Viaje a la semilla: la historia detrás de la primera panadería garífuna en Tegucigalpa

El martes 26 de octubre de 2021, abrió en Plaza Santa Mónica, a la altura de la colonia Miraflores, la primera panadería garífuna establecida comercialmente en Tegucigalpa. Su nombre es «Yolany´s Snack, panadería y repostería garífuna». Como el pan, que es el derivado de un largo proceso, esta panadería también es el derivado de una larga historia familiar que recorre tres generaciones de mujeres que tienen en común, además de ser hondureñas y garífunas, el esfuerzo, pero sobre todo el arte, de hornear pan. 


 
Por Luis Lezama
Fotografías por Laura García


Como el más simple pedazo de pan, una panadería también tiene un origen, una semilla. Para Rosa Arzú esa semilla es su madre, Ana María Moreira Miranda, una garífuna oriunda de la aldea de Santa Fe, Colón, quien falleció en 2010 a causa de un infarto. Era el tercero en una larga vida donde hizo de todo: desde lavar, planchar, cocinar, viajar, hornear, confeccionar vestidos de boda,  incluso curar y sanar enfermos. Según su familia, Ana María, sobre todo, fue una sabida curandera que preparaba medicinas naturales para todo tipo de molestias. «Las mujeres venían a la casa con unas panzas así», cuenta Rosa Arzú, describiendo con su mano la circunferencia de medio óvalo. «Y yo no sé cómo, pero se iban planitas después de beberse aquella cosa que mi mamá preparaba», asegura, después de lamentar nunca haber aprendido sus recetas a pesar de que su madre siempre quiso  enseñarle. Pero también, a la par de esto, Ana María Moreira, quien nació el 2 de febrero de 1920, fue una abuela y una madre que crió sola a su hija, Rosa, y a sus tres nietos: Yolany, Jack y Florentina. Lo increíble, y en esto coinciden los cuatro, fue que todo lo hizo —desde parir hasta morir— sentada en una pequeña banquita de madera que todavía guardan como herencia y prueba de su paso por este mundo. «Con la banquita ella se movía de aquí para allá, barría, recogía, lavaba, viajaba: hacía de todo. Es que mi mamá tuvo polio a los doce años, y a los quince dejó de caminar para siempre», dice Yolany, nieta de Ana y la dueña de la primera panadería garífuna en Tegucigalpa que lleva por nombre «Yolany´s Snack».  

***  

Es martes 26 de octubre de 2021, son aproximadamente las seis de la mañana, cuando Yolany Moreira, de 44 años, garífuna, expresentadora de televisión, madre de tres hijos y terapeuta física, abre al público la primera panadería garífuna en Tegucigalpa, ubicada en Plaza Santa Mónica, frente a Infop. La entrada la custodian dos letreros. En uno se puede leer en dialecto garífuna: «Buiti Achuluruni»; en el otro se lee exactamente lo mismo, pero en español: «Bienvenido».

Yolany Arzú durante la entrevista para Contracorriente su recién inaugurada panadería. Tegucigalpa, 26 de octubre de 2021. Foto: Laura García.

Para Yolany, la idea de abrir esta panadería se viene cocinando en su cabeza desde un par de años antes de la pandemia. Aunque, reconoce que era una idea vaga. Cuando por fin la vio materializada, todavía sin decorar, cuenta que no sabía qué hacer. «Esto era un cuadro blanco», dice, y después explica cómo fueron fluyendo las cosas hasta lo que es ahora. 

Yolany y Rosa afirman que en este espacio rectangular  —de poco más de diez por quince metros— se encierra el olor de esa tradición de más de doscientos años, cuando los primeros garífunas asentados en la isla hondureña de Roatán, después de ser expulsados por los británicos de la Isla de San Vicente, comenzaron a cocinar  —entre otros platos — el pan de coco, para subsistir, y hoy en día es uno de los productos más comercializados por la comunidad garífuna en Honduras. Según la Unesco, desde su asentamiento en Centroamérica, el coco ha sido una de sus comidas tradicionales. 

