Nuestro derecho a soñar

Carlos Andrés era hijo de padres divorciados, se divorciaron cuando él tenía 9, apenas recuerda cómo era vivir con su mamá y papá. A los 17 años a Carlos le cambió la vida de forma drástica, la vida lo golpeó, lo obligó a tomar una decisión que lo hizo terminar como muchos sampedranos; tirado en la calle, asesinado por balas de un fusil AK-47.

La madre de Carlos Andrés tuvo 2 hijos y una hija. Vivían en la Colonia Rivera Hernández de San Pedro Sula. El mayor, Alex, estudiaba y trabajaba para poder aportar en la casa, estudiaba Ingeniería Eléctrica en la Universidad Autónoma del Valle de Sula y trabajaba en una maquila en cuestiones técnicas ya que había tenido la oportunidad de estudiar para graduarse de Técnico en electricidad.

El padre, ausente, hizo otra familia y como si esto le quitara la responsabilidad de mantener a sus 3 hijos anteriores comenzó a disminuir el aporte y la familia se sostuvo apenas del esfuerzo de la madre vendiendo productos de Avon en la calle.

Carlos Andrés siempre reconoció el afán de lucha de su madre, se lo decía a todo mundo.

La ciudad de San Pedro Sula es una ciudad dura, pero el barrio donde les tocó vivir era más que eso, era bravo. San Pedro Sula es la ciudad más violenta del mundo. A Carlos le gustaba la ciudad pero estaba consciente en cómo nos destruye a todos, si no te mata, te destruye tus sueños y esperanzas. Esta es una ciudad de valientes, donde llegar a la casa vivo es como regresar vivo de una guerra,  pero bien dicho, vivir en la Rivera Hernández era todavía más peligroso para Carlos, a pesar que al ser originario de allí podría gozar de cierta “inmunidad”. Aun así, Carlos estaba siempre propenso a estar en el sitio equivocado a la hora equivocada.

A Carlos no le importaba vivir en “La Rivera” como muchos le dicen, pero a menudo era molestado por el lugar donde vivía, a veces como broma, y a veces en serio le temían. Una vez, un compañero del colegio a quien le había tocado estudiar en el grupo de Carlos, al darse cuenta de dónde venía se salió del grupo. -“Bah, ¿pero por qué se salió? ¿Y es que por ser de allí tengo algún virus?”-cuestionó Carlos. -“Él güirro cree que porque sos de la Rivera sos marero, Carlos”- le dijo un amigo. El estigma que pesa sobre Carlos, pesa sobre miles de jóvenes en una sociedad como la hondureña.

Carlos Andrés sabía todo lo que pasaba su país: corrupción, asesinatos diarios, represión injusta a personas que peleaban por sus derechos, pero no quedaba de otra; su mamá, su casa, su hermano mayor lo tenían lo suficientemente ocupado para no pensar mucho en esas cosas, eso al menos le evitaba más sufrimiento.

El sueño de Carlos era entrar a la Universidad, sus amigos querían estudiar Ingenierías, Informática, algunos visualizaban una licenciatura en Derecho, y otros pensaban en Medicina. Las mujeres también, algunas querían estudiar Ingenierías, otras Periodismo, dos Derecho. Carlos, al contrario, nunca admitía qué carrera le gustaba en realidad, solo decía que no se había decidido. En realidad, se avergonzaba de querer estudiar Arte. A Carlos le gustaba dibujar, escuchar buena música, el cine y el teatro.

Pero esa no es carrera para hombre, mucho menos para un hombre que debe sostener a una familia, eso le decían, y ya comenzaba a resignarse a estudiar algo solo para trabajar, para llevar comida, aunque sea poca, a la casa.

Una vez se lo comentó a una amiga. “- ¿Qué pensás vos del arte?” le preguntó un poco serio. “-Es un buen pasatiempo”, le dijo ella. Allí, quedó todo claro, era un pasatiempo, no era algo para ganarse la vida, aunque Carlos ya se había imaginado cómo sería dirigir películas o tal vez pasarse toda su vida visitando museos. Se reía, al pensar en sus sueños, porque su hermano ni siquiera lo dejaba considerar cualquier tipo de Licenciatura, ni siquiera Literatura para seguir la idea de las artes.

Siendo un muchacho listo, Carlos decidió estudiar en la Universidad y se aventuró a matricularse en dos carreras simultáneas, sabía que eso iba a costar, pero él estaba decidido. Hasta que algo sucedió y cambió todos sus planes.

Si la ciudad es dura y el barrio es bravo, la muerte es repentina. Y la muerte comenzó a tocarles la puerta de la manera más cruel. Su madre enfermó con tumores malignos en el cerebro, el acceso a la salud es precario y aunque sea público sin dinero no podrían salvar a su madre. Por esto, Carlos tuvo que abandonar sus sueños de estudiar en la universidad, de estudiar las dos carreras que él ya había decidido, la que lo haría feliz y la que le daría estabilidad económica.

Alex continuó estudiando porque llevaba cinco años de su vida en eso, ya había dedicado mucho tiempo a la universidad, dinero, desveladas, y era la salvación de tener un profesional en la casa.

Ahora, Alex y Carlos debían cuidar de su madre, pero sobre todo, si moría pronto, debían encargarse de su pequeña hermana.

Carlos Andrés a diferencia de su hermano Alex, no tenía un técnico en nada y no pudo conseguir un empleo. El único espacio abierto y seguro para Carlos en su desesperación fue la mara.

Carlos Andrés les había mencionado a algunos amigos de su colonia que necesitaba trabajo urgente, que él haría cualquier cosa, pero que su mamá necesitaba ayuda, y su hermano no podía con toda la carga.

Carlos terminó asesinado, criminalizado, muerto en la calle y aplastado por la impunidad, por la ciudad más violenta, por un país que reprime a sus jóvenes.

Esta es la historia de Carlos, la historia de Honduras, la historia de San Pedro Sula, de sus jóvenes brillantes con sueños truncados, sueños asesinados.

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Abogada, feminista, defensora de Derechos Humanos. Gusta de las películas y la lectura.
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4 comentarios en “Nuestro derecho a soñar”

  1. Mercedes Canales Campos.

    Es la triste realidad a la que nos enfrentamos los hondureños -sanpedranos , cada día. La historia muestra con mucha claridad , la precarias condiciones en que vive la mayoría del pueblo hondureño; principalmente en el salud, educación, inseguridad social = violencia…en general da a conocer la extrema pobreza en que vive las grandes mayorías de nuestro pueblo.
    FELICITACIONES ALEJANDRA FLORES.

  2. ¡Excelente narrativa! Ale, sabía que tenías un don especial y talento para escribir, pero no había tenido la oportunidad de leer uno de tus escritos. ¡Estoy gratamente sorprendido!
    Tu historia (que supongo, está basada en un hecho real) me mantuvo expectante desde el primer párrafo hasta el desenlace… cruel, pero que muestra y desnuda nuestra realidad.
    ¡Te felicito! Sigue tus sueños, plasma tus ideas… cuéntanos más historias!

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