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Insistir ante la adversidad

Marta, sus dos hijos y su nieta viven en La Bodega, una aldea del municipio de Santa Ana —en medio del inmenso parque eólico que genera energía, en Honduras, sobre los techos de la gente pobre—. Para poder criar a sus hijos, esta mujer de 41 años ha tenido que ganarse la vida de muchas formas: de niñera, lavando ropa, trabajando en una maquila, reparando ropa en una tienda, y reclutando a otras mujeres para que sean vendedoras en una empresa que ofrece productos por catálogo. En ningún trabajo le dieron derechos laborales.

Marta ha hecho muchas cosas para que su familia conserve la dignidad y que sus hijos crezcan bien. Ahora su hija tiene 25 años y como Marta, también es madre soltera de una niña de 9 años. El hijo menor de Marta tiene 23, abandonó sus estudios y se ha dedicado a trabajar en la construcción, un rubro que apenas está reactivándose en medio de la pandemia. Ante esto, Marta continúa siendo el sostén de su familia.

Antes de la llegada del nuevo coronavirus al país, Marta estaba trabajando en una tienda de ropa de segunda mano, en el Mercado San Isidro de Comayaguela. Ahí reparaba ropa que llegaba en mal estado y ganaba entre 270 y 300 lempiras diarios. De esta tienda no la han despedido, pero durante el período que dure la crisis sanitaria actual, debido al COVID-19, Marta y sus compañeras de trabajo no recibirán salario, por lo que deben buscar otras formas de generar sus ingresos.

Como muchos oficios, la sastrería —oficio que estudió Marta por consejo y apoyo de su abuela— ha decaído, al punto de que los artesanos son simples reparadores, ya no fabrican. Marta jamás tuvo un trabajo estable, algo que le diera a su familia la tranquilidad de una entrada mensual. La incertidumbre económica ha sido parte de esta familia compuesta por tres mujeres y un hombre.

La nueva situación que produce la expansión de una enfermedad de carácter mundial y que ha obligado a muchos a quedarse en casa, ha producido también una oportunidad para el sustento de Marta y los suyos: producir mascarillas de tela en su casa ante el desabastecimiento de mascarillas quirúrgicas en el país. La escasez ha conllevado a aceptar el uso de mascarillas de tela, mismas que al principio de la crisis no eran recomendadas por producir una falsa seguridad en quienes las usan, pero el otro camino era quizá el pánico por no tener una mascarilla para protegerse de un virus más pequeño que una mota de polvo.

Marta hace mascarillas en su casa, sentada en la mesa del comedor. Trabaja produciendo mascarillas por encargo. Los materiales ahora también son escasos debido al cierre de las tiendas y proveedores de materia prima, pero ha corrido con algo de suerte: una exjefa le ha regalado tela para producir sus primeras mascarillas, las que vende a 20 lempiras, cada una.

La materia prima se le está acabando y pronto tendrá que buscar la forma de resolverlo: encontrar un proveedor que le pueda vender telas para seguir produciendo sus mascarillas. Esto que comenzó haciendo para vender entre los vecinos y que la ha llevado a recibir pedidos de algunas clínicas privadas, ya que ven en sus mascarillas la oportunidad de abastecerse de aquello que en las farmacias no puede encontrarse.

Marta explica que empezó a hacer mascarillas porque no tenía dinero. Fue la necesidad la que la llevó a producir mascarillas para vender entre sus vecinos. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Una de las primeras mascarillas que hizo Marta, cuelga de un tendero vecino. Una familiar suya la usa para protegerse del COVID-19. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Un viejo alfiletero acompaña las labores diarias de Marta mientras elabora sus mascarillas. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Apoyada por su abuela, Marta estudió en una academia el oficio de la sastrería. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Marta muestra una de sus mascarillas. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Tres niñas juegan fútbol en la comunidad de La Bodega, una aldea del municipio de Santa Ana. 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

La mesa de comedor en la sala de la casa de Marta ha sido convertida en un taller improvisado. Ahí trabaja produciendo las mascarillas que le encargan. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Las mascarillas de Marta son elaboradas con tres capas de tela, la pieza de en medio funciona como filtro, explica la sastre. Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Junto a su perra, Marta camina por su vecindario, donde viven únicamente familiares suyos, por lo que al lugar le dicen «El Familión». Santa Ana, 30 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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30 abril, 2020
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2 mayo, 2020
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Comentarios

  • Vicky Vasquez
    REPLY

    Excelente trabajo un ejemplo a seguir ya que es una forma de obtener ingresos y más en estos momentos de crisis mundial…la felicito porque siempre ha Sido una mujer luchadora y emprendedora…segui adelante hermana Dios seguirá dandote bendiciones….

    2 mayo, 2020

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