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Las mujeres de la sierra y el café

Se estima que la cosecha hondureña de café 2018-2019 sea de 10 millones de quintales, lo que se traduciría en $1,500 millones para los productores de café —los dueños de las fincas de mejor calidad que tasan su producto en mercados europeos y asiáticos—, explica la Agencia EFE, en un artículo publicado en junio de 2019. El café es el segundo rubro de la economía según el PIB hondureño, solo superada por la industria textil (maquilas), dejando en 2017 1,17 mil millones de dólares, según the Observatory of Economic Complexity. A pesar que el café se ha convertido en el principal producto de exportación con cifras que han ido en ascenso en los últimos diez años, las mujeres que trabajan en las fincas de café en Honduras apenas ganan 1 lempira por cada libra de café en uva que cortan —es decir, la fruta del café—, lo que se traduce en un rango que ronda entre los 80 y 100 lempiras diarios. Los éxitos económicos de la gran industria del café no significan mayor cosa en las pobres economías familiares de las mujeres que se dedican a cosecharlo durante la temporada de la corte.

Fotoensayo por: Martín Cálix

Los éxitos económicos de la gran industria del café no significan mayor cosa en las pobres economías familiares de las mujeres que se dedican a cosecharlo durante la temporada de la corte.

Cuando se suele preguntar de dónde proviene el mejor café de Honduras, parece que hay cierto consenso —a veces más, a veces menos—, el café de mejor calidad se produce en el departamento de La Paz, y ahí, el mejor café lo cortan las mujeres de Chinacla —un municipio a 15 o 20 minutos del centro de Marcala, una de las principales ciudades del departamento de La Paz.

La Paz, en un país como Honduras, es una mentira a medias. La Policía Nacional reportó en su servicio de estadísticas 49 homicidios en 2018, desde 2015 una cifra en ascenso en este lugar que ha dejado de ser pacífico. No se puede comparar con las ciudades más violentas: San Pedro Sula y Tegucigalpa, pero la violencia ocurre a puerta cerrada y a veces se desangra en la calle. El 13 de diciembre ingresaba a la morgue de Tegucigalpa Johana Lizet Guitiérrez de 17 años, asesinada en una finca de café en Tutule, departamento de La Paz. Johana, originaria de la comunidad de El Zancudo en Nahuaterique, se convirtió en el femicidio 358 de 2019. Murió luego de que atacaran la finca donde trabajaba con su familia- Además de su muerte, dos de sus hermanas resultaron heridas y le sobrevive a Johana una hija de 4 años.

Dentro de la Iglesia de San Miguel Arcángel de Marcala, una mujer reza frente al altar. Esta iglesia fue construida entre los años 1886 y 1889, 11 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Fidelina Ávila, de la Red Contra la Violencia, explica que las mujeres del departamento de La Paz trabajan en las fincas de café porque suele ser la única opción para muchas de ellas, otras buscan trabajar en los supermercados, o hacen pan, o tamales, o cualquier cosa que les sirva para subsistir.

Mientras el café es nuevo en la economía del país, el modelo de trabajo con el que ha alcanzado ese lugar es, al contrario, antiguo, y muy conocido por haber condenado a otros países a la pobreza en las regiones en donde se produce el mejor café de exportación.

Fidelina insiste en el hecho de que no hay más opciones. Entonces, cuando las opciones se agotan o cuando las mujeres se agotan de esas opciones, cuando el lugar se hace invivible, migran.

Mientras las mujeres de la corta en las fincas de café ganan 1 lempira por libra cortada, las mujeres que trabajan en la selección del café para exportación en la plantas procesadoras, pueden llegar a ganar entre 170 y 200 lempiras diarios en jornadas de 12 horas, Chinacla 9 de de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Una taza de café capuchino en Marcala cuesta 40 lempiras, en Tegucigalpa, ese mismo café puede llegar a los 60 lempiras, lo que equivale a medio jornal de trabajo de una cortadora de café de las fincas del departamento de La Paz. 11 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

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Belkis emigró desde las montañas del departamento de La Paz. Cuenta que de niña vivía en una casa pequeña con toda su familia, pero cuando tenía 24 años decidió buscar mejores opciones de vida, en Marcala no las iba a encontrar y solo después de muchas gestiones una cooperativa le otorgó un préstamo con el que pudo viajar a España. Necesitó 90 mil lempiras que tuvo que pagar —más intereses por préstamo— en un año. La falta de oportunidades de empleo, de educación, las pocas posibilidades de tener una mejor vida con lo poco que entonces hacía su familia son los detonantes para que decidiera migrar.

