puede pensar en sí mismo como ciudadano, médico, periodista, etcétera, sin tratar de adivinar o de imponer de qué lado está o a quién defiende el otro. En este país ya no quedan grises, solo blanco y negro. Rojo o azul. Libre o cachureco. Ñangara o narco. ¿Qué querés? ¿Ser como Haití o Venezuela?

Pero siguiendo con ese país que se levanta una mañana —o todas— creyendo que algo muy grave está por suceder, el argumento sigue con que la gente, asustada, va y llena sus carros de gasolina, compra suficiente papel higiénico como para enrollar veinte momias, no hace planes más allá de cierta fecha y trata de adelantar todo lo que tiene por hacer antes del día señalado: 28 de noviembre, día de las elecciones en Honduras. Parece un cuento: todo un país sabiendo que algo va a suceder, pero incapaz de hacer algo al respecto. Parece cuento, sí, pero es Honduras.

Once años se dicen fácil, pero se viven arduamente. Y también pasan factura. Porque el clima previo a estas próximas elecciones se ha venido fraguando desde el 28 de junio de 2009, cuando, podemos decir, se marca el inicio de esta crisis que comenzó con un intento de consulta popular donde, cinco meses antes de otras elecciones (que nunca se hicieron), se le iba a preguntar a la gente si estaba dispuesta a aceptar que hubiera una cuarta urna en noviembre de 2009, una donde se le iba a consultar si quería una asamblea nacional constituyente.

La respuesta, en medio de un mar de desinformación, fue una población manipulada desde los medios en una campaña donde se alertaba que Honduras iba a ingresar a la siniestra lista de países socialistas, ahí donde entonces estaban Brasil y Ecuador, y donde hoy siguen estando —después de muchos acontecimientos— Bolivia, Venezuela y Nicaragua. Los militares, junto con la empresa privada, el Congreso y el aval de la Embajada de Estados Unidos, derrocaron ilegalmente al presidente Zelaya, quien comenzó un periplo por distintos países hasta volver a Honduras y formar Libertad y Refundación, un partido que se define como centro-izquierda.

Las cosas, como verán, no han cambiado mucho en diez años. El guion oficialista sigue siendo el mismo, incluso peor, pues ahora, con internet, hasta el tema de aborto se coloca como un tema de agenda de la izquierda y no un problema de salud pública. Esto ha vuelto su discurso más radical y peligroso frente a los intereses en tema de salud pública de un país que ha llegado a ocupar el segundo lugar en América Latina en embarazos de adolescentes.

Pero aunque unos y otros se acusen, la realidad es que la cúpula de Libre no es en cuanto a ideología tan diferente a la del Partido Liberal, del cual surge como una escisión y al que, definitivamente, termina desplazando como la segunda fuerza política del país. El socialismo no es cosa de ponerse sombrero y montar bicicleta. No hay que olvidar que hace menos de siete años, Xiomara Castro, candidata a la presidencia, esposa de Zelaya y quien podría ser —o no— la primera mujer presidente de Honduras, «(…)se oponía al aborto en nombre del socialismo democrático», así como también «se negaba a la despenalización de la píldora del día después en nombre de la refundación del país», como lo contaba, con ironía, el periodista español Alberto Arce en sus crónicas a ras de suelo. También es verdad que Xiomara Castro, hoy por hoy, es la candidata más cercana a las políticas de protección social, algo que se refleja en su plan de gobierno, elaborado por un grupo —la mayoría, jóvenes— que le ha recalcado a ella la importancia de despenalizar el aborto en un país donde es común ver a niñas cargando otras niñas que son sus hijas.

Pero aunque doña Xiomara esté muy bien asesorada y su plan de gobierno haya convencido incluso a muchos empresarios de que ella puede y debería ser la presidenta de este país, del otro lado está un animal herido. No cualquier animal, un dinosaurio que se define como de derecha y nacionalista, eso aunque en diez años han quebrado más empresas que ningún otro partido y no encuentran una forma más rápida de vender el país a pedazos porque necesitarían embolsarlo en bolsitas ziplock. Si eso parece de derecha y nacionalista, es porque no todos ven que, con base en cómo se comportan, ni siquiera podríamos situarlos dentro de ningún espectro ideológico, sino simplemente como una entidad criminal a la manera de un cartel, una mafia o una caterva.

