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Los olvidados del circo

La vida del circo es la vida de los nómadas: ir de un lugar a otro, una y otra vez. Un ciclo que se repite eternamente y que se hereda de una generación a otra. El oficio circense ha perdurado en la historia, más o menos desde hace tres mil años, y ha sobrevivido a muchos altibajos mutando a lo largo del tiempo. De los primeros circos de fenómenos a la censura de animales dentro de sus espectáculos, el circo como forma de vida, aparenta poder con los cambios de la vida moderna, y en la actualidad enfrenta al que quizá sea el cambio más significativo en muchos años: la vida pospandemia.

El Circo Segovia llegó a Honduras cuando la COVID-19 comenzaba a invadir todo en el país. Luego de una breve estación en Choluteca, lo que tuvo fueron dos funciones más en Tegucigalpa. Luego, el gobierno hondureño decretó una cuarentena, que si bien se ha cumplido muy poco, no ha permitido la reapertura de lugares para espectáculos debido al ascenso imparable de los casos positivos para COVID-19. 

En estas condiciones, Alejandro Segovia dobló la carpa, solicitó un salvoconducto para los trabajadores más cercanos a él, y se marchó de madrugada, dejando atrás a todo el equipo de logística del circo, cuentan los que quedaron varados: un salvadoreño, un colombiano, dos hondureños, y una familia mexicana. Han tenido que recurrir a pedir dinero o a buscar otros trabajos en una vida —que en aparente pausa por el virus— los aleja del mundo del circo.

La gira centroamericana del Circo Segovia tenía como última estación, antes de volver a Guatemala, el territorio hondureño. Pero —cuentan los extrabajadores del circo— que los problemas económicos de la empresa venían haciéndose visibles desde antes. Alejandro, dueño del circo, había estado retrasando el pago de salarios, argumentaba tener problemas económicos de los que prometía iban a salir, pero esa promesa no se cumplió jamás.

La pandemia provocó que se hicieran visibles las diferencias dentro de la empresa, explican quienes ahora están varados tras el cierre de los espectáculos de todo tipo debido a la COVID-19. Cuentan que en el inicio de la crisis las ayudas para el circo llegaron en grandes cantidades pero que fueron mal administradas, los trabajadores de origen guatemalteco fueron tratados de mejor manera que el resto, quienes apenas tuvieron acceso a poco de la ayuda.

Miguel y su familia, mexicanos todos, son herederos de la tradición circense y han trabajado en circos de mayor prestigio, hasta la muerte de la jefa anterior —quien era parte de la familia Gasca—, dueña de uno de los circos más grandes de México. La generación de su padre y la anterior a esta han vivido en el circo. El circo no es otra cosa que el territorio que habitan, la patria nómada del espectáculo. Esta familia mexicana siente que aunque con mucha adversidad lograrán salir de esta situación, sin perder la dignidad, recuperando su conexión con la carpa. Segovia le adeuda cuatro mil dólares a Miguel.

Fabio es salvadoreño, dentro del circo era el mecánico y el troquero. Segovia se fue dejándolo a la intemperie y adeudándole dieciocho mil dólares. Ahora trabaja como conductor de un tanque cisterna para un diputado del partido Libertad y Refundación (LIBRE) , con lo que gana puede tener una entrada de dinero para comer y ayudar al resto de sus amigos. A este trabajo se ha sumado el colombiano Jarder, a quien Segovia le quedó debiendo tres mil dólares de salario.

Elvin y Stephanie son una pareja de jóvenes hondureños que Segovia sumó a su circo en algún punto de la gira (Stephanie dice que en Guatemala y Elvin dice que en Choluteca). Estos dos jóvenes se unieron al Circo Segovia luego de intentar huir de la violencia de las pandillas en el barrio donde vivían en Tegucigalpa y al que no pueden volver porque los matarían. Stephanie cuenta que se unieron a una caravana migrante —pero no recuerda a cuál de todas— para intentar llegar a Estados Unidos, pero en el camino conocieron el circo. Elvin dice que trabajaba de mesero en un restaurante de comida rápida en Choluteca. Las versiones se cruzan al hablar por separado con ellos y entran al terreno de la ambigüedad, hablan poco, hablan visiblemente nerviosos. El circo les quedó debiendo cerca de doscientos dólares.

Estas son las personas que el Circo Segovia abandonó a su suerte en Tegucigalpa: los invisibles del espectáculo, las personas que hacían posible la logística para actores y actrices. Los que durante los cuatro meses que lleva la crisis sanitaria en Honduras no han tenido acceso a servicios de salud ni la posibilidad de mejorar sus condiciones actuales.

Urihan de 12 años, pide dinero en la calle desde que el Circo Segovia cerró funciones debido a la cuarentena decretada por el gobierno hondureño tras la expansión de la COVID-19 en el país. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Maritza pide dinero a los conductores que pasan frente a donde antes estuvo el Circo Segovia, en La Granja. Ella y su familia permanecen varados sin posibilidades de volver a México debido a la cuarentena por COVID-19. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Miguel se hace cargo del cuidado de sus hijos, mientras Maritza (su pareja) pide dinero en la calle. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Stephanie de 25 años, se encontró con el circo cuando huyó de Honduras en una caravana, que ahora dice que no recuerda cuál de todas fue. Ella y Elvin (su pareja) migraron para huir de la violencia de las pandillas en su barrio, ahora se sienten engañados y a la intemperie. Comayagüela, 14 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Elvin y Stephanie cocinan sus alimentos en una estufa de bloques improvisada, donde alternan el uso de la única cacerola que tienen para preparar lo que van a comer. Comayagüela, 14 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Urihan toma un descanso para beber un vaso de refresco, dentro de la casa rodante de su familia. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Dentro de la casa rodante de la familia Velásquez hay varias imágenes de la Virgen de Guadalupe, símbolo de la espiritualidad mexicana. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Urihan juega con su hermana menor durante un descanso por la tarde. Urihan y su madre piden dinero para poder sostener a su familia ahora que no hay trabajo en ningún circo debido a la expansión de la COVID-19. El dinero que piden ellas dos es la única entrada económica de esta familia. Foto: Martín Cálix.

En un improvisado refugio de plástico pasan los días, Elvin y Stephanie, luego de que fueran abandonados por el Circo Segovia, al que se unieron luego de intentar llegar a Estados Unidos en una caravana migrante. Comayagüela, 14 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Todos los niños, todas la niñas, que viven en un circo aprenden la vida dentro del circo, pronto empiezan a aprender los actos para convertirse en actores y actrices circenses, explica Miguel Velásquez, quien fue trapecista antes de ser carpero. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Jarder y Fabio; Miguel y Maritza, junto a sus tres hijos; Elvin y Stephanie, son a quienes el Circo Segovia abandonó a su suerte. Comayagüela, 14 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Luego del breve paso por Honduras, del Circo Segovia de Guatemala, únicamente ha quedado una casa rodante y viejos plásticos, donde pasan casi a la intemperie quienes trabajaban en la logística del circo. Comayagüela, 15 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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