La torta de Navidad

La torta de Navidad

Texto: Jorge Federico Travieso
Ilustración: Pixabay

El estudiante se asomó a la barandilla de hierro que enjaulaba la casa y que en otro tiempo defendiera un jardincillo del que solamente quedaban pequeños troncos, uno que otro brote rebelde a la sequía y al descuido, y montículos piramidales como tantos otros autógrafos de todos los gatos del vecindario. 

Un reloj dio las doce del mediodía como para recordarle al sol que era tiempo de alumbrar recio, pero el día siguió nublado y frío; las calles se agitaron un momento por el desfile precipitado de los trabajadores que marchaban unidos por un solo ideal, concreto y reconfortante: el almuerzo. Fue algo rápido y cinematográfico, un minuto después las calles estaban solitarias.

El estudiante bostezó largamente, tanteó en los bolsillos una moneda imaginaria. Y volvió a bostezar mientras sus ojos se humedecían. 

Un vendedor ambulante se perfiló en la calle solitaria, traía una cesta bajo el brazo y caminaba balanceándose pesadamente como un viejo pato satisfecho. Al pasar. Frente a la barandilla extrajo su flamante sonrisa comercial y la extendió frente al estudiante, al tiempo que decía: 

–Mire, tiene usted suerte, la última que me queda. 

Hasta las narices ansiosas del otro ascendió un olor tibio de pan recién horneado, un olor que podía subdividirse: almendras y nueces tostadas, pan tierno en el centro y pan dorado en las orillas, azúcar y pasas; en conjunto, un delicioso olor a torta de Navidad que hinchó los pulmones del estudiante y le contrajo el estómago dolorosamente. 

El estudiante tomó la torta en la mano huesuda y larga, la examinó como tratando de encontrarle algún defecto y luego aspiró el perfume con fruición mientras se la aproximaba a la nariz. Luego, tornó a ponerla en la cesta que el vendedor mantenía debajo del brazo, todavía la contempló un momento: 

–No –dijo–, ahora no. Quizá mañana, si pasa usted. 

–Es la última que me queda –explicó el vendedor–, mañana no sacaré más. ¿Sabe usted? No es negocio, los materiales están caros, demasiado caros. 

–¿Usted las hace? –preguntó el estudiante, que había vuelto a tomar la torta. 

–No –dijo el otro–, mi mujer. 

–Tiene buena cara –dijo el estudiante–. Mi madre acostumbrada a mandarme una cada Navidad. Pero de eso hace mucho tiempo, la perdí hace cinco años. Desde entonces no he vuelto a probarlas, bueno, quiero decir que no las he probado tan buenas. Esta me parece que es igual, debe ser la misma receta. 

 El vendedor se acomodó en la barandilla, decidido a continuar la plática. Tomó la torta de las manos del estudiante y la colocó en la cesta con un ademán que indicaba que había renunciado a la venta, pero no a la conversación. 

–¿Usted es estudiante? –preguntó. 

El otro hizo un signo afirmativo y se miró la indumentaria de pobretón y descuidado. No había necesidad. De ser muy agudo para descubrir que lo era: los anteojos sobre las cuencas hundidas, la corbata que no llegaba nunca a establecer contacto con el cuello, el cuello que no cerraba, la flacura, la manera de hablar, la nostalgia de la familia retratada en cada palabra… Sí, era un estudiante, era un estudiante pobre, que son los que dan nombre al gremio. 

 –Yo estudié antes de venir aquí, son los mejores años. Es verdad que se pasan dificultades, pero, ¡qué diablos! Daría cualquier cosa…

 La conversación se alejaba de la torta y el estudiante se apresuró a volver a ella: 

–¿A cómo las vende? –preguntó señalándola. 

–A dos cincuenta, pero siendo la última puedo dejársela en dos veinticinco… Vamos, quédese con ella, si es cuestión de dinero mañana pasaré recogiéndolo. 

 Dieron las doce y media. 

 –No, no es eso, seguramente han comprado en la casa donde tomo los alimentos –dijo mintiendo y volviendo a tomar la torta como si fuera un espejo. 

 –Se la dejaré en dos. 

–Ahora no, francamente estoy un poco escaso de fondos –confesó mientras olía la torta con mayor entusiasmo –. Otra vez le compraré. 

Se quedó con ella en una mano mientras el silencio se hacía largo y embarazo, con la otra revolvió disimuladamente el bolsillo sin esperanzas, esta vez, sin bostezar, los ojos se le habían humedecido. 

 –Iguales a las que hacía mi madre… –dijo, soltándola al fin en la cesta, como un pájaro–. Otro día le compraré –. Y puso en la cara señal de despedida, pero no se movió. 

–Bueno –dijo el vendedor–, quizá me decida a hacer más entonces…

Pero no continuó: una lágrima se había resuelto a rodar y bajaba por la mejilla del estudiante, que la limpió nerviosamente y ensayó una sonrisa. 

–Hasta luego –dijo el vendedor, y. estuvo a punto de cruzar la calle por la cual avanzó dos pasos, entonces, sacando la torta de la cesta y con la cabeza baja giró sobre sus talones y se llegó hasta la barandilla:

–Mire –dijo– no quiero caminar más. Acéptela como regalo de Navidad, después de todo…

Y se alejó rápidamente.

–Gracias –dijo el estudiante para sí mismo, porque ya el otro no lo oía.

Entró en su pequeño cuarto, frío y triste, puso la torta sobre la mesita de noche, una ola roja y caliente se le subió por el cuello y le floreció en la cara. Se tendió de espaldas en la cama —que prestó con todos sus resortes desvencijados— y sollozó largamente con los ojos puestos en el techo. La nuez de Adán le subía y le bajaba desesperadamente. 

 La torta permaneció en la mesita toda la noche y todo el día siguiente. 

Cuando la mujer entró para hacer el aseo, una mañana después, preguntó viendo la torta y con una lejana esperanza: 

–¿Y esto? 

–Puede llevársela –contestó el estudiante. 





Este cuento forma parte de los textos inéditos de Jorge Federico Travieso.

Sobre
Nació el 16 de agosto de 1920 en San Francisco, departamento de Atlántida, Honduras. Cursó estudios de medicina en México sin concluirlos. De regreso a Honduras, fue nombrado agregado cultural en el mismo México, siendo ascendido a primer secretario. En 1952 trabajó, de nuevo como miembro de la representación hondureña, en Río de Janeiro, donde falleció. Seis años después, Francisco Salvador compiló sus poemas en volumen, precedido de un breve estudio de Jorge Fidel Durón. Una selección de sus poemas integró uno de los fascículos de la serie 11 poetas hondureños. Para Andrés Monis, Jorge Federico Travieso fue «un poeta iberoamericano por excelencia que va de Darío a Neruda, con lejanísimos ecos lorquianos y alguna evocación de Miguel Hernández». El 8 de junio de 1953 se suicidó en Río de Janeiro, Brasil.
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