El gozo en el pozo (solo para nictálopes)

Julio Escoto | Escrito hondureño | cuentos en Honduras | mejor escritor en Honduras

Por Julio Escoto

Ilustración: Candy Carvaja


La señora Danielou amaba a su loquito como a cosa ninguna en el mundo. Por eso, cuando cayó en el pozo agradeció que fuera él quien bajara a ayudarla.

—¡La señora cayó al pozo! 

—¡Noo! ¡Dios! 

El loquito había llegado un día a la finca. Pidió asilo unas horas y se quedó de por vida. La señora, viuda de viudez, lo aceptó como a un hijo suyo que no recordaba no haber tenido. Lo amó con todos los ventrículos de su corazón de anciana, jamás experimentado en la maternidad. El orate se acomodó prontamente y fue dueño de callejones y salas de la mansión.

—Llamen a los mozos. ¡La señora cayó…! 

—Al Ruperto, Mariano, Rodimiro y al Triste, que los llamen. 

Cuando llegó, era roto desde el cerebro a los zapatos. Pero la señora lo amó con la pasión última de su vejez. Cambió sus ropas por mejores, cosió sus zapatos ella misma, remendó su sábana preferida pues no aceptaba otra. No le pudo remendar el cerebro. Tampoco lo deseaba.

Ella amaba al loco ingenuo, al sin malicia. Por eso, cuando cayó en el pozo agradeció que fuera él quien bajara a ayudarla.

—Necesitamos un lazo para subirla. 

—Que traigan el lazo, pues. 

Paseaban por los cafetales. Veían atardecer y amanecer, atardecer y amanecer, juntos. Cuando el invierno llegó, ella misma le confeccionó una capa con que pudiera cubrirse mientras vigilaban los trabajos de los peones, abriéndole cauce a la húmeda naturaleza. Lo amaba cada vez más y el amarlo era un pretexto para alejar la muerte. Lo llevó a su mesa y dispuso para él la mejor habitación de la finca entera. Pidió a la ciudad columpios y juegos para niños, bicicletas y patines. Su corazón desbordaba de cariño para quien reía, eternamente grabada en su cara la huella de la idiotez.

—El Ruperto y el Mariano son muy gordos, no caben. 

—Y yo debo halar el lazo. 

—El Triste es muy nervioso para que pueda bajar. 

Intentó enseñarle a leer. Fue inútil. No cabían los números, ni aún escribiéndolos pequeños, en el cerebro trastocado, como reloj al suelo, del loquito. Para él las paletas, los confites, el queque, las mariposas. Las seguía en su vuelo así recorrieran kilómetros, los ojos bien abiertos, babeando y la sonrisa congelada como grabada en piedra. Aunque protestando, la servidumbre aceptó el sitio que el loco había asaltado en el corazón de la señora. Sabían cuánto lo quería. Por eso mismo, cuando cayó en el pozo, agradeció que fuera él quien bajara a ayudarla.

—Está oscuro el pozo.

—Aquí hay un hachón. Alumbrará. 

—No hay de otra. Será él quien baje. 

Los mozos le amarran la cintura con un lazo y le dan la punta de otra para que sujete a la señora y puedan subirla. El loquito permanece un momento en el brocal. Cuando desciende, su sombra proyectada no permite ver el fondo. Él baja, apoyándose en las paredes cóncavas del pozo. Lentamente, cual si fuera una gota de leche en tubo de ensayo.

—Amárrala bien. Cuidado, ¿eh?

—Nos avisas para halar. 

La sonrisa a flor de labio. Su ”je, je” sigue rumiando, mientras desde arriba ven que mueve las manos con lentitud. La señora, cuando lo vio bajar, supo que por fin el loquito había recobrado la razón puesto que realizaba un acto de ayuda y caridad. Una vez sano, la imagen que se había formado de su ingenuidad desaparecía. Tendría que reformar su testamento y no dejarle todo. Una vez sano, ya podía morir en paz porque, aun cuando intentaba vencerlo, su egoísmo era manifiesto y no concebía amar a alguien con interés en su enorme fortuna. Sin duda él, al estar cuerdo, admiraría su riqueza, ambicionaría, y no la seguiría amando por amor, sino por interés. Luego perdió el conocimiento.

—¿Lista? ¿Subimos? 

—No se ve nada. 

—Ahí viene ya. Suban despacio, suban despacio para que no se golpee. 

—Después subimos al loquito. 

—¿Loquito? ¿Oye? ¿La amarraste bien? 

—Ya sube. Falta poco. Halen uniforme, más fuerte. 

—Sí, je, je… amarré bien…

—¿De la cintura?

—¿Quééé?

—Suban más. Ya casi llega al brocal. No se ve… Está oscuro… 

—¿Que si …la amarraste… bien? 

—Síí… del cuello… yo fui, je, je… del cuello la amarré yo. 

La señora Danielou amaría a su loquito como a cosa ninguna en el mundo, más allá de la vida, en el instante de la eternidad.

Sobre
Biografía Julio Escoto (Honduras, 1944) Novelista, cuentista, ensayista, editor y gestor cultural. Entre sus obras destacan Los Guerreros de Hibueras (1967), La balada del herido pájaro y otros cuentos (1969), El árbol de los pañuelos (1972), Días de ventisca, noches de huracán (1980), Rey del Albor, Madrugada (1993) y Todos los cuentos (1999). Entre otros reconocimientos, es Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa (1975). Fue director del Programa Centroamericano de Asuntos Culturales del CSUCA (1976-1977) y en los tres años siguientes director de EDUCA, órgano editorial del CSUCA.
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Candy Alexandra Carvajal Pastrana, Tegucigalpa 20 de junio de 1990. Retratista e ilustradora. Egresada de bachiller en Artes Plásticas (2010), estudiante de la carrera de letras con orientación a la literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Miembro del colectivo Apolión, impartiendo cursos de dibujo y pintura.

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