Mi maternidad superando las culpas

Por Claudia López

Ahora que Juan Ángel tiene dos años, recuerdo los desvelos de su primer año de vida, mis frustraciones, las culpas por mi impaciencia por no ser —según yo— una buena mamá. Aún resuenan algunas palabras —a lo mejor bien intencionadas— de otras mamás, las cuales sentí como señalamiento o juzgamiento y que me siguieron como la sombra de «mi fracaso en esta empresa de la maternidad».

Saberme padeciendo depresión posparto, me terminó de convencer que él sería mi único hijo, en ese tiempo me dije: «soy buena en todo lo que hago, pero no tengo “madera de mamá”». Es un hecho, no tendré otro hijo o hija más. Esta decisión la reafirmé recientemente, pero ahora por otras causas (la pandemia, entre otras razones, vino a confirmar mi postura). 

En cuanto a la maternidad el feminismo me ayudó a comprender que lo duro no es en sí ser madre, sino que es maternar por diversas circunstancias sin la justa corresponsabilidad, es maternar con todas las exigencias, estándares e imposiciones del patriarcado al margen de nuestros propios deseos y necesidades, es maternar solas temiendo pedir ayuda para no ser juzgadas de incompetentes y otro sinnúmero de cosas. 

Siento que finalmente he rescatado la esencia de maternar desafiando esos mandatos. Pero de todo lo aprendido de algo estoy casi segura y es que el universo, ancestras, ancestros y el dios de la vida, se confabularon para que esta irreverente, soñadora, idealista e intensa mujer que soy fuera mamá. Juan Àngel y yo estábamos destinados a caminar juntos, a conocernos y  amarnos. Las noches en las que de nuevo èl ha querido retornar a sus «hábitos de desvelo» —períodos que recordándolos ahora no parecen tan largos, pero que viviéndolos sentía que se iba mi vida— van superándose. 

Ahora veo todo con más claridad y voy remando a formas de verme sin juzgarme, y es que el patriarcado se había encargado de socializarme un modelo de mamá que no pude ser y que en ese intento de encajar y ser yo, atravesé enormes luchas y contradicciones, esa forma de ser mamá que me niego a ser, pues aspiro a liberarme de estereotipos. Y en ese caminar me he determinado a no romantizar la maternidad y que aún contra todo juzgamiento siempre me voy a negar a decir que el cansancio del desvelo y el dolor de la cesárea terminan con solo ver a un hijo, ya que en mi caso no fue cierto.

Lo que sí diré es que aún sin ser obligación de mi hijo —pues no quiero cargarlo con mis propios demonios y luchas— y parafraseando a René Pérez: «vino a enseñarme cómo es que se aprende», entre otras cosas, que la impaciencia es pésima aliada cuando de bebés se trata, que despacio se vive mejor, que ahora no puedo comerme el mundo, que ya habrá tiempo para escribir con más rigor, entre muchas otras cosas.

Mi hijo vino a ser luz en los días en que pensé que no tenía sentido vivir. Químicamente mi cuerpo padecía la ausencia de serotonina, pero saberlo tan frágil me llenó de fuerza para seguir aún en la inmensa tristeza. De nuevo soy disidente al decir que no lo amé al verlo por primera vez, sentí miedo, pero a la vez la inmensa determinación de protegerlo. Lo amé al conocerlo y conocernos, así como se construye el amor verdadero, fuimos paso a paso acoplándonos uno al otro, fuimos viéndonos cada día y yo me vi en los más hermosos ojos negros: sus ojos.

Me sorprende la manera en que me mira, es como si observara todo el universo, esa expresión sí puedo decir que es única e irrepetible. Despertarme y verlo jugar a «decir las letras», jugar a cantar el Sapo Pepe, que me espere cada tarde junto a la ventana e impaciente me vea caminar afuera mientras termino el ritual de desinfección y que cuando entro corre a abrazarme. Sentir su corazón latir de emoción cuando lo cargo en brazos y que dulcemente me tome la cara y sonría, que corra tras de mí cuando voy a impartir la clase para ver las novedades de un ordenador y tocarlo todo, que elija la pijama que voy usar para dormir, la sorpresa en sus ojos y el embeleso al ver a un gato, verlo reír a carcajadas, esos momentos son un tesoro. 

Felizmente he aprendido que no existe tal mamá perfecta que construye el patriarcado, caminar en feminismo me ha liberado, poder verlo crecer como un niño amoroso, feliz y seguro me reafirma que hasta ahora vamos bien, que soy la mamá que necesita mi amado Juan Ángel, y que voy a acompañarlo siempre que requiera de mis cuidados.

Sobre
Claudia Isbela López, feminista, abogada, jueza, profesora universitaria y aficionada al buen café. Actualmente escribe algunas de sus vivencias con enfoque de género.

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