De la violencia normalizada, campañas de odio y nuevas utopías

Por Yeye Balam


La violencia sacude Honduras, esparce su zozobra y temor, pero ya nadie se sorprende. Se han sumado dos víctimas más siendo ya 29 personas asesinadas que se postulaban a candidaturas de cargos a elección popular desde la convocatoria a elecciones primarias, según el
Observatorio de la Violencia de la UNAH. Y es que a la usual violencia que se sufre en el país, se ha añadido más crispación azuzada por campañas de odio.

Pero ahondemos un poco en qué queremos decir cuando hablamos de violencia. La violencia no solo es el acto de la fuerza bruta contra la integridad de una persona, también es el ejercicio de sometimiento o humillación en contra de alguien. Este tipo de violencia busca doblegar la voluntad de la víctima, reducirla a un estado de indefensión. Además encontramos violencia en el hostigamiento, la persecución y la apología del odio, que busca la exclusión y anulación de la víctima por parte del resto de la sociedad en función de un determinado discurso y unos determinados intereses.

En última instancia, la aniquilación de una persona es el ejercicio final de una cadena de violencias anteriores que han preparado dicha aniquilación. Es decir, detrás de los asesinatos selectivos, la exclusión social, o de cualquier crimen de odio en general, se encuentra el fermento de la violencia de clase, la violencia política, la violencia machista, la violencia intrafamiliar, la violencia intralaboral, e incluso la violencia escolar, entre muchas otras formas de violencia.

Y no obstante sucede que solemos pensar en la violencia solo en su última instancia, cuando hay agresión física, y el resto de violencia, como la explotación, el hostigamiento o el acoso, los damos por normales sin asumirlos como la violencia que son.

Homo homini lupus

El filósofo inglés Thomas Hobbes sostenía que el estado natural de toda persona es la enemistad, «el humano como depredador del humano» y que haría falta un Leviatán, un Estado opresor, para contenerlo. Está demostrado que Hobbes se equivocó respecto al estado natural de esta condición, lo verdaderamente natural de la humanidad es la cooperación y el apoyo mutuo, y que el Estado se constituye para la colaboración mutua. Pero sí que es verdad que las sociedades se pueden corromper y convertir a las personas en sujetos apáticos. La violencia sistemática no es natural, sino inducida, y como tal se vuelve tanto un problema cultural como un problema político. 

La constitución de un Estado presupone la necesidad de garantizar derechos, procurar la paz, administrar justicia, etc. Pero Honduras sufre una crisis política exacerbada desde el golpe de Estado de 2009, una crisis que repercute en la vida cotidiana de la ciudadanía, en su sentir, y en sus costumbres más o menos pacíficas, más o menos violentas. El Gobierno, lejos de cumplir con la Constitución de la República, se ha convertido en una tiranía capitaneada por una mafia corrupta sostenida por redes de clientelismo y por el uso desproporcionado de la fuerza, convirtiéndose en el mayor emisor de violencia.

Entiéndase también que Estado y Gobierno no son lo mismo. El Estado es la constitución de la población bajo el amparo de una ley fundamental, de allí que precisamente a esa ley se le denomine «Constitución»; y Gobierno es la administración de los poderes  reconocidos por la constitución de dicho Estado. De allí que el Gobierno pueda ser legítimo o ilegítimo (usurpación).

Lo que hemos experimentado con el Gobierno nacionalista es que no solo ha dejado desprotegido al Estado, sino que también se ha convertido en una administración déspota, y por tanto la denominación correcta que corresponde a este Gobierno es «tiranía». La más mínima muestra de disidencia ha sido fuertemente reprimida por los cuerpos armados, que se han vuelto serviles al Gobierno y no al Estado. Sumado esto a la pobreza extrema (70 % a 2021) y una fuerte ideología conservadora que en ocasiones roza lo feudal, por no decir que cae directamente en ello, es el caldo de cultivo perfecto para disparar la cadena de violencia que mencioné más arriba. El Estado se ha convertido en ese estado desnaturalizado del humano como depredador del humano, donde la violencia se ha vuelto en la forma de supervivencia de la población, y las diferencias desembocan en tensas apatías, en el «sálvese quien pueda» y en el «y vos más».

Violencia machista cotidiana

Que el Gobierno y el Partido Nacional ejerza violencia en uno u otro ámbito no nos causa extrañeza. Usualmente se trata de una violencia clara, identificable, determinada, que toda persona sensata que añore la paz entiende que resulta necesario luchar contra ella. Pero la violencia más preocupante, a mi juicio, es la normalizada, la que se ejerce cotidianamente por la propia población sin percatarse de que está ejerciendo violencia, y que en su sutileza resulta mucho más complicada de identificar, determinar y combatir. De esta índole es particularmente apremiante la violencia machista, que ha estado presente durante este proceso electoral en todos los partidos políticos, quizás más marcada en unos que en otros, pero sin excepciones.

