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El virus carnaval

Fotografía de portada: Martín Cálix/ Contracorriente

Columna originalmente publicada en Revista Factum

Desde la gripe española, o gripe de 1918, el mundo no se veía en estas. 102 años en que ningún enemigo flotaba de forma masiva por el aire, adhiriéndose a las cosas, metiéndose en nosotros y postrándonos en cama o llevándose a los nuestros. 102 años en que la preocupación principal fuimos nosotros mismos y nuestra inagotable hambre de poseerlo todo.

Hasta el domingo 22 de marzo a las 3:00 de la tarde el virus había matado oficialmente a 14,632 personas e infectado, al menos, a otras 335,972. El virus ha hecho que la mayoría de fronteras del mundo se cierren y que los gobiernos pidan a su población quedarse en casa. Algunos de formas más severas que otros. Sin duda alguna, un mal terrible se cierne sobre nosotros. Pero es un mal extraño, parece no haber entendido la forma en la que funcionan las cosas en este mundo…

Este virus no ha seguido el patrón del cólera, la fiebre tifoidea, la malaria. No mordió primero, y casi exclusivamente, a los miserables del mundo. No comenzó, pues, en una chabola maloliente del barrio Kibera en Kenya, la favela Rocinha de Río de Janeiro o el barrio Rivera Hernández en Honduras. Comenzó en las vísceras de la potencia económica más formidable de la actualidad. Luego se esparció por Europa. Por la próspera y moderna Europa. De un momento a otro el mundo se invirtió, se volvió un lugar distinto.

En América Latina, como hacía ya 500 años que no sucedía, empezamos a desconfiar de los que venían del otro lado del mar. Por primera vez la clase media y alta son los sospechosos. En El Salvador, y en general en toda América Latina, las poblaciones pobres se cubren la boca y evitan darles la mano a los más acomodados, a los que viajan. En Uruguay, por ejemplo, el virus se coló a bordo de una diseñadora de modas, quien viajó desde España e infectó a decenas en un evento social en el exclusivo barrio Carrasco de Montevideo. Ahora, por primera vez, los sospechosos somos nosotros.

El 8 de marzo, el presidente salvadoreño Nayib Bukele prohibió la entrada a territorio salvadoreño a italianos y alemanes. Algo sin precedentes. Al siguiente día, a las 7:00 de la noche, prohibió el ingreso de españoles. Los salvadoreños que venían de esos países tuvieron que ingresar a unos recintos improvisados en donde aún se encuentran. No son los primeros albergues que se organizan para situaciones catastróficas. Para los terremotos, inviernos y las violentas lluvias tropicales se habilitan siempre albergues temporales para aquellas familias que lo pierden todo. Son lugares muy incómodos que suelen improvisarse en escuelas o centros comunitarios, donde llegan madres solteras destilando aún la misma agua que les robó la casa, o ancianos sin hogar o campesinos sin cosecha. Ahora no. Esta vez a los albergues llegaron gentes con maletas y cubrebocas, con ropas de temporada y reclamando al Estado comida y atenciones de calidad. Como pingüinos en desierto se miran. Los albergues no son para ellos. Nunca han sido para ellos, pero este virus no entendió nada.

El día 15 de marzo sucedió algo histórico en El salvador. Nadie le ha parado mucha bola, pero es un evento sin precedente: El Salvador cierra sus fronteras, entre otros países, a los Estados Unidos de América. El gobierno del país más chiquito de América, del que su población brota como caudal torrentoso hacia las fronteras del norte, colándose por desiertos, por túneles, muriendo en balsas o deprimiéndose en las celdas «hieleras» cuando son capturados y esperan su deportación, le cerró la entrada a ciudadanos norteamericanos. Días después hicieron lo mismo Guatemala y Honduras, las Banana Republic. Un mes atrás, la posibilidad de que esto ocurriera era parte de un panorama imposible. Lo mismo ocurrió el 19 de marzo en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, cuando el gobierno le impidió el aterrizaje a varios aviones provenientes de España y otros países de Europa por temor al contagio. Definitivamente el virus no sabe de historia, ni de muros o deportaciones. No entiende que las fronteras se cierran allá, no acá. No al revés. No entiende nuestro mundo.

