El progreso

Por Salvador Madrid

 

Al salir de la escuela, pasábamos por la casona de la alcaldía municipal para presenciar maravillados la tecnología más avanzada: el telégrafo, vibrando bajo la luz de los ojos saltones de Chomo, el telegrafista, que tenía una voz aletargada y nunca hablaba más de cinco palabras, era de sentencias suaves y tenía amarillo el bigote por el cigarrillo.

El televisor apenas lo habíamos visto pocas veces, pues solo algunos ricos del pueblo tenían uno, pero para entrar a sus casas había que andar calzado y yo era un niño descalzo, así que no había carta de presentación en mis pies. Recuerdo aún esas terribles peticiones en las puertas con otros chicos, haciendo ruidos respetuosos para que notaran que estábamos ahí y se compadecieran para decirnos: «entren, pero se sientan en el suelo y no en los muebles», otras veces nos quedábamos ahí afuera, oyendo nada más, imaginando aquellas cosas que tanto deseábamos conocer.

Una tarde entramos a la casona de la municipalidad, recorrimos el corredor y llegamos a la oficina del telégrafo. Había adentro unas seis personas reunidas alrededor de una mesa. Nos acercamos y lo vi por primera vez: «es el teléfono», me dijeron. Un instrumento negro, con un cable y una manija que la giraban como si fuera un molino, luego se lo colocaban en la cara y Milton, el nuevo operador, decía: «aló…aló… sí sí… aló…».

— ¿Quiere probarlo? —Me dijo Milton. 

Y sin que yo decidiera me lo colocó en la cara, le dio vuelta a la manecilla y escuché la estática como cuando no se encontraba una emisora en la radio y de repente escuché mágicamente unas palabras huecas: 

—Operadora Santa Rosa de Copán… 

—¡Decí algo!—me gritaban.

—¿Y qué digo…? —Respondí.

—Cualquier cosa —Repitió Milton… 

Yo estaba temblando, pues creía que había en aquel artilugio algún truco maligno, pero me decidí y dije: «Aquí estoy en Naranjito…». Esas fueron las primeras palabras que pronuncié en un teléfono. La voz me contestó: «No te conozco, ni conozco ese lugar». 

Milton que había vivido dos años en San Pedro Sula dirigía la charla: todos le escuchaban con respeto, él era el experto del teléfono, yo me lo imaginaba como el hombre más poderoso del pueblo en aquel momento. Decía que todo iba a cambiar, que el progreso ya estaba entre nosotros, que ya no habría necesidad de ir a ver a los familiares encarcelados en el presidio de Santa Bárbara, sino que desde ahí se podría hablar con ellos. Agregó que por el teléfono vendrían mejores precios para las cosechas, que harían un proyecto de electricidad, pavimentarían nuestra única carretera, harían un colegio, una clínica dental y que en un valle cerca del pueblo construirían un aeropuerto.  

Dios mío —pensaba yo— cómo es posible que esta caja nos vaya a traer todo eso. 

Pobre Milton, tiempo después lo mataron de dos balazos en un juego de naipes, y de toda aquella saga quimérica que predijo nada más se cumplió una: la de los familiares de su asesino hablando por el teléfono con el matón desde aquella oficina.

El teléfono se quedó en el pueblo, pero yo no veía el progreso. Las mañanas de domingo subía al mirador del Mango, me encantaba imaginar cómo se desplazaba el sonido de las campanas entre las callejuelas y ventanas que abría el aire que llegaba del sur, además de escuchar ese rumor de risas en la casas, gritos felices de borrachos en la cantina de don Lolo, ladridos de perros que seguían a los cazadores rumbo a los montes, martilleo seco mientras herraban los mulos donde Claros Castillo, o pensar ese otro cielo reflejado en el agua de la pila de piedra en el patio de mi abuela, un mundo bucólico amurallado en la inocencia, el olor a café y a zacate limón. Pero también pensaba en el teléfono y en el progreso. 

