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La basura de unos, el problema de otros

La basura que el río Motagua arrastra desde Guatemala, invade cada año las playas del puerto de Omoa, en Honduras. Toneladas de plástico que han sustituido a los peces, el sustento de las familias empobrecidas que viven entre el acecho del mar y la contaminación. Para el año 2050 habrá más plástico que peces en los océanos del mundo, según el informe La nueva economía de los plásticos del Foro Económico Mundial y la Fundación Ellen MacArthur. En Honduras eso ya se ve en 25 kilómetros de playa en Omoa, este lugar que se han convertido en un botadero que afecta la endeble salud de sus comunidades pesqueras. A los pescadores les falta comida pero les sobra el plástico. 

Omoa es un puerto hondureño que ha perdido su esplendor tras el avance agresivo de los proyectos extractivistas y los embates del cambio climático. Luego de la construcción de un rompeolas por parte de la empresa Gas del Caribe y arriba en la montaña con la construcción de hidroeléctricas en las 4 principales fuentes de agua del municipio: los ríos Cuyamel, Cortecito, Chachahuala y Malombo  reduciendo la extensión del Parque Nacional Cuyamel, la biodiversidad marina y terrestre se ha visto afectada  con sus corredores biológicos interrumpidos. Desde hace más de una década las comunidades pesqueras a la orilla de esta zona del atlántico hondureño han sido las más afectadas: desplazadas y condenadas al hambre.

En las comunidades de la Barra del Río Motagua y Barra del Río Cuyamel —quizá las comunidades más afectadas por el impacto de la erosión costera— viven 74 familias que dependen de la pesca, condicionada cada vez más por la expansión del plástico que procede desde Guatemala, a través del río Motagua. El plástico lo invade todo: las playas, el mar donde pescan estas comunidades, incluso los hogares. 

Lesly Martínez y su hija Emily —la mayor de sus 3 hijas— se rebuscan en medio del plástico y los restos de ramas de árboles que el río Motagua ha arrastrado hasta el mar y hasta la playa de su comunidad. Todas las mujeres de la comunidad de la Barra del Río Motagua hacen lo mismo: van a la playa por plástico y trozos de madera que utilizan para encender sus hornillas de barro para poder cocinar sus alimentos sin importar que esto les produzca enfermedades respiratorias y dermatológicas.

Lesly y sus 3 hijas no son originarias de la comunidad de las barras, pero decidieron mudarse hasta aquí porque no tenían dónde vivir. Solo es cuestión de pocos años para que su casa, hecha de madera y levantada en pilones de concreto quede como tantas otras que se ven en esta playa, soterradas por la arena. 

Si bien la erosión costera es un proceso natural que reduce las playas y les da nuevas formas por la acción de las olas, las corrientes marinas y los vientos fuertes. Otra de las razones por las que se produce el proceso de erosión de las costas es por la intervención humana: «el dragado, el desmonte de terrenos, extracción de áridos marinos, arena, gas natural, agua y solicitudes de ocupación de terrenos», son algunas de las causas, según el proyecto Coastal Risks Management- Atlantic Stakeholders network (CORIMAT).

Gustavo Cabrera, biólogo de la oenegé Centro de Conservación de Omoa explica que con los rompeolas que Gas del Caribe construyó, lo que sucede es que la playa se recupera del lado derecho y del izquierdo el mar devora todo a su paso. En Omoa hay casas hundidas en la arena y golpeadas con fuerza por el mar.

En relación al problema de la basura en las playas del municipio, el jefe de la Unidad Municipal de Ambiente de la Municipalidad de Omoa, Edimar Herrera, asegura que el gobierno local invierte hasta 40 000 lempiras en la limpieza de los casi 25 kilómetros de playa del municipio, pero en un municipio sin políticas públicas para el tratamiento de los desechos sólidos, esto se suma a la producción local de deshechos en un botadero a cielo abierto en medio del casco urbano, donde la basura se acumula y se quema emanando toneladas de gases de efecto invernadero del que no se tiene control a falta de un estudio que indique el impacto real de la basura en el municipio de Omoa.

El jefe de la Unidad Municipal de Ambiente en Omoa asegura que se ha gestionado con el gobierno central un proyecto por 60 millones de lempiras para la reubicación del botadero y el tratamiento de los deshechos, pero que después de 2 años sigue sin ejecutarse, aunque asegura que el proyecto está aprobado.

Francisco Díaz —presidente del patronato de las comunidades de la Barra del Río Motagua y la Barra del Río Cuyamel— cuenta que con el paso de los años «todo se fue escaseando, el campo de fútbol en el cual jugaba uno chiquito, ahora son lagunas, los peces abundaban, no podía bañarse uno porque se lo comía un tiburón». Ese paraíso a orillas del atlántico en el que este líder comunitario creció ahora es un territorio desolado lleno de basura, enfermedades y sin peces suficientes para la pesca que es la fuente principal de subsistencia de las comunidades de las barras. Francisco, a quien en su comunidad todos conocen como «Chico», explica que en la comunidad ya no se puede sembrar yuca y arroz, que viven de las donaciones. «Nuestro sostén es la pesca, pero le voy a decir que si no fueran instituciones que vienen a donar bolsas de comida nosotros muriéramos de hambre. Aquí ni cosechas podemos pegar porque el agua salada ha contaminado las tierras, no dan frutos», concluye.

Las enfermedades con mayor incidencia en el municipio son el resfriado común, asma, bronquitis, enfermedades dérmicas, diarreas, también las personas que padecen hipertensión y diabetes, según los datos recogidos en el Centro de Salud Dr. Rigoberto Milla. Karen Sevilla, doctora jefa de este centro de salud, cree que los escasos cuadros dermatológicos provenientes de las comunidades de las barras se debe a que «la basura en la playa está lavada con agua del mar».

