El silencio y su memoria

No hablo. Tan sólo escupo guijarros en el agua inmóvil del río.
[He aquí el lenguaje y su misterio].
-Balam Rodrigo

—¿Podés imaginar el sonido de mi voz?
—Tendría que tocar tu garganta para saber cómo es. —Me explica, con paciencia, Patricia —traductor mediante— y al final se lleva la mano a su garganta como para que entienda.

Patricia y yo no hablamos el mismo lenguaje, ella se comunica a través del lenguaje de señas, es sorda, nació sorda. Con el tiempo únicamente ha podido escuchar sonidos fuertes, ruido básicamente, porque los aparatos que le podrían ayudar a escuchar, le producen estática, no le gustan, la desorientan. No hay mayor referencia del sonido en su vida, y sin embargo, ella puede hacerse una idea de la intensidad que produce el sonido de mi voz al sentir la vibración de las cuerdas vocales a través de mi garganta, pone su mano y se hace una idea de cómo vibra mi voz a través del tacto.

Este método ha servido para ayudar a otras personas sordas a construir su propio rango de referencia del sonido, a vocalizar palabras básicas: mamá, papá, agua, hola. Lo enseñan —unos a otros, como se enseñaron siempre los saberes comunes— en la escuela donde Patricia enseña. Saber hacerlo ayuda también a que las personas sordas aprendan a leer los labios. Patricia me lee los labios y responde sin que el profesor Óscar interprete para ella lo que yo acabo de preguntar.

La ausencia total no existe, ahora se sabe. De alguna manera todo espacio es ocupado por un cuerpo, y en su ausencia otro vendrá para suplantarlo. Lo mismo sucede con el lenguaje.

Amor en Acción —la escuela donde trabajan Patricia y Óscar— fue fundada hace 30 años, es una institución privada, una asociación que lleva el mismo nombre que la escuela, que cobra una matrícula simbólica de 70 lempiras, a cambio, los alumnos reciben 40 lempiras para el transporte cada semana. Debido a su política de ser una escuela inclusiva, Amor en Acción hoy en día atiende a niños y niñas sordas —de entre los 7 y 23 años— y con discapacidad intelectual. Es decir, que en Amor en Acción conviven niños que escuchan y hablan español con niños sordos que solo pueden comunicarse a través del lenguaje de señas. Ambos lenguajes se funden en la interacción cotidiana.

El ser humano se puede llegar a sentir superior cuando otros seres no lo entienden, encuentra en su incapacidad para comunicarse con otras especies los motivos de su superioridad. Lo hemos visto con los safaris para cazadores en África, lo vemos en la forma en la que hemos construido la arquitectura de nuestras sociedades, con arrogancia y sin planes, sin opciones, sin siquiera pensar en aquellas personas —otros seres humanos, sí— que viven con una discapacidad.

Wilfredo Molina, del Programa de Servicios a Estudiantes con Necesidades Especiales, PROSENE, de la UNAH —alguien que sabe lo que significa vivir en Honduras con una discapacidad luego de que una parálisis cerebral infantil por asfixia neo natal lo confinara a una silla de ruedas—, me explica que las personas con mayor índice de reprobación de la prueba de aptitud académica de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras son las personas sordas. La prueba que permite el ingreso al principal centro de estudios del país no está adaptada al lenguaje de señas. Lo que dificulta que los estudiantes de Patricia en la escuela Amor en Acción puedan algún día acceder a la educación superior.

A pesar de esta deficiencia del sistema educativo hondureño, en la UNAH se graduaron 5 personas sordas en 2018, según los datos PROSENE, lugar donde trabaja Wilfredo. Lo anterior es un cuadro que podría mejorarse si el acceso a la educación superior, los planes de estudios, y la universidad en su totalidad contemplara la posibilidad de que la población hondureña tiene necesidades en una gama mucho más amplia de la que actualmente cubre.