Se fue con un objetivo: el de quedarse en España únicamente tres años. Belkis tenía claro que ese tiempo era suficiente para mejorar sus condiciones. En España trabajó al cuidado de una anciana, que la trató bien, cuenta Belkis, que incluso le tomó cariño. Con lo que ganaba cuidando a esa otra mujer que no era su madre, pero que tenía la edad para serlo, le sirvió para poder comprar un terreno donde construir su casa, primero hizo eso, después pudo comprar algo de tierras donde ahora siembra maíz, café y tiene una vaca.

Belkis, retratada en su casa de la comunidad de La Flor, Planes de Marcala, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Belkis es la cuarta de seis hermanos, y a pesar de ser dueña de la finca que trabaja con su esposo —con quien ahora tiene un hijo—, no le garantiza más que la subsistencia. Los intermediarios no pagan mucho por el café que produce en la montaña, apenas alcanza para la gasolina y para echar andar la nueva cosecha.

Ella se refiere a la montaña como suya: «mi montaña», dice cuando habla del porqué regresó de Europa. Hace énfasis en la familia, en lo cercana que es con su gente, arriba en la montaña donde desaparece la señal telefónica y el frío entra hasta los huesos.

En la cocina de su casa, Belkis sirve un vaso de limonada. La casa fue lo primero que pudo construir con lo que ganada en España, Planes de Marcala, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

En Europa a Belkis le tocó ver el sufrimiento de otras mujeres que como ella buscaron tener algo más que ilusiones, y que al hacerlo dejaron atrás a sus hijos, la lejanía las entristecía, dice.

«¿Por qué uno deja su país? Porque aquí el gobierno no se preocupa por la juventud», concluye, luego de enumerar las razones, ahora tiene 30 años, y se pregunta dónde va a estudiar su hijo porque en las montañas de La Paz las posibilidades de estudio son escasas.

Belkis revisa una planta de café de su finca que aún no ha madurado, Planes de Marcala, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

En las montañas, la pobreza es todo lo que conocen las mujeres desde que nacen. Fidelina explica que «las niñas viven en pobreza en sus hogares, además de eso están expuestas a que las mañoseen en el mismo hogar, a veces también por el lugar donde están durmiendo, hay hogares donde están durmiendo siempre todos juntos, en hacinamiento».

En el año 2017 el departamento de La Paz reportó 595 partos en adolescentes, según el informe «Violencia sexual en Honduras» del Centro de Derechos de la Mujer. En 2018, según los datos del Ministerio Público, el departamento de La Paz reportó 67 casos de delitos sexuales, 31 de estos son menores de 15 años.

Una joven carga a su hija en brazos mientras descansa en una banca frente a la iglesia católica de San Miguel Arcángel de Marcala. El departamento de La Paz tuvo una incidencia de embarazo adolescente de 595 en 2017, la cifra a nivel nacional para 2018 fue de 20, 516 partos en menos entre los 10 y 18 años de edad según datos del CDM, Marcala, 11 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

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En su primer intento, Erly solo pudo llegar hasta Chiapas. Aquella primera vez viajaba con cuatro jóvenes, y al atravesar un bosque —cuenta ella— los asaltaron. Esto la desmotivó de continuar su viaje hacia Estados Unidos. Luego de una semana en una casa decidió volver. En su segundo intento, Erly se acompañó de una cuñada, «nos fuimos a la deriva», explica. No tenían claro cómo llegar, qué rutas tomar, hacia dónde ir primero para comenzar a subir, aún así, las dos llegaron hasta Tenosique, aquí, el miedo a subirse en el tren que los migrantes llaman “la bestia” las detuvo, y buscaron ayuda en familiares que vivían en los Estados Unidos.