Omoa se encuentra en el departamento de Cortés, uno de los departamentos que fueron focos de contagio cuando la COVID-19 llegó a Honduras—, en la actualidad, el gobierno hondureño a través de las instancias de comunicación oficial que el Sistema Nacional de Gestión de Riesgo (Sinager) ha habilitado para informar el avance y control de la pandemia en el país, únicamente arroja datos departamentales: el departamento de Cortés registra hasta la noche del 7 de octubre, un total de 24 093 casos (un 29.7 % del registro nacional) de los cuales se contabilizan 789 muertes y 10 332 recuperados. Omoa registró 41 contagios para COVID-19 hasta el mes de junio, según Sinager.

Cada año el municipio de Omoa recibe miles de toneladas de basura, que no se cuantifican a raíz de la falta de un proceso de tratamiento de los desechos. El gobierno local no tiene certeza del impacto de la basura en la salud de las comunidades más pobres del municipio y del impacto medioambiental, aunque el problema es uno que debe resolverse a nivel bilateral entre los gobiernos de Guatemala y el de Honduras: los años pasan, las comunidades de la Barra del Río Motagua y la Barra del Río Cuyamel se siguen hundiendo en la arena a raíz de la erosión costera y la basura se acumula a niveles impensables en las playas del municipio, convirtiendo a Omoa en un enorme botadero sin aparente solución.

Lesly y su hija Emily —la mayor de sus 3 hijas— vuelven a su casa luego de recoger trozos de madera y plásticos para poder cocinar sus alimentos. Esta madre soltera y sus hijas se mudaron a la comunidad de la Barra del Río Motagua en 2017, cuando el padre de sus hijas las abandonó, aquí encontraron un hogar en una comunidad amenazada por la erosión costera y la contaminación debido a la basura que invade todo el año las playas de su comunidad. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Los restos de una muñeca entre la basura que ha llegado este año a las playas de Omoa, donde también hay mucho duroport y botellas de plástico. Omoa, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Leticia, la segunda hija de Lesly, cocina arroz para el almuerzo en una hornilla de barro que suelen encender con plásticos y trozos de madera que recogen de la playa. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Una mujer camina en medio de la basura de la playa en la comunidad de la Barra del Río Motagua. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Francisco Díaz, presidente de los patronatos de las Barra de Motagua y Barra Cuyamel, camina en medio de la playa de su comunidad, contaminada por la basura y animales muertos que el Río Motagua arrastra a su desembocadura con el atlántico hondureño. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Aldair juega en brazos de su madre Dania en la entrada de su casa hecha de madera y levantada en pilones de concreto por las constantes inundaciones en la comunidad de la Barra del Río Motagua. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Kevin y su familia han llegado a Omoa buscando un lugar para pasar unos días de vacaciones en la playa, pero lo que han encontrado son kilómetros de basura y animales heridos y muertos. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Kevin, un joven originario de El Progreso, sostiene en su mano un pez muerto con síntomas de haber sufrido una herida en las costas infectadas de basura de la comunidad de la Barra del Río Motagua. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Luego de 5 horas, Omar de 55 años, un pescador con 30 años de experiencia, apenas ha logrado conseguir 15 libras de pescado que un mar infectado de basura le ha podido dar. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Miles de botellas de plástico, trozos de madera y duroport, se acumulan a lo largo de los aproximadamente 25 kilómetros de playa en el municipio de Omoa en el departamento de Cortés. Limpiar las playas del municipio conlleva un gasto de entre 30 000 a 40 000 lempiras para el gobierno local, según Edimar Herrera, jefe de la Unidad Municipal de Ambiente. Omoa, Cortés, 28 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Las aves marinas se alimentan en un mar contaminado de basura de la que suelen alimentarse los peces que estas aves cazan. Según el estudio «La nueva economía de los plásticos» del Foro Económico Mundial y la Fundación Ellen MacArthur, «para 2050 habrá más plásticos que peces en los océanos a menos que la gente deje de utilizar artículos de un solo uso elaborados con este material, como las bolsas y las botellas». Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Un pescador camina entre la basura de la playa en la comunidad de Masca. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Todos los años, miles de toneladas de plástico se acumulan en las playas del municipio de Omoa. Sandra Cárdenas del Centro de Estudios Marinos concluye que esta basura ha modificado el ornato de las playas para el turismo y en el mar para la pesca. Omoa, Cortés, 29 de septiembre 2020. Foto: Martín Cálix

Pedro Serrano de 67 años de edad, es un pescador con 45 años de experiencia que todos los días barre la playa frente a su casa en la comunidad de Masca, la comunidad garífuna más occidental de Honduras, donde junto a su esposa mantienen un comedor que en la actualidad se encuentra cerrado debido a las restricciones sanitarias por la expansión de la COVID-19. Este pescador y propietario de restaurante es un escéptico del microplástico en los peces que se pescan en el mar frente a su casa. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

Un niño llega en mototaxi hasta el botadero a cielo abierto del municipio de Omoa para dejar bolsas de basura que apenas puede cargar. Según Edimar Herrera, jefe de la Unidad Municipal de Ambiente de la Alcaldía del Municipio de Omoa, se ha aprobado un proyecto por 60 millones de lempiras para reubicar este botadero que en la actualidad se encuentra en mitad del casco urbano. El municipio no cuenta con servicio de recolección de deshechos. Omoa, Cortés, 29 de septiembre de 2020. Foto: Martín Cálix

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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