«Los hondos», traficantes de droga hondureños en California

Texto: Oscar Estrada

Hace unos meses, líderes de la ciudad de San Francisco, en California, reconocieron que «una parte de las personas arrestadas por tráfico de drogas [en aquella ciudad] emigraron de Honduras». La declaración fue calificada en aquel momento de xenófoba y racista por la opinión pública, por estigmatizar a «muchos» hondureños como traficantes de drogas. Más tarde la alcaldesa de la ciudad se disculpó diciendo que no era su intención señalar a una comunidad de ese problema o culparles únicamente a ellos.

El jefe de policía de San Francisco, Bill Scott, dijo que no tiene valor estudiar la demografía de los posibles delincuentes. «No consideramos la raza o la nacionalidad en la forma en que vigilamos», dijo. «Nos enfocamos en el comportamiento. Si vemos a alguien vendiendo drogas, lo arrestaremos».

Pero el problema es real, sí hay en las calles de los barrios Tenderloin y South of Market, en la ciudad de San Francisco, California, un número desproporcionado de hondureños que venden droga, que son responsables en parte, de la crisis que vive la ciudad con el uso del fentanilo, que solo el año pasado mató en todo los Estados Unidos a más de 175,000 personas por sobredosis.

Para comprender mejor el fenómeno, el periódico de San Francisco, The Chronicle, entrevistó en una nota que titularon This is the hometown of San Francisco´s drug dealers a más de dos docenas de traficantes de Honduras en la ciudad de California y aproximadamente otras cien personas, incluidos fiscales, abogados defensores, defensores de derechos humanos e inmigración, policías, usuarios de drogas y dueños de negocios locales, y esta es la ruta del problema que encontraron.

Hasta la década del 90 el municipio de El Porvenir, al norte de Francisco Morazán —de donde proviene la mayoría de los traficantes de droga en San Francisco investigados por The Chronicle— y todo el valle de Siria eran zonas agrarias auto sostenibles que cultivaban maíz y frijoles para venderlos a una fábrica de procesamiento de granos en El Porvenir. La planta cerró en 1985, después de que los agricultores comenzaron a dedicarse a cultivos más lucrativos como el algodón y el tabaco; pero esa industria nunca despegó y para cuando comprendieron su error ya no quedaba infraestructura para el cultivo de granos básicos. Luego vino el período de los tratados de libre comercio con los Estados Unidos y el ingreso al mercado de productos agrícolas norteamericanos que a la larga hicieron insostenible la producción agraria en la zona.

A finales de la década, apareció la mina de oro de Nevada; la ahora desaparecida Glamis Gold se acercó al gobierno hondureño con una propuesta de proyecto para el valle, muchos de los lugareños lo apoyaron, esperaban que el proyecto, que se inauguró en el año 2000, les permitiera vender sus tierras con una gran ganancia y generar los empleos que tanto necesitaban. Pero como suele ocurrir en ese tipo de espejismos, la riqueza que esperaba con la minería nunca llegó, unos pocos se beneficiaron y la gran mayoría quedó sin tierra y sin esperanzas. Los académicos que estudiaron los efectos a largo plazo de la mina afirman que el proyecto contaminó el valle y las aldeas cercanas con metales pesados tóxicos, enfermando a los residentes y matando al ganado. El Pedernal, aguas abajo del sitio del proyecto, fue particularmente afectado.

El proyecto fue asumido luego por otra empresa minera, Goldcorp, y estuvo en funcionamiento hasta 2009. Desde entonces, la ciudad sobrevive únicamente de las remesas —y la venta de drogas en Estados Unidos.

El artículo de The Chronicle sigue a varios personajes que migraron a partir del 2004 a los Estados Unidos, retrata las dificultades que enfrentaron en el proceso, esa relación que la misma ley migratoria norteamericana obliga a los migrantes a tener con las bandas criminales y carteles de la droga que pululan en México y cómo al verse sin opciones laborales por la falta de documentos, el cartel ofrece un ingreso sustancialmente mayor, comparado con lo que se adquiere de forma legal en California.

