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Escapar de la tierra del miedo

Cargamos con nuestras guerras
nuestras canciones de cuna
nuestro rumbo hecho de versos
de migraciones, de hambrunas

Jorge Drexler

«Siento que si me quedo en mi país van a doblegarme con amenazas, y uno por temor tiene que ceder», dice Javier, mientras intenta ignorar el frío que se filtra desde el techo de La Casa del Migrante en Ciudad de Guatemala. Pero dice que prefiere aguantar ese frío a dormir en la calle junto a su esposa y cuatro hijos con quienes salió huyendo desde El Progreso, Yoro hace unos días con apenas 200 lempiras ($8.2) que le prestó su hermano. Afuera de ese lugar hay al menos 400 personas durmiendo en las aceras porque ya no hay espacio en el refugio para albergar a los caminantes de esta segunda Caravana Migrante.

Javier es joven, no tiene más de cuarenta años pero la vida no le ha sido fácil en los últimos meses. Trabajaba en una plantación de palma africana y lo despidieron, al igual que a su esposa Marcia que laboraba en una de tantas maquilas instaladas en la zona norte de Honduras. Esos empleos no les daban una vida digna, pero al menos les alcanzaba para sobrevivir. «Nos iba mejor pero desde un tiempo para acá hemos estado mal económicamente, mal en todo sentido».

Según la Asociación Nacional de Industriales de Honduras (ANDI), en Honduras, de 6 millones de personas económicamente activas únicamente 700 mil tienen un empleo formal que genere un sueldo para acceder a los servicios básicos. Javier y Marcia eran parte de los otros 5 millones que transitan entre el desempleo y la precariedad laboral.

A pesar de la pobreza, nunca pensaron en migrar hasta que hace algún tiempo la mara que controla el barrio donde viven empezó a llegar por la noche para intimidarles e intentar serruchar su casa de madera. Sus hijos de 12 y 14 años habían sido elegidos para formar parte de una de las escalas básicas de la pandilla: banderines. Tendrían que encargarse de hacerle los mandados a los cabecillas y vigilar quien entra o sale del barrio, no tenían opción de rechazar la oferta. Para los padres era aceptar entregar a sus hijos o quizá toda la familia sería asesinada.

Según un informe de organizaciones y redes de sociedad civil en la región, Honduras tiene tasas de homicidios de la población entre 15 y 19 años que alcanzan los 102.8 homicidios por cada 100 mil habitantes. La única opción es huir.

«Mi miedo con los mareros es que mis hijos tengan un mal futuro», dice Javier, mientras intenta limpiar una mancha en la barbilla de su hijo mayor.

La Caravana Migrante es conformada en su mayoría por madres y sus hijos que no cuentan con los documentos necesarios para salir del país por lo que para cruzar de Honduras a Guatemala aprovechan el paso de camiones o rodear la montaña para no ser detenidas por las autoridades migratorias. Foto: Fernando Silva.

Una caravana de desplazados

Rosa Nelly Santos, del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso (COFAMIPRO), dice que la única opción para las familias que están en situación de violencia es huir y por eso junto a la organización que dirige se encarga de apoyar a quienes se enfrentan a las amenazas y desean salir del país.

Desde 1999 que COFAMIPRO se encarga de ayudar a las madres y familiares de migrantes que han desaparecido en la ruta hacia Estados Unidos repatriando a los muertos en el camino y ayudando a encontrar a los perdidos. Rosa, afirma que «la caravana migrante ha significado una forma más económica y segura de salir del país para los de esta zona».

Ese es el caso de Javier y su familia que siguieron a la Caravana Migrante sin dinero en los bolsillos pero con la seguridad de que la única esperanza queda en una frontera diferente a la que recibió a sus compatriotas con gases lacrimógenos. Esa policía que lanzó una bomba para repeler a los desplazados no era una opción para denunciar las amenazas a las que estaban siendo sometidos. «La policía en Honduras se vende al mejor postor porque la droga funciona como si fuera talco de bebés, ellos mismos saben quiénes venden, se hacen de la vista gorda», afirma.

Por eso tuvieron que decidir caminar desde el punto de reunión de la caravana en San Pedro Sula y turnarse la carga de su bebé de tres años. En muchas ocasiones se quedaban atrás de la caravana por la dificultad de ser una familia completa en movimiento pero tenían muy claro su objetivo «donde lleguemos vamos a pedir asilo político porque no podemos llegar a una casa que no es digna».

Ahora esta familia forma parte de los aproximadamente 9249 hondureños que ya han realizado el proceso de solicitud de la visa por razones humanitarias en México.

