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Hijo del Tifón

Este artículo es una colaboración de: Colectivo Línea84- Periodismo Etnográfico

Fotografía: Irving Mondragón

 

LOS PADRES

El combate a la delincuencia organizada en Honduras, al igual que en el resto de Centroamérica y México, se ha convertido en el moderno disfraz de la implacable violencia estatal y un motor de la migración forzada. La creación inmediata de la PMOP (La Policía Militar del Orden Público), los TIGRES, la Fuerza de Seguridad Interinstitucional (FUSINA) y las reformas “anti-maras” que eliminan el supuesto de inocencia, al inicio de su mandato, no son coincidencia. Según datos oficiales de los últimos cuatro años, a través de FUSINA, el poder ejecutivo ha realizado más de un millón de operativos preventivos en los que han participado las fuerzas de seguridad policiaco-militares en los barrios más pobres de todo el país. En estos lugares los jóvenes se vuelven en blanco de la violencia institucional y criminal. Concretamente, a finales de 2016, a través de una serie de tres operativos llamados Tifón, el gobierno de Hernández realizó más de 100 allanamientos, detenciones, decomisos y capturas por todo el país. Los operativos fueron declarados un éxito. Sin embargo, este éxito estuvo acompañado de escuadrones de la muerte, desapariciones forzadas, asesinatos, tortura y destierro.

Esta es la historia de uno de los sobrevivientes.

 

***

Habla despacio, pausado, muy suave y bajito; a veces baja tanto la voz que se escucha como un mar lejano. Sus palabras se convierten en susurros de espuma que se chupa la arena. Así es como llega a mis oídos lo que me cuenta. Es muy delgado, evita mirarme, solo percibo sus emociones por el tono de su voz y por los movimientos de su cuerpo. Está sentado en una silla de plástico, su cuerpo largo parece una lágrima a punto de caer.

Noviembre 2016. Tres de la mañana.

“Llegaron cuando ya todos estaban dormidos. Pasaron un montón de carros, eran los policías, todos, los azules, los PM y los Tigres, iban en moto y en carros, pasaron por el puente, el puente que está cerca de la casa, de pronto ¡BAM, BAM, BAM! ¡Estaban golpeando el portón, lo estaban rompiendo! así llegaron a la casa, estaban tumbando las puertas… las puertas… las puertas de la casa, las querían romper y entonces la muchacha embarazada mejor fue a abrir y entraron los policías y ¡BAM! de un sólo entraron todos y le golpearon la panza a la embarazada, entonces yo me quise arropar, pero me iban a golpear, entonces me levanté y me quise tirar al otro cuarto, pero me sacaron… me agarraron bien fuerte y me sacaron para afuera; me tiraron al suelo, empezaron a preguntar que si vendíamos drogas en la casa, que si teníamos armas, pero ahí no había nada, nosotros no teníamos nada. Ahí vivía la mujer del que buscaban, uno de la 18, y empezaron a tomarnos fotos, y nos metieron a la patrulla y nos llevaron, nos llevaron presos y nos tuvieron casi todo un día en la cárcel, pero no teníamos nada, ningún delito habíamos cometido, nada y nos soltaron; pero nos amenazaron con que si nos volvían a agarrar, nos iban a meter presos, y todo se publicó, las fotos todo, todo, y en las redes sociales también… y ahí ya. Ahí ya empezaron las amenazas.”

Edwin tiene apenas 16 años y es un adolescente transexual. Su madre migró a Estados Unidos hace 4 años y a pesar de que ella insistió, él no quiso irse con ella. Ya vivía en casa de sus amigas con su hermana y ellas lo querían y lo aceptaban. Así que decidió quedarse ahí, en donde siempre ha vivido, en uno de estos barrios pobres en los alrededores de San Pedro Sula en el que la MS-13 y el Barrio 18 mandan y se disputan el territorio.

Edwin no es pandillero, y esto hace su vida muy complicada. La realidad es que nadie quiere enemistarse con los miembros de una pandilla –a menos que quiera terminar huyendo de donde vive o en un ataúd. Así que hay que convencer constantemente a esos “vatos” que uno no es de ningún bando. El problema es que la sospecha de que uno puede ser informante del bando contrario siempre está presente. Por esto, antes del operativo policiaco-militar, este chico ya caminaba en terreno minado con las pandillas.