Este pan, que es común en toda la región del Caribe (ese «país de agua» como lo llamaba García Márquez) es una importante fuente de ingresos para la economía informal de esta etnia que vive, sobre todo, a lo largo de las costas de Honduras, Nicaragua, Guatemala y Belice. «Esto es un producto nostálgico», dice Yolany «es algo que espero los garífunas de Tegucigalpa sientan como suyo. Incluso, que me critiquen si algo no sabe como ellos creen que debería saber. También, espero que me halaguen y que me digan si la receta es como la de sus abuelas». 

El menú se compone de una mezcla entre todo lo acostumbrado que habría en una panadería y repostería, pero con un fuerte sabor garífuna. Un ejemplo de esto son los panes de coco con frijoles y huevos o las hamburguesas de carne hechas con pan de coco. También se pueden degustar los tradicionales panes de banano, pan de yuca o pan de ayote, también típicos de los garífunas. El casabe, una suerte de tortilla de yuca, reconocida como el plato insigne de los garífunas, aquí también es llevado a otros registros y se vende como «cazzabe saborizado».

Empanadas de pollo y pizza en un mostrador en la panadería de Yolany. Tegucigalpa, 26 de octubre de 2021. Foto: Laura García.

Pero a pesar de que este proyecto fuera una idea de Yolany, tanto para ella como para Rosa, nada sería posible sin «Tata Anita», como le llamaban de cariño a Ana en la familia. Después de todo, fue ella —allá por la mitad de la década de los años sesenta— la primera de la familia que comenzó a vender el tradicional pan de coco, aquí en Tegucigalpa, cuando se vino en busca de una mejor calidad de vida. No es extraño que Ana María, que fue criada en la aldea garífuna de Santa Fe, departamento de Colón, decidiera emigrar a la ciudad en busca de una solución a su enfermedad, la poliomielitis —una enfermedad capaz de afectar la médula espinal causando debilidad muscular y parálisis—, allá por el año 1954. La atención médica, entonces y todavía ahora, más de sesenta años después, sigue estando centralizada en Tegucigalpa. Cuando ella emigró, en un viaje que duró al menos tres días desde su aldea hasta llegar a la capital, faltaba un año para que Jonas Salk diera a conocer, un 12 de abril de 1955, su vacuna contra la poliomielitis, y ocho para que fuera autorizada la vacuna ensayada por el virólogo Albert Sabin, cuya vacuna ha logrado, desde 1988 hasta hoy, la reducción de la poliomielitis de 350,000 casos estimados entonces a menos de 40 reportados hoy día por año. 

 *** 

Su hija, Rosa, llora al recordar que su madre vendía pan de coco sentada en una silla de ruedas. Pero después, se repone y con fuerza cuenta cómo Ana María Moreira Miranda, afectada por la poliomielitis quedó postrada a la edad de quince años, vendía su pan de coco con una canasta, transportándose sobre una rudimentaria silla de ruedas que le obsequió el expresidente Ramón Villeda Morales. Sin más empuje que el de sus manos, las mismas con las que desde el día anterior rallaba el coco y luego temprano por la mañana horneaba, recorría kilómetro a kilómetro toda la zona de la Aldea de Suyapa, ahí donde ahora está la Basílica de Suyapa. Comenzaba a las tres de la mañana su faena y seguía hasta lograr, con suerte, vaciar la canasta con la que llenaba sus anhelos de progreso.  

«Ella volvía hasta que ya lo vendía todo. Y nadie la empujaba ni nada, ella iba sola. Se enojaba si la ayudaban. No solo eso, sino que viajaba hasta la costa a traer la materia prima con la que hacía todo. Los choferes la conocían y la ayudaban a subirse a las baronesas (unos transportes antiguos, hechos de madera, que se utilizaban entonces). Era un viaje de tres días en baronesa, ferrobús (tren) y lancha, y lo mismo de regreso. Mi mamá iba y volvía sola. Es que era aventurera», recuerda su hija. 

