Sheynnis y la esperanza

Por: Wilfredo Miranda

Publicado originalmente en Divergentes 


Lo que Sheynnis Palacios consiguió la noche del sábado en San Salvador es, en cierta medida, comparable a ganar un mundial de fútbol. Una experiencia y una sensación catalizadora que Nicaragua nunca había experimentado, a pesar de las hazañas deportivas de Dennis Martínez y Alexis Argüello. Ganar el certamen de Miss Universo trae reflectores mundiales; convierten a esta joven de 23 años y graduada de comunicación social no sólo en una bella estrella súbita, sino en símbolo nacional, en un mito que permanecerá vigente mucho tiempo para nuestro país. 

Los concursos de belleza suelen ser denostados por algunas mujeres con muchos argumentos irrebatibles, pero creo que esta vez vale la pena rescatar lo que implica que Sheynnis se haya alzado como la mujer más bella del planeta –según los jurados del certamen–, en un contexto muy particular para Nicaragua: nuestra crisis sociopolítica y su grave impacto en la juventud. Pero antes de entrar con mayor detalle en ese planteamiento, quiero reparar en las masivas movilizaciones que generó la coronación de Sheynnis: una alegría genuina, autoconvocada, unitaria que no habíamos visto desde las protestas sociales de 2018

El certamen Miss Universo –y sus misses– podrá ser apolítico pero en este caso, de Sheynnis y de Nicaragua, es bien difícil separar un hecho de tal relevancia pública de lo político y lo social. Después de cinco años de dolor, desesperanza y violencia, los nicaragüenses –que están en Nicaragua y en el exilio– nos merecíamos algo reparador y positivo, como ha sido el cetro que Sheynnis se ganó a pulso. Ver otra vez repletas las calles que la dictadura Ortega-Murillo ha arrebatado a las más de 700 000 personas (que nos hemos exiliado o han huido de la crisis económica) resultó conmovedor. Otra vez nuestra bandera azul y blanco ondeando, pese a la criminalización de su uso impuesta por la tiranía. Otra vez las calles —momentáneamente— recuperando el habla y el gritar sin miedo a la policía, reducida por la multitud pletórica por Sheynnis. Lo que no pasaba desde 2018. Un pálpito de país. Nuestra esencia nacional siendo movida por una esperanza común; la esperanza de un país golpeado, pero inclaudicable que desde el sábado Sheynnis llevará a todo el mundo, como un relato fehaciente de la hermosura de nuestra patria, de nuestra cultura, de nuestra poesía, de nuestros volcanes, de nuestros lagos, pero sobre todo el relato de otra Nicaragua: la de una Nicaragua con una juventud inteligente que quiere –y es capaz de– una mejor nación. Un empeño que los sátrapas les han cobrado con brutalidad. 

El relato no de una Nicaragua sumida en una dictadura barbárica, de tiempos pasados que hoy dos sociópatas en el poder imponen a punta de violencia, balazos letales, cárcel y destierro, sino el de un país de jóvenes, de múltiples habilidades como las de Sheynnis que, a pesar de la pobreza, la desigualdad y la opresión, salen desde sus comunidades y barrios a ganar un Miss Universo, por ejemplo. 

No hay necesidad que Sheynnis sea explícita cuando hable para entender que ella representa a una juventud que ha sido despojada de sus universidades, como la UCA; representa una juventud que a millares ha abandonado Nicaragua para buscar un futuro menos incierto en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos y Costa Rica, donde llegan a dar batalla para obtener certezas en sus proyectos de vida. Si bien es cierto que Sheynnis salió de un país desangelado a causa de los dictadores, representa la esperanza que todos los que aspiramos a vivir en democracia compartimos. 

Que Sheynnis haya ganado Miss Universo es una bocanada de oxígeno, sobre todo para los compatriotas que siguen, de cierta forma, presos en el país. Los ciudadanos que lidian con un Estado opresor a diario; que callan por miedo a ser apresados y que sólo se quejan de la dictadura en voz baja en sus cocinas… Sin embargo, resisten y escriben un testimonio de resiliencia, como la familia de Sheynnis, de abnegación hacia la vida y la capacidad de salir adelante en Nicaragua y ahora, como esta joven coronada por el orgullo inmarchito de la belleza, en el mundo.

Insisto, Sheynnis nos recuerda el poder de Nicaragua y de los nicaragüenses: que a pesar de nuestro sino tormentoso podemos salir de Nicaragua, como lo hizo Rubén Darío en su tiempo, a convertirnos en príncipes como él y reinas como ella; gente capaz que construye reinados cotidianos desde sus trabajos y sus vidas en el extranjero sin olvidarse nunca de su tierra. Todos los nicas que testimonian con entusiasmo sobre nuestra pequeña patria preñada de música, colores, sabores, naturaleza y en especial de gente creativa y valiente. La corona de Miss Universo –que desde el sábado es merecidamente de Sheynnis– es un brindis por la esperanza de Nicaragua; un país que tiene mucho que contarle al mundo, no sólo de dolor y desgracia, sino de creatividad, talento y gracia.

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Wilfredo Miranda Aburto. Periodista Freelance basado en Managua. Co-fundador de Divergentes. Corresponsal de El País en Nicaragua.
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