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Martillos

Casi cortando la conversación, le pregunté: ¿cómo puede la playa perder la magia? Ella me dirigió una mirada de asombro; no esperaba la pregunta. Vi en sus ojos la incertidumbre más deslumbrante que haya podido ver jamás en una mujer. ¡Cómo si quisiera regresarme la interrogante! Como si sintiera que las cosas que habíamos hablado hasta entonces habían sido en vano; o de plano, como si pensara ahora que no debía haberme hecho alguna confesión.

Guardó silencio. Hizo un gesto con los labios en señal de no saber qué responder. Punzantemente volví a preguntar. Aunque esta vez maticé la frase, queriendo obtener la misma respuesta.

-No concibo yo-, le dije-, la idea de que la playa pueda perder en algún momento la magia-.

Aun así, no dijo nada. Su silencio era a la vez, interrogante para mí.

– ¡No sé! -, me dijo.

Seguí insistiendo. Yo quería una explicación. Me resultaba difícil entender cómo una persona puede dejar de apreciar la magia del mar así por así. ¿Acaso el mar es una cosa pasajera y cambiante? No puede ser. Me urgía un esclarecimiento y por eso insistía.

-Perdí la ilusión-, dijo secamente.

Sentí el peso de su disgusto sobre mis hombros. Ella había escondido la sonrisa, como si el recuerdo de algo le quitara la tranquilidad.

Había colocado el camisón sobre la mesa y enhebraba la aguja para luego seguir cosiendo. Me sentí culpable. El hilo en la aguja aún era grande, ¿por qué lo había sacado para ponerle otro casi del mismo tamaño? Y la respuesta “perdí la ilusión” me apuñalaba la conciencia haciéndome ver demasiado curioso y descarado ante una mujer como Victoria, leal y sencilla, y sin malas intenciones.

Pero yo quería saber si en verdad la playa llega a perder la magia o era solo la percepción concebida un mal día.

– ¿Qué pasó ese día? – le pregunté.

Ella agarró nuevamente el trapo y siguió zurciendo. Esperé a que respondiera, pero el tiempo se escapaba sin remedio entre las rendijas de la puerta y oscurecía la tarde. Qué hacer entonces, ¿volver a preguntar? ¿Callar ante  la espera de nada? Era cuestión de decidir y actuar de inmediato.

– ¿Te has dado cuenta de que las personas tienen miedo de decidir? -, me dijo de repente.

La regresé la mirada incierta y no supe qué responder. El golpe de aquella pregunta me borró la curiosidad sobre el mar y su magia.

1 octubre, 2017
Militar
4 octubre, 2017
Nuestro derecho a soñar
Escrito por:

(1990) Estudiante de Sociología en UNAH-VS. Autor del libro de poesías ECOS, que, junto a Sinestesia de Alexandra Prudencio, conforma la primera publicación de la serie poética Viceversa. Cofundador del grupo musical Son de Pueblo, en El Progreso. Agricultor por vocación.

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