Edwin me ilustra esa situación. Él atiende una pulpería en donde varios dieciocheros se juntan a tomar fresco y a jugar maquinitas. Pero el lugar está cerca del territorio de los treces. Un buen día, mientras platica y mira el celular con un amigo, un pandillero de la MS que anda por ahí, piensa que los muchachos están tomándole video para pasar esta información a los contrarios. Esto le vale a Edwin y a su amigo una amenaza de muerte y ambos tienen que irse a perder un tiempo. Edwin también se enemistó con la pandilla dominante del lugar a raíz de la muerte de su hermana y, finalmente, ser un joven de un barrio pobre donde el Estado hondureño ya etiquetó a todos como delincuentes, lo puso en el ojo del Tifón.

Edwin lo vivió. Él tiene algo que contar sobre este limbo en el que tuvo que mantenerse con ambas pandillas antes de que el Estado hondureño se burlara de sus esfuerzos. Él sí puede explicarnos la facilidad y la ligereza con la que uno va perdiendo todo poco a poco.

 

LA VIDA NO ACABA EN LA TUMBA

Abril 2016. 12 de la noche.

Las noches no son frescas. Hace calor. Aún así, Edwin suda frío; tiembla de miedo y de esa angustia que se mete en el cuerpo como veneno cuando se está por confirmar y aceptar la realidad de un evento terrible. Uno de esos que estará presente en su vida para siempre. Edwin estuvo obligado a reconocer el cuerpo sin vida de su hermana.

“Yo fui, miré cervezas… eee… miré cervezas tiradas, platos de comida como que estaban comiendo… tenía un golpe aquí [en la quijada]… porque ella estaba en un baño, como que salió corriendo y cerró la puerta del baño y como que la empujaron y cuando cayó al piso se golpeó… se golpeó aquí, aquí…”. Su hermana estaba tendida en el piso. Era su cadáver. Edwin termina la frase y agacha más la cabeza, se entristece y junta las manos, su cuerpo delgado se encorva como caracol. Tres días antes de su muerte, Edwin había visto pasar a su hermana. Él le habló, pero ella simplemente lo ignoró. Lo ignoró para protegerlo. “La vendieron” me dice. Si su novio, miembro de la 18, la mató por celos, y si sus amigas, quienes la engancharon para vender drogas para esa misma pandilla, tuvieron algo que ver, eso nunca se va a saber. Así como la mayoría de los crímenes que ocurren en colonias pobres y marginadas, el asesinato de su hermana nunca se esclareció. Al Estado hondureño no le importa. No le interesa resolver los crímenes en estos barrios; una pandillera vendedora de drogas, hermana de quien sea, hija de alguien, no merece justicia –como si la justicia fuera algo que uno tiene que ganarse y no un principio elemental de seguridad. En su informe más reciente, la Organización de los Estados Americanos (OEA) señala que el 80% de los homicidios cometidos en Honduras quedan en total impunidad.

Para las mujeres, la situación es mucho peor: solo en el 2016 se registraron 468 feminicidios, de los cuales 96% permanecen en total impunidad.

Para Edwin su hermana está muerta y los culpables sin castigo.

Para el Estado es una cifra más en homicidios… siempre que estos se registren. Pero la muerte no es muerte en la pandilla. Lo que quedaba de la hermana de Edwin le siguió sirviendo a la 18. Lo más tenebroso de esta historia, es que la vida para el mundo virtual no se acaba en la tumba, no para los pandilleros que tienen Facebook. A través del mundo cibernético –ese al que todos estamos conectados en vida– la 18 deshonró la muerte de la hermana de Edwin. Profanaron su tumba. La revivieron por Facebook y Edwin protestó.

“ya luego miré que la página de mi hermana estaba en línea, estaba conectada, entonces vine yo y mandé un mensaje, les dije: dejen en paz a mi hermana que ella estaba descansando en paz ya. Ellos me dijeron “busca dormir ya niño o…”

Ese “o” es el eco de la amenaza. Me dice las últimas palabras mientras se funde en la tristeza del recuerdo. Aprieta los brazos de la silla y ahoga su cabeza en el silencio. Imaginen esos sentimientos invasivos de impotencia, frustración y un dolor indescriptible, todos mezclados, recorriéndoles el cuerpo, tensando los nervios de cada extremidad. Sumen las lágrimas. Esas lágrimas que no salen, pero que ahí están atrás de los ojos, y se revuelcan en lo más profundo del espíritu como una marea sin salida.

