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Un zoo en cuarentena

Nadia es la paciente cero por COVID-19 en animales, eso creen los científicos que han atendido a la tigresa en el zoo del Bronx en Nueva York, han explicado que el contagio vino de uno de sus cuidadores que estaba en una etapa asintomática de la enfermedad. Se han dado uno o dos casos más en animales domésticos en el mundo, pero no más que eso. Las alarmas se levantan, quizá por el posible escenario que implica que un virus como el SAR-CoV-2 se salga de control entre la vida silvestre, un escenario donde lo que estaría en peligro no es la vida de los seres humanos, sino algo que es un poco más grande: la vida en el planeta. Por ahora, al autorregulación de la naturaleza nos hace estar lejos de ese escenario apocalíptico y los zoológicos toman sus precauciones y entran en cuarentena.

Cada cuatro días en el zoológico El Picacho se utilizan 30 mil galones de agua y varios cientos de toneladas de comida. Agua y comida son las necesidades primarias, dos cosas que ahora mismo es complicado conseguir, la primera por el racionamiento en el servicio que brinda el SANAA y la segunda porque la cuarentena hace difícil adquirirla.

La emergencia sanitaria que ha estallado por la expansión del COVID-19 en el país, ha dejado postergados a los postergados de siempre: personas pobres y en el caso más extremo, a los animales —y al personal que cuida de ellos— en el zoo de Tegucigalpa. Quienes les cuidan han tenido que eludir el toque de queda saliendo mucho más temprano de sus casas, algunas de ellas en barrios periféricos de la ciudad. La primera semana del toque de queda estuvo llena de incertidumbre, el personal se vio obligado a cruzar retenes y explicar que hay seres que dependen de ellos porque de otra manera se morirían, han tenido que dejar el encierro precautorio y hacer caso omiso al llamado de quedarse en casa porque realizan un trabajo que no puede parar. Cuidadores, biólogos, veterinaria, personal de cocina, el equipo del zoo no tiene la opción de quedarse en casa para salvarse del coronavirus.

De los más de 400 animales —64 especies, entre reptiles, mamíferos y aves— que habitan el zoo al menos el 70 % de ellos han sido rescatados del tráfico de especies, y en su mayoría, reinsertarlos a la vida silvestre y a un hábitat donde puedan tener libertad es imposible. Económica y logísticamente es una opción inviable, por lo que el Estado hondureño ha debido cargar con ellos y garantizarles el menor de los traumas en lo que resta de sus vidas.

En cuarentena, los horarios se duplican. Suelen comenzar a las 6 a. m. y no tener horario de salida, explica Hugo, encargado de la logística del zoo. La institución también ha tenido que garantizar la llegada y la salida de sus empleados, pedir un salvoconducto y hacer un uso eficiente de los recursos: dos equipos que se turnan los días, y un motorista que debe acarrear la comida y llevar y traer al personal porque en este momento no hay transporte público.

El zoológico El Picacho es una dependencia de la Secretaría de Energía, Recursos Naturales y Ambiente (MiAmbiente). Al menos en la primera semana del toque de queda, hubo problemas para movilizar a su personal porque la burocracia estatal tardó en otorgarles el salvoconducto que les permitía llegar a trabajar. En el segundo mes de la pandemia en el país, las gestión de necesidades son de agua y comida.

Una de las tareas que se ha complicado más durante el toque de queda es encontrar proveedores para alimentar a los animales, las restricciones para circular afectan a quienes venden comida y, como en cadena, a quienes la necesitan. El alimento también debe priorizarse para los seres humanos, las razones pueden variar, pero la escasez de alimento podría convertirse en una situación de riesgo y que mantiene preocupados a la administración del zoo.

Javier Valenzuela, el director interino del zoológico, explica que un tercio del presupuesto total de la institución —4 millones de lempiras— deben ser invertidos en la alimentación de los animales. A esto debe sumarse las donaciones de algunas empresas que colaboran con el zoológico haciendo donación de carne. El zoo necesita cerca de los 12 millones de lempiras para funcionar, para poder pagar personal y el suministro de combustible. Los ingresos por taquilla por ahora no están llegando y no lo harán hasta que la crisis sanitaria llegue a su fin.Según estimaciones de la facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en un documento publicado este abril de 2020, a un mes de la llegada de la pandemia a Honduras, la curva de infección no ha alcanzado su punto máximo todavía. Esto sucederá hasta junio, entre el 8 y el 18, y la curva no va a bajar hasta septiembre, entre el 17 y el 26 de septiembre. Por lo que la vida con relativa normalidad no va a ser posible quizá hasta agosto, esto va a dejar sin visitantes al zoo por mucho tiempo. Deberán confiar que durante estos meses no serán víctimas de la reducción del presupuesto estatal. El zoo, como todo el país, está cuarentena. De resultar ciertas las estimaciones, al país entero le quedan meses oscuros por delante. Nunca el final de algo significó tanta esperanza junta.

Entrada al Parque Nacional El Picacho donde está ubicado el zoológico, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Un trabajador del zoológico El Picacho limpia la jaula de los jaguares, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

En el interior del corral de los chanchos de monte, Julio hace labores de limpieza. Julio vive en Barrio El Bosque, uno de los barrios en las faldas de El Picacho, pero su acceso al parque implica caminar varios kilómetros, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

La cuarentena ha guardado a los visitantes del zoo, las únicas personas que lo caminan son sus trabajadores, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Un trabajador del zoo abastece de fruta la jaula de los pericos, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

En una zona restringida para el público del zoo, Mario Donaldo, alimenta a los monos araña. Para él, llegar a trabajar implica caminar varios kilómetros desde la aldea Jutiapa, ubicada en el Parque Nacional La Tigra, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Un mono araña come fruta durante el desayuno en el zoo, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Dentro de un refrigerador se guardan el alimento de los carnívoros, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

En su hogar, Sofía es la única persona que ha quedado con trabajo y recibiendo un salario, su esposo (albañil), sus dos hijos mayores ( electricistas) no tiene trabajo en este momento, por lo que el peso de su hogar ha recaído en ella, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Hugo, encargado de la logística del zoológico, desinfecta un auto asignado al zoo, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

La doctora veterinaria, Diana Echeverría, realiza limpieza a una herida en la pata de una ocelote, es asistida por los biólogos Julio y Heydi, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Desde la pantalla de su teléfono celular, Diana Echeverría, veterinaria del zoo, explica que hay dos tipos de coronavirus: el alpha coronavirus para el reino animal y el beta coronavirus para la humanidad, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Una ocelote aún con los efectos de la anestesia es cargada en brazos por la bióloga Heydi Carballo luego de la limpieza en una herida, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Un pavo real en su ritual de apareamiento, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martin Cálix.

Simba, el león del zoo, ronronea cuando Alejandro se acerca a saludarlo, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Dentro del serpentario del zoo, una timbo permanece enrollada, esta especie de serpiente venenosa puede llegar a crecer más de 50 centímetros, es una especie endémica de Honduras, Tegucigalpa, 9 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

Debido a la escasez de agua, la fuente frente al edificio administrativo del zoológico permanece vacía, Tegucigalpa, 7 de abril de 2020. Foto: Martín Cálix.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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