Por ejemplo, cuando Xiomara Castro, tal como se esperaba, ganó las elecciones internas de Libertad y Refundación (Libre), le llovieron las críticas misóginas. Se le cuestionó a ella, y solo a ella, su grado académico, cosa que no ocurrió con ninguno de los precandidatos hombres. Se le cuestionó también su condición de persona, de sujeto con voluntad y de criterio propio, en función de su marido. Es decir, se le juzgó por su pareja y no por su propia persona. Se le cuestionó, incluso, su condición natural de ser mujer. Se leyeron por redes comentarios de que «una mujer que ha criado a sus hijos y administrado un hogar no es la “mejor” opción para gobernar un país». Y hablamos de un país en el que más de la mitad de la población adulta son mujeres con hijos que administran un hogar en una lucha constante por llegar a fin de mes. Pero no bastando, una vez declarada la convocatoria a elecciones generales, siguió siendo objeto de ataques misóginos: que si títere de tal, que si por mujer esto, que por ama de casa lo otro, etc. Se podrá estar a favor o en contra de la candidatura de Xiomara Castro y/o de Libre, pero representativamente hablando, de entre todos los candidatos presidenciales, es la que mejor representa directamente a más de la mitad de la población hondureña. Es justo reconocer que Xiomara Castro ha resistido estoica ataque tras ataque.

Muchos de los ataques que recibió Xiomara Castro vinieron de Salvador Nasralla, candidato del Partido Salvador de Honduras (PSH) que mientras emitía sus ataques misóginos, él mismo se convirtió otra vez (como en 2017) en objeto de ataques machistas. Se le buscó descalificar «acusándolo» de homosexual, reflejando por enésima vez esa homofobia latente que espera momentos como la situación de campaña para volverse patente. A su discurso errático, que más de una vez cayó en contradicciones, le siguieron calificativos femeninos por parte de sus opositores. Durante semanas desde las redes sociales militantes y uno que otro dirigente despotricaron por estas vías contra el candidato del PSH y la candidata de Libre.

Es imperativo llamar a la reflexión a la población. La feminidad y la identidad de género de las personas Lgtbiq+ no puede seguirse empleando como descalificativos contra contrincantes políticos ni contra nadie que piense ligeramente distinto de uno. No solo porque apenas se emiten ya constituyen una falacia ad personam, sino porque implícitamente implican la descalificación de la mujer en tanto mujer y de las personas Lgtbiq+ en tanto su identidad de género.

Por suerte las circunstancias pueden llegar a empujar hasta a las personas más reacias. Contra todo pronóstico la izquierda y el centro-derecha hicieron política, y de tripas, corazón, aparcaron los ataques y comenzaron una campaña con mensajes de unidad y amor, que tanta falta le hace a este pueblo.

Cacería de brujas

No podemos esperar campañas exentas de errores, después de todo las personas somos seres falibles, y por tanto lo honesto, ante cualquier error cometido, es reconocerlo y procurar rectificar. Pero el caso del Partido Nacional es la trascendencia de la corrupción en la mafia. Rectificar resulta imposible para un mafioso, y a las mafias ante la posible pérdida de su poder y privilegios no les queda otro recurso más que la violencia.

Tal ha sido que ante la sorpresa de la coalición de última hora entre Libre y PSH, que suspendieron sus escaramuzas calmando las aguas recias entre militantes de uno y otro partido, mientras se lamían las heridas y se estrechaban las manos, el oficialismo arreció la violencia y comenzó su cacería de brujas con toda la fuerza de una tiranía despótica en una campaña ya no sucia, sino que abiertamente de odio.

El Partido Nacional entró de lleno a azuzar el miedo, desempolvando el fantasma del comunismo, pasando olímpicamente por alto la relevancia histórica y tesis teórica del movimiento comunista. Ha tomado la palabra «comunismo» y la ha vaciado de significado para convertirla en un arma arrojadiza con la que asustar a las mentes incautas que, todavía con los traumas de la Guerra Fría cortesía de la potencia del norte, temen las fantasiosas historias de terror que se contaban de los «terribles camaradas rojos». Me pregunto si se entera la gente que Ramón Amaya Amador, autor de la conmovedora historia de Folofo y Catica fue un comunista declarado que, huyendo de la violencia nacionalista, fue a morir en el exilio.

Pero no siendo suficiente, tomando los insumos más machistas a su disposición, lanzaron un video de propaganda aberrante que, más que atacar a una contrincante política, refleja el ejercicio más crudo de la violencia machista presentándola a otro nivel: el hombre imponiendo directamente su voluntad sobre el cuerpo de la mujer. Y en este caso se manifiesta en dos direcciones: (1) dentro de la actuación del propio video, que claramente da a entender en su narrativa que quien decidió que se ejerciera un aborto fue el macho protagonista, dejando a la mujer sometida en un segundo plano. Y (2) como propuesta política, que en efecto una mayoría de hombres legisló hasta contra las nociones más básicas de salud para imponer una agenda ultraconservadora en contra de las mujeres y sus derechos reproductivos. Valga la aclaración que por derechos reproductivos debemos entender que a las mujeres no se les obligue a parir, pero tampoco a abortar, sino a que ellas decidan voluntariamente sobre su maternidad.

