Contra Corriente

La COVID-19 y los huracanes no nos afectan igual

«Lo importante es que estás bien, que tu familia está bien, lo material se recupera», he leído y escuchado estas frases dirigidas a muchas de las personas que aún estaban pagando sus casas, sus electrodomésticos o sus automóviles. ¿En realidad lo material se recupera? Honduras es un país con un alto índice de desempleo, por tanto un gran porcentaje de su población (la mayoría) no puede acceder a una vivienda, y si lo hace es a través de préstamos con un plazo de veinte años o más. Decir que lo material se recupera a personas que han pasado meses sin generar ingresos o con suspensiones temporales por la pandemia es un acto de apatía absoluta. 

El 4 de noviembre ingresó a nuestro país el huracán Eta, donde posteriormente se convirtió en tormenta tropical. Mientras tanto, el Gobierno indicaba que el feriado morazánico seguía en pie, que podíamos ir a vacacionar. Desde el Centro de Huracanes se había advertido la intensidad de lo que podía ocasionar Eta en Honduras, sin embargo, hasta el 3 de noviembre, la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco) emitió la alerta roja. 

Desde el cinco de noviembre hemos comenzado a vivir incertidumbre tras incertidumbre, nos encontramos ante funcionarios de Gobierno que son inoperantes e incompetentes, que no pensaron en todas las víctimas que podía causar este desastre natural. En todas las personas que perdieron absolutamente todo.

En lo personal siento mucha gratitud porque en esta ocasión no fui una de las personas que tuvieron que ser evacuadas de sus viviendas, damnificadas y trasladadas a albergues. Sin embargo, junto a tu mamá, vivimos dos días de mucha incertidumbre. Mis tías maternas se encontraban atrapadas en medio del agua, esperando que alguien pudiera llegar a rescatarlas de aquella enorme inundación. Mientras tanto nosotras gestionábamos y esperábamos lanchas que pudieran llegar a la zona donde viven mis tías para que las sacaran de allí.

Desde el miércoles por la tarde perdimos la comunicación con ellas y lo peor de todo, era que en realidad no podíamos hacer nada. Las calles de camino a La Lima estaban inundadas y ni siquiera había paso después del peaje, no había una forma de hacer algo más que llamar por teléfono a todos los contactos que conseguíamos de personas que tenían lanchas, pero todos nuestros intentos eran fallidos. No encontrábamos lanchas disponibles porque todas estaban ocupadas en el rescate de otras personas. El tiempo pasaba y no teníamos noticias.

Mirábamos en la televisión y en las redes sociales a  muchísimas personas en el techo pidiendo ayuda, por otro lado escuchábamos de personas que sus familiares reportaban como desaparecidas y otras que habían muerto ahogadas. Todo esto hacía que nuestra espera fuera más larga y llena de angustia. Fueron dos días intensos, llenos de incertidumbre que no quisiéramos volver a pasar, y eso que, como lo he dicho, mucha gente la pasó peor. Fue hasta el viernes, alrededor de las cuatro de la tarde que mis tías fueron rescatadas y pudimos abrazarlas por fin y acogerlas en nuestra casa.

Eta dejó más de cien mil familias damnificadas, personas que vieron cómo sus casas se inundaron hasta el techo, cómo se perdían todas las cosas por las que habían trabajado toda su vida. Eta —además de la COVID-19— vino a demostrar que vivimos calamidad tras calamidad y que la ciudadanía ya no espera nada de este Gobierno que no nos ofrece vida digna de ninguna manera.

En medio del caos y al ver la inoperancia de Copeco, la población comenzó a salir al rescate de las personas que se encontraban en riesgo y luego a llevar ayuda a quienes iban ingresando a los albergues para damnificados. Todo se hizo desde el concepto de solidaridad, «Solo el pueblo salva al pueblo», se leía en todas las redes sociales y fue la consigna que prevaleció en todo momento.

Después de vivir y presenciar estas cosas es imposible que como ciudadanos y ciudadanas no nos sintamos molestas por las injusticias y precariedades que han pasado y que aún tienen que pasar muchas personas, porque el Gobierno no hace su trabajo y no cumple con su responsabilidad constitucional de velar por el bienestar de sus ciudadanos y ciudadanas.

Algunas personas suelen decir que los desastres naturales o calamidades como la COVID-19 nos afectan a todos por igual, que son catástrofes que no ven género, edad, raza, incluso situación económica, pero en realidad son situaciones que siempre han afectado a las personas más vulnerables y en situación de pobreza. En este país se ha convertido un privilegio el acceso a la salud, la alimentación, la vivienda. La salud pública, por ejemplo, se encuentra colapsada y una gran parte de la población no puede pagar atención privada en un hospital, por tanto, si no es posible algo tan vital, recuperar los bienes que perdieron en las inundaciones tardará mucho tiempo y no será una tarea fácil en la mayoría de los casos. 

Creo que es importante no perder la empatía, por tanto hablar desde la comodidad de nuestras casas y atrevernos a decir que esta tormenta nos afectó a todos de la misma forma porque se cancelaron clases, porque se canceló un viaje o porque tuvimos que quedarnos encerrados, es no tener conciencia de la situación en la que se encuentran miles de compatriotas. 

No podemos hablar desde nuestro privilegio y decir que esto nos afecta de la misma manera cuando hay cientos de familias viviendo en este mismo momento en un carril de la carretera de La Lima. Es injusto hablar desde nuestro privilegio cuando niñas, niños y mujeres han tenido que refugiarse en un albergue y además de luchar por sus vidas, deben luchar contra la violencia sexual de la que también están siendo víctimas. Sin duda Honduras es un país donde la mayoría de los derechos son exclusivos para una reducida clase social. Sin duda es un país en calamidad, donde reinan los privilegios de clase, sexo y raza.

Alejandra Flores Contributor
Sobre
Nació el 20 de septiembre de 1998, estudiante de Derecho en la Universidad de San Pedro Sula (USAP). Le gusta escribir y leer, ver películas y escuchar música.

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