Diálogos de una caravana

Texto de Melissa Raudales

Fotografía de portada de Deiby Yánes

Siempre que veo en las noticias que se anuncia una próxima caravana de migrantes me pregunto ¿por qué se van?, ¿de dónde sale tanta gente?, ¿quién organiza estas caravanas? Son pocas las respuestas que llegan a mis oídos. 

Honduras es un país hermoso, lleno de posibilidades que se quedaron en lo abstracto, intangibles como la esperanza. Justo esto último es lo que mueve a cada persona que agarra su mochila y la mano de su hija para caminar más de tres mil kilómetros, a lo que creen puede ser una vida mejor.

María, una joven de 29 años de Villanueva, Cortés, viajaba en la caravana de enero de 2021 con sus dos criaturas de apenas 8 y 5 años: «¿Por qué te vas en la Caravana?», le pregunté. En ese momento yo estaba haciendo monitoreo e identificación de personas con necesidad de protección por parte de la organización humanitaria en la que trabajo. «Me voy porque estoy cansada de luchar, perdí mi “jacal” por los huracanes y era todo lo que tenía», me respondió.

La cara de los niños viéndome desde la banqueta, aferrados a su madre, inciertos por lo que pasaba me atornillaba el alma, le pregunté: «¿Usted se ha ido antes o es su primera vez?». Ella se tomó una pausa y viéndome directamente a los ojos y lagrimeando —como si pensara que yo la estaba juzgando por su decisión— me dijo: «No, es mi primera vez. En el nombre de Dios que todo me salga bien. Llevo a mis dos hijos porque no tengo con quien dejarlos. El papá de ellos nunca se quiso hacer responsable, solo me dejó a mí con todo, yo vendía tortillas y lavaba ropa para poder mantenernos, pero aquí no se puede vivir, a mí nadie me ayuda, soy madre soltera y vivo en la calle».  

Me puse en cuclillas para poder romper esa distancia y altura que nos dividía, ya que ella estaba sentada en la banqueta y yo de pie al frente suyo. Esta vez, yo hice la pausa después de escuchar lo que me dijo y es que lo sentí en lo profundo, sobre todo por ver a una mujer de mi edad, en circunstancias tan diferentes, una mujer que probablemente por amor había confiado en un hombre que solo la engañó e ilusionó con un hogar que nunca existió, que la abandonó como quien deja un par de zapatos en casa. «¡que sistema patriarcal injusto!», pensé. 

«No se sienta mal por la decisión que ha tomado, usted está haciendo lo que considera necesario para sobrevivir y tener una vida digna, eso no es un crimen y tampoco es un pecado, es un derecho humano», le dije, como si fuera un consuelo.  Le di una sonrisa y un abrazo. Seguidamente le comenté sobre los riesgos que enfrentaría en esa ruta migratoria, ya que por mi trabajo humanitario me ha tocado analizar, monitorear y darle atención psicológica a muchas personas migrantes que aún no han tomado la decisión, otros que van en tránsito, y algunos que retornan o les deportan. Es inevitable no pensar en los traumas que esto les dejará para el futuro y que esos kilómetros de arduo viaje le marcarán para toda su vida.

Uno de sus hijos me recordó inmediatamente a otra niña que conocí en la caravana del 15 de octubre de 2018, su nombre era Ángeles, de 10 años de edad, despeinada, de una tez blanca y ojos grandes, negros y brillantes como luna.  Me quedaba viendo de reojo mientras yo hablaba con su madre y tías, también queriendo conocer las razones por las cuales migraban. Se escondía detrás de la pierna derecha de su madre y mientras intentaba taparse la boca con sus pequeñas manos, me dijo: «Con tal vaya con mi mami, yo camino hasta el fin del mundo», su respuesta me dejó sorprendida. Sonaba más congruente que muchos adultos que he conocido.  

Nos despedimos y le deseé la mejor de las suertes, yo tenía que seguir mi trabajo y ayudar a un mar de gente, aproximadamente tres mil quinientas personas marchaban al mismo paso. Por razones de emergencia, el vehículo de mi organización tuvo que realizar funciones de ambulancia, la crisis migratoria era tanta y la respuesta por parte del Estado y la asistencia humanitaria era poca en aquel entonces. 

Me tocó hacer varios traslados a personas por deshidratación, ayudando a mujeres con niños —desmayados del cansancio— a llegar a un punto en el que les pudieran brindar primeros auxilios. Para mi sorpresa, después de veinte kilómetros de caminata volví a encontrarme con Ángeles, ella ya no tenía la misma sonrisa, el sudor en su frente había empapado su cabello y bajado a sus grandes ojos, ya no podía caminar más. Decidimos subirla al vehículo, junto a las tres primas, dos tías y su madre, éramos muchas personas y yo me ofrecí a cargar a Ángeles, la pequeña gritó y dijo «¡Sí! Yo me voy con ella», como un último suspiro antes de caer rendida del sueño en mis brazos. 