Luego, siguiendo en la misma línea de hostigamiento sobre el aborto, elaboraron una pancarta alusiva a Xiomara Castro pintándola, sin el menor reparo, como una asesina. La campaña del Partido Nacional está valiéndose de cualquier recurso para inducir en la población odio directamente contra una persona.

La política: del disenso al consenso y la utopía

Deberíamos comprender que en una república se presupone que se pueda disentir en las posturas políticas. Las personas somos seres complejos, dinámicos, cada cual con su propia ideología concreta, pero con una necesidad ineludible de pertenencia a grupos, a un todo mayor. La tradición republicana moderna se estableció sobre la tesis de la tolerancia a la diversidad de pensamiento, en ningún caso en una república debería permitirse usar el disentimiento para atacar la dignidad ni los derechos de las personas.

La política, en el sentido más aristotélico del término, debería tratar de cabalgar contradicciones entre los partidos e ideologías para encontrar los puntos medios de consenso que permitan a la sociedad el bienestar común y el progreso. Es claro que muchos actores políticos están desentendidos de esta forma de concebir la política, pero, como ya he dicho, las circunstancias pueden llegar a empujar hasta a las personas más reacias. La coalición de Libre, PSH y Pinu-sd ha sido ejemplo de esto. A pesar de la temporada de confrontación, finalmente como partidos se reconocieron mutuamente en su alcance partidario dentro de la población y en la legitimidad de cada cual a su postura política. Más allá del «discurso centrista» que haya tomado la campaña, Libre sigue siendo un partido aglutinador de la izquierda hondureña, desde el comunismo más ortodoxo hasta el social liberalismo, y quiérase que no, con todo y bemoles es el partido con mayor representación y organización de mujeres y colectivos Lgtbiq+. Libre es un partido de izquierda y eso hay que reconocerlo, no atacarlo. Pero también lo mismo con el PSH, que no por llegar a acuerdos con la izquierda significa que deje de escorarse a la derecha, que tengan una concepción más conservadora en lo social y económicamente preferente del capitalismo. Quien se sienta extrañado(a) con esto quizás le venga bien repasar que en países tan dispares como Chile y Alemania los democristianos conservadores cogobernaron con los socialistas y socialdemócratas en más de una ocasión. Y esto, lejos de aumentar la crispación, permitió procesos conciliadores a nivel de la población. Consideremos que en el caso de Chile la coalición de socialistas, comunistas y democristianos se forjó para sacar del Gobierno al tirano de Pinochet y toda la violencia que aquel régimen despótico ejercía.

La política contra la violencia es la política de consensos. Y la política de consensos pasa por reconocer la dimensión e ideología del otro. Ni ser mayoría, ni ostentar poder económico deben servir de carta blanca para suprimir a terceros. Es una responsabilidad política general escuchar y considerar al otro. Las elecciones deben convertirse en mecanismos de elección de entes administradores, no de leviatanes hobbeanos. Los poderes del Estado deben asumir su rol de administradores de justicia, de protectores de los sectores vulnerables y de reguladores institucionales. La población debe asumir su responsabilidad política, que no necesariamente implica una participación partidaria, pero sí una participación pública y abierta. El debate político es un excelente maestro de tolerancia. Y la tolerancia es una asignatura pendiente de llegar a la cotidianidad, porque pasadas las elecciones, independientemente de la composición del nuevo Gobierno, las violencias cotidianas seguirán latentes, en la ira de carretera, en los encuentros de fútbol, en las relaciones de pareja, en las oficinas de las empresas, en las aulas de clase, etcétera, etcétera.

Construir un mejor país, una sociedad más justa, un desarrollo más próspero, un futuro en el que las elecciones sean procesos de debates y no de ataques, no dependerá tanto del nuevo Gobierno por elegir, que sin duda tendrá una responsabilidad fundamental en propiciar las circunstancias necesarias, como en que nosotros y nosotras aprovechemos esas circunstancias en la cotidianidad y así podamos construir nuevas costumbres desde el respeto, la tolerancia y el debate del disenso resuelto en consensos. La política aborrece el vacío, y por eso tenemos una utopía por delante, pero no se entienda «utopía» cual «irrealizable», porque como decía Julio Anguita, irrealizable es lo quimérico; la utopía, en cambio, es anticiparse al futuro con lucidez, inteligencia y valor. Nuestra utopía será, pues, acabar con la violencia y reformar nuestra sociedad para que el vacío que deje lo ocupe el amor.

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Informático de oficio, filósofo por vocación (estudiante de la carrera de filosofía en la UNAH). Le llevo cierta alergia a las jerarquías. Llevo por delante un par de máximas aristotélicas: lo más importante es la amistad, y no hay amistad más loable que procurar la verdad.

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