Desplazados: el dilema de volver tras las tormentas

Desplazados: el dilema de volver tras las tormentas

En Honduras, miles de familias viven en zonas vulnerables a los embates del cambio climático y luego de que han pasado las emergencias por tormentas e inundaciones no tienen más opción que regresar al mismo lugar de donde salieron expulsados. Unas 5800 familias necesitan ser reubicadas en el Valle de Sula, según fuentes oficiales.


Texto: Allan Bu
Fotografía: Jorge Cabrera y Amílcar Izaguirre

Durante las tormentas tropicales Eta y Iota de noviembre de 2020, Marta Fúnez perdió su casa que estaba construida con láminas de zinc. Con ayuda de familiares, logró levantar otra modesta vivienda con paredes del mismo material; pero en septiembre de 2022, las aguas del Río Ulúa volvieron a dejarla sin hogar. Ahora afirma que regresará al mismo lugar en el que lo perdió todo y levantará en el mismo sitio una casa de nailon en la aldea Las Chumbas, en El Progreso, Yoro. No tiene otro lugar a donde ir. «Voy a regresar a ver qué puedo hacer», dijo Fúnez. 

Cuando nos acercamos, ella estaba meditando a solas en el patio de recreos de la escuela Pedro Pascual Amaya en El Progreso, que desde hace un mes sirve de albergue a unas 250 personas que fueron desplazadas de sus hogares por las inundaciones. 

Al igual que Marta, hay miles de familias que son amenazadas constantemente por inundaciones, deslaves o fallas geológicas en todo el país. 

La Fundación Cristosal, una organización dedicada a promover los derechos humanos en Centroamérica, ha registrado que entre enero y septiembre del 2022, en Honduras hubo 2,088 desplazados internos y de estos el 78 %, tuvieron que dejar sus hogares por las condiciones climáticas. Solo un 16 % lo hizo por la violencia y criminalidad.

Marta tiene 48 años y se ha dedicado a cortar madera para vender, así crió a sus cuatro hijos. Cargaba leña desde las montañas cercanas a su aldea para venderla a sus vecinas. También vendió ropa usada y siembra maíz. En las lluvias de septiembre del 2022, además de perder su casa, el agua le dañó dos manzanas de cultivo que tenía en sociedad con un amigo. «Yo no tengo otro lugar donde ir, pero si ofrecen otro lugar, ya puede ser un solar chiquitillo [pequeño], yo me voy y no vuelvo ahí [a su aldea]; uno regresa porque no tiene donde ir», dijo.

Estas vulnerabilidades que azotan a Marta y a miles de personas más en zonas como el Valle de Sula, norte de Honduras, o en colonias como la Guillén en Tegucigalpa, zona central o en la aldea La Reina en Protección, Santa Bárbara, occidente del país, aumentan las necesidades de vivienda, un renglón que ya está en una situación crítica.

Según un estudio realizado en el 2020 por Hábitat para la Humanidad, Honduras tiene una necesidad de 522 076 viviendas nuevas, mientras que 844,000 viviendas presentan necesidades urgentes de mejoramiento. Ese estudio, realizado antes de las tormentas Eta y Iota, reveló que el 11 % de las viviendas en el país no tienen acceso agua potable y que el 23 % tienen piso de tierra. 

Hábitat, organización dedicada a facilitar créditos blandos y facilidades a familias pobres para reparar o construir su vivienda, indica en su web que 10% de las viviendas en Honduras están en situación de hacinamiento que un 24.5%, no tiene una tenencia segura, es decir, aún no tienen un documento que respalde la propiedad. 

Octavio Pineda, ministro director del Fondo Hondureño de Inversión Social (FHIS), dijo a Contracorriente que desde el Gobierno se estima que ahora el país necesita 600,000 unidades habitacionales nuevas para cubrir el déficit histórico. El funcionario también estimó que para reubicar a las personas que viven en las zonas más vulnerables se necesitan unas 5,800 viviendas. «Hablamos de la zona más roja, el cordón prioritario», dijo.

