Contra Corriente

El hambre expulsa a más personas a las calles tras la pandemia

Son incontables las mujeres, niños y hombres, familias enteras las que salen todos los días a las calles de las principales ciudades del país para pedir dinero o comida. Las mujeres y niños más vulnerables aguantan amenazas, insultos y hasta acoso sexual en medio de la desesperación de no tener cómo sobrevivir después de que la pandemia llegó a Honduras.

Fotografías de Martín Cálix y Deiby Yánes

La pobreza en su forma más extrema, siempre ha obligado a las personas a la mendicidad que durante años se ha documentado —a veces con morbo— y que en países como Honduras nunca ha tenido respuestas estatales que salven a los pobres de la precariedad económica y humana. Según el Instituto Nacional de Estadística de Honduras (INE), el 38.7 % de la población hondureña ya vivía en pobreza extrema en 2018, esta es la última actualización de cifras en su sitio web. Cuando la pandemia por COVID-19 llegó al país, las expresiones de esa pobreza se volvieron más cotidianas, más evidentes. Esta pandemia y las medidas con las que el Estado ha respondido a la misma, han precarizado la vida de miles de personas, muchas de ellas se encuentran ahora viviendo en condiciones de calle, por haber perdido su fuente de ingreso. 

Luego de la declaratoria de emergencia que impuso un toque de queda permanente e instó a la población hondureña a llevar una cuarentena (para la que no estaba preparada), miles de personas han sido obligadas a salir a los principales bulevares de la ciudades para pedir dinero, comida y cualquier cosa que ayude a sobrellevar la adversidad que implica afrontar la expansión del virus en territorio hondureño. En muchas de estas calles de Tegucigalpa y San Pedro Sula a veces se veía jóvenes limpiando vidrios a cambio de lo que los conductores quisieran darles, otros hacían malabares hasta con machetes y bolas de fuego; no se veía familias enteras, tantas madres solteras y niños como después de la pandemia. El anillo periférico en Tegucigalpa ahora es un largo recorrido donde se ve grupos de personas con rótulos que anuncian su abandono. 

La tasa de desempleo abierto (TDA) —o personas que quieren trabajar pero no encuentran una plaza— se mantuvo estable en más de 240 000 personas durante el 2019, eso significa un 5.7 % de la población económicamente activa (PEA), según la Secretaría de Trabajo y de Seguridad Social (STSS). Pero con la pandemia muchas personas perdieron sus trabajos, a pesar de que dos semanas tras la declaratoria de la emergencia nacional se emitió el decreto ejecutivo PCM 021-2020, según el gobierno hondureño para evitar los despidos y garantizar los puestos de trabajo. Las empresas obligaron a sus empleados o «colaboradores» (según la nueva terminología) a compensar los días como vacaciones, ignorando por completo el escenario mundial y en un acto más de voracidad. Los trabajadores han recibido presiones de sus patronos para volver a sus puestos de trabajo, en muchos casos con salarios reducidos,  mientras el país atraviesa el punto más elevado de la curva de contagio.

Pero los que no tenían un trabajo formal, una gran parte de la PEA de Honduras que sobrevive del comercio informal la tienen aún más difícil. Las medidas de reapertura de la economía nunca los contempló en el plan que terminó fracasando. 

Según un informe de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), publicado el 16 de junio, «producto de la crisis provocada por la pandemia de la COVID-19, la población en condiciones de pobreza extrema en América Latina y el Caribe podría llegar a 83,4 millones en 2020, lo que implicaría un alza significativa en los niveles de hambre, debido a la dificultad que enfrentan dichas personas para acceder a los alimentos, señala la Cepal, con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)». 