Este proceso fue una sorpresa para los miles de hondureños que llegaron a la frontera de Tecún Umán preparados para obtener la misma resistencia que la caravana de octubre de 2018. En su lugar recibieron botes con agua, comida y esperanza de poder transitar y trabajar legalmente en México por un  año. Una política migratoria implementada por el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien quizá cambie las reglas del juego.

Ana Laura Martínez de Lara, directora general de control e identificación migratoria del Instituto Nacional de Migración en México, aseguró que «es un programa que está abierto para esta caravana. Es una excepcionalidad». No hay más información al respecto, pero desde que ella dio estas declaraciones los desplazados siguieron llegando por miles a la frontera y parece que es un flujo que no se va a detener. Ya circula en redes sociales la organización de una nueva caravana para febrero.

Ante la falta de capacidad de la Casa del Migrante en Ciudad de Guatemala un aproximado de 400 migrantes durmió en las frías aceras de la zona 1 guatemalteca para seguir su ruta hacia Tecún Umán la mañana siguiente. Foto: Fernando Silva.

Otros decidieron seguir el camino sin solicitar ningún permiso, solo cruzaron la frontera y van dentro de territorio mexicano intentando llegar hasta Estados Unidos, son aproximadamente mil personas las que cruzaron en la madrugada siguiente al inicio del proceso de solicitud de visas humanitarias porque pensaron que quizá era otro engaño para deportarles. La historia les ha enseñado que lo más sencillo para las autoridades gubernamentales es engañar y olvidar, sean del país que sean.

En la caravana pasada el gobierno hondureño prometió darle vivienda, trabajo y una vida mejor a los migrantes que retornaran al país voluntariamente. Según datos de la Secretaría de Relaciones Exteriores fueron más de 7 mil migrantes que accedieron a la deportación. Muchos de ellos siguen esperando el cumplimiento de esas promesas.

«No tenemos recuentos de que alguno haya querido regresar, la mayoría nos decía que habían sufrido demasiado con sus pies llagados, golpeados. No tenemos un dato de alguno que haya querido retomar», afirmó Nelly Jerez, vicecanciller de relaciones exteriores. Sin embargo, el testimonio de los migrantes dice lo contrario.

«Va a haber quinta y sexta vez, hasta que logremos pasar, porque aquí (en Honduras) la situación está bien difícil. No hay trabajo y la violencia se incrementa cada día más. Estamos en enero y ya hay quince masacres y lo peor es que el Presidente dice: Vida mejor. ¿Cuál vida mejor? Da pena que diga vida mejor», afirma Karla, originaria del municipio de Sabá, Colón quien por cuarta ocasión intenta llegar a Estados Unidos, siendo la segunda vez que lo intenta siguiendo la caravana.

Cuenta que la vez anterior la deportaron cuando viajaba por Monterrey hacia la frontera con Estados Unidos. Mientras que sus hermanos, quienes también la acompañan, en la caravana pasada decidieron regresar voluntariamente ante las promesas de Juan Orlando Hernández de darles empleo y vivienda.

«Mis primos y hermanos se vinieron porque les prometieron de todo –dice Karla mientras  intenta sostener la mano de uno de sus hijos para que no se escape– hasta el son de hoy se vinieron de nuevo y no les dieron nada».

Después del anuncio de las autoridades mexicanas, los integrantes de la Caravana Migrante hacen fila para hacer solicitud de la visa por razones humanitarias que les permitirá transitar y trabajar legalmente en México por un año. Foto: Fernando Silva.

Este grupo de familiares lo conforman ocho personas entre primos y hermanos que como muchos hondureños van huyendo de la muerte. Hace quince días uno de sus primos fue asesinado después de ir a cobrar un dinero que le debían por arreglar un camión, ese hecho fue la confirmación de que a pesar del desplazamiento interno que habían hecho, mudándose de varias ciudades del país, no podían enfrentarse al poder de un cartel de narcotraficantes que quería las tierras que un familiar les había dejado como herencia.

A Karla la siguen su hija y su hijo, muy pequeños aún –quizá– para entender que si se quedan en el país donde nacieron, el que les está exigiendo un pasaporte para poder escapar, lo más seguro es la muerte. Esta madre dice que ganaba 500 lempiras semanales ($20) pero que solo le ajustaba para pagar el alquiler de la casa donde vivía junto a su esposo y sus hijos, para poder comer tenía que pedir prestado, por eso afirma que su esperanza es poder darles un mejor futuro en Estados Unidos lejos de un sistema que excluye a más de 900 mil niños y niñas de su sistema educativo y que por sus condiciones también habría dejado por fuera a estos menores.

Mientras tanto, la salida de esta nueva Caravana Migrante le ha servido al Presidente estadounidense, Donald Trump, para negociar. Ofreció extender por tres años más los programas del Estatus de Protección Temporal (TPS) y de la Acción Diferida para los llegados en la Infancia (DACA) que su gobierno canceló para algunos países entre 2017 y 2018.