El ministro contó que en alianza con la oenegé Cepudo, lograron construir ocho viviendas y reubicar a igual cantidad de familias en la Aldea Guaruma Dos en Villanueva, Cortés. «Hay que hablar con los Gobiernos locales para un tema de reubicación de estas personas que año a año viven la misma pesadilla. — ellos (los damnificados) dicen reparen el bordo— pero la solución no es reparar el bordo, porque si el río viene con fuerza no hay nada que lo pare», expuso.

Pineda mencionó que hay estándares internacionales que aconsejan no construir asentamientos humanos a una distancia mínima de 100 metros del cauce de los ríos, en otros casos la distancia puede ser hasta 500 metros. «En Baracoa [Puerto Cortés] me quedé impactado con la cantidad de inversión que hay en viviendas, que son caras, con detalles finos y se encuentran en los lechos del río o canales. Ahí por más que se repare el bordo y que haya dragado, el río siempre sobrepasa si llega a pico altos como Eta y Iota. No hay forma de detenerlo, siempre va a desbordar».

De acuerdo con las cifras oficiales, 9,315 viviendas fueron destruidas durante Eta y Iota; durante las lluvias del 2022, ya se han superado las 800 viviendas dañadas.

Denis Cabrera, gerente de planificación en Hábitat de Honduras, afirmó que las estimaciones indican que en Honduras anualmente se necesitan entre 30 y 50 mil viviendas nuevas, pero estas cifras están lejos de la realidad pues sumadas las construcciones que ofrecen las oenegés y el Estado, alcanzan entre 12 y 15 mil soluciones habitacionales que se construyen al año.

Añadió que, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), hay 2,1 millones de hogares y de esos el 60% tiene problemas de vivienda. Este déficit se divide en cuantitativo que es cuando se necesita una vivienda nueva y cualitativo, cuando la necesidad es suplida de manera parcial, pero aún se necesita mejoramiento de la casa, hay ausencia de servicios básicos o problemas con la legalidad del terreno. 

Cabrera explicó que las construcciones en zonas vulnerables es una cuestión histórica que se viene arrastrando por la falta de políticas públicas que permitan un ordenamiento territorial. «En el Valle de Sula hay zonas que no son aptas para viviendas y por la carencia o debilidad de políticas públicas y por la necesidad, la gente se establece en cualquier lugar», dijo. 

Agregó que algunas zonas pueden ser habitadas pero con un tipo de construcción muy distinto al que se hace habitualmente. Expuso como ejemplo, que las bananeras, que se ubicaron especialmente en La Lima, hicieron construcciones altas no por pintorescas si no porque hicieron los estudios que así lo recomendaban pero quienes después fueron poblando los territorios donde operaban las bananeras fueron modificando estas directrices de construcción. «Se cambió el uso del suelo y ahora la gente construye como quiere y ahí viene una problemática», dijo. 

En la colonia Policarpo Paz en El Progreso, hay 240 familias afectadas. Sus viviendas están inundadas. En el bordo que protege a dicha colonia del río Pelo, observamos a tres vecinos discutiendo sobre la mejor forma de sacar las aguas que permanecen estancadas y tienen anegadas sus viviendas. Piensan en tapar una compuerta dañada, que es una especie de desagüe para aguas estancadas. El problema es que en lugar de evacuar las aguas, por la compuerta dañada entra más agua desde el río Pelo. 

«Vamos a poner un nailon en la compuerta, por lo menos para que el agua que se está metiendo, ya no siga y así la que nosotros vamos a sacar que se pueda al otro lado», sugirió como solución Rony a Marta y otras personas que viven en esta comunidad.

Un hombre traslada lo poco de lo que logró salvar de su casa inundada luego del paso de la tormenta tropical Julia. Foto CC/ Jorge Cabrera.