En las ahora menos transitadas calles de las principales ciudades de Honduras, se puede ver a mujeres, madres solteras, trabajadoras domésticas que no han vuelto a trabajar porque sus empleadores temen que ellas lleven el virus a las casa donde trabajan, mujeres —jóvenes y ancianas— que deben soportar acoso sexual e insultos de parte de los conductores, que les tiren un lempira o que incluso amenacen con denunciarlos en la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (Dinaf), para que les quite a los pequeños que no pueden quedarse en casa, porque no tienen, porque la perdieron por falta de pago en el alquiler. Son familias pobres que la pandemia ha hecho más pobres y más discriminadas.

Quienes están en las calles trabajaron antes en rubros como el de la construcción, transporte, electricidad, trabajo doméstico, por nombrar algunos. Todas estas personas tienen algo en común: no han podido quedarse en casa haciendo cuarentena, salvándose del virus, pidiendo la despensa por delivery o saliendo en sus vehículos solamente porque están  cansados de estar encerrados. Todas estas personas, rechazadas por quienes salen protegidos para no contagiarse de COVID-19, temen más al hambre que al virus.

Esta pareja de ancianos, pide dinero en la rotonda del monumento a la madre en San Pedro Sula. María Angélica Portillo y Felipe Benítez, aseguran que su única hija hace muchos años que los dejó en el abandono y no les ayuda, por lo que ahora deben dedicarse a pedir en la calle para poder cubrir sus necesidades. San Pedro Sula, 9 de julio de 2020. Foto: Deiby Yánes

En el bulevar Juan Pablo II de Tegucigalpa, Azael pide dinero junto a su madre, quien lo carga en brazos. Azael nació el 16 de marzo de 2020, en un mundo en cuarentena por la COVID-19. Su familia lleva casi cuatro meses pidiendo dinero para poder sobrevivir en medio de un toque de queda y la posibilidad de contagiarse del virus. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Henry Hernández de treinta y cinco años lleva casi cuatro meses pidiendo en la calle para poder comer él y su familia. El avance de la COVID-19 hizo que el aserradero donde trabajó por cinco años despidiera a todo su personal y suspendiera operaciones. Sin empleo y con una familia que depende de él, Henry ha tenido que recurrir a pedir dinero en el bulevar Centroamérica de la ciudad de Tegucigalpa, donde ha recibido amenazas e insultos, incluso tuvo que enfrentar la posibilidad de que la Dinaf le separara de su hija y sus dos hijos, razón por la que ni ellos ni su esposa —que es diabética y debe tener su medicamento— lo han vuelto a acompañar. Esta familia paga un alquiler de 2000 lempiras en la colonia 19 de septiembre. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Selvin Quinilla, treinta y cuatro años, desde hace tres meses está pidiendo en la calle para poder llevar dinero a su hogar. Selvin afirma que tras iniciar la crisis lo despidieron de la maquila donde trabajaba, y ante las múltiples necesidades tuvo que instalarse en el bulevar del Sur, salida hacia Tegucigalpa, a la altura del peaje, para pedir ayuda a los conductores. Tiene una hija pequeña y vive en el sector de Chamelecón. La caridad, asegura, es la única entrada de dinero que ahora le queda. Al igual que Selvin, esa calle se ha llenado de madres y niños pidiendo ayuda, apelando a la solidaridad de los conductores. Aducen que no hay trabajo y deben pedir para poder alimentarse. San Pedro Sula, 9 de julio de 2020. Foto: Deiby Yánes.

Melissa de diecinueve años y María de veinte años, han tenido que cargar sus hijos en brazos y pedir dinero para poder sobrevivir, luego de que fueran abandonadas por sus parejas al momento de quedar embarazadas. Se conocen desde la escuela, han sido amigas desde entonces, y ahora también viven juntas con sus hijos en Altos de La Quesada, un barrio controlado por una pandilla. A veces —explican estas dos jóvenes— los conductores les ofrecen dinero a cambio de sexo, o las insultan y amenazan con denunciarlas al Dinaf por estar con sus hijos pidiendo al final del Anillo Periférico. Ellas no tienen opciones, no las han tenido desde hace cuatro meses. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

