Familia y Fake News, las burbujas digitales y las voces autoritativas de las diásporas en EE. UU.

Familia y Fake News, las burbujas digitales y las voces autoritativas de las diásporas en EE. UU.

Texto: Óscar Estrada
Ilustración: Kenny Reyes

«Tengo una tía que mira noticias a través de TikTok», cuenta Paola Palacios, hondureña, cuya familia vive en Estados Unidos. Y lo dice explicando que esto sucede porque dentro de los noticieros en Arizona, lugar al que su familia emigró, las noticias internacionales suelen ser muy superficiales. Entonces, su tía, para saber un poquito más de lo que está pensando la gente de su país, ve videos en esta red social. «Son vídeos de gente cualquiera, común y corriente que dan su opinión sobre lo que está pasando», agregó. 

La familia de Paola viajó a los Estados Unidos hace décadas, una tía se fue de forma legal «en avión» —cuenta—, otra con coyote y un tío se fue durante la época del Mitch (en 1998) y logró el Estatus de Protección Temporal (TPS). Ahora, los tres se conectan con la realidad centroamericana a través de esta red social que, desde que surgió en China en 2016, ya cuenta con casi 1,000 millones de usuarios a nivel mundial. 

«¿Qué tipo de videos ven?», pregunté a Paola vía llamada telefónica.

«Mi tía vio un video de Bukele –responde–, donde una persona da su opinión sobre que estaba bien que metieran a los mareros a la cárcel en El Salvador. Mi tía, que creo que antes de ver este video ya creía que eso estaba bien, cree que Bukele está limpiando la sociedad y (piensa) que está bien lo que está pasando allá, entonces comparte el video».

Paola afirma que sus otros tíos han preferido desconectarse, porque la desesperanza impera cuando de volver a ver hacia Honduras y la región se trata. «Ellos “saben” que todo lo que sucede en Honduras es malo, todo está mal allá, (para ellos) no hay soluciones. No entienden qué es lo que pasa en el país», dice.

Paola vivió unos años en China, donde trabajó como odontóloga por cuatro años en un programa de intercambio. Desde que volvió a Honduras, hace un año, ha buscado conectarse con su familia en Estados Unidos. Ella cree en la importancia de mantenerlos conectados con lo que sucede en el país. Actualmente vive en Tegucigalpa y aunque estando afuera quería volver, de vez en cuando siente deseos de emigrar nuevamente, dada la difícil situación económica de Honduras.

En septiembre de 2021, Nielsen, una compañía de monitoreo de medios de comunicación en Estados Unidos, publicó el reporte Inclusion, information and intersection, the truth about connecting with U.S. Latinos, que describe a la población latina en EE. UU. como altamente vulnerable a las noticias falsas y la desinformación en las redes sociales.

El reporte analiza unos 100 sitios de noticias de EE. UU., en todo el espectro político, incluidos algunos sitios en español. Según indica, los sitios web de noticias donde los latinos representan el 10 % o más de la audiencia, el 12 % de los contenidos se marcaron como mixto (mezcla de noticia falsa y real), sesgado, extremadamente sesgado, conspirativo o pseudocientífico. Esos números aumentan en la medida que aumenta la proporción de hispanos en la audiencia, «donde los latinos representan el 20 % o más de la audiencia, esa cifra aumenta a un 28 %».

Según el reporte, los sitios de mayor audiencia no latina cuentan con algoritmos más rigurosos de verificación de hechos, así como personas influyentes y confiables que ayudan a distinguir los hechos reales de la ficción.

Stacie de Armas, vicepresidenta de perspectivas diversas de Nielsen, afirmó en entrevista a NBC News que los sitios web que tienen una mayor composición de latinos en su audiencia de consumo tienen «más presentación de contenido conspirativo o pseudocientífico» y alerta que «si eres blanco (en Estados Unidos) tus posibilidades de ver ese tipo de contenido son menores que si eres hispano».

«La desinformación representa una amenaza para los hispanos, que son particularmente vulnerables, debido a una mayor dependencia de las redes sociales y las plataformas de mensajería», indica el informe Nielsen, que resaltó a los latinos como «usuarios ávidos de plataformas de mensajería social».