Cinthia contó que llevaron maquinaria para reparar el bordo, pero a su criterio, los problemas de la Policarpo son varios y ninguno se resuelve levantando el bordo, aunque aseguró que esto también es importante. Ella dijo que muchos problemas se resuelven arreglando la compuerta antes mencionada. Además, sus vecinos han denunciado que las aguas negras de otras colonias terminan en sus calles y patios. Afirmaron que cuando las lluvias son torrenciales, la Policarpo recibe también un flujo de agua del centro de El Progreso y barrios aledaños. 

Rony agradeció que las lluvias pronosticadas por la llegada de la tormenta Julia al final no fueron copiosas, «Dios nos ama, el alcalde no», dijo y luego agregó que Alexander López, quien dirige por sexto período consecutivo la alcaldía progreseña «le ha dicho a la gente que a él no le importa esta colonia […] supuestamente esas son las palabras del alcalde, aquí en Eta y Iota nunca vimos a Alexander», recordó. 

En esa junta improvisada de vecinos tienen disponible una bomba para retirar agua, pero no tienen combustible. Los pobladores de la Policarpo discuten sobre cómo reunir dinero para echar a andar su plan. 

Mientras caminábamos por una de las pocas calles que lo permiten, una señora de unos 60 años se acercó a Rony y le entregó 40 lempiras ( aprox.1.6 dólares). Es una colaboración para comprar el combustible. «Ya no queremos que nos vengan a estar embarrando la cara de caca [decir mentiras], yo por eso digo que tenemos alcalde en El Progreso pero aquí no lo conocemos, al hombre no le importa nada», sostuvo Rony. A su lado pasó una joven descalza con una bolsa de azúcar, quien segundos después entró en una calle llena de agua. En esa misma calle un niño jugaba en los charcos.

«Estuvimos 40 días en el agua y nadie vino ayudarnos», recordó Cinthia frente a una escuela inundada, «este año, estuvimos 40 días inundados, después solo estuvimos tres días sin agua y ahora estamos otra vez inundados. Es que aquí las aguas del río Pelo pueden bajar, pero también nos afecta las aguas negras de otras colonias, por eso estamos llenos, el alcantarillado no sirve». 

No es la primera vez que los vecinos de la Policarpo unen esfuerzos para mejorar las condiciones de su colonia. Una semana antes, los vecinos consiguieron dos bombas para retirar el agua estancada. «Ese día vinieron de la Municipalidad, le tomaron fotos a las bombas que la comunidad había conseguido y se van a jactar allá de lo que están haciendo bien», dijo un vecino. 

En la Policarpo se escuchan rumores sobre la intención de reubicarlos. «Ahí dicen que querían comprar toda esta colonia para perderla, pero parece que el presupuesto no les alcanza y es obvio que aquí nadie les va a regalar», nos dijo Rony, quien aclaró que solo es un rumor y no hay ninguna propuesta oficial. 

Rony, aclaró que no tiene casa en la colonia, pero que si su padre quisiera vender la vivienda, valorada modestamente en unos 300 mil lempiras (unos 12,090 dólares), no le van a ofrecer ese valor, «le van a querer dar unos 100 mil pesos y con eso no se compra nada». 

Cinthia no planea irse, esboza una sonrisa y se le olvida por unos segundos su casa inundada, “«aquí es bello usted. Tenemos acceso al centro, en cinco minutos estamos ahí, vamos a comprar y regresamos. Cuando pasan estas cosas pues son de la naturaleza y no pedimos que arreglen las casas si no que arreglen esas compuertas», dijo. 

Le consultamos si recuerda a algunos de sus vecinos – quienes se han convertido en desplazados internos por las inundaciones – y tardó muy poco en responder que quienes se han ido es porque se van como indocumentados a Estados Unidos. «Uno cuando está lleno [inundado] dice “Me voy ir a la p […] de aquí” pero cuando está seco nos gusta», contestó.