María de veinte años carga a su hijo y pide dinero, a veces también comida. Durante estos cuatro meses, María ha debido aguantar insultos y acoso sexual de los conductores a quienes se acerca para solicitarles ayuda. María —quien vive en un barrio controlado por una pandilla— fue abandonada por el padre de su hijo en el momento en el que ella quedó embarazada. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Don Orlando, es diabético y pide ayuda en el semáforo de la comunidad de Dos Caminos, Villanueva, Cortés. Por andar en silla de ruedas, dice que, a veces corre bastante riesgo por estar en la autopista que conecta hacia San Pedro Sula. Durante los meses que la crisis por la COVID-19 se ha agudizado. Dice que los conductores dejan menos dinero, y además ya hay más niños pidiendo en la calle y eso afecta en la cantidad que él recolecta. Dos Caminos, Villanueva, Cortés. Jueves 9 de julio de 2020. Foto: Deiby Yánes.

Varada en Honduras, luego de que el Circo Segovia cerrara operaciones, Maritza y su familia —todos mexicanos— se ven obligados a pedir dinero para sobrevivir. Esta familia de trabajadores del circo fue abandonada sin posibilidades de volver a su país. Tegucigalpa, 8 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Antes de la pandemia, Iván, era conductor de una volqueta, se quedó sin trabajo y al poco tiempo fue declarado en el país una cuarentena que él y su familia (su esposa y sus tres hijas) no pueden cumplir. Sin ahorros, sin trabajo, sin posibilidades se ha visto obligado a pedir ayuda en el bulevar Centroamérica. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Decenas de personas, en su mayoría provenientes de la colonia Lempira, sector Chamelecón, desde tempranas horas se lanzan a la calle, en la salida hacia Tegucigalpa, para pedir ayuda económica y poder comprar alimentos. Madres con hijos en brazos y familias completas se aglomeran en este punto de la carretera. Esta es una escena que se ha vuelto cotidiana a raíz de la crisis generada por la COVID-19. San Pedro Sula, 9 de julio de 2020. Foto: Deiby Yánes.

Jenny tiene dieciocho años, luego de cuatro meses de cuarentena y toque de queda, se ha visto obligada a pedir dinero en el Anillo Periférico, apenas es su primer día. Tegucigalpa, 8 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Meilin, se acerca a los autos que paran cuando el semáforo que intercepta la Avenida Paraguay y el bulevar Juan Pablo II se coloca en rojo, entonces se acerca a las ventanillas y con un rótulo de cartón pide dinero. Ella y toda su familia se han visto obligados a pedir dinero por la falta de empleo que se agudizó con la llegada del coronavirus al país. Tegucigalpa, 7 de julio de 2020. Foto: Martín Cálix.

Se dieron un tiempo para descansar y comer un poco. José Luis Villanueva, en silla de ruedas, todos los días recibe la ayuda de su amigo inseparable Will Mejía, quien lo empuja de un lado a otro en la carretera, en medio de los autos para poder pedir en el anillo de circunvalación de San Pedro Sula. Al final del día —dicen— se reparten equitativamente lo obtenido. Don José Luis nos contó que a diario debe pagar 130 lempiras por el cuarto que habita en el barrio Medina, y que además debe llevar para colaborar con los alimentos de su hogar. Su esposa vende comida en ocasiones, pero no les alcanza y una nieta que es la más cercana a ellos, tampoco encuentra trabajo. Cuenta que antes de la pandemia le iba mejor en la calle, ahora dice que no recoge ni la mitad de lo que hacía, porque la gente tiene miedo a los contagios y no baja los vidrios de sus carros. San Pedro Sula, 9 de julio de 2020. Foto: Deiby Yánes.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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Escritor hondureño. Autor de los libros "Partiendo a la locura" (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) "45" (Ñ Editores 2013), "Lecciones para monstruos" (90s Plaquettes 2014) y "El año del armadillo" (Difácil 2016).

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