«Les llamamos, les pedimos que nos pusieran un coyote», explica. En 2005 logró cruzar la frontera sur, esquivando las embestidas de la migra y atravesando con sus pocas pertenencias en una bolsa de plástico por el Río Grande. Para poder irse, Erly vendió lo que tenía, una finca de café.

Erly, retratada en su casa, Chinacla, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

La razón por la que Erly decidió tomar la ruta migratoria fue porque sus seis hijos ya estaban en edad escolar y ella quería ofrecerles un mejor futuro, uno que ella no había tenido, aunque para eso, tuvo que dejarlos al cuidado de la abuela —la madre de Erly— durante un tiempo. Sus hijos tuvieron que asumir que se había ido, y como pudieron se cuidaron. Como su madre, Erly también fue madre soltera, su pareja los abandonó a los siete: a Erly y sus seis hijos.

De niña, cuenta, le tocó caminar hasta dos horas desde Chinacla hasta Marcala para poder estudiar la primaria y la secundaria, ella y sus hermanos. A los 10 años cortaba café en las plantaciones durante la temporada de corta y en Estados Unidos, Erly, hizo trabajos de limpieza en casas y universidades, con el tiempo pagó coyote para dos de sus hijos.

Erly, su hija Madeline y su esposo, trabajan en la empresa familiar, una tostadora, trilladora y empacadora de café que han instalado en casa de Erly, Chinacla, 10 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Volvió en 2009: «no fue que me deportaron ni nada, sino que me vine voluntariamente porque mis niñas estaban grandes, ya eran señoritas y tenía que venirlas a cuidar».

Ahora habla de volverse a ir, que necesita trabajar, en Estados Unidos, sus hijos allá, le insisten que no se vaya, que para eso ellos le ayudan pero la respuesta de Erly sigue siendo la misma, desea volver a Estados Unidos para por segunda vez, intentar tener una vida mejor.

Erly ahora tiene 54 años y trabaja en su empresa familiar, una tostadora y empacadora de café que ha puesto solo porque pudo acceder a un préstamo. Cada mes, ella y su familia, pagan cerca de 20 mil lempiras al banco que les hizo el préstamo, una cifra que pagaran por cinco años.

Madeline es hija de Erly, y las dos trabajan en su empresa de tostado y empacado de café. Para poder montar esta empresa la familia se ha endeudado con un préstamo bancario por el que pagan aproximadamente 20 mil lempiras mensuales, durante 5 años, Chinacla, 10 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Fidelina explica que la razón por la que las mujeres se van del departamento de La Paz es por la falta de oportunidades, dice que «tienen que salir del municipio, jovencitas, salen para otro lugar, emigran para Tegucigalpa, para San Pedro (Sula), para Siguatepeque, y también se van hacia Estados Unidos, España también, porque no hay trabajo, algunas se gradúan y ahí siguen, tal vez de trabajadoras domésticas, entonces no es fácil el empleo en estos lados, es bien difícil el empleo para las mujeres, entonces por eso están migrando hacia otros países y también en el mismo Honduras».

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), para 2018 en el país la pobreza era del 61.85%, y la población rural era de 4 millones 97 mil 796. En 2017, el Índice de Desarrollo Humano en La Paz era equivalente al de Pakistán (0.567).

Una familia baja de la cosecha de café y se dirige a su hogar cargando trozos de leña seca para la hornilla, Chinacla, 10 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

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Más de 318 mil desplazados internos entre Honduras y El Salvador en 2019, reportó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR. En las plantaciones de café de Chinacla en el Departamento de La Paz —un departamento fronterizo con El Salvador—, hay mujeres que se han desplazado hasta ahí para poder trabajar y ganar 1 lempira por cada libra de café que cortan. La libra de café de esa región ya comercializado puede llegar a costar hasta 250 lempiras. Según la organización El Paraíso Café aproximadamente 90% de todo el café hondureño es comercializado a través de intermediarios independientes y agentes de casas exportadoras, 10% se comercializa directamente o a través de cooperativas.