Pero, apóstoles de la injusticia, la corrupción y la desinformación, el Partido Nacional sigue siendo muy fuerte. A pesar de haber desmantelado el país y robarse hasta la pelusa que quedaba en los bolsillos de la gente, hoy, a una semana, son la principal amenaza para las elecciones. 

La gente, esa que ya fue al banco a sacar dinero para tener efectivo durante la semana de las elecciones, esa que dice «Veámonos antes del 28, porque después quién sabe», también dice y cree que el Partido Nacional no va a entregar fácilmente el poder. Y la gente tiene razones para creerlo. Desde 2016, el Partido Nacional se ha aferrado con garras y colmillos a la silla presidencial. Primero, avalando una ilegal reelección de Juan Orlando Hernández; después, revirtiendo el resultado de unas elecciones que perdían por más de cinco puntos con el 52 % de las actas escrutadas. Nadie había visto una remontada así desde que el Liverpool de Pepe Reina le remontara al A.C. Milán un 0-3 en 45 minutos. Pero esto no es fútbol, estas son elecciones en un país del tercer mundo. Aquí no hay héroes, aquí lo que hubo fue un clásico apagón del sistema. Después, aparecieron los infames «votos rurales». La «curva de Batson». El toque de queda. El caos. Por último, la resignación.

El último clavo llegó veintiún días después, cuando por fin anunciaron a un perdedor, el mismo de siempre: el pueblo, ese que otra vez vería a Juan Orlando Hernández tomar posesión, pero esta vez atrincherado entre militares y sin que lo acompañara uno solo de los presidentes de Latinoamérica. Esta vez, victorioso en su derrota. Rey de las cenizas de un país que llevaba semanas quemándose. Dueño de todo, aunque sea nada. Eso cuando apenas comenzaban los rumores de que su hermano era narcotraficante, cuatro años antes de que se le condenara a cadena perpetua por traficar, con ayuda del Estado que dirige el Partido Nacional, cientos de kilos de cocaína a los Estados Unidos. En todo el caso de «Tony» Hernández, claro, lo más llamativo fue el presidente de Honduras, su hermano mayor, mencionado como coconspirador en más de cien ocasiones durante el juicio. Por eso, la gente no cree que vaya a irse. ¿Cómo se iría?

 Por estos días, la oposición ha popularizado un merengue a modo de anticipada celebración que dice: «Juanchi, Juanchi, Juanchi, Juanchi va pa Nueva York». Aunque lo desea, lo cante y lo baile, el país no cree que vaya a irse tan fácilmente, porque todos saben que tiene boleto directo a una silla de acusados en detrimento de una silla presidencial que hace mucho dejó de importarle y que es como una prisión, pero hecha a su medida. La Casa Presidencial es como la Catedral —aquella cárcel que Pablo Escobar mandó a hacer con todos sus lujos y en negociación con el gobierno—, pero con muchos más empleados. Pero, al fin, es eso: una casa por cárcel cuyo inquilino ya demostró que la única verdad que siempre dijo fue que estaba dispuesto a hacer lo que tenga que hacer para seguir en ella. Lo ha hecho, es muy probable que lo haga hasta el final.

 Una vez en una entrevista le preguntaron qué significaba «hacer lo que tenía que hacer» y su respuesta fue: «Todo hondureño sabe lo que eso significa». Y sí, todo hondureño lo sabe. Por eso en la zona norte corre el rumor en las maquilas que van a cerrar el 26 de noviembre, dos días antes de las elecciones, y vuelven hasta nuevo aviso. Por eso muchos negocios están atrincherando sus vidrieras con láminas de zinc. Por eso la mesa multisectorial que debería promover unas elecciones en paz ya anunció que el 28 debería decretarse un toque de queda, como si hiciera falta preocupar más a la gente. Por eso apenas semanas antes de las elecciones se subió el salario de los policías y se aprobaron 1300 millones de lempiras para pagar bonos de todo tipo para programas asistencialistas cuya maquinaria le permite al Gobierno controlar a la gran parte de los barrios pobres del país. Porque sí, todo hondureño sabe lo que eso significa, y más cuando lo dice él.