El censo de 2020 en EE. UU. estimó que hay actualmente 65.3 millones de latinos viviendo en el país, que representan un 20 % de la población total. La población hispana, según el censo, aumenta en 1.1 millones de personas cada año, muchos de ellos producto de la migración. La mayoría de los hispanos en EE. UU. son de ascendencia mexicana, los siguen puertorriqueños y cubanos. Hay actualmente en el país 2.3 millones de salvadoreños, 2 millones de dominicanos, 1.5 millones de guatemaltecos y cerca de 800,000 hondureños. Esos casi 8 millones de migrantes representan un flujo de divisas vital para sus países de origen.

Según los bancos centrales de Centroamérica, el año 2021 cerró con cifras récord de remesas. En números globales la región superó los32,000 millones de dólares en remesas, lo que para algunos países como El Salvador llegó a representar hasta el 26 % del Producto Interno Bruto (PIB). Guatemala recibió este año 15,183 millones de dólares; El Salvador recibió 7,397 millones y Honduras recibió 7,376 millones.

Un estudio de la Universidad de Baltimore publicado en 2019, llamado El costo económico de los malos actores en internet, analiza el impacto de la desinformación en la economía de Estados Unidos. «La desinformación financiera está perjudicando a los consumidores por más de 17,000 millones de dólares por año», indica el reporte y señala que «tres de cada cinco estadounidenses (63 %) dicen que la difusión de noticias falsas ha dificultado la toma de decisiones financieras críticas».

Según el psicólogo Daniel Kahneman, ganador del Nobel de Economía en 2002, por su Teoría de las Perspectivas, la información que percibimos nos ayuda a tomar las decisiones económicas. En el contexto de la diáspora en Estados Unidos, las decisiones que se toman en lo referente a sus países de origen –mandar o no mandar dinero, qué proyecto o a qué políticos apoyar y volver o no al país– están influenciadas por la información que se recibe en redes sociales.

Luis Assardo, periodista, profesor, consultor en temas digitales e investigador de incendios (así aparece en su currículum en línea), expone que para comprender el problema de la desinformación en la diáspora primero debemos ver cómo la tecnología que «ha facilitado el acceso a la información y permite que cualquier tipo de datos pueda circular y lleguen a manos de cualquier persona, no ha ido circulando a la misma velocidad que el Media Literacy, que es la alfabetización mediática que permite a la gente comprender cómo funciona el internet y por qué le está llegando determinada información a sus manos».

Según Assardo, las «burbujas digitales» se forman «cuando existe un grupo de WhatsApp y dentro del grupo hay alguien que cuestiona algo que se haya compartido y que no vaya en la línea de lo que el resto del grupo ha estado compartiendo o haya estado opinando, eso va a generar una serie de discusiones en contra y esa persona terminará evitando participar o saliéndose del grupo. Cuando esto ocurre, en ese grupo queda únicamente la gente que opina de la misma forma y nadie va a cuestionar la opinión dominante». Para Assardo, las «burbujas digitales» favorecen la distribución de noticias falsas en la población en general.

El psicólogo hondureño Warren Ochoa explica que la culpa que sienten los migrantes por su ausencia en los momentos importantes de su familia hace que esas burbujas digitales sean más importantes que la información verificada. 

«Si las personas no experimentamos culpa, no transgredimos las normas sociales. Las personas que migran experimentan este sentimiento de culpa de una forma muy intensa. O sea, yo estoy mandando recursos, remesas de Estados Unidos o de cualquier lado donde yo esté, pero al mismo tiempo no estoy conviviendo con estas personas que se supone que son la razón por la que emigré. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando estoy lejos mientras mis padres envejecen o se enferman, me pierdo un cumpleaños de alguien y por más regalos o videollamadas no es suficiente, no estoy ahí, no comparto con mis hijos? Eso hace que sienta culpa», explica, pero Ochoa además agrega que los migrantes al llegar a Estados Unidos se topan con un techo de cristal: la limitación del idioma, de la cultura y la nostalgia por la pertenencia.

Para resolver la culpa y esa desconexión con sus lugares de origen, explica Ochoa, los migrantes en la diáspora comparten información de sus países que, como ya vimos, resuenan con las burbujas digitales.