Trump pide a cambio que el Partido Demócrata acepte financiar los $5,700 millones de dólares para cumplir su principal promesa de campaña: hacer el muro entre México y Estados Unidos. El TPS beneficia desde 1999 a más de 56 mil hondureños que residen en Estados Unidos después de las devastaciones que dejó en el país el Huracán Mitch hacia finales de 1998 y fue cancelado por Trump en mayo de 2018, mientras que el DACA beneficia a más de 16 mil jóvenes que llegaron a Estados Unidos antes de cumplir los 16 años, este último programa espera tener una respuesta sobre su estatus en la Corte Suprema de Estados Unidos durante 2020.

Cuando la primera caravana salió hacia ese país norteamericano, Trump amenazó con quitar la ayuda monetaria dada a los países del Triángulo Norte, pero Javier se pregunta «¿qué ayuda hay? ¿A dónde queda ese dinero? Al sector de nosotros no llega nada, nosotros cuando conseguimos comemos y cuando no, pues no se come».

Durante el camino los migrantes fueron asistidos por muchos guatemaltecos, por lo que para Javier ha resultado claro: «sufrimos más allá, que lo que sufrimos en el camino».

En Guatemala esta caravana ha tenido un recibimiento más frío que la anterior, la posibilidad de cruzar a México con visa humanitaria ha dejado que miles duerman en el parque de Tecún Umán, no es hasta el cuarto día de la situación que el gobernador de Ayutla, municipio donde se encuentra la frontera, ha comenzado a plantearse habilitar más lugares para refugios.

El camino tampoco fue fácil, cuenta Roberto, un hombre de 50 años que también huye de una comunidad de Yoro. «Nos llevó una rastra pero la detuvieron en el camino y le pusieron una multa, entre todos ajustamos por lo menos la mitad para que pudiera pagarla y de ahí seguimos caminando hasta que llegamos delante de Chiquimula nos permitieron que subiéramos a los buses», Roberto cuenta que en el camino se paraban a mostrarles billetes a los buses con ruta hacia Tecún Umán y no se detenían, «luego nos dimos cuenta que era una orden de gobierno la de no dejar que nos llevaran, nos tocó duro».

En Agua Caliente mujer espera bajo la lluvia en una larga fila mientras espera hacer el registro con las autoridades migratorias para poder seguir en una fragmentada Caravana Migrante que intenta cruzar la frontera con Guatemala. Foto: Fernando Silva.

Una problemática multicausal

Roberto cuenta que huye de las maras en Yoro, en su comunidad ocurrió una de las seis masacres ocurridas en los primeros 13 días del año, producto de la lucha de tierras entre las maras y los productores de café, frijoles y ganado, a quienes se las quieren quitar. «Cobran impuestos, tienen gente robando, saqueando casas y ganado, roban el café y le roban el dinero a la gente. La economía no está dando y hasta que el gobierno no cambie esa situación y la controle no se va a poder vivir en el país».

Lo que menos pensaba Roberto era que un día tomaría la ruta migratoria, tiempo atrás sus oportunidades eran mejores, incluso vivió durante varios años con visa en Estados Unidos y maneja muy bien el inglés. Roberto dice que intentó de todo en Honduras, incluso aplicar a un call center, pero que su edad lo convierte en una persona descartable, que se va porque no tiene otra opción. «Mi plan es llegar a trabajar a Estados Unidos, mandar a traer a tu familia o enviarle dinero para poder emprender un negocio», agrega.

En Honduras la migración no es producto de una sola causa, eso también lo sabe Javier que en el camino con sus dos hijos menores recibieron una atención médica que no tendrían en el país, a causa del frío y la lluvia se habían enfermado y sus vías respiratorias estaban completamente colapsadas. Afirma que esta atención que recibieron no es igual en Honduras. «Si llevo a mi niño que anda fiebre, así como está ahorita me dan la receta y de donde voy a sacar para comprar en la farmacia si uno mas bien busca los centros de salud porque en realidad lo necesita, si tuviera dinero lo llevaría a una clínica privada», afirma.

Para Karla Rivas, coordinadora de la Red Jesuita con Migrantes en Centroamérica, el desplazamiento en caravana de estos grandes grupos de hondureños y hondureñas es a causa de factores que son estructurales como la pobreza y la falta de oportunidades pero también se mezclan la violencia y la impunidad.

«El gobierno dice que genera trabajo, que está dando seguridad pero en la realidad esas promesas no se cumplen, por lo tanto es en la ruta migratoria donde la gente está poniendo sus esperanzas», dice Rivas, quien además recuerda que el departamento de Yoro de donde son originarios Javier y Roberto es el tercer foco anual de deportados en el país.