Mientras caminaban por la calle, Rony y Cinthia iban hablando con varios vecinos, conversaban sobre más lluvias y de repente se escuchó una voz diciendo: «ya me voy a ir a la p […]» Fue un hombre gritando desde el interior de una casa, Cinthia se ríe antes de soltar la siguiente frase, «así dicen, pero al final nadie se va».

Sin fuerza para iniciar

En la aldea La Unión, del sector conocido como los bajos de Choloma, municipio de Cortés, hay una especie de campamento preventivo. Una docena de covachas levantadas con palos de madera y nailon se alzan en una pequeña colina. Los habitantes de la Unión, Banderas y El Higueros en los bajos de Choloma aseguran que es una zona segura frente a los desbordamientos del río Chamelecón. En una de esas improvisadas chozas se encontraba don Pablo Álvarez (65), quien tuvo que salir de su casa ubicada en la aldea El Higuero debido a la alerta de inundaciones girada por la Comisión de Permanente de Contingencias (Copeco) y, aunque al final no pasó nada, muchos dejaron sus casas.

Don Pablo salió de su casa por prevención y tuvo que quedarse en el improvisado campamento porque en el solar de su casa tiene gallinas y al irse a un albergue no podría llevarlas. «Tendría que dejarlas botadas», murmuró. Varias aves caminaban o buscaban insectos a pocos metros del lugar donde conversábamos. 

Durante los huracanes Eta y Iota, las aguas del Chamelecón dañaron el viejo vehículo Pick Up marca Nissan de don Pablo cuando éste intentaba salvar a sus gallinas. Para repararlo tuvo que invertir 15 000 lempiras. Tenía que hacerlo porque el carro es su herramienta de trabajo ya que se dedica al comercio de verduras. «Yo antes sembraba cuatro manzanas de milpa [cultivo de maíz], sacaba 70 u 80 cargas de maíz, no paraba de trabajar porque tenía cinco hijos», recordó y luego, mientras nos señalaba el carrito nos dijo «esto es todo lo que tengo: mi familia, el carrito y la casa, es lo que he logrado en 40 años de trabajo». 

A los 65 años, don Pablo no contempla otra posibilidad más que seguir viviendo en El Higuero, donde todos lo conocen y él conoce a todos. Además, ha perdido la fuerza necesaria para trabajar y comenzar de nuevo, «imagínese andar así», se cuestionó sin terminar la frase. Se imagina que en otro lugar la gente lo verá raro y en su aldea vive desde hace 45 años, «aquí me llevó con la Policía, tengo bastantes amigos y en otra parte la cosa es diferente».

Rodolfo Flores, dentista de profesión, observa el interior de su casa que quedó inundada luego del paso de la tormenta tropical Julia en La Lima, Cortés. Foto CC/Jorge Cabrera.

Lo dijo explícitamente, don Pablo aseguró que ya no tiene la fuerza para comenzar otra vez, «para irme a otro lugar y sin fuerza para trabajar. Estoy haciendo una casa cerca de la mía, pero estoy pagando porque mi hija me manda el pisto, ahora ya no puedo pero yo trabajé duro». Su hija es una migrante indocumentada en los Estados Unidos. 

Don Pablo agregó que muchos de sus vecinos y amigos amenazan con dejar su aldea cuando hay inundaciones, pero que no lo hacen. «Cuando está inundado ahí están diciendo que se van, pero cuando ya pasa la llena, ahí van de vuelta para su casa». 

En el bordo que protege la aldea Banderas del Chamelecón, muy cerca de donde hablamos con don Pablo, estaba Melvin Silva. Al igual que muchos de sus vecinos, él vigilaba que las aguas del Chamelecón no estuviesen cerca de rebasar el bordo o romperlo. En los bajos de Choloma no ha habido inundación, pero los habitantes de este sector han perdido muchas parcelas de maíz, ayote, frijol y otros cultivos. «Esa milpa ya estaba lista para cosechar», afirmó Silva, mientras señalaba una plantación de maíz que casi no se veía entre las lodosas aguas del Chamelecón. 