Sumemos a esto la falta de medios confiables para recibir información en español en Estados Unidos. El informe Nielsen de 2021 habla de más de cien medios de comunicación, entre los cuales sumó a varios medios hispanos. Según el censo 2020, de los 60 millones de hispanos registrados en el país, 71 % (40 millones) de ellos manifestaron hablar español de forma regular en sus casas. Es, con mucho, el segundo idioma más hablado en el país. Pero las opciones que hay para recibir información para la población anglosajona no son las mismas que hay para la población hispana. De los 12 canales abiertos más importantes de Estados Unidos –A&E, ABC, CBS, Fox, ION TV, My Network TV, NBC, PBS, The CW, WGN– solo dos canales son de programación en español (Telemundo y Univisión). La proporción es mucho más dramática en radio y prensa escrita. ¿De dónde recibe entonces la información en español la diáspora centroamericana?


«Dentro de los noticieros en Arizona, Telemundo o Univisión dan las noticias del Estado y luego internacionales, pero son cosas muy superficiales –agrega Paola Palacios, hablando sobre su familia–. Si quieres saber un poquito más sobre lo que está ocurriendo en su país o sobre lo que está pensando la gente, mi tía se va a videos de TikTok».

Gilma Agüero es doctora jubilada, vive en San Pedro Sula y tiene cuatro hermanos que emigraron a Estados Unidos. «Mi papá tenía una costumbre, yo estudié en España, y él solía mandarme todo los meses lo más importante de los periódicos. Eso fue en los años 80, entonces yo mantuve esa costumbre por un tiempo con mis hermanos, de mandarle uno que otro rollito de periódico y luego conversaciones telefónicas, que no eran muy frecuentes porque antes era muy caro. Ahora es diferente, es a través de WhatsApp»,afirma Agüero y agrega que su hermano recibe información por WhatsApp sobre lo que pasa en Honduras, acorde a lo que su burbuja de amigos cree. No importaba que ella estuviera viendo otra realidad de la que su hermano le contaba que era su percepción, lo que ella veía (según su hermano) no era «real».

Gilma Agüero afirma, como ejemplo, que su hermano considera que la violencia en Honduras siguió subiendo durante el Gobierno de Juan Orlando Hernández (2014-2022), pese a que él no estaba en el país y las estadísticas mostraban lo contrario. Para Agüero, su hermano se quedó con la idea de país que se denunció en 2012, cuando llegó a ocupar el puesto de país más violento del mundo.

«Sí hubo (violencia) –dice– pero ya no volvimos a la situación que estábamos antes. Hay otro hermano que vino hace tres años y él le dijo que no, que la situación ya no era igual, pero a mí no me cree».

De los 65 millones de latinos reportados por el censo de 2020 en Estados Unidos, casi 30 millones son población mayor de 35 años. De esos, un promedio de 15 millones son personas mayores de 50 años. Warren Ochoa analiza el valor que esta franja de población le da a la palabra escrita y parte desde la misma Biblia.

«En la Biblia hay un momento en la tentación de Jesús; cuando Jesús le dice al demonio, que lo está tentando: “escrito está” Ese “escrito está es una sentencia categórica, que lo que está escrito es algo extraordinario, que es verdad, es verdadero si está escrito, porque lo escribió alguien que tiene mucha sabiduría, mucho conocimiento, mucho poder y es una autoridad», afirma Ochoa.

«En la cabeza de nuestros abuelos y todas las generaciones hacia atrás –dice Ochoa–, cuando algo estaba escrito era verdadero, ya sean estos libros o periódicos. Si está escrito es real. Posteriormente eso fue mutando, ya no solo lo que está escrito sino lo que se dijo en el noticiero y si lo dijo el periodista, es verdad. Esa generación (mayores de 50 años) que creció y pasó por el periódico, la televisión, la radio y que llegaron tarde al internet, son bastante ingenuos con el manejo de la tecnología. Y encima muchos de ellos son fruto de las décadas de los 80 y 90, donde prácticamente se erradicó el pensamiento crítico».

Paola recuerda que cuando ella estaba en China tenía la necesidad de saber noticias de su país, y dice: «Mi única opción era HCH, porque estaba en YouTube. La página de Televicentro no me cargaba, necesitaba conectar a un VPN y a veces no me funcionaba tampoco así, mi única opción era HCH en YouTube. Ellos (sus tíos) pueden acceder a otros canales, pero al final mi tía usa TikTok porque es más fácil que ponerse a ver noticias de su país».