Decían que Don Alfonso Flores, un hombre de barba blanca y extraños ojos, que recitaba a Dante y Juan Ramón Molina cuando en compañía de algunos paisanos se bebía unos tragos de aguardiente, había hecho una llamada y que el presidente le había contestado, que Don Alfonso Flores era hombre poderoso, pero que no había que prestarle mucha atención a sus conversaciones porque leía libros malvados de literatura, filosofía y de historia, que era ateo y que se hizo ateo por estudiar demasiado, por eso —recomendaban— hay que estudiar poco, eso aturde a la gente y al fin y al cabo letra no quita brutada

Pasado el tiempo, en las vísperas de una navidad, la plebe de mi barrio estaba reunida bajo la Cruz del Perdón, al frente de la iglesia. Hablábamos de nuestros zapatos nuevos, éramos cipotes calzados y ya nos asomábamos a las fiestas, a ver nada más, pues, aunque teníamos zapatos, eran rústicos y no se comparaban con las botas que usaban los muchachos ricos. Empezamos a sentir esa brecha, pues en todo lugar nos miraban de reojo y más de alguna vez nos llamaron velones, palabra que significaba periféricos. Entre nosotros no se usaba esa palabra, la usaban los dueños de todo. Entre nosotros la palabra más ofensiva era «virgo», cuando se pronunciaba, la riña empezaba hasta la inconsciencia.

—Yo no soy virgo. —Le dijo René a Oscarito, mientras se enjuagaba la sangre. —yo fui donde la Lola, le llevé un tercio de leña y cinco pesos y me desvirgó.

—Mentiras… Sos virgo… Si ya no sos virgo dame una prueba. —Respondió Oscarito. 

 —Pues mirá… cuando terminamos me dio una toalla para limpiarme. Es una toalla amarilla que tiene un dibujo bordado de dos pajaritos besándose…

 —¡Es cierto…! ¡A mí también me dio esa toalla para limpiarme…!—Gritó eufórico Oscarito.

Y se abrazaron en medio del griterío que celebraba. Nosotros nos moríamos de la envidia, pues éramos de los virgos de aquella generación y nada más entre los virgos nos contábamos mentirillas para salvaguardar nuestra desgracia.

Esa tarde frente a la Cruz del Perdón se detuvo el único autobús del pueblo y descendió ella, morena, de nariz afilada, ojos claros, miniseta y un pantalón de mezclilla. Yo sentí un frío en las rodillas y la lengua se me acalambró cuando con el dedo índice de su mano derecha, se apartó los gajos de cabello liso que querían cubrirle la cara. Hasta hoy, secretamente he guardado su nombre, porque es la única posesión que de ella conservo. Recuerdo que ella estaba de vacaciones y yo, el pobre, enamorado y loco, me dio en esos días por pedir ropa nueva, otros zapatos y que me compraran gelatina para el pelo porque era la moda. Nada más me compraron una mudada nueva, no hubo para zapatos y la gelatina me la compré vendiendo frutas en la calle, a escondidas, pues no soportaba la idea de encontrarme con ella mientras ofrecía frutas a cinco centavos en el centro del pueblo, con una camisa sucia, un costal al hombro y un sombrerón de junco. Pero lo logré de centavo en centavo completé diez pesos. Llegué un día a la tienda de Chunguito García, vi la vitrina y suspiré cuando miré la gelatina entre aquel conjunto de bisuterías 

—Quiero un bote de gelatina. —Dije con orgullo y en voz alta. 

—¿De cuál? —Me preguntó Chunguito.

—De esa color verde… —Respondí.

Y salí a la calle, pasé frente a la casona de la municipalidad, no me importaba el maldito teléfono, ni el progreso. 

Chomo, el telegrafista, estaba fumando en el corredor del cabildo, decían que se ganaba el dinero sin hacer nada, porque ya nadie mandaba telegramas y que en unos meses lo jubilarían. De ser el hombre que durante años sostenía al mundo hoy era una sombra que se adosaba todos los días en un rincón del corredor mientras la gente pasaba a su lado para hacer una llamada telefónica.

Cada tarde me bañaba, me ponía mi ropa nueva, me llenaba de gelatina el cabello y salía a buscarla. Me juraba hablar con ella al encontrarla, pero las veces que la veía venir caminando por la calle, me fallaban de nuevo las rodillas y la lengua se me retorcía. 