En ese sector, la mayoría de personas se dedica a la agricultura, ya sea labrando sus parcelas o trabajando para otros. Melvin, antes de Eta y Iota, cultivaba maíz, pero perdió casi tres manzanas que estaban listas para ser cosechadas y decidió no seguir arriesgándose. Ahora es jornalero. Mencionó que como no hay daños en las viviendas no han llegado representantes de los gobiernos local o nacional, «es que la gente dice “ustedes no están inundados” y es cierto, pero perdimos mucho. Yo estoy de acuerdo que la presidenta atienda a los que les tocó salir de la casa, pero después que se acuerde de nosotros», dijo.. 

Melvin se quejó de que en esta emergencia el nuevo alcalde, Gustavo Mejía, no los ha visitado y recordó el abandono que sufrieron por la administración de Leopoldo Crivelli durante las tormentas Eta y Iota. «No le miento, un carro con churros vencidos nos mandó ese hombre», sostuvo. Pese al desentendimiento estatal y la vulnerabilidad de su comunidad, Melvin aseguró que de Banderas nadie se va por esas razones. «Nunca he pensado irme de aquí ¿y para dónde me voy ir?, porque a uno tampoco le van a comprar lo que tiene aquí».

Honduras expuesta

Para hablar de los daños provocados por las lluvias que Honduras recibió entre septiembre y octubre del 2022, el ministro del Fhis, Octavio Pineda, afirmó que hay que hacer retrospectiva pues el nuevo gobierno recibió una infraestructura con gravísimos daños. Declaró que la red vial de alrededor de 9,000 kilómetros, tiene un deterioro aproximado del 70 %. Sobre las escuelas, dijo que hay 17, 528 en el país y que de esas 14, 424 están en mal estado.

«Ya sabíamos que un invierno medianamente fuerte iba a repercutir en departamentos como Santa Bárbara. Ahí la red vial está destruida, tiene un 80 % de afectación. He visitado 17 departamentos de los 18 y los más afectados en su red vial son Santa Bárbara, Yoro, Lempira y Copán», dijo el funcionario. 

En el Valle de Sula lo grave es el estado de los bordos. Pineda apuntó que hay unos 800 kilómetros de bordos y canales de alivio, pero que de esos, al menos 500 estaban en mal estado al asumir la presidencia Xiomara Castro. Por ahora solo han sido intervenidos unos 150 kilómetros por parte del Fhis y otros 60 kilómetros han estado a cargo de la Secretaría de Infraestructura y Transporte (SIT). «Entre ambos no hemos cubierto ni el 50% de la afectación», reconoció el funcionario.

Pineda manifestó que en el Gobierno ya existe un plan de infraestructura para la prevención de las inundaciones, especialmente en las zonas más vulnerables. «Los valores son muy altos, ya entregamos un plan de acción integral para la protección del Valle de Sula. Ahí se plantean intervenciones a corto, mediano y largo plazo», agregó Octavio Pineda.

Misael López, un campesino de la aldea el socorro en el progreso, Yoro muestra sus cultivos de yuca dañados por las inundaciones que dejo la tormenta tropical Julia. Foto CC/Jorge Cabrera.

Pineda también dijo que, de acuerdo a las estimaciones realizadas solamente para realizar obras urgentes en los bordos, se necesitan 532 millones de lempiras, pero a mediano plazo se necesita invertir otros 2,000 millones de lempiras para fortalecer estas estructuras. Se plantea hacer un dragado en los ríos Chamelecón, Ulúa y Humuya con un costo aproximado de 1,200 millones de lempiras. 

Por último, como una medida a largo plazo, en el ministro del Fhis mencionó la construcción de tres represas: El Tablón ($250 millones), Los Llanitos ($535 millones) y Jicatuyo ($560 millones). Adelantó que para realizar todo el plan de protección al Valle de Sula en bordos, dragado y las tres represas se necesitan 34, 000 millones de lempiras (aproximadamente 1400 millones de dólares) para bordos, dragado y la construcción de las tres represas, «Empezamos con los bordos y el siguiente año [2023] se va a hablar mucho del tema de dragado», dijo.