Patricia se encontró con este tipo de dificultades en su época de estudiante, pero logró ganarse una beca para estudiar en Estados Unidos Aplicación de computación y negocios en el Mount Aloysius College de Pennsylvania, y volvió para educar a niños que como ella, tienen que aprender a sobrevivir en un país que está lejos de tener las condiciones mínimas para hacerlos parte del conjunto diverso de personas.

—Los sordos si van a una escuela regular, ¿de qué forma se van a comunicar? —Es la reflexión en la que recae Leeybi Chávez, directora y administradora de la escuela Amor en Acción.

En la ciudad de Tegucigalpa existen únicamente cuatro centros educativos dedicados a las personas con discapacidad auditiva, de estos, únicamente uno es totalmente público, los demás son iniciativas privadas.

***

Óscar me cuenta que uno de sus alumnos es medallista —olímpico, dice—. Josslin ha ganado seis veces el maratón paralímpico nacional de 10.5 kilómetros organizado por el Comité Paralímpico Hondureño. El último de esos seis maratones lo ganó recién este 1 de septiembre.

Josslin nació en 1991, sus discapacidades —auditiva y parálisis cerebral— han estado con él desde su nacimiento, y si en su comunidad hubiese una escuela con las características de Amor en Acción él no se vería obligado a viajar al menos dos horas diarias, ida y vuelta en transporte público, desde un barrio de la periferia de Tegucigalpa ubicado en las faldas de El Picacho para tomar sus clases de primer grado con la profesora Ana. De toda la escuela, Josslin es el mayor, aunque es difícil saber si lo percibe, la mayoría de sus compañeros de aula no superan los 12 años.

En el taller, Josslin ha estado trabajando una pieza de madera con papel lija, cuando cree que ha terminado con ella se la entrega a Óscar para que se la apruebe. Me la muestra, los dos llegamos a la conclusión de que Josslin podría ganarse la vida haciendo esto, pero el profe Óscar —como le dicen sus alumnos— se lamenta explicándome que nadie va a contratar a Josslin por su discapacidad, nadie le va a dar la oportunidad al seis veces campeón paralímpico nacional de los 10.5 kilómetros de ganarse la vida con su oficio. De esto habla Leeybi, preocupada por el futuro incierto de los alumnos de la escuela que administra.

—Lo más difícil es la búsqueda de trabajo. —Sigue narrando Patricia, y explica que esta es una historia que se repite en cada persona sorda. —Primero piensan que el sordo está enfermo, lo que piensan los empresarios es que el sordo está enfermo, dicen que necesita un doctor para que lo revise y solo es que está sordo, ¿y el curriculum?, sí, sí, sí, lo aceptan pero después cuando el sordo se va, a la basura. —Es la respuesta que da Patricia al preguntarle qué es lo más difícil de ser sorda.

Una ex alumna de la escuela, que pasa medio tiempo ayudando a los maestros, pasa el resto de su tiempo en un supermercado. Hace poco fue contratada por una cadena de súpercados que le ha dado la oportunidad de atender caja. Leeybi dice, con tono de alegría y orgullo en su voz, que el reto es para sus clientes, y entiendo que lo que Leeybi quiere decirme es que Marjorie no tiene que demostrarle nada a nadie.

***

El silencio posee la memoria de las cosas que alguna vez estuvieron, los niños, las niñas, lo intuyen desde el misterio de su lenguaje. El tacto, la mirada interactuando con otras miradas. Ellos —y ellas, claro— gritan, saltan, se empujan, se pelean y se ríen, a veces cómplices, a veces porque la broma se salió de control, y raya el término moderno del bullying, y entonces se llenan de nervios, a fin de cuentas son niños. Cualquier ingenuo creería que una escuela para niños sordos es silenciosa y solo estaría lejos de la verdad: que estos niños, estas niñas, conjugan el verbo existir en todas sus formas. Habitan el silencio, sí, pero el lenguaje y su memoria les confiere sueños, les codifica un mundo que nos les pertenece, se los hemos negado.


