Excepciones

excepciones

Texto: Xalli Xihuitl y Jasson Abdiel
Ilustración: Naji Chalhoub

De setenta y cuatro presidentes que habían pasado por la república, don Alberto había sido el mejor; construyó noventa y tres hospitales, diez universidades públicas y un centenar de escuelas bien amuebladas. El lunes sería su último día de mandato y eran de esperarse las muchas protestas por parte de la gente enfurecida por aquella ley. Habían sido ya siete los atentados en contra del venidero día de las votaciones a lo largo y ancho del país. Rayaron las paredes, tiraron una estatua de bronce y declararon huelga general indefinida. El presidente había tenido que salir a calmar a su pueblo. Él mismo llevaba días sin dormir, se había comido las uñas y su peso se había reducido profusamente.

–Así son las cosas –citó como si a niños les hablará–. Cambiar la ley es estar del lado de los traidores.

Quiso ser paciente, pero la verdad es que comenzaba a irritarse y a sentirse atemorizado con el poder del pueblo. Había sido criticado duramente por la parte opositora, tanto que le hacía sentir vergüenza llamarse a sí mismo líder de la nación.

–Estamos en deuda –dijo el ministro que llevaba apenas unos meses en su puesto, aclarándose la garganta–, restauró los hospitales, construyó nuevos y cumplió cada una de sus promesas, pero esto se ha salido de control.

Cuando había ganado las votaciones, sin duda temió morir, pero prefería aquello mil veces antes que ver a su país sumido en el desorden y la injusticia. La histeria colectiva ya no le dejaba pasearse por las calles o tomarse el café de las cuatro en el parque. Se escondía. Casi sin querer, terminó odiando a cada una de las personas que le gritaban día y noche: «¡Lo amamos, señor presidente!». Lo tenían con la vesícula reventada y orinando sangre.

–Buenos días, señor –el mozo que ya tenía como hábito ayudarlo durante las mañanas se le acercó y le pareció ver a don Alberto avejentado, los ojos reventados de tanto pensar–, en unos días ya no podré saludarlo.

Lo ignoró por primera vez en cuatro años, pero el mozo no dijo nada al respecto, se limitó a observarlo arrastrarse penosamente a la ventana. Solo quería tomarse un último café, recibir la sacristía del domingo y, si después de todo eso, aún quedaba tiempo, tomarse un traguito de ron dando las gracias a los campos de caña de azúcar.

–Señor presidente –el hombre apenas vibró al llamado, pero el mozo se corrigió dudando un poco–. Don Alberto, la verdad quisiera que usted siguiera siendo mandatario.

–¿Hasta cuándo? –le cortó el hombre, sintiendo la vesícula chillarle de dolor nuevamente.

–Hasta que Dios quiera –se lo dijo sin dudar y sonriente.

¿Dios quisiera que se rompiera la ley?, se preguntó en sus adentros, ensimismado. Le sonrió mediamente al mozo y se fue. En su despacho, buscaba la manera de solucionar su dolor. Anocheció y la ansiedad lo cubría todo. Amaneció nuevamente.

En las afueras del congreso todo era un caos, sin embargo, siguieron con los actos protocolarios. Dificultosamente habían logrado elegir a alguien más para tomar el cargo, ya solo faltaba el traspaso simbólico de poder. Pasaron varios minutos y don Alberto no aparecía. Lo buscaron y nada. La expectativa era palpable.

Llegó la primera dama y pidió un micrófono, las manos le temblaban.

–Querido pueblo, –titubeó–, me dirijo hacia ustedes para informarles la dolorosa noticia de que el presidente Alberto, mi amado esposo, ha muerto. En horas de la noche de ayer domingo, mientras dormía, sufrió un ataque cardiorrespiratorio y falleció.

Hubo silencio.

Después de un momento, se escucharon gritos de guerra y la ira de las turbas se apoderó de las calles, exigían el cuerpo del occiso. Tenían que ver para creerlo. Se llenaron sus ojos de lágrimas, porque veían morir frente a ellos la esperanza de seguir viviendo decentemente. Espetaron gritos de amargura y quisieron su cabeza. El amor que hacía unos minutos sentían por él se convirtió en enojo y frustración, querían que se hiciera justicia, su justicia. Y así, asaltaron el palacio presidencial.

–¡Lo encontré! –dijo alguien dentro del edificio usurpado.

Tomaron el cuerpo, lo llevaron al frente de la turba y se dirigieron a la sede de la Corte Suprema de Justicia, que no quedaba muy lejos.

–Exigimos que se haga justicia –gritaron al llegar–. Era su deber moral seguir como líder nacional, sin importar qué dijera la constitución.

–No contamos con leyes para muertos –respondió temeroso un magistrado.

–¡Exigimos que se lo castigue! Todos empezaron a gritar. El papeleo se hizo más que nada por las exigencias irascibles del pueblo, que amenazaba con quemar todo y a todos si no se cumplía con su orden. Y fue así como el país de don Alberto se convirtió en el primero en tener leyes para muertos, siendo el presidente el primero en aplicársele castigo penal una vez erigida la ley, especialmente diseñada con carácter retroactivo.

Sentencia: mandato eterno en la República.

El pueblo fue feliz.


Este cuento forma parte del libro Principio de Antítesis (2022).

Sobre

Comayagüela, Honduras, 1995. Licenciada en Letras con Orientación en Literatura por la UNAH. Narradora. Ganadora del tercer lugar en el III Certamen de Narrativa «Julio César Anariba» (2015) de la Dowal School, por su obra «Los niños gallo». Ganadora del primer lugar en el II Concurso de Poesía y Cuento Corto «Rigoberto Paredes» (2016) de la UNAH, con la obra «Quinoa». Ha colaborado con las revistas mexicanas independientes Gata que ladra (2019) y Escrófula #4 (2019).

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Tegucigalpa, Honduras, 1996. Licenciado en Letras con Orientación en Literatura por la UNAH. Docente universitario, artista visual y comunicador social. Su trabajo como fotógrafo ha sido expuesto en diferentes medios entre los que se cuenta el proyecto regional El Pasado Adelante (2021), promovido por la Cooperación Española, la exposición plástica Sexus Géneris (2022) por parte del Instituto Hondureño de Cultura Interamericana (IHCI) y la exposición individual La desnudez de otro (2022) por el Centro de Artes y Cultura de la UNAH y la GAVIA. Ganador del tercer lugar de los «Juegos Florales de San Marcos de Ocotepeque» en 2022 con el poema «La ciudad».

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