¿Dónde juega la niñez de Honduras?

Texto: Célia Pousset
Portada: Daniel Fonseca

Es terrible decirlo —y quizás me da vergüenza—, pero ya está: después de años coqueteando con Centroamérica como periodista, algún día me sorprendió ver niños jugando en la calle. 

Y eso ocurrió la semana pasada: vi a niños jugar al aire libre en medio de una capital. Vi bicicletas de chiquillos y pelotas lanzadas en el aire con patadas y recepcionadas con cabezazos (esas pelotas eran globos cubiertos de papel multicolor y se vendían como churros), vi a familias tumbadas en la grama del terraplén de un bulevar concurrido. Cuando digo «tumbadas» es que todos dormían, la cabeza de unos sobre las piernas de otros, en una entrega total al descanso. Pensé: en una indefensión total. Miré a mi alrededor y no percibí peligro inmediato, nada que exigiera una vigilia. Me sentí extremadamente feliz y eso me asustó un poco.: ¿Qué tipo de alegría era la de bajar la guardia? Ese día no estaba en Honduras. 

Era un domingo por la tarde en la Ciudad de Guatemala, a lo largo de los 2,6 kilómetros de la avenida Las Américas. Recorrí esa avenida pasmada, el aire olía a vacaciones, a primavera. Ahí, en el corazón adinerado de la capital de Guatemala, se mezclaban familias de diferentes estratos sociales. Las más humildes venían en bus, y las más ricas en carro o a pie desde apartamentos cercanos; pero lo importante es que nada tenían que pagar para disfrutar de la sombra de los árboles de avenida Las Américas. Aunque sea solamente un día a la semana, esta avenida encarna de la mejor manera posible el concepto de «espacio público». 

Llegué por primera vez a Ciudad de Guatemala en 2017 y regresé por una semana seis años después. Reconocí algunas cosas paseando en las calles, ya que caminar es a menudo soplar el polvo que cubre la memoria: la estatua enorme del papa Juan Pablo II y otra de Miguel Ángel Asturias, el edificio de las Fuerzas Armadas, un redondel, un restaurante en el que comí con ganas de dormir, una parada donde esperaba el bus sujetando una mochila que contenía mi primera libreta de periodista. Mi libreta era un desastre de apuntes y terminé botándola, creyendo que iba a cuidar más las próximas; nunca mejoré en eso, pero ya no boto las libretas. Eso para decir que hace seis años no conocía nada de Centroamérica, y sí me sorprendía —porque es sorprendente— ver a niños limpiando botas y vendiendo golosinas en las pulperías. 

Pero ya no me inmuto, ya estoy «acostumbrada». Un día de octubre de 2022, cuando apenas acababa de llegar a Honduras, fuimos a Choluteca con un fotógrafo de Contracorriente, Jorge Cabrera. Se avecinaba la tormenta «Julia», que amenazaba con arrasar Nicaragua, Honduras y El Salvador. Todo el mundo hablaba de eso, de «Julia». La gente rezaba en los puentes que atraviesan ríos para que «Julia» tuviera piedad con el pueblo hondureño. Nuestro plan era reportear sobre una ciudad surgida de la nada en el desierto de Choluteca, la Ciudad Mel Zelaya, hecha de palo y lona, de gente pobre y de árboles resecos. Al lado de una carretera, ese campamento parecía ya haber sido arrasado por «Julia» o algo peor, pero no, todavía no, así era el campamento: miserable, atormentado por el calor, con gallinas negras y potros flacos. Y con niños que no iban —que tal vez nunca irían— a la escuela. No me alteré, ni lo apunté. Antes, cuando recorríamos la carretera que lleva a Ciudad Mel Zelaya, vimos a niños vendiendo marañón y dulces; golpeaban los vidrios de los carros zigzagueando entre los carriles, y sin miedo. Eso no es noticia. Una infancia así, pienso, con pequeñas cosas que vender, con una mirada insistente y una manera de hablar sin timidez a los adultos, una niñez presa de las garras de la pobreza, esa reproducción implacable de lo mismo. Casi nunca lo es, pues si alguien escribe sobre esa niñez que no tiene acceso a la educación nadie se va a sorprender. ¿Acaso no es común?, podrían replicar los lectores. Y, así, nos vamos acostumbrando a ver cosas sin contarlas. 

Ahora, en retrospectiva, cuando llevo casi seis meses de vivir en Honduras, quizás puedo decir que, en esas primeras semanas, peleaba en mí la necesidad de entender Honduras y también una sensación de irrealidad. Algo me preocupaba, pero era algo invisible que sólo podía manifestarse en la noche, en los sueños: la presencia sin forma, todavía escondida, de la violencia de este país. Era ver sin saber, como cuando uno ve las bolsas de plástico que esconden cuerpos anónimos en la televisión, y esas imágenes borrosas de personas lastimadas. O cuando uno esquiva a un hombre que parece dormido en una acera, con un cuchillo entre los dedos, ebrio o muerto, quién sabe.

Esa violencia cobró fuerza y realidad para mí cuando Jeremy Zúniga, quien tenía diez años, fue asesinado en plena calle en Guaimaca, en el departamento de Francisco Morazán, el pasado 7 de noviembre de 2022. Jeremy caminaba con su prima Sherly hacia la casa de su abuela, cuando un hombre se acercó a la pulpería donde habían decidido comprar un jugo y los amenazó con el filo de su machete. Huyeron. Pero Roger Gálvez Marcias, el hombre con el machete, alcanzó a Jeremy y lo mató. La periodista María Celeste Maradiaga escribió sobre este caso y contó que, en 2022, 189 niños, niñas y jóvenes de menos de 23 años conocieron una muerte violenta. 