Todo hondureño sabe que las elecciones conllevan caos, incertidumbre, desaliento. No debería ser así, puesto que el voto es una expresión de la democracia y elegir entre uno u otro no debería crear el clima de desestabilidad tan grande que se está sintiendo aquí y que observadores internacionales ya han apuntado. Todavía más lo ha generado la muerte violenta de 28 candidatos a elección popular en apenas un año. Pero, sobre todo, lo ha generado un Partido Nacional que va perdiendo en todas las encuestas y que repite, a diestra y siniestra, que algo muy grave va a sucederle a este país si la oposición gana, como parece que debería ser. Lo ha generado que se paguen vallas enormes, probablemente con el dinero de esa gente que no tiene dinero y que somos la mayoría, donde se habla de un sí a la vida y un no al aborto, como si la cosa fuera tan fácil y no se tratara de un asunto de debate, estudio y análisis, y bastara con hacer porras por un equipo u otro.

A diario, también se repiten spots televisivos donde dos ancianos, preocupados, temen porque les vengan a quitar terrenos y casas —los spots son pagados por el mismo partido que ha llevado adelante la idea de vender el país por pedazos en un proyecto conocido como las ZEDE, pero eso no importa. Aquí nadie suma dos más dos y le dan cuatro—. Todo esto se da en medio de la contienda entre dos candidatos cuya máxima virtud es no pertenecer al partido del otro. Porque Nasry Asfura puede estar acusado en los Pandora Papers de ocultar su dinero fuera del país, de pagar las tarjetas de su familia con dinero de la alcaldía, pero al menos no está con Libre. Y doña Xiomara, podrá ser cualquier cosa, pero no es cachureca.

Todo esto, sumado, ha generado un clima de nula confianza y completa incertidumbre en la población. Los escenarios que más se repiten son tres: que gane Xiomara y los militares, junto con el Partido Nacional y la ayuda arredomada de los medios, no le permitan asumir. Lo que generaría fuertes protestas, donde los muertos, como dijo un señor de la zona norte al ser consultado por un periodista de Contracorriente sobre lo que esperaba este 28 de noviembre: «Se van a recoger en las calles de tres en tres». Lo otro, es que gane Nasry Asfura con la ayuda de un fraude que dejaría el de 2017 como un buen recuerdo, lo que generaría la misma magnitud de protestas que en el caso de que Xiomara gane. Y la tercera, la que la gente menos menciona, pero que es, por antecedentes, factible: que Juan Orlando Hernández, de una manera u otra, se siga sentando en la silla presidencial gane quien gane. Porque, de todas formas, ¿a él cuándo le han importado los resultados? En tal caso, para saber que va a pasar, remítase a leer El Apocalipsis.

Pero tanto en 2017 como en 2021, la narrativa es la misma. El que está sentado en el poder es el mismo. La oposición es la misma, pues la fórmula solo invirtió el orden de los candidatos ahora con una mujer como protagonista. La historia, en sus primeros dos actos, es la misma, y por eso la gente, avivada, imagina cómo termina el cuento. Por eso repite y repite: «Algo muy grave va a suceder en este país». Nadie sabe ni qué, ni cómo, ni por quién, pero todos sabemos cuándo.

También es cierto que nosotros, como ciudadanos, hemos ido creando este clima. Nos escribimos y nos invitamos a salir «este último fin de semana, antes de que se cierre todo». Nos queremos adelantar a los hechos formulando teorías, escenarios, y hasta canciones. Nos reenviamos información no verificada y preocupante por Whatsapp. Nos parecemos a esos personajes de García Márquez, en ese cuento donde una mañana, una señora cualquiera se levanta y dice a sus hijos: «Algo muy grave va a suceder en este pueblo». Y los hijos la tildan de loca, pero eso no evita que salgan y lo repitan. «Mi mamá me dijo que algo muy grave iba a suceder». La voz se va regando. Una señora lo escucha y va donde el carnicero. Compra dos libras de carne «porque andan diciendo que algo grave va a suceder y yo quiero estar preparada». El carnicero, astuto y seguramente cachureco, le dice al resto de los clientes que compren más carne porque andan diciendo que algo va a pasar. El caos corre más rápido que la razón, así que el pueblo entero espera que algo malo pase. 