***

Fue por los principios de la década de 1930 cuando comenzó a sufrir. Cuando los síntomas de la enfermedad comenzaron, lo primero, cuenta su hija, es que a Ana la tildaron de «tufosa», como le dicen a las niñas presumidas en Honduras. Por esos años, el abuelo de Rosa, el papá de Ana, era dueño de «un ganado tan numeroso que no se alcanzaba a verle todas las cabezas». Su familia, vecinos y la gente que trabajaba para su papá, decidieron que aquella forma, un poco ladeada, y definitivamente anormal, que Anita tenía de caminar era porque se le había subido lo de «niña rica» a la cabeza. 

Dos años después, un día no se pudo levantar más. Ana contaba que su mamá no le creía, entonces se limitaban a moverla de un lugar a otro, como si de un capricho se tratase. Y ahí, donde la dejaran, ella sufría y lloraba en soledad. Lloraba por horas. Muchas veces hacía sus necesidades también sentada ahí donde la dejaban, porque había días en los que transcurrían horas hasta que su hermana o su mamá la movían. Entonces fue cuando comenzó, con un gran esfuerzo, a caminar sobre sus rodillas, y así logró movilizarse por un par de años. Pero a los quince, según Rosa, ya no pudo moverse más. Entonces le dijo a Dios: «Si voy a ser inútil, mejor quiero morirme. Pero si, de alguna manera, voy a serte útil, quiero vivir». 

Ana vivió hasta los 90 años, murió en 2010, aproximadamente a tres minutos de llegar al Seguro Social de la Granja, en el carro, donde iba con su familia después de sufrir el tercer infarto de su vida. Tres días antes, cuenta su hija, estando sana y sin ningún malestar ni nada que la agobiase, su cara se tornó seria cuando llamó a Rosa y le dijo: «Prepárese, que yo ya me voy morir». Lo dijo sin preocupación, pero con un oscuro y sabio convencimiento. El mismo con que le había pedido a Dios que la usara o la desechara, más de setenta años atrás. «Le decían “La Dama de Hierro”», cuenta Rosa. Su médico, el doctor «Bueno», le había puesto ese sobrenombre después de que Ana saliera de cuidados intensivos dos días después de su segundo infarto. 

El primer infarto de Ana sucedió entre 1957, tres años después de que llegara a Tegucigalpa por primera vez. Rosa cuenta, y dice que está siendo precisa al decir que su mamá vivió durante diez años interna en el Hospital General de Tegucigalpa, hoy en día conocido como Hospital San Felipe. «Un médico, el doctor Rigoberto Ramírez, le dijo que iba a hacerla caminar», dice Rosa, «le hizo seis grandes cirugías en espacio de tres años. En la séptima, tuvo el primer infarto». Para entonces, los médicos habían logrado que la pierna de Ana se estirara de nuevo, pues debido al tiempo que caminó de rodillas sus piernas habían quedado «para atrás». Algo que hizo una gran diferencia, dice Rosa, pues por esa condición de las piernas ella había perdido a su primer bebé. Solo después de aquella cirugía pudo entonces nacer Rosa, la única hija que Ana tuvo. 

Según doña Ana lo contaba, aquella fue la segunda petición que le hizo a Dios en su vida: «Dame una niña, una niña chiquita que yo pueda tener así, como estoy». Fue entonces, después de la cirugía y aquella plegaria, que nació Rosa Arzú.

