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Cuando todo esto acabe

Estudiantes, exalumnos y miembros del curso de Periodismo de la Universidad de Columbia están impulsando una sección en el medio digital Medium que se llama #Whenthisisover o en español #CuandoEstoAcabe. La dinámica es responder lo siguiente: «La pandemia COVID-19 ha expuesto todos los vacíos, fallas, debilidades y desigualdades en nuestra sociedad —y en nuestras vidas privadas—. Pero habrá un día después, y ¿luego qué?, ¿qué deseas para el momento cuando esto acabe?».

Quisimos retomar la iniciativa de la Universidad de Columbia para analizar cómo sería esa respuesta en un país como Honduras. Con un estado de excepción que se ha extendido por cuatro semanas y que aún no sabemos por cuántas más se ampliará, nos lo preguntamos de diferentes maneras: ¿cuándo volveremos a la normalidad?, ¿a qué normalidad es a la que regresaremos?

La emergencia por COVID-19 que ha generado un shut down global , nos encerró en nuestras casas de la noche a la mañana, nos recordó que el Estado es el único que puede tomar las riendas de una situación como esta y que las decisiones que tomen los mandatarios se traducirán en un número de muertes. Entre más alto, más alta la probabilidad que la decisión se haya tomado de manera equivocada. Ahora mismo, esto le está restando puntos en popularidad a presidentes como Donald Trump. En Honduras, la falta de legitimidad del presidente se traduce en una enorme desconfianza en su gestión de los recursos y medidas de prevención. Sin embargo, #CuandoEstoAcabe y la curva de contagios haya bajado, cualquier medida que se establezca para recuperar la economía devastada o para regresar a la normalidad será un logro que puede hacer olvidar que las decisiones que se tomaron en primera instancia nos dejaron incontables muertes. Nos pasó con el huracán Mitch en 1998, al presidente Carlos Flores Facussé se le conoce por ser el presidente que «hizo lo que pudo», porque en situaciones como esta, eso es lo que se agradece.

En este oficio, nosotros trabajamos para que #CuandoEstoAcabe no se nos olvide que esta crisis nos puso en la cara que la poca inversión en la salud pública nos pone en riesgo de muerte. A inicios de año discutimos en este medio sobre el poco presupuesto para salud y la priorización de la seguridad y la defensa nacional en la inversión del dinero público. El sistema público de salud no estaba listo ni con las condiciones mínimas para esta pandemia, la epidemia de dengue nos lo mostró el año pasado. La OPS señaló en septiembre de 2019 que Honduras vivía la epidemia «más grave» de dengue de su historia. Hubo un gran número de personas infectadas y fallecidas. El 70% de los casos graves de dengue en Centroamérica estaban en Honduras y su índice de letalidad en Latinoamérica era el segundo más alto, después de Brasil. Los hospitales colapsaron, no había suficientes máquinas de medición de líquidos, 155 muertos se reportaron en el tercer trimestre del año.

Hemos cuestionado que la privatización de la salud, el debilitamiento del gremio médico y de profesionales de la salud y los saqueos millonarios al sistema público sanitario son inhumanos. Creemos con certeza que un país debe priorizar el bienestar de su población, la salud, y no la compra de armas, la reparación de aviones o la compra de un buque de guerra. Ahora con la pandemia #COVID-19 vamos por la tercera centena de infectados y ya tenemos el índice de letalidad más alto de la región. Estamos a la espera de que la curva de contagios suba aún sin saber cómo enfrentarlo. Tenemos un sistema de salud precario y los millones aprobados y prestados destinándose al asistencialismo o quizá a esperar el peor momento. #CuandoEstoAcabe tememos que no lograremos saber cuántas personas se llevó la pandemia. Tampoco sabremos cuántos millones sí se invirtieron para enfrentarla y cuántos otros se fueron a unos cuantos bolsillos.

