Contra Corriente

Eta y sus efectos: sembramos un poco de esperanza y cosechamos solidaridad

Texto: Omar Cruz

Fotografía: Martín Cálix

Nuestras abuelas, abuelos y otros parientes quizá ya nos habían comentado sobre los estragos de los huracanes Mitch y el Fifí. Siempre creí que para esta generación lo más difícil había sido tratar con otros males endémicos: corrupción, migración, violencia, maras, pandillas y últimamente la COVID-19. Hasta ese entonces eran los males que conocíamos y que nos habían dejado enormes tragedias. Luego apareció Eta, trayendo consigo toda su furia y desgracia a nuestro territorio, dejando heridas profundas en nuestro pueblo que difícilmente podrán ser supuradas.

Antes de la desgracia, el Gobierno y el sector turismo anunciaban el feriado Morazánico con bombos y platillos, como una manera de reactivar la economía que había estado irregular por la crisis sanitaria, sin embargo, de afuera ya se anunciaba que la velocidad de los vientos y la profundidad de las aguas que generaría la tormenta Eta, eran devastadoras. A pesar de todo esto, a quienes manejan el poder se les ocurrió seguir con el espectáculo, sin importarles —como es costumbre— la seguridad de nuestra población. 

El capital se fue por encima de la vida humana y el día lunes los primeros embates de Eta ya se hacían sentir. El Centro de Huracanes daba un diagnóstico espantoso para nuestro país, pero con tal de hacer dinero, los que manejan el poder y sus compinches decidieron seguir con su plan de feriado, argumentado que las traducciones del Centro de Huracanes eran desproporcionadas, que se estaba exagerando, que eso, no llegaría a pasar.

Los días más difíciles, entre ellos el martes, los pronósticos se habían cumplido y lo peor estaba por empezar. En casa, por ejemplo, nos encerramos debido a las fuertes lluvias y ventarrones, esperando que solo se tratara de una lluvia más, pero no fue así. En mi comunidad lo sabíamos desde que se empezaron a desbordar las cunetas y los túneles de agua se rebalsaban, esa era señal de que en la parte más baja de la ciudad lo peor estaba empezando.

Un miércoles para no olvidar. Para ese día ya todo se había consumado, los pronósticos eran una cruda realidad, mientras los funcionarios públicos se reunían en la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco) para hablar si era viable cancelar el feriado Morazánico. «Que Dios los perdone, porque nosotros no podemos», fue lo que le dije a mi abuelo después de escuchar en la radio y en el noticiero que aún tenían en pie semejante idea. Mientras las trágicas noticias nos llegaban, la impotencia al ver las inundaciones se quedaba en nuestro rostro, con un enorme nudo en la garganta.

Jueves de trabajo y esperanza. Desde dos días antes, en la comunidad y en la ciudad ya sabíamos que lo venidero sería para no bajar los brazos y cosechar entre nosotros un poco de esperanza en medio del panorama sombrío que estábamos observando. Fue así que mientras las aguas seguían inundando y la lluvia no cesaba, muchos decidimos empezar a trabajar desde nuestros espacios para llevar un poco de ayuda a quienes se encontraban tratando de resguardar su vida en los techos de sus casas esperando ser rescatados por ciudadanos, cuerpo de bomberos y miembros de la Cruz Roja, ya que de las instituciones encargadas de la emergencia, por parte del Estado, poco o nada se podía esperar. 

El día viernes solo el pueblo salvó al pueblo. Si bien es cierto, desde el miércoles, bajo la intensa lluvia, la ayuda de la población se hizo sentir, pero fue el viernes —cuando la tormenta ya había bajado— que pude ver junto a compañeros, amigos y familiares cómo había sido el desbordamiento no solo de los ríos, sino el de la sociedad que se juntaba para ayudar. Muchos dejamos nuestros privilegios y decidimos salir a apoyar con lo poco que teníamos y la unidad granítica que mostramos fue sin duda un factor esencial. Una muestra más de que cuando los hondureños queremos lo podemos lograr todo.

Sábado y domingo de casa abierta y los demás días también. Este momento lo recordaré muy bien porque lo que sucedió es para nunca olvidar, ya que mientras el Gobierno se lavaba las manos (¡qué rabia e indignación sentía en esos momentos!) en cadenas vacías y sin sentido alguno, la ciudadanía los dejó solos junto a sus medios de comunicación, y decidió salir en masa al auxilio de quienes se encontraban damnificados. Recuerdo que me llamaron varias personas y me dijeron: «tengo sesenta platos de comida para entregarle, tres fardos de harina, cincuenta paquetes de tortillas de maíz y cincuenta baleadas, venga a recogerlas ya», ese día recordé que a pesar de la adversidad, los hondureños siempre estamos para colocarle el hombro al otro en señal de apoyo, estamos para reír o llorar. Es cierto, salimos muchos más a brindar ayuda a los albergues (unos oficiales y otros improvisados que estaban recibiendo gente desde el miércoles), ya que miles de nuestros hermanos hondureños estaban en el abandono, necesitando algo para comer, un poco de ropa para cambiarse y colchonetas para dormir.

Contar la historia de quienes fueron víctimas de Eta. Decidí sacar mi teléfono y grabar un poco de esa triste realidad y visitar albergues con el objetivo de visibilizar la situación. Mientras llevaba un poco de ayuda hablaba con quienes dirigían los albergues que, por cierto, no eran personas del Gobierno, sino ciudadanos amables y dispuestos como Luis de la Plaza Matamoros que decidió hacer de su local un albergue improvisado y alojó a más de ochenta familias. Luis me comentó que «su labor era únicamente de ayuda, duele ver tantos compatriotas en el abandono». Doña Amelia, del Kinder San José, dejó a su familia en casa para apoyar y recibir a los damnificados. Mientras tanto, doña Reyna de la comunidad La Alemania, jamás claudicó y aún con el agua al cuello, decidió seguir de pie junto a las personas de su comunidad, y así muchos más.

Hasta que no te afecte personalmente o de manera cercana, no es problema. Sentí impotencia y tristeza —mientras reportaba la situación para los amigos de Contracorriente—, al ver a muchos conocidos y compañeros de la universidad en la que estudio y que vivían a la orilla de colonias como La Policarpo, La Democracia, Palermo y otras más. Es duro verlos ahí y no poder hacer mucho, saber que unas palabras de ánimo sirven para poco o nada. Hubiese querido llegar y decirles que lo material no importa porque se recupera, sin embargo, en Honduras, eso cuesta el doble y un par de años más. Quería hacer mucho más por ellos, pero las limitantes siempre te recuerdan dónde estás y es justo ahí cuando uno desea tener más, para ver al menos una pequeña sonrisa en sus rostros desencajados, rotos, partidos, pero que aún tienen la fuerza de volver y tratar de seguir, sin olvidar lo que pasó porque es otra herida que se queda en el corazón de este pueblo tan noble, pero tan lastimado.

Omar Cruz, Villa de San Francisco, Francisco Morazán, Honduras, 1998. En la actualidad reside en El Progreso, Yoro. Es estudiante de la carrera de Periodismo y Antropología. Ha publicado el poemario Hologramas de ayer, hoy y para siempre... (ATEA EDITORIAL, 2019). Es miembro del Colectivo Cultural Atrapados en Azul y de la Fundación Educativa Cultural ApoyArte.

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