Su cuerpo tiembla con fuerza. Yo no pregunto más.

 

LOS ESCUADRONES DE LA MUERTE

Noviembre 2016. Tres días después del operativo Tifón.

“…un carro blanco de doble cabina empezó a pasar, pasaba despacito, era como cualquier carro, pero sin placas. Uno cuando no mira placas de carro se mete ligero. Y pues ya pasaba el carro… y ya después, al día, desapareció mi primo. Se lo llevaron ellos: los del carro blanco. Mi primo era 18 y desapareció. Mi familia lo estuvo buscando tres días y lo hallaron muerto en un río, inflado. Ya después se llevaron a otros dos de la 18, pero a esos dos [se los llevaron] para sacar información, los golpearon, les dijeron que si los volvían a ver en Honduras los iban a matar y pues ellos huyeron.

Y este… al segundo día, yo y un muchacho estábamos conversando de todo lo que habíamos pasado y nos fuimos a sentar afuera de la calle, abajo de un palo de tamarindo. Ya viene un carro, pero viene otro diferente, de color azul, él [muchacho] se sentó en una piedra y venía el carro y él como que si nada, vinieron, se pararon, se bajaron y lo agarraron y lo metieron. Y desde ahí no se volvió a saber nada. Anduvieron buscando en la morgue, por todos lados, nada.”

La cara de Edwin está descubierta, sus manos están relajadas sobre los brazos de la silla. Toda su fuerza está concentrada en su mirada; sus ojos miran directo a la pared como si le estuviera preguntando a ese muro sordo, mientras recuerda, ¿quiénes son? “los que andaban carros, mataban y desaparecían personas” y se llevaron a su amigo que jamás volvió. “A esos se les llama el escuadrón de la muerte” me dice de un tajo. Su mirada se enciende.

Los escuadrones de la muerte son agentes del Estado y tienen una larga historia en los barrios pobres de Centroamérica (vea el libro “Sobrevivir Honduras” de Adrienne Pine). No cuesta nada identificarlos y entender de qué se trata: con el Estado no hay ni tregua ni justicia, mucho menos protección.

A Edwin le pasó lo siguiente: después del allanamiento y la golpiza que le dieron a él y a sus amigas, la policía los exhibió a todos ante los medios de comunicación como miembros activos del Barrio-18. A Edwin se lo llevaron a la estación de policía en donde lo mantuvieron encerrado e incomunicado durante un día. Después lo dejaron ir. No hubo más investigación, no hubo nada más relacionado con procesos judiciales, solo hubo escuadrones de la muerte y la foto en los medios de comunicación en los que Edwin aparece como miembro del Barrio 18. Esto fue su sentencia de muerte. Al Estado le temen al igual que a las pandillas.

Para el Estado hondureño, Edwin sólo es un delincuente más de un barrio pobre. Si es o no pandillero, y si un pandillero es o no un delincuente, eso no importa; a los gobernantes les da igual si a Edwin lo descuartizan sus agentes de la muerte, la MS por ser 18 o el Barrio 18 por ser MS-13, él merece la muerte, no la vida.

Este morro  (güirro) pasa más de cinco meses encerrado en casa de sus amigas para evitar ser la comida de los gusanos de un monte cerca de su comunidad. Ahí donde las familias van a pasar el día de campo y la policía y los pandilleros entierran a los que matan. Así tuvo que estar hasta que su mamá lo mandó traer desde Estados Unidos,  donde él no quería irse.

Operativo. Foto: Diario La Tribuna

***

Tabasco, México Abril 2017.

Yo conozco a Edwin aquí, en la zona fronteriza de México y Guatemala, en el estado de Tabasco, en el peligroso poblado de Tenosique. Y en México no le va mejor porque al cruzar la frontera sin papeles, ante los ojos del Estado, se convierte en un “migrante indocumentado”, “un menor de edad no acompañado”, “un profanador de fronteras”, “una amenaza para la seguridad regional” a quien es mejor deportar.

Aquí en México, el Instituto Nacional de Migración (INM) lo persigue por la misma idea de seguridad que puso en marcha los operativos que sentenciaron a Edwin al destierro; es decir, la seguridad está muy cerca de la violencia y muy lejos de la justicia y la protección.