«Si hablamos de cuál será la obra insigne para la presidenta Xiomara, pues será El Tablón, Jicatuyo y Llanitos, requieren entre 7 y 9 años el tiempo de construcción, pero el Tablón su ejecución es de cuatro años. Ya se tomó la decisión que será de usos múltiples o sea que tendrá como objetivos el control de inundación, sistema de riego y generación de energía», manifestó Pineda. 

Pineda también dijo que en gobiernos anteriores no se hicieron obras de mitigación ni obras resilientes y que en este momento el país es totalmente vulnerable. «Prácticamente el 65% del país es vulnerable. Mire en Tegucigalpa unas 350 mil personas están en barrios y colonias con fallas activas, el Valle de Sula tiene problemas con las inundaciones, Santa Bárbara y Copán sufren con fallas geológicas, que se pueden activar con saturaciones y Lempira tiene una baja infraestructura vial […] Así podría mencionarle cada departamento. El 65% de todo este país está propenso a catástrofe con lluvias intensas de una semana a 14 días», agregó.

La Lima: «vulnerable y bonita»

El domingo 9 de octubre, el río Chamelecón rebasó los niveles de alerta, muchos limeños salieron de sus casas para protegerse de lo que se anunciaba como una nueva tragedia para La Lima, que fue enclave bananero en el norte de Honduras. Un día después, las aguas del río bajaron, pero muchos habitantes del pueblo se mantenían en alerta en las orillas del puente que une «Lima Nueva» con «Lima Vieja». Ahí estaba don Guillermo, un sexagenario que tiene 35 años de vivir en La Lima.

Andaba expectante, pero dijo que nunca ha tenido la intención de dejar su pueblo. «s que aquí es bonito, hombre. Tiene grandes ventajas, está a media hora de las dos ciudades más importantes de comercio. Sí, este pueblito es bien bonito. Hay buses para todo lado, por eso es que la gente mejor aguanta”. 

Hay una razón para decir lo anterior. Don Guillermo contó que él vive en una zona que no es tan afectada por las inundaciones y que tiene una terraza alta para salvaguardar sus posesiones. No obstante, afirmó que hay zonas muy bajas y que después de las tormentas Eta y Iota pasaron unos seis meses entre agua y lodo. «Pero yo nunca he tenido la idea de irme y en general aquí son muy pocas las personas que se han ido por la vulnerabilidad», dijo. 

Más adelante se encontraba una mujer que prefirió omitir su nombre, y conversó sin problemas tomándose con humor las inundaciones: «estos meses son cruciales. A mis conocidos les digo que La Lima es una ciudad mágica, pues en abril nosotros vamos a los ríos y estos meses, los ríos vienen a nosotros».

Tiene 40 años viviendo en La Lima y presume que nadie le va a venir a «hablar de llenas [aumento del cauce de los ríos], aquí el asunto es que cuando usted mira la cosa seria agarre sus cachivaches y salga porque no es broma. Uno se adapta donde vive y ya le entiende a esto, con tal de tener su familia seguro».

–¿Y usted nunca ha pensado en irse de aquí? 

– No, es que tenemos un barracón, ahí subimos las cosas, además mi madre tiene sus raíces aquí y sacarla es bien difícil. Mire, para Eta y Iota hasta que la amenazamos con echarle una patrulla de la Policía se salió de la casa.