Uno decide que no va a esperar la desgracia, toma sus cosas y se va. Otros lo imitan. Uno que está más loco dice: «Yo me voy, pero antes quemo mi casa para que no se la coma la desgracia». Echa gasolina, la prende y corre. El pueblo empieza a arder en llamas. Y la caravana huye por la calle principal, cargando todo lo que puede. Y en medio va la señora, gritando: «Yo les dije que algo muy grave iba a suceder en este pueblo. Y me dijeron que estaba loca». Así termina el cuento de García Márquez, como una profecía autocumplida. Y nosotros, por muchas razones, vamos por el mismo camino. 

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Sobre

Luis Lezama Bárcenas (Tegucigalpa, 1995) es escritor y periodista, ganador de la medalla Gabriel García Márquez en el XI Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales, organizado por la Fundación Gabriel García Márquez y el Gobierno de Colombia. Desde 2017 es integrante del taller literario que coordina la escritora argentina Liliana Heker. En 2020, un jurado integrado por Sergio Ramírez, Socorro Venegas y Juan Casamayor le otorgó el VIII Premio Centroamericano Carátula de Cuento y una residencia de escritor en la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde estudia y escribe.

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Escritor y fotoperiodista. Actualmente director de fotografía en Contracorriente.
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4 comentarios en “«Algo muy grave va a suceder en este pueblo»”

  1. Un reportaje muy realista ,no sabemos lo que va a suceder pero de que es algo malo seguros estamos ,gracias por hacer notar nuestra triste realidad ,una de la que nadie quiere hablar, porque hablar es un lujo permitido solo para los aliados del enemigo más grande que tiene Honduras, el narco dictador genocida de Juan Orlando, y algo muy claro si tengo en mi mente a esta escoria ni en el infierno le van a abrir las puertas .

  2. La verdad causa heridas, esas eran que sanan solo con la verdad, a pesar de todo y a pesar de nada, somos ese hermoso vuelo de gaviota herida que enunciaba el gran maestro Guillermo Anderson. en sus composiciones
    Honduras es grande, muy a pesar de tanta la adversidad, corrupcion, narcotrafico y muchas cosas mas…. La polarizacion ha ha dividido familias enteras. Seguira sucediendo mientras nuestra educacion este manipulada y mutilada en valores. Solo al leer profundamente se tiene la capacidad de pensar profundamente y aportar nuestra esencia de hondureños en pro de una Honduras mejor. Orgullosa de los escrito de mi Principe de las Letras.

  3. La verdad causa heridas, esas eran que sanan solo con la verdad, a pesar de todo y a pesar de nada, somos ese hermoso vuelo de gaviota herida que enunciaba el gran maestro Guillermo Anderson. en sus composiciones
    Honduras es grande, muy a pesar de tanta la adversidad, corrupcion, narcotrafico y muchas cosas mas…. La polarizacion ha ha dividido familias enteras. Seguira sucediendo mientras nuestra educacion este manipulada y mutilada en valores. Solo al leer profundamente se tiene la capacidad de pensar profundamente y aportar nuestra esencia de hondureños en pro de una Honduras mejor. Orgullosa de los escrito por mi Principe de las Letras.

  4. Luis:
    Muy acertado tu análisis. Estamos en tiempos difíciles en nuestra Honduras y solo cuando aprendamos a ser objetivos y analizar correctamente las situaciones es que podremos construir un mejor país. El seguir esperando que haya ganadores o perdedores simplemente nos aleja más de ese objetivo y nos queda rogar para que ese temor de que “algo muy grave va a suceder” se quede simplemente en eso…un simple temor.
    Saludos a la distancia y me alegra saber que ahora estás aquí

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