Ana Moreira con Rosa Arzú posan para una fotografía familiar. Después de a luz, Ana Moreira vivió durante tres años más en el Hospital General San Felipe, incluso, llegó a vivir en en el centro hospitalario al menos unos diez años, según Rosa. Foto: Cortesía de la familia

*** 

«Yo soy un milagro de la Virgen de Suyapa», dice orgullosa, mostrando su anillo, su cadena y sus aretes, donde se puede ver la imagen plateada y brillante de una virgen. Pero la verdad es que hay más de un milagro en la vida de Rosa Arzú, quien ha sido enfermera en el área de Labor y Parto del Seguro Social Hondureño (IHSS) por más de treinta años. Ese es su trabajo principal, de hecho, y lo hace todas las tardes después de venir cada mañana ayudar a su hija, Yolany, a moldear el pan que se comenzará a vender a las seis de la mañana en «Yolany´s Snack, panadería y repostería garífuna».

Rosa Arzú ha recorrido este país, pero también el mundo. Ha recibido en sus brazos a miles y miles de niños recién nacidos. Tantos que, asegura, algunos de esos niños hoy en día son médicos que trabajan a su lado y que siguen tratándola como si ella fuera la que los cuida. Ha sido vendedora ambulante, recorriendo a pie con una canasta de pan kilómetros y kilómetros, pero también fue la actriz protagónica de una de las obras más aclamadas de Centroamérica. Ha viajado y se ha presentado en teatros en Madrid, Panamá, París, Ciudad de México, Bogotá, San José, y también en los pueblos y las aldeas más remotas de Honduras.

«Mi mamá me crió a mis hijos», reconoce «yo sola jamás hubiera podido». Sus hijos son solo tres: Yolany, expresentadora de televisión, graduada de terapeuta física y quien está por recibirse también de una licenciatura en mercadeo; Jack, su único hijo varón, que es psicólogo y quien perteneció al grupo Evolution; y Ana Florentina, conocida popularmente como Queen Kartel, una talentosa cantante y maestra de afrodance. Pero esta mujer parece ser la mamá de más de tres hijos. Su forma de hablar, calidez, sus maneras. «¿Le puedo dar un abrazo?» pregunta a una amiga de Queen Kartel que acaba de entrar por la puerta y que viene a conocer la panadería, y entonces lo da. 

Sin doña Ana, su madre, Rosa dice que no solo nunca se hubiera podido venir a Tegucigalpa, ni criar a sus hijos, tampoco hubiera podido graduarse, ni ser actriz, ni nada. Era los años setenta,  cuando comenzó a trabajar junto a su madre: «Vendíamos de todo: pan de coco, pescado, casabe, y después de que se terminaba ese producto comenzábamos a hacer el ice cream», Rosa dice esto e inmediatamente, con una mano, como si girara una manivela imaginaria, me enseña cómo se hacía el ice cream en una máquina manual que se usaba entonces y que se llama sorbetera. «Mi mamá me decía que íbamos a llegar muy lejos, eso ella lo decía», evoca, todavía girando la imaginaria manivela, como si no quisiera abandonar todavía ese recuerdo.

Para poder estudiar, Rosa recorría el centro con una enorme canasta llena de pan en la cabeza. «Mi equilibrio era muy bueno, porque me tocaba ir con el cuaderno así, frente a la cara, derechita, para poder leer lo que tenía que leer para graduarme de enfermera». Desde entonces, su mamá era su gran ayuda: «Mi mamá era la que me rallaba el coco, lo colaba, y me preparaba la levadura cada día, en la noche, para que yo solo tuviera que llegar a hacerlo. Por mis manos, que son fuertes, nunca pude hacer la levadura».

Rosa Arzú Moreira, hija de Ana y madre de Yolany, Jack y Florentina (alias Queen Kartel). Tegucigalpa, 28 de octubre de 2021. Foto: Luis Fernando Lezama.

Hay algo que Rosa comenta que jamás entenderá: «Solo Dios sabe», dice, cómo es que su madre lograba barrer, lavar pisos, cocinar, viajar en bus, tren, y hasta lancha, sentada sobre una banquita redonda de madera. «Esa banquita ahora la tengo de herencia yo», dice «aunque ahora ya está medio quemada después de un incendio que hubo en mi casa. Pero no la mandé a arreglar ni nada, ahí está como siempre». 