July nació en el sur hondureño, es la mayor de diez hermanos, hijos de una madre soltera. Allá hacía casi de todo: trabajó siempre, desde los diez años haciendo de niñera de sus primos a cambio de ayuda para sus estudios, con el tiempo hizo trabajos secretariales, fue voluntaria de la Cruz Roja, trabajó en las camaroneras, y en el estudio fotográfico de un tío suyo ayudando a hacer restauraciones y las fotos de graduación de los chicos de secundaria. Cuando quiso comprar su propia cámara, le tocó la difícil elección: gastarse 20 mil lempiras en lo que podría haber sido su instrumento de trabajo o ayudar con ese dinero a su madre y hermanos. Optó por lo segundo.

July es originaria de Valle, luego de que conociera a su esposo, los dos se mudaron a Chinacla, su hijo ahora tiene 3 años de edad. 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Hace cinco años —narra con el acento pausado del sur— conoció a su esposo mientras colaboraba con la Cruz Roja en los proyectos de microempresas, «al principio me caía mal», dice y se ríe. Ahora tienen un hijo de tres años que juega a su lado mientras ella corta café en una plantación en el municipio Chinacla.

Para July, mudarse significó dejar atrás el calor de Valle y a su familia, hace dos años se mudó para vivir en medio del frío y construir su propia familia. Allá, como acá, también lucha contra las dificultades que implica tener una vida con pocas oportunidades laborales. Las mujeres tienen pocas posibilidades de adquirir independencia económica cortando café.

En promedio, July, puede llegar a cortar entre 50 y 80 libras de café, lo que significa para ella apenas entre 50 y 80 lempiras diarios. Su trabajo en la plantación lo intercala con el trabajo doméstico y el cuidado de su hijo. Chinacla, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Cuando no está cortando café, July ofrece sus servicios secretariales en casa a estudiantes que buscan transcribir sus tareas y enseña matemáticas de forma gratuita. Por vocación, explica, aunque no está interesada en ser maestra, se preocupa por los niños que la buscan. Hace diseños de tarjetas, de bodas y cumpleaños, explica. En el sur pudo sacar la secundaria y dejó una carrera universitaria por terminar, desde que se mudó busca, cuando puede, sacar algún curso por internet.

El trabajo en esta finca de café, donde July trabaja junto a sus cuñadas, comienza a las 8 de la mañana, pero para July, el trabajo comienza dos horas antes, debe levantarse muy temprano para hacer el desayuno para su hijo y para esposo que trabaja en una empresa coreana de instalación de energía renovable, y para uno de sus hermanos que se ha mudado con ella, y que trabaja también cortando café. Al medio día, hará una pausa para hacer el almuerzo para ella, su hermano, su hijo y su esposo. En la tarde noche, la escena se repite en la cocina, en los quehaceres domésticos.

Las manos de Tránsito cortan cuidadosamente el café, esta joven originaria de Ocotepeque puede cortar en promedio 150 libras de café en uva, lo que significa 150 lempiras diarios. Chinacla, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

Tránsito, originaria del departamento de Ocotepeque, ahora vive y trabaja en Chinacla. A sus 27 años, cuenta que ha trabajado cortando café desde niña, ahora tiene un hija. Chinacla, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

July —como todas las mujeres en las fincas de café— no puede descuidar el trabajo de la casa por el trabajo en la finca de café. Hace los dos. Se encarga —como lo hacen las mujeres de La Paz— de hacer que la maquinaria del hogar no pare. «El mayor reto es ser ama de casa porque no me gusta», explica, y aún así hará todo eso aunque no le guste.

Sobre su futuro solo sabe que es incierto. Ahora que su esposo está finalizando el contrato con la empresa con la que trabaja y que la corta de café termine, July valora la posibilidad de emigrar hacia los Estados Unidos. El café que enorgullece a Honduras, el que se exporta también a Estados Unidos es de segunda importancia, las personas que expulsa Honduras, al final son las que sostienen la economía nacional cuando están lejos de su tierra.

Vista de las montañas de la sierra de Vallecillos, Planes de Marcala, 9 de diciembre de 2019. Foto: Martín Cálix.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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