Los niveles del río Chamelecón durante las tormentas pasadas hicieron que familias enteras del sector del mismo nombre buscan refugio en la zona alta y bajo el puente de la salida al sur de San Pedro Sula. Foto CC/ Amílcar Izaguirre

El ministro del Fhis, Octavio Pineda, sugirió que debe haber un plan nacional de ordenamiento territorial pues «si no, vamos a tener los mismos problemas y lo que se exponen aquí son vidas humanas. Mire las bananeras construían sobre polines con una altura no menos de 2.5 metros y se dejaron de hacer esas obras. La Lima está abajo del nivel del mar, se tiene que hablar de obras resilientes y los alcaldes deben obligar a construir de modo que pueda resistir las embestidas. Hay que cambiar la cultura», dijo.

Por otro lado, reconoció que la gente construye de acuerdo a la capacidad que tiene y ahí es donde deben entrar el Gobierno Central, las municipalidades y la comunidad para establecer lazos de ayuda. «Hay que iniciar un cambio de cultura que a 40 0 50 años se van a ver los frutos, aquí todos pensamos en función de cuatro años», reprochó. 

Dennis Cabrera, gerente de planificación en Hábitat de Honduras, afirmó que la situación de vivienda en Honduras no está organizado, pues hay diversas instituciones que tratan el tema. «Nunca hemos tenido un ministerio de vivienda; hay aprobada una ley de asentamiento, pero nunca se concretó el ministerio y las normativas que facilitan adquirir una vivienda adecuada se van disminuyendo y los pobres son los que más lo sufren». 

Resaltó que ya hay déficit histórico y que cada año va aumentando por diversas razones: «No hay políticas públicas, lo caro que es el acceso a vivienda y salarios precarios de la gente. Al no haber una relación congruente entre ingresos y necesidad de vivienda la gente va alimentando más los asentamientos irregulares porque la gente tiene que construir su hábitat», dijo. 

Cabrera concluyó que desde el Estado se debe impulsar alguna política pública que impulse el acceso a la tierra para que las personas no se vayan a asentamientos irregulares porque la precariedad daña la dignidad humana y en segundo lugar genera problemas al Estado. «No olvidemos que la vivienda es un derecho humano y el Estado es responsable de garantizar los derechos de las personas, y no es que va regalar viviendas masivas, pero sí debe procurar oportunidades para que todo hondureño tenga acceso a una vivienda adecuada».

Las oportunidades que menciona Denis Cabrera son lejanas para la familia de María Julia Hernández, residente de la colonia Martínez en La Lima, quien al preguntarle si podría moverse a otro lugar que no esté amenazado por las inundaciones, respondió «¿Y yo para donde voy agarrar?, si ni caminar puedo», nos dijo. Se encontraba sentada en una vieja silla al lado de la improvisada choza que construyeron sus hijos en el bulevar que une San Pedro Sula y El Progreso. Mencionó que hay algunos de sus vecinos que durante las lluvias buscan un lugar seguro, pero regresan cuando ya se calma todo y explicó que «hay algunos que no vuelven porque se van mojados, no se quedan en Honduras». 

Cuando escucharon que los niveles del Chamelecón sobrepasaron los niveles de alerta, salieron con unas pocas pertenencias. «Nos asustamos porque el río estaba topando al puente», dijo Susana, una de las nueras de María Julia. 

Para ellas, salir de La Lima es utópico, pues el valor de la casa no se lo van a pagar. «Si uno quiere vender, ni lo que ha gastado le quieren dar, aquí no compran casas. No sirve el barrio porque cada rato se inunda y la gente anda buscando un lugar seguro», sostuvo María julia que no ve otra solución más que la que han encontrado hasta ahora, «nos toca irnos a la casa y estar así, se vuelve a meter el agua, pues nos volvemos a salir».

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Periodista y libre pensador.
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Nació en 1985 en el municipio de Trojes, El Paraíso. Es licenciado en Periodismo egresado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Ha trabajado 15 Años como reportero gráfico en distintos temas y medios escritos en Honduras.
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De nacionalidad nicaragüense y hondureña. Fotoperiodista con 20 años de experiencia en coberturas de contenido internacional. “El fotoperiodismo está presente en mi vida desde hace más de dos década y continúa siéndolo día tras día. “
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