El virus se confundió. Si se hubiese informado con sus antecesores sabría que tenía que atacar primero el cuerpo de una prostituta marroquí o un migrante venezolano, saharaui o un niño palestino sin hogar. Pero en los tres meses que lleva su ofensiva, ya infectó a Tom Hanks y a su esposa, Rita Wilson. Enfermó también a varios jugadores de la NBA como Kevin Durant o futbolistas europeos como Danielle Ruani de la Juventus. Estos males entran siempre por abajo, nunca por arriba, así ha sido siempre, desde la peste negra. Pero este es quizá el hijo díscolo en su familia de enfermedades pandémicas. Este llevó sus fiebres y su tos seca al secretario de prensa del presidente derechista brasileño Jair Bolsonaro, quien por poco infecta a uno de los hombres más poderosos del mundo: Donald Trump.

En su repertorio de incongruencias, este virus disidente afecta a las grandes ciudades, dejando bastante tranquilos a los campesinos y gente de las afueras, quienes además contarán con suministros alimenticios mientras que en las grandes urbes la escasez se comienza a sentir. Y no solo en suministros como el papel de baño o el alcohol en gel. Empieza ya a ralentizarse la llegada de carne fresca, de granos básicos y de pastas. Es un verdadero reto, y lo será cada vez más, encontrar en las ciudades pescado o huevos. Pero esto no será así por mucho. Mientras más tiempo pase el virus entre nosotros más irá aprendiendo cómo son las cosas. Irá aprendiendo cómo somos los humanos. Lo iremos educando entre todos. Pronto llegará de lleno a América Latina y aprenderá a tratar a los pobres de la misma forma que lo hicieron sus antecesores. Con saña. Entrará de lleno a África y a las regiones más vulnerables de Asia y aprenderá, como la serpiente, a morder al descalzo.

Este virus aprende rápido, las clases pobres de todo el mundo están ya sintiendo sus estragos, y cambiará para siempre la forma en la que entendemos el mundo y las relaciones humanas. Así como el 11 de septiembre transformó la forma de viajar, y ahora a nadie se le ocurriría llevar un encendedor en un equipaje de manos, de acá en adelante, salvo en México o Nicaragua, falta mucho para que se organice un concierto o una marcha. La muchacha se lo pensará tres veces antes de besar al muchacho desconocido en un bar. Los viejos, los que nos queden, abrirán sus puertas con tapabocas y ojos desconfiados a sus nietos, sumiéndose aún más en la soledad en la que ya los confina el primer mundo.

Pero también dejará avances en salud. Dejará una capacidad instalada para afrontar con menos lentitud pandemias futuras, dejará la certeza en los gobiernos de que la salud necesita más presupuesto y, en los listos, dejará la sabiduría de que la felicidad no se mide en unos y ceros, sino en la posibilidad de estar con los que amás y tener con qué alimentarlos. Dejará la lección de que cuidar de tus viejos es un privilegio, nunca una carga. Yo, en lo personal, espero que también deje otra cosa: ahora que las clases más afortunadas sabemos lo que significa ser sospechosos y marginados, aunque sea por unos meses, tratemos con más empatía a los que sienten eso desde que nacen hasta que mueren.

En la Europa medieval, tan marcada por las diferencias entre nobles y plebe, entre los que tenían mucho y los que casi no tenían nada, había un solo momento en donde el mundo se invertía, donde los pobres podían comportarse como ricos y los ricos como pobres: el carnaval. No era un periodo muy largo. Duraba días o como mucho semanas, y en estos momentos especiales las burlas y la sátira eran para los amos. Pienso que si el virus, como un enemigo que espía a su víctima antes de la ofensiva, observó a los humanos para aprender de ellos, lo hizo en tiempos de carnaval. Cuando el mundo, por un momentito, se daba vuelta.

Sobre
Es antropólogo salvadoreño. Ha dedicado la última década al estudio de la violencia en el triángulo norte de América Central. Es autor del libro de crónica etnográfica “Ver, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13”, co autor del libro “Crónicas Negras. Desde una región que no cuenta” y co autor del libro “El Niño de Hollywood. cómo Estado Unidos y El Salvador moldearon a un sicario de la Mara Salvatrucha” entre otros. Ha publicado artículos en revistas académicas como Latin America policy journal de la Harvard Kennedy Shool, Culture & Conflicts, Problémes d´Amerique Latine, entre otras. Trabaja actualmente en San Pedro Sula, Honduras, en donde escribe un libro sobre la violencia en la ciudad.
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