Una estudiante de la escuela Amor en Acción juega con una máscara de papel durante una visita realizada al centro Chiminike, Tegucigalpa, 4 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Durante las clases, los alumnos reciben clases de lenguaje de señas, de esto depende en gran medida que los alumnos sordos puedan comprender el resto de las clases, Tegucigalpa, 19 de marzo de 2019. Foto: Martín Cálix.
Edward, durante una clase de lenguaje de señas impartida por Patricia, Tegucigalpa, 20 de febrero de 2019. Foto: Martín Cálix.
Patricia imparte clases para niños de dos grados, 5to y 6to, en la misma aula, imparte simultáneamente dos clases, Tegucigalpa, 21 de marzo de 2019. Foto: Martín Cálix.
Meylin durante la clase de educación física, corre en las instalaciones de un parque de Vida Mejor contiguo a la Antigua Casa Presidencial en el centro histórico de Tegucigalpa, 20 de marzo de 2019. Foto: Martín Cálix.
Alvaro, estudiante de 4to grado en la escuela Amor en Acción, observa cuidadosamente un examen antes de comenzar a resolverlo. Tegucigalpa, 2 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Gabriela ríe y juega con sus compañeras más grandes, con quienes no comparte grado pero sí un lenguaje construido desde la ternura, Tegucigalpa, 20 de febrero de 2019.
Andrea y David ensayan para el baile de danza folclórica durante los actos cívicos del día de Lempira, ellos no escuchan la música, pero siguen la coreografía ensayada alternando mirada con sus compañeros oyentes, Tegucigalpa, 18 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Nazareth hace una seña con su mano derecha, es la seña que los niños le han asignado a su directora, la profesora Leeybi, Tegucigalpa, 19 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Héctor —desenfocado en primer plano— y Josslin —riendo al fondo de la imagen— bromean y se apoyan cuando aprenden algo nuevo, Tegucigalpa, 27 de agosto de 2019. Foto: Martín Cálix.
Sofía atiende a Zoila en la clínica dental de la escuela Amor en Acción, donde los alumnos tienen atención gratuita, Tegucigalpa, 2 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Brianna, durante una visita a la antigua Casa Presidencial, ubicada en el casco histórico de la ciudad, Tegucigalpa, 20 de marzo de 2019.
Durante una visita al centro Chiminike, Josslin, juega a armar el rompecabezas del mapa de Honduras, Tegucigalpa, 4 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Héctor se viste de Lempira para los actos de celebración del día de Lempira. 19 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Jaffeth y Cristián ensayan el himno nacional de Honduras en lenguaje de señas, los dos son oyentes, Tegucigalpa, 16 de agosto de 2019. Foto: Martín Cálix.
Brianna juega sola mientras espera a la profesora Débora, a quien ha seguido hasta la puerta del baño para profesaras. Tegucigalpa, 2 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
La profesora Débora enseña diferentes tipos de peinados durante el taller de belleza a sus alumnas, en esta foto ensaya un nuevo peinado utilizando como modelo a Brandy bajo la mirada atenta de Zoila, Tegucigalpa, 17 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Milagros observa su reloj mientras conversa con sus compañeras dentro de un vagón de tren durante una visita al centro Chiminike, Tegucigalpa, 4 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
El profesor Óscar interpreta para sus alumnos las instrucciones de la guía durante un recorrido por el centro Chiminike, Tegucigalpa, 4 de julio de 2019. Foto: Martín Cálix.
Jimy juega con Sofía a pintarle la nariz con un pincel durante un taller de pintura impartido por voluntarios de Mujeres en las Artes, organización aliada de la escuela Amor en Acción, Tegucigalpa, 16 de agosto de 2019.
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2 comentarios en “El silencio y su memoria”

  1. La sensibilidad de quienes hicieron el trabajo se deja ver en las letras y las imágenes que se conjugan para contar una historia de amor, de inclusión que se superpone a la precariedad que habitualmente se vive en este país. Es un gran trabajo realizado por la gente de Amor en Acción que se comprometió con dibujar nuevos caminos para el lenguaje y que fue muy bien interpretado por contracorriente.

    Gracias por compartirlo.

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