Ahora ya no sé qué habrá sido de la vida de esta pequeña, si lograría sobrevivir al reclutamiento forzado que hacen Los Zetas, ese sanguinario cartel de México que ha cobrado, secuestrado y desaparecido tantas vidas en la ruta migratoria; si habrá llegado a EE. UU. y la política «Tolerancia Cero» que dejó Donald Trump le separaría de su familia y la dejaría en una celda para niños o con una familia desconocida temporal. De todas las posibilidades de ese viaje, eran pocas las positivas. 

En esa misma Caravana de octubre de 2018 —la primera vez que salían tantas personas de esa forma— conocí a un señor que se me acercó «¡Disculpe, señorita!, ¿podría por favor regalarme una llamada de teléfono? es que salí hace dos días de mi pueblo y no tengo como comunicarme con mis papás y deben estar preocupados, porque saben que me vine en la caravana, ¡se lo ruego por favor!». Este hombre de poco más de treinta años iba caminando con un par de pantuflas gastadas. «¡Papá, ya voy por Ocotepeque, ya estoy en la frontera con Guatemala, no se preocupe por mí, voy bien. Dígale a mamá que ya puede estar tranquila, ya saliendo de Honduras nada me va a pasar, aquí voy con la niña y Marisa. Los quiero mucho y oren por nosotros». Me entregó el celular y me preguntó: «¿Cuánto le debo señorita?», con un tono de voz de agradecimiento y una calma por haber satisfecho su necesidad de comunicación con sus familiares.

«¿Y usted por qué se va en la Caravana?», le pregunté, el hombre me quedó viendo con cara de incertidumbre, como que le transmitía confianza, pero no la suficiente como para contarme sus razones, eso hizo reafirmar mi hipótesis de que este señor y su familia estaban huyendo de algo, y yo quería saber que era, para ver cómo le ayudábamos. Los riesgos que corrían él y su familia eran inminentes, puesto que iba huyendo de las mismas fuerzas estatales de las cuales en su pasado fue parte. Logró llegar hasta Estados Unidos, meses después se comunicó conmigo, es el único caso que he atendido en tránsito y que me ha escrito para contarme sus novedades. Me comentó que había solicitado refugio y que ya solo le faltaba una cita en la corte para que se lo aprobaran, vivía en una casa muy bonita y la niña ya asistía a la escuela, estaban esperando otro bebé con su esposa Marisa. Me agradeció de mil maneras el haberlo intervenido en la frontera de Honduras, ya que el miedo que llevaba en ese entonces, no le permitía ni siquiera sobrellevar el riesgo que corría. Mi emoción al tener esta información fue muy grande, ya que los resultados de tomar esa ruta migratoria son tan inciertos, pero sobrevivió a los riesgos del camino, no lo desaparecieron y pudo establecerse en EE. UU. 

La semana pasada salió una nueva caravana de migrantes o «flujos migratorios mixtos», como le llaman los académicos y expertos. Muchas personas nuevamente la consideraron como una posibilidad de dejar estas honduras, ya que en las periferias cuesta tanto salir a flote y respirar. En esta caravana vimos de nuevo a mujeres, niñas y muchas personas huyendo de múltiples realidades. Partieron justo en una Semana Santa, en un país tan creyente de los pasos de Jesús, teniendo presente de que somos humanos y que somos de la misma tierra llena de montañas y eternos veranos de Centroamérica. La caravana se disolvió, igual que los sueños de todas esas personas que intentaron una vez reconstruir su vida y la de los suyos.

Sobre
Melissa Raudales, 11 de marzo de 1992. Licenciada en psicología, defensora de derechos humanos.

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2 comentarios en “Diálogos de una caravana”

  1. Excelente, me causó mucha nostalgia cada párrafo e historia descrita y ver que uno con lo que tiene debe de ser agradecido, por cada oportunidad, por nuestro trabajo y por tener un techo. A otros no les fue dada es oportunidad

  2. Hola Melisa ! Excelente artículo y admirable labor, muchas veces me hice esas preguntas porqué la gente se arriesga, que los motiva,sobre todo a las madres que van junto con sus niños y niñas ,lo
    cual parte el alma ,si embargo,es difícil e inevitable que la gente no emigre,si no cuentan con las mas mínimas condiciones para vivir y cada dia el monstruo de la corrupción es mas letal.

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