México no le ofrece mucho después de haber sobrevivido a la ola de Tifones que azotaron su barrio. La única manera en la que Edwin podría obtener la protección de la que nunca ha gozado es solicitando refugio en México. En teoría, Edwin es sujeto de protección según los principios universales de derechos humanos y las leyes internacionales porque su vida peligra en su país. Edwin puede solicitar refugio ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). Los funcionarios de esta institución son los que determinan si la persona es refugiada o no según el motivo de persecución. Los tipos de persecución ya están definidos. Sin embargo, existen otros criterios que entran en juego para determinar la condición de refugio. Y estos criterios los dicta el gobierno mexicano.

Albergue para migrantes en Tenosique, Tabasco. Foto: Irving Mondragón.

El problema es que, actualmente, la migración indocumentada, en general, es un asunto de seguridad regional y no un asunto que se deba tratar a partir de los principios universales de derechos humanos. Esto quiere decir que los funcionarios “por seguridad” van a optar por una interpretación restrictiva de lo que es un refugiado y los motivos de persecución. O sea, las probabilidades de que a Edwin no le den el refugio son muy altas. Es más seguro que lo deporten. Además de esto, bajo este panorama de “seguridad”, si Edwin decide solicitar refugio en México, el Estado mexicano lo mantendrá sujeto a un largo proceso burocrático que dura más de tres meses –y no dura tres meses como dice la Ley sobre refugiados, asilo político y protección complementaria en este país. Y bueno, al tiempo en que se dicten e implementen las medidas de protección adicionales por ser un menor de edad, eso sin considerar la identificación de un lugar adecuado para su estancia y cuidado mientras que no cumpla con la mayoría de edad, pues Edwin va a pasar un periodo larguísimo esperando y esperando “a ver si” se le considera digno de protección internacional. Además, mientras solicita asilo, o “refugio”, como es entendido en México, mientras es un “solicitante” Edwin tiene que permanecer en el estado donde hizo su aplicación. No puede irse a ningún otro lugar –a menos que empiece otro largo proceso de custodia– no vaya a ser que se le ocurra irse hacia el norte. La espera que tiene que enfrentar es la forma más eficaz para que simplemente se vaya, desista de su solicitud… o termine prefiriendo los servicios de las redes tráfico de personas.

Edwin pudo solicitar refugio, pero al entender lo que estaba en juego, decide seguir con el plan de la mamá y se sube al tren que parte desde Tenosique. Pero no se va solo. El va con su “tío”, me dice. Pero bien sabe que no lo creo nada.

EL TÍO

Salto de agua, Chiapas, México. Foto: Irving Mondragón

Con los pantalones sucios, tatuajes de mala tinta, cara curtida por el sol, cabello colocho, un diente de menos y torso fornido, este hombre de no más de 40 años, observa, conoce, habla con tono decidido, y manda. El tío es aficionado a la marihuana. Se reúne con un grupo de gente en las vías, habla serio con ellos, voltea a ver a Edwin –que está a un lado mío– vuelve a hablar, rola el toque y se va. Ese día se le habían rasgado los pantalones a Edwin y sólo esos traía. Andaba con sus calzoncillos muerto de la vergüenza. El tío paraba con la mirada la risa de cualquier persona que tuviera la intención de burlarse de Edwin y sus calzoncillos. El tío se va de las vías y solo nos dice “de aquí no se mueven, me oís?” Nosotros no nos movimos ni a la sombra. Llega el “tío” un par de horas más tarde con unos pantalones.

Pero el “tío” es más bien un buen hijo de puta. Un coyote con toda una red de alianzas y corrupción para cruzar México y dar el brinco a los Estados Unidos. Los operantes de las redes de tráfico parecen ser más capaces de ofrecerle una solución a Edwin que cualquier Estado con todos sus funcionarios bien vestidos y capaces de escribir miles de reportes al día sin asomar la nariz a la realidad. Y entonces el “tío” llegó por él.

Un día estamos comiendo en un albergue para migrantes donde Edwin pregunta por todas estas cuestiones del refugio y nos quedamos a comer. Su “tío” anda ahí también como pez en el agua. Habla con todo mundo, pero siempre sabe donde estamos. Nosotros hacemos fila para la comida, pero Edwin se queda platicando con alguien, se distrae, se separa de la fila, se confunde, quiere volver a meterse y no puede, lo regañan y le dicen de mala leche que comida para él, no hay. Edwin no protesta y se va a sentar sin comer. El tío se entera de la movida y va a decirle unas cuantas palabras al cocinero que había dejado al morro con la panza vacía y llega con un plato de comida mientras Edwin y yo lo esperamos para irnos.