Voz autoritativa en las redes

Luis Assardo considera que el problema de las noticias falsas no estriba en una comprensión de «la verdad», como afirma Ochoa, sino con la fuente. «Está relacionada a la credibilidad de la voz que habla –afirma Assardo–. Si tú confías en lo que yo te digo, no importa si te estoy diciendo mentiras porque vas a confiar en lo que te estoy diciendo, no vas a evaluar lo que te diga en base a si es algo real o no, sino simplemente si esta persona es confiable o no. A eso se le llama “vozautoritativa”».

La doctora Agüero —simpatizante del partido conservador en Honduras, el Partido Nacional— considera que la razón por la cual su hermano no le cree tiene más que ver con simpatías políticas que con lo que es real. Según él, es ella la que no ve lo que pasa en el país.

Luis Assardo añade que «es bien difícil creerle a alguien que nunca les ha dicho nada y decirle lo contrario es como contradecirlos públicamente, menos todavía van a querer aceptar que están en un error, porque ahí ocurre algo que es parte del comportamiento humano: cuando públicamente dije algo, aunque a mí no me haya constado al inicio, pero ya lo dije con mi voz y está puesto mi nombre, ahí lo voy a defender a como dé lugar, porque está mi nombre involucrado. Puede ser que ellos se hayan dado cuenta que están en un error, pero jamás lo van a aceptar porque perderían credibilidad».

Según el reporte de Nielsen, «la desinformación representa una amenaza para los hispanos, que son particularmente vulnerables debido a una mayor dependencia de las redes sociales y las plataformas de mensajería. Gran parte del contenido, tanto generado por el usuario como compartido, está en español, spanglish o español coloquial, lo que desafía los procedimientos convencionales de verificación de hechos y moderación de contenido».

Pero la información que reciben los migrantes en Estados Unidos no es producida solamente en el país, hay otras fuentes distintas a las creadas para la población angloparlante, que se mueve a través de las redes sociales y es creada específicamente para la población hispana.

«En El Salvador se ha trabajado desde hace años en ese sentido –agrega Luis Assardo–, lo trabajaron primero los medios de comunicación cuando descubrieron que podían ampliar su audiencia. En el 2012 los medios de comunicación habían topado su audiencia de 4 o 5 millones de lecturas, porque esa es la cantidad de salvadoreños que hay, pero cuando vieron que la diáspora también podían consumir los contenidos casi triplicaron sus lectores. Ahorita estamos hablando que hay medios que tienen lecturas de 13 o 14 millones mensuales, habiendo solo cinco o seis millones de salvadoreños en El Salvador, y es por la diáspora. Los políticos de Centroamérica están buscando enganchar a la diáspora porque eso les da una forma de financiarse, porque en nuestros países las remesas son una corriente de dinero enorme».

Luis Assardo explica cómo la creación de contenidos —verdaderos y falsos— hechos para la diáspora desde el «Triángulo Norte» favorece a los proyectos políticos de Centroamérica, que han reconocido el valor de controlar las narrativas que se retroalimentan desde los países a la diáspora y viceversa.

Paola Palacios cree, sin embargo, que la interacción con su familia ha servido para que ellos conozcan mejor sobre lo que pasa en Honduras.

«Ahora que fui empecé a contarles qué era lo que había pasado con Juan Orlando, cómo estaba el narcotráfico dentro del país, políticamente cómo estábamos; son cosas que ellos no habían escuchado porque no habían tenido un contacto directo con alguien que estuviera viviendo en el país. Yo llegué y les informé, y mencionaron que no tenían ni idea. Después tenían más preguntas, me preguntaban a dónde podían ver más noticias», dice Paola.

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

Sobre

Óscar Estrada (San Pedro Sula, 1974) es escritor, guionista y periodista hondureño. Fundador de Casasola Editores. Ha publicado las novelas Cuando el río suena (2022), El pescador de sirenas, la vida poética de Juan Ramón Molina (2019) e Invisibles, una novela de migración y brujería (2012); la colección de cuentos El Dios de Víctor y otras herejías (2015), y los libros de crónicas  Héroes y villanos del golpe de Estado (2022), Tierra que vivo (2020) y Honduras, crónicas de un pueblo golpeado (2013). Es autor además del libro Tierra de narcos, como las mafias se apropiaron de Honduras, que será publicado en su segunda edición por Grijalbo en 2022. Como guionista ha trabajado en los largometrajes para cine La condesa (2020), de Cabezahueca Films; Operación Navidad, Como el xocolatl y El monstruo de San Judas de Guacamaya Films; así como varios guiones para televisión y radio.

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