Es cierto, priorizar los recursos en temas de seguridad se justifica en un Estado controlado por mafias. Tenemos un gobierno con miembros señalados por usar el Estado como una vía para lavar dinero y brindar seguridad a narcotraficantes mientras pasa por el territorio un alto porcentaje de la cocaína que en Estados Unidos consumen. Pero también es cierto que en Honduras la gente está enferma, muchísima gente muere de diarrea, de dengue, de enfermedades que se podrían prevenir y tratar si hubiera voluntad política. Y ahora, la gente enferma y no tiene acceso a la salud, ahora tiene que enfrentar a un virus que justamente se lleva a los más vulnerables.

En fin, nos preguntamos ¿qué vamos a hacer cuando todo esto —así como la violencia— se acabe normalizando? Porque aquí no se vuelve a la normalidad, aquí se normaliza la precariedad que se suma a las ya existentes. 

Honduras, desde 2008 entró en una vorágine de violencia que hizo que entre 2008 y 2010 fuéramos el país más violento del mundo. Aunque hemos ido reduciendo la tasa de homicidios de 86,5 por cada 100 mil habitantes en 2011— su punto máximo— a 42 por cada 100 mil habitantes en 2019, las múltiples expresiones de la violencia y de la vida precaria en este país nos llenan el día, aun en medio de la emergencia. En este tiempo de encierro los homicidios se redujeron un 3.7%, según la Secretaría de Seguridad. Según el Sistema Estadístico Policial en Línea (SEPOL), en marzo de 2020 se contabilizaron 225 homicidios, 74 homicidios menos que los 299 de febrero. Sin embargo, el mismo promedio del año pasado. No es que bajara a cero, sino que ocurrieron, al menos, 7 homicidios diarios en esta época de «distanciamiento social».

#CuandoEstoAcabe la violencia no habrá acabado, nos va a quedar el luto y el dolor, porque la pandemia nos está dejando muertos — a quienes no podemos ni siquiera enterrar en familia—. También nos quedarán más muertos por exacerbación de la «violencia común», porque no todo mundo pudo sobrevivir encerrado, porque en los hospitales la atención se focalizó en una sola enfermedad —teniendo una población con afectaciones diversas y graves—, porque no hay dinero ni trabajo y eso solo puede llevar a la violencia. Además, tenemos un Estado que solo se muestra fuerte en la represión, pero no en la inversión de sus recursos para el bienestar social.

Pero quizá una de las cosas más tristes que ocurrirán, #CuandoEstoAcabe, es que vamos a regresar a la normalidad de la bulla electoral, porque la publicidad de las «buenas acciones» en cuarentena, sale más cara que incluso la bolsa solidaria valorada en 20 dólares que se le pudo repartir a la gente en algunos barrios y porque alguien tiene que salir ganando de la crisis. Quizá esa misma publicidad nos diga que nos abracemos de nuevo, que salir vivos de este apocalipsis es una «bendición». Los líderes religiosos insinuarán que Dios hizo su elección y que los vivos deben tomar eso como recompensa porque algo bueno habrán hecho. Luego seguirán recibiendo dinero y poder para tomar decisiones que limiten los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Cercenarán el estado laico y desviarán fondos de sectores fundamentales como la salud y la educación para programas asistencialistas y adoctrinamientos religiosos.

Según el informe de FM Global Resilience Index, Honduras está en el puesto 121 en un rank de 130 países que evalúan la capacidad de resiliencia de un Estado para enfrentar amenazas naturales, crisis económica, riesgo político, y su capacidad de gobernanza, control de la corrupción y calidad de su infraestructura. Pero en Honduras, al normalizar las crisis, hemos desarrollado la capacidad de seguir, arrastrando los males, pero seguir. 

#CuandoEstoAcabe tendremos que ser creativos para juntarnos un poco más, aún con el tejido social casi destruido, la clase media quizá ya no lo sea y los más empobrecidos harán lo que están acostumbrados a hacer: seguir sobreviviendo. Nos toca pensar que debemos mejorar nuestro nivel de resiliencia, tejer redes comunitarias, unir agendas de sociedad civil, sacar algo de esta crisis, una posibilidad de pensarnos para el futuro y allí sí, seguir. Eso es lo que deseamos #CuandoEstoAcabe, ¿ustedes qué desean?

Contra Corriente Administrator
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