“Come. Cuando terminés vas a dejar el plato.” Le dice el tío a Edwin, seco y fuerte.

“¿Y qué pasó? tío.” le pregunta Edwin con voz suave. No nos dice nada y se va. Luego nos dice una amiga de Edwin que ella había visto cuando el tío llegó con el cocinero del albergue y le dijo “No volvás a hablarle así hijoeputa o te arranco la garganta cuando estés ahí afuera.”

-¿Ese es quien te va a llevar con tu mamá Edwin?- Le pregunto al morrillo.

-Sí, me dice.

-Bueno, por lo menos con él no vas a tener que llenar un formulario y no te va a dejar sin comer. Si necesitas ropa, el te la va a buscar y no creo que nadie quiera que le arranquen la garganta. Vámonos,- le digo al chico.

Este buen hijo de puta fue quien, por fortuna o desgracia, sí ayuda a Edwin. No son las instituciones nacionales e internacionales con todos sus empleados y su papeleo, ni las leyes ni los organismos de derechos humanos, no. Quien lo saca de lo terrible de su situación es un malandrín. Es uno de esos tipos que andan en lo clandestino. Es ahí donde Edwin tuvo que ir a buscar “ayuda” a la medida de sus necesidades. Se internó en ese mundo clandestino que las políticas de seguridad regional ataca con armas y granadas porque todos los que nadan en esas aguas son criminales, según dice la autoridad… ¿Y Edwin? Edwin quedó a merced de la protección y seguridad que le pudiera dar la clandestinidad. El círculo del rechazo se cerró con el tío.

Si a Edwin lo agarra la ley, lo van a deportar, y eso es finalmente lo que quiere la autoridad: detener y deportar, detener y deportar porque la migración forzada no se ve como realmente es. Se le trata como si fuera un delito y la detención y la deportación es su castigo. Y las autoridades y “la seguridad” en realidad persiguen a Edwin, además de al tío malandrín.

Finalmente, Edwin se fue protegido por alguien capaz de arrancar una garganta. Este muchacho, a sus cortos 16 años, sabe lo que es la desaparición y la migración forzada; sabe lo que es la persecución a muerte, conoce lo que son las fosas clandestinas, el asesinato, la lucha hasta morir entre las pandillas, los escuadrones de la muerte, la injusticia y ¿por qué no es digno de protección inmediata?

Lo que le hemos mostrado a este chico es que nuestras políticas de “seguridad” regional no lo van a proteger. Al contrario, en su país, la sociedad no lo protegió de la violencia y la pobreza. Lo criminalizaron injustamente, la policía lo golpeó, las pandillas lo amenazaron y los medios ayudaron para condenarlo al destierro. Aquí en México, por ser migrante sin documentos también se le criminaliza, nuestras autoridades lo persiguen y lejos de ayudarlo, hacen todo lo posible para que termine sumido en la clandestinidad.

Nuestros gobiernos justifican todo esto en nombre de la seguridad regional. Pues bueno, ese tipo de seguridad destruye en vez de proteger a las personas, justo así como los tifones.

Menores centroamericanos no acompañados, Tijuana, México. Foto: Irving Mondragón

Sobre los autores: Hijo del Tifón es el cuarto relato del proyecto de 2017 En las venas de la violencia. Este es el primer trabajo de periodismo etnográfico y acción comunitaria del Colectivo Línea 84.
Este proyecto se enfoca en los efectos que ha tenido la subordinación del tema migratorio a las políticas de seguridad regional,  en la vida diaria de las personas que migran. Esta subordinación se hace a nivel regional -México y Centroamérica- oficialmente, a partir de la Iniciativa Mérida. Principalmente, en las recónditas regiones fronterizas que dividen a México y Guatemala, dichas políticas tienen un impacto mayor. La ausencia del estado como garante de derechos y la militarización, transforman la vida cotidiana de los habitantes y las personas migrantes en estos lugares.
El trabajo de campo tuvo una duración de 4 meses durante los cuales, nuestro equipo de campo, como parte de nuestras acciones comunitarias,  se involucró en el día a día de las personas migrantes y en la defensa de sus derechos. Asimismo,  se realizó un voluntariado de tres meses en un albergue de la región fronteriza entre Guatemala y México .
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