Ella vivía en una ciudad, su estancia era fugaz en el pueblo. Tenía una sola oportunidad, ya no buscaría encontrarme con ella, eso era suicidio, así que empecé por frecuentar a sus parientes, luego esos parientes me acercaron a su hermano, chico de ciudad que hablaba de avenidas, juegos electrónicos, lápices fluorescentes, toda una serie de cosas que yo desconocía, pero esta vez, él estaba en mi pueblo y yo sabía qué hacer para maravillarlo. Le abrí ese universo nuestro que desconocía, las tardes robando frutas en los huertos de orillas del pueblo, las pozas más famosas, los murciélagos fumadores en el cielo raso de la iglesia, a robarse los calzones de los ricos para colgarlos en los árboles del parque, probó de la miel de las colmenas que se hospedaban en los pedregales, lo llevé a la cantina a beber a escondidas su primer trago, previa negociación con el cantinero y nos quedábamos hasta que los borrachos se durmieron para robarles sus zapatos y sus sombreros y meterles un panal de hormigas bajo la camisa. Él estaba feliz por haber descubierto su maldad.

Un día de tantos me invitó a su casa. Ahí estaba aquella criatura de mis sueños. Casi muero cuando me saludó con una sonrisa. Por supuesto, me presenté con la mudada nueva, los zapatos limpios y el pelo embadurnado con gelatina. No hablé nada aquel anochecer, el hermano se encargó de hablar por mí. Yo era una pequeña leyenda en aquella casa.

Me marché feliz. La había visto de cerca y tenía acceso a su casa. Llegaba de vez en cuando a hablar sobre mis andanzas. Ella se reía hasta no poder. Nunca pude decirle nada y casi muero un día la encontré conversando con uno de los muchachos ricos del pueblo. Fue peor cuando dijeron que regresaban a la ciudad. Así que me arriesgué y le escribí una carta. El amor para mí, en aquel entonces, era cuestión de inocencia y de inconsciencia. Luego le envié más cartas, todos los días, hasta cuando una amiga llegó a mi casa con una carta escondida de ella donde decía que me quería. Me prometió regresar todas las vacaciones. Fui feliz en aquel tiempo, sentir esa dulzura que explotaba cada vez que nos tocábamos o incendiarnos en plena calle con solo mirarnos. El mundo mío, pequeño y simple se había convertido en un vértigo que arrasaba todas las corduras y normas sociales que aseguraban que el universo fuera siempre un lugar seguro.

Un día que aguardaba su regreso, llegó un muchacho a mi casa, dijo que me llamaban por teléfono. Fui a la oficina, ahí estaba el mismo objeto que me había sorprendido tiempo antes. Esperé. Luego timbró. Era ella. Nada más dijo que nunca más nos veríamos. Yo trataba de entender esa orilla que de mí se alejaba.

No la he vuelto a ver y nada sé de ella. De esta historia guardo un nombre, un amor inacabado que a veces se esparce como el polen en algunos sueños, la mala fama por la borrachera después de esa llamada, ya que apedreé las casas de los ricos del pueblo e insulté a las autoridades de cólera e impotencia, un poema para vengarme de los teléfonos, pero que oculta algo de mí, de la vez que quedé solo en el mundo, tratando de unir los escombros que me heredó la vasta corriente.

 

Author Details
Salvador Madrid, es escritor, gestor cultural y especialista en fomento de la lectura y arte infantil. Ha publicado los libros Visión de las cenizas (2004), la antología de poetas hondureños La hora siguiente (2005), Mientras la sombra (2015), Crónica de los despojos (2017), Los trabajos del tiempo (2019. Fue fundador de Paíspoesible. Es director del Festival Internacional de Poesía Los Confines y coordinador del Proyecto de Bibliotecas Blue Lupin «Leer para empoderar» de Plan International Honduras.

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4 comentarios en “El progreso”

  1. Virginia Fernández

    Estupendo relato??me hizo regresar a los años de ensueño y alegrías infantiles!! Felicitaciones y éxitos estimado Salvador????

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