¿Es válido preguntarse dónde juega la niñez de Honduras cuando el tema más urgente es su supervivencia?

En los barrios más violentos, controlados por pandillas, hay niños jugando en las calles pero tienen a la muerte custodiándolos, pues en algún momento puede ocurrir una balacera y se convierten en carne del fuego cruzado. El espacio público se usa, pero la naturaleza de ese espacio es lo que hace una diferencia abismal respecto del ideal de espacio público seguro e incluyente. Los niños de estos barrios controlados saben en qué calles pueden jugar, qué calles no cruzar porque son de otra pandilla y los pueden matar, saben qué ropa usar, qué palabra no decir, que señas no hacer. Es un espacio público que no es público, es de la pandilla, de la violencia, y los niños aprenden jugando en él a sobrevivir la violencia, aprenden sus reglas y, eventualmente, serán ellos los que lo controlarán.

Entonces, para su seguridad, otros niños y niñas juegan adentro. Dentro de las casas, y, si es posible, dentro de los límites de las colonias cerradas. Sin embargo, hasta adentro la violencia de la calle se cuela y pervierte el juego. Lo aprendí cuando una vez intenté hacer figuritas de plastilina con el hijo de un amigo. Fabricamos peces, estrellas de mar, cangrejos a quienes pusimo ojos y bocas de color. Sin embargo, enfrente la tele trepidaba con imágenes de un noticiero. Filmaban en vivo un enfrentamiento entre policías y supuestos pandilleros que vestían uniformes de la antigua unidad anti maras y pandillas, la FNAMP. Eran las 8 de la noche, el lunes 28 de noviembre. El periodista estaba exaltado, otro se escondía detrás de los carros y, por ratos, corría. No pude dejar de mirar los planos agitados de la cámara. El niño no se fijaba en lo que estaba pasando en la tele: jugaba, creaba, inventaba. Pero, en un instante, sintió que había perdido mi atención: hablaba más alto, me enseñaba con insistencia sus figuras, y, a veces, echaba vistazos a la pantalla que le robaba a su amiga. Y, por más que ahora lo pienso, entonces no logré apagar el espectáculo en vivo, porque era hipnótico. No logré proteger el mundo de nuestro juego. 

Afuera el mundo es grande, violento, más plástico que la plastilina y más insensato que una adulta que se niega a jugar por no dejar de presenciar en vivo una balacera. Podría excusarme y decir que mirar el noticiero forma parte de mi trabajo, y que lo cumplía, pero el trabajo no lo justifica todo. 

Un día, mientras estábamos sentados en las gradas del Teatro Memorias, en el Centro de Tegucigalpa, pregunté a un colega de Contracorriente, Daniel Fonseca, por qué había escogido el periodismo. Contestó que se sentía responsable de su pueblo y que el periodismo era una manera de lidiar con esa responsabilidad. 

¿Cuánto tiempo es necesario para sentir una responsabilidad hacia alguien o algo? ¿Unos meses, unos años? Hay sentimientos de responsabilidad que pueden brotar de inmediato, por ejemplo cuando los padres abrazan por primera vez a un hijo o cuando uno nace en un país como Honduras. 

Yo no creo que sienta una responsabilidad hacia el pueblo hondureño. Pero cuando se acabó mi viaje a Guatemala y regresé a Honduras en avión, y miré por la ventanilla su tierra, percibí algo en mí. No era algo racional, sino una sensación viva. Una punzada en el corazón. Vi los montes, vi los campos, vi las ciudades desde el cielo y si hubiera podido ver dentro de las casas, hubiera visto a los niños y las niñas que harán el futuro de este país. Honduras, país olvidado por la historia mundial, soberbio de violencia, incansable de trabajo. Ese punto del mapa hacia el cual no siento responsabilidad, sino un cariño creciente. Después de todo —y a pesar de todo— es el país que escogí. 

A finales de febrero, entrevisté al ministro de Educación, Daniel Sponda, quien dijo que el Gobierno tiene la responsabilidad de reparar más de 12 000 escuelas en el país : «en 2022 reparamos 3 escuelas en promedio por día y se espera reparar el doble en 2023 con una inversión de mil millones en infraestructura». Habrá que verificarlo. Afirmó también que había dado instrucciones de que las clases se improvisen en las canchas mientras se rehabilitan las aulas. Le pregunté cómo se iba a garantizar la seguridad de los alumnos que reciben clase en el espacio público. Contestó: «históricamente en Honduras tenemos centros educativos que tienen un decreto de creación y funcionamiento, pero físicamente, la escuela siempre ha estado debajo de un árbol». 

Pensé : normalmente un árbol se sube, y debajo de él se juega. ¿Así que el mundo va al revés ? El lugar dónde se debería estudiar, se encuentra en tal condición de deterioro que no se puede estar en él, y el lugar dónde se debería jugar, sirve de escuela.

En Honduras, el espacio público parece ser siempre la última opción a la que tenemos que resignarnos. Espero que algún día la niñez conquiste el derecho de habitarlo con toda seguridad, y que yo no me asombre nunca más de verla jugar.

Sobre
Periodista recientemente graduada de la escuela de periodismo de Sciences Po Rennes ( Francia), he trabajado temas de género, justicia y desigualdad en Guatemala y El Salvador, he incursionado en el documental radiofónico en Francia sobre migración.
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Periodista y creador audiovisual. Realizó sus estudios en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Interesando en el cine y las historias como fuerza transformativa.
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