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La plaza de dios

Desde las decisiones más importantes del país, hasta las calles más empobrecidas, la iglesia evangélica tiene poder. En el centro de Tegucigalpa se traduce a lo cotidiano ese poder, el de mantener a una población desesperanzada y arañando lo poco que puede para sobrevivir, en un éxtasis que lo hace creer que en lo alto se encuentra su salvación. Esto luego se traduce en la aceptación de las decisiones que la alta cúpula de la iglesia impulsa a tomar a gobernantes tan cuestionados como Juan Orlando Hernández.

A veces —no tantas, pero a veces— pienso en esos evangelistas que según Juan Carlos Mestre fueron resucitados por Lêdo Ivo en Cavalo Morto, todos los que conocemos la historia sabemos bien que Cavalo Morto no existe.

Sin embargo, Cavalo Morto es la plaza central de Tegucigalpa, es el lugar donde mueren los evangelistas, donde reviven los evangelistas, donde cantan a su dios, el único y verdadero, el dios de los evangelistas. Él está allá arriba, pero no tan arriba dicen algunos, pero mucho más dicen los que saben dónde vive el único, el verdadero, el dios que vino de Israel. A ese mismo dios lo han visto cruzar el mar —partir el mar, narran las escrituras— para llegar hasta el nuevo continente, que todos sabemos no era tan nuevo, y ya habían otros dioses, menos poderosos, más tendenciosos. El único y verdadero con buen marketing convenció a los del nuevo mundo que él era el único y verdadero y que los demás no eran tan únicos ni eran verdaderos. Rompió así con los ciclos, hizo que todos creyeran en él como el todo, de antes y de lo que estará después.

—¿Te gusta cantar?
—Sí. —Ricardito es un niño de pocas palabras, al menos cuando habla, pero sonríe mucho.

Ricardo Travieso, hijo de mariachi, hermano de mariachis, canta por aquello que la gente quiera darle. Para un niño de 11 años que canta música ranchera cristiana, la plaza de Tegucigalpa es un escenario raro. Los hombres, algunos borrachos, se le abalanzan para tirarle unos lempiras en su sombrero o en su caja o en su canasto. Canta y la gente le paga por aquellas alabanzas al dios único y verdadero.

Pero Ricardo no es el único que canta en la plaza. Isaac es otro cantante de rancheras cristianas, tiene 6 años y viaja con su familia desde Perú. Su misión, explica don Abraham —padre de Isaac, y jefe indio de esta familia nómada— es llevar la palabra de dios por todo el continente. Abraham se viste como dakota, el penacho, la ropa, pero su música es andina, una variante taki de lo que secularmente se conoce como música indígena de los andes. Así, tanto la música tradicional del sur como la del norte, son instrumentos para multiplicar el mensaje del único y verdadero, el dios que vino desde Israel con escala en Europa, hace no mucho, unos cuantos siglos, recién.

La plaza de dios es la plaza de los megáfonos, de los alto parlantes, de las jóvenes que danzan y ven al cielo con mirada hierática, pero también es la plaza de los conversos, de los delincuentes que dejaron de ser delincuentes gracias al llamado del celeste, gracias al milagro de la misericordia y al bautizo que hizo de su lamento un gozo que nunca se apaga, porque el dios de los judíos es el fuego que hará arder el pecado, o eso dicen sus emisarios.

En la ciudad de Tegucigalpa, desde el año 2014 una reforma al plan de arbitrios municipal hace posible el cobro excesivo a los eventos culturales, pero esta tasa no se aplica si el evento es para adorar a dios. El abismo es un manera de aceptar lo que parece difícil de comprender, pero la plaza es controlada por dios.

Los evangelistas de la plaza dicen —casi al unísono— que lo que ellos, y a veces ellas, hacen no lo hacen por la fama, sino porque el llamado de dios es a predicar el evangelio. Y sí, algo de eso hay en la biblia, algo de eso dicen que se dijo hace más de dos mil años en algún lugar de Asia.

En Cavalo Morto, nos dice Mestre, todas las cosas perfectas pertenecen a otro. Lêdo Ivo lo sabía, y por eso quizá un día ya no pudo ser resucitado por el sastre de las mariposas. Este relato fantástico donde un hombre puede ser resucitado y vuelto a morir, donde las cosas son y no, es superado por la narrativa desarrollada con paciencia, con esmero, con la dedicación y con la certeza si a caso, de que solo quien es fiel encontrará la salvación más allá de sus días en esta tierra. Cavalo Morto es la plaza de Tegucigalpa, pero advierte el evangelista, que Cavalo Morto no existe.

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Escritor hondureño. Autor de los libros “Partiendo a la locura” (Ñ Editores, 2011 segunda edición para Casasola Editores, 2012) “45” (Ñ Editores 2013), “Lecciones para monstruos” (90s Plaquettes 2014) y “El año del armadillo” (Difácil 2016).
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