Fue por aquellos años, después de sacar su primer curso de enfermería, que Rosa Arzú se cruzó con Rafael Murillo Selva, quizás el dramaturgo hondureño más importante de nuestra historia. Murillo Selva, después de verla recitar un poema en un evento, le dijo que la quería contratar como su primera actriz. «Y así fue que me convertí en actriz de teatro, de un día para otro», cuenta. Louvabagu, la obra para la que Murillo Selva la contrató, entonces era solo una idea en la cabeza de este artista. Pasaron más de tres años para que se convirtiera en una de las obras cumbres del teatro hondureño, llegando a dar función por más de veinte años consecutivos y recorriendo el mundo entero. Murillo Selva, junto a Rosa y un grupo de garífunas de la aldea de Guadalupe, crearon el grupo teatral «Superación Garífuna», y así, con ese grupo, fue que Rosa recorrió más de veinte países. «Nos entrevistaban y nos recibían como estrellas», dice, antes de contar que fue hasta 1997 que su mamá, doña Ana, la convenció de volver a estudiar y finalmente graduarse como licenciada en enfermería, pues hasta entonces ella era solo auxiliar. «Un día me dijo que yo tenía que volver y terminar mi carrera, y la terminé en 2008, pero no recibí mi diploma sino hasta el 2011, un año después de que ella murió. Es tan lindo lo de mi mamá», manifiesta Rosa, temblando y hecha un nudo que su voz no puede desatar.

***

Yolany junto a sus compañeros en un pasillo con fotografías de su familia. Tegucigalpa, 26 de octubre de 2021. Foto: Laura García.

Cuando a Rosa le consultan de dónde cree que le venía la fuerza a su mamá, ella contesta: «De Dios». Y destaca aquel momento donde le dijo que la hiciera útil o mejor se la llevara. Después cuenta lo mucho que su madre viajó, por todo Honduras, Guatemala incluso. «Fue una mujer extraordinaria», dice Rosa. «Hacía nacatamales, pan de coco, conserva de coco, costuraba y bordaba divino. Y bordaba a mano con unos hilos que mandaba a traer de Belice». Sus ojos hablan emocionados a la vez que cuenta: «No le estorbaba nada salir e ir a aventurar. Su lema era que en el camino se arreglaba la maleta, y que preguntando se llega a Roma».  

***

Casabe de yuca sobre una mesa en la cocina de la panadería Garífuna Yolany´s Snack. Tegucigalpa, 26 de octubre de 2021. Foto: Laura García.

En su poema «Oda al pan», Pablo Neruda dice: «Y así será el pan de mañana, el pan de cada boca, sagrado, consagrado, porque será el producto de la más larga dura lucha humana». Y es que lo que uno ve en una panadería es el resultado de un largo proceso. No solo del panadero, quien se levanta a las tres de la mañana. Pero el pan es el derivado de un largo proceso. Un panadero, para lograr salir a las seis de la mañana con los primeros pedidos, se despierta a las tres de la mañana para lograr el amasado, la división, el boleado, el formado, la fermentación, el reposo y, finalmente, el horneado de su producción. 

Sobre el mostrador de «Yolany´s Snack» hay una canasta donde se va colocando la producción de pan de coco que va saliendo después de este proceso. No es raro que esté ahí, porque esta también podría ser su historia. La historia de una canasta que atravesó el tiempo y el espacio para llegar hasta ahí. Que anduvo mañanas y tardes, a sol y sombra, vaciándose, llenándose, vaciándose, llenándose, que pasó de la silla de ruedas de doña Ana Moreira a la cabeza estudiosa de doña Rosa Arzú, hasta alcanzar su lugar sobre el mostrador de esta panadería, la panadería de Yolany y su familia, la panadería con los colores de la bandera garífuna, con el fucsia favorito de doña Rosa, con Queen Kartel en la pared, con un estilo único, con el pan de coco en diferentes presentaciones, con gente entrando, saliendo, preguntando y diciendo «qué bonito concepto este», mientras la canasta de pan de coco se sigue llenando y vaciando todos los días, como desde hace sesenta años. 