Según Rivas a lo largo de la historia de la migración internacional hay momentos o hitos de migración fuerte, en Honduras se pueden identificar varios: en los 90 con la aplicación del modelo neoliberal que comienza a privatizarlo todo y luego en el Mitch por razones como falta de trabajo o porque las familias perdieron en una semana todo lo que tenían.

«El Mitch también sería un detonante migratorio en El Progreso debido a la tradición que tenían los campos bananeros con las compañías bananeras que fueron uno de los efectos más fuertes que a nivel económico afectó a la zona, el tener una infraestructura que no fue reparada ni resuelta por el Estado», confirma Rivas.

Ismael Moreno, director del Equipo de Reflexión Investigación y Comunicación de la compañía de Jesús (ERIC-SJ), en una artículo de la revista Envío apuntó que «es el síndrome de la “banana republic” que sembraron los norteamericanos y dejaron a muchos esperando, embelesados, pensando en el regreso de las compañías bananeras. En esas condiciones individualistas nacieron, así lo aprendieron, así crecieron, así han sufrido y siguen sufriendo. Y así buscan su salida en el norte, individualmente. Aunque sean caravana, aunque sean miles. Es una caravana de individualidades».

La migración provocada por el Mitch incrementaría el fenómeno de las maras en la zona, que aliadas con otros sectores del crimen organizado han sumido a los hondureños y hondureñas en el terror.

Rivas afirma que hablar de amenazas por maras ya no es hablar de migración sino de desplazamiento forzado. En la ruta migratoria hay infinidad de estas historias que huyen no solo porque no tienen qué comer sino porque hay una vida que quieren conservar, desde octubre del año pasado les vemos correr sin importar el peligro, tienen la convicción de no poder regresar.

Cuando decidimos lanzar #OperaciónMorazánII nos referíamos a intervenir de manera social, nacional y en materia de seguridad para recuperar espacios y la paz y la tranquilidad del pueblo hondureño pic.twitter.com/qLq0xSa1y5

— Juan Orlando H. (@JuanOrlandoH) 23 de enero de 2019

«Si son delincuentes de nada sirve para la sociedad, nosotros somos pobres simples jornaleros, no tenemos la facilidad para decirle a nuestro hijo: usted va a estudiar en el colegio lo básico que es primaria. No hay fondos porque hasta en la escuela uno tiene que pagar todo», dice Javier, quien junto a su familia ha tenido que dormir en las aceras de Tecún Umán mientras espera la respuesta a su solicitud de visa humanitaria. Incluso allí, en la intemperie, se siente más seguro que en su propia casa.

La lucha en contra de las maras y pandillas es constantemente promocionada por el gobierno de Juan Orlando Hernández. Pero los resultados de esa supuesta lucha siguen siendo invisibles.

Esa falta de resultados podría deberse a la vinculación que, según una investigación de la revista Vice, tendría Tony Hernández con las maras. Tony es hermano del mandatario hondureño, y en noviembre de 2018 fue capturado en un aeropuerto estadounidense por suponerlo responsable y cabecilla de una de las redes de narcotráfico más importantes de Centroamérica.  Finalmente es el mismo gobernante quien mantiene el clima de inseguridad en el país.

La caravana que se fragmentó a lo largo de todo el camino hasta juntarse en la frontera de Guatemala con México, caminaba en grupos de decenas y cientos pero había un común denominador, cada cierto tiempo gritaban el «Fuera JOH» y cantaban la añorada salida del Presidente reelegido ilegalmente.

Al menos 100 migrantes se suben a un camión pagado por un buen samaritano en Guatemala. Se dirigen hacia Tecún Umán para reunirse con los otros integrantes de la Caravana que ya están esperando para cruzar hacia México. Foto: Fernando Silva.

Para Rivas tiene mucho más trasfondo que solo la frase, afirma que «la gente no lo dice simplemente haciendo una consigna sino más bien una declaración de que este país que está liderando Juan Orlando Hernández, en unas condiciones ilegales e ilegitimas, es finalmente el modelo que los está obligando a salir del país».

Rivas cuenta que vio por televisión como un hondureño en México decía que le iba a decir a Trump que la consigna es: «o se lo lleva o nos va a tener a todos acá».

Roberto y la familia de Javier ya emprendieron el camino. Se espera que ante las nuevas políticas migratorias en México salgan muchos más hondureños desde un país insostenible, una tierra donde impera el miedo.

Un lugar de donde Javier está seguro que es mejor salir sin dinero, pero que dice moviendo reiteradas veces su cabeza que «no se puede vivir, en Honduras no».

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