«Las dificultades de los trabajos allá en Honduras me hicieron venir aquí, porque tenía que trabajar y trabajar», dijo Melvin López, de 28 años, ex comerciante de Orica, un pueblo cercano al valle de Siria que habló para el artículo de The Chronicle. «Somos una casa de nueve hermanos. Tengo una hermanita de 5 años, otra de 7, 9, 11 y así sucesivamente. Entonces tuve que venir aquí, a los Estados Unidos, para darles una vida mejor. Busqué en muchos, muchos, muchos lugares […] a ver si me daban trabajo, y me dijeron que no, que tienes que tener […] tu Social (documentación del Seguro) y todo. Pasé unos días sin trabajar, sin hacer nada. Y luego tienes que pagar el alquiler y todo eso», dijo.

Tres de los traficantes que hablaron con The Chronicle dijeron que fueron forzados o coaccionados a vender drogas. Dijeron que continuaron traficando drogas porque le debían dinero a los coyotes que los ayudaron a cruzar ilegalmente la frontera de los EE. UU., o porque no tenían una mejor manera de ganar dinero para enviar a casa. Dejar de vender, afirman, podría provocar que ellos o sus familias sufran daños físicos.

Los defensores públicos en la ciudad de San Francisco han comenzado incluso a argumentar ante los tribunales que los migrantes hondureños que enfrentan cargos por drogas deben ser vistos como víctimas de trata y, por lo tanto, declarados no culpables. California define la trata de personas como un delito que implica obligar o coaccionar a una persona para que proporcione trabajo o servicios.

Obligados o no a vender droga en la ciudad de San Francisco, los traficantes de El Porvenir han cambiado su ciudad de origen de forma permanente. Han levantado una burbuja inmobiliaria en el valle de Siria que resalta del resto de las residencias, casas lujosas que cuestan más de $350.000, en una zona donde no existen fuentes de ingreso, las calles son de tierra y las casas de los vecinos de bahareque o adobe; los jóvenes ya no están interesados en buscar fuentes de ingreso en la zona, ni siquiera Tegucigalpa les atrae ahora, desde muy temprano contemplan migrar ya no con el propósito de cumplir el «sueño americano» como migrantes indocumentados sino a sumarse a «Los Hondos» (nombre con el que se conoce a los traficantes hondureños en San Francisco) y hacer así su fortuna. La cárcel y la muerte no les asusta.

El canal conservador Fox News aprovechó la nota de The Chronicle de San Francisco para arremeter contra la política migratoria de Joe Biden. Ellos aseguran que la existencia de ciudades santuario, el «parole humanitario» (permiso humanitario para ingresar a los Estados Unidos) de migrantes y en general la seguridad en la frontera sólo favorecen a los carteles de la droga que tienen inundado de fentanilo las calles de las ciudades de los Estados Unidos. A las declaraciones de ese medio le seguirán los candidatos, que abogarán por unir las problemáticas guerra contra las drogas y migración en una sola política, que mirará al migrante como sospechoso de trabajar con los carteles mexicanos y a todos los hondureños como «los hondos» de El Porvenir.

Pero eso no resolverá el problema, porque todas las causas siguen vivas: sigue la emergencia de adicciones de un amplio sector de la población norteamericana que ha perdido toda razón de vida en un sistema que no ofrece salvaguardas para atender su adicción; sigue la carencia de objetivos de vida reales en el país para un sector de la población marginada de Honduras, que ve en la migración su única salida, ya nadie piensa en quedarse en el país, no hay futuro para la juventud en El Porvenir; y sobre todo, siguen los carteles del narcotráfico alimentando a ambas poblaciones con lo que piden.

Sobre

Óscar Estrada (San Pedro Sula, 1974) es escritor, guionista y periodista hondureño. Fundador de Casasola Editores. Ha publicado las novelas Cuando el río suena (2022), El pescador de sirenas, la vida poética de Juan Ramón Molina (2019) e Invisibles, una novela de migración y brujería (2012); la colección de cuentos El Dios de Víctor y otras herejías (2015), y los libros de crónicas  Héroes y villanos del golpe de Estado (2022), Tierra que vivo (2020) y Honduras, crónicas de un pueblo golpeado (2013). Es autor además del libro Tierra de narcos, como las mafias se apropiaron de Honduras, que será publicado en su segunda edición por Grijalbo en 2022. Como guionista ha trabajado en los largometrajes para cine La condesa (2020), de Cabezahueca Films; Operación Navidad, Como el xocolatl y El monstruo de San Judas de Guacamaya Films; así como varios guiones para televisión y radio.

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