Pero esta, en definitiva, es la historia de una semilla. Porque ¿qué cosa puede llegar a ser una semilla? A veces, la mayoría, una flor, un árbol, un pan. Pero otras, las menos, puede llegar a ser el sueño cumplido de una anciana que vendía pan sentada en una silla de ruedas, y que, desde ahí, probó con lograrlo todo, aunque no fuera ni para ella ni para su vida. Sino tal vez para que la contaran en medio del  olor a pan de coco recién horneado y café recién hecho, su hija y sus nietas, que la contaran dentro de la primera panadería y repostería garífuna en Tegucigalpa, esa que de aquí en adelante puede llegar a ser un gran y próspero negocio, pero que una vez, antes, en las manos de Ana María Moreira, «La Dama de Hierro», la curandera, la sabia, la invencible, fue solo la pura y llana semilla.

  • Publicaciones recientes
Sobre
Luis Lezama Bárcenas (Tegucigalpa, 1995) es un escritor hondureño. Nació en la ciudad de Tegucigalpa, Honduras en 1995. A los diecisiete años publicó su primer libro de poemas El mar no deja olvidar (2013), apoyado por el escritor hondureño Julio César Anariba. Su primer reconocimiento internacional llegó en 2016 con su cuento Bañar al bebé, ganador del primer premio y la medalla al mérito Gabriel García Márquez en el XI Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales, organizado por la Fundación Gabriel García Márquez y el Gobierno de Colombia. Sus cuentos y notas se han publicado en Honduras, Cuba, Colombia, España, Nicaragua y Argentina. Frecuentó distintos talleres literarios, de periodismo y de cine, entre los más importantes, el TCyC de Marcelo di Marco y el mítico taller literario que coordina Liliana Heker. En 2020 un jurado integrado por Sergio Ramírez, Socorro Venegas y Juan Casamayor le otorgó el VIII Premio Centroamericano Carátula de Cuento y una residencia de escritor en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México, convirtiéndose así en el primer hondureño en ganar dicho reconocimiento. Desde 2015. Reside en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde estudia y escribe.
Total Posts: 20
Pasante de Periodismo, estudiante de Derecho

Comparte este artículo

5 comentarios en “Viaje a la semilla: la historia detrás de la primera panadería garífuna en Tegucigalpa”

  1. Yolany Moreira Arzú

    Ya han pasado varias semanas de esta publicación, y varias semanas de no tener descanso alguno después de la inauguración de la panadería, le dije a Luis Lezama que me iba a tomar el tiempo para leerlo y hoy fue ese día!
    Me hizo llorar, alegrarme y lamentarme.
    Lloro de alegría por ver un sueño hecho realidad
    Alegrarme porque una vez más Dios y la virgencita de Suyapa nos muestran su fidelidad
    Lamentarme porque cuanto me hubiera encantado que mi abuelita viera en vida, hasta donde hemos llegado gracias a ella ( que Dios la tenga en un lugar especial Lita, siéntase orgulloso! Somos lo que somos gracias a usted LA AMO!)
    GRACIAS LUIS!!! Lo hiciste excelente 👏🏾👏🏾👏🏾.

  2. Blanca anael Ramirez Lalin

    Dios bendiga y prospere este negocio y declaro puertas abiertas para los sucurzales en conayaguela san pedto sula la ceiba olancho y otros ademas declaro que todo lo que tus manos tacase prosperara en el nombre de Jesus amen y amen muchas felicidades y animo .

    Buena histora

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.