Mi Casio F-91w: cuando un reloj se vuelve compañía

Texto y fotografías: Diego Aguilar

Le escribí una carta de amor a uno de mis relojes. Mi Casio F-91w. Seguro que alguna vez has visto uno igual por ahí. O miles. Es un reloj bastante común. Pero este es el mío. Y esta es su historia. 

Si digo «historia» se puede suponer que tengo este reloj desde hace tiempo, y por eso lo conozco bien. Lo primero es que no hay que dejarse engañar por el humilde aspecto de este reloj (adorable, parece una minitelevisión en tu muñeca) ni por su bajo precio, unos 300 lempiras (12 dólares), porque si pudiera cuantificar en moneda el valor que este reloj ha añadido a mi vida estaríamos hablando de una buena cifra. 

Tengo que aclarar que el primer F-91w que usé extensamente, el MK1, ni siquiera era mío. Me mudé al extranjero en 2019, un año en el que vi e hice muchas cosas. Entre ellas fue conocer a una de mis mejores amigas, Jade. Cuando la conocí, ella tenía uno de estos bandidos en su muñeca derecha. Sobra decir que, desde que la conocí, el reloj llamó mi atención. Un día, después de oírme delirar con él, Jade me dijo que me lo llevara a casa y se lo devolviera cuando quisiera. Fue entonces cuando descubrí sus proezas en el campo. 

Te ponés este reloj y cantan los ángeles. Es sumamente cómodo. Es tan discreto en su uso y ajuste real en la muñeca que realmente no lo sentís. Se lleva más como una pulsera que como otra cosa. Se apoya en la muñeca y se confunde perfectamente con el brazo. Este reloj se desliza bajo cualquier puño de camisa (descarado) o abrigo, lo que lo convierte en el reloj perfecto para «hacer lo que sea». Es digital, así que con solo pulsar tres botoncitos podrá: dar la hora, despertarte con una alarma, cronometrar comidas o prender la lucecita. Hay quienes dicen que el tamaño no importa, es más cómo se usa. Esta pequeña y resistente galletita, midiendo unos escasos 34 mm, es capaz de acompañarte en las grandes aventuras o en la rutina diaria. 

Pero suficiente márketing, mejor contaré una historia: 

En 2020, la pandemia de COVID-19 asoló el mundo. Como me di cuenta que íbamos a pasar mucho tiempo en casa, mis relojes más voluminosos se quedaron en el cajón. El F-91w no. Este reloj estuvo atado a mi muñeca durante todos esos meses de cautela. Recuerdo que llevaba el MK1 cuando me subí a la bicicleta por primera vez en años. La bicicleta se convirtió en mi principal medio de transporte y en mi consuelo personal mientras pasaban esos meses en los que subirse al transporte público parecía una condena. Ni una sola vez este reloj se clavó en mi muñeca mientras montaba en bicicleta. Pasando casi todo el día encerrado (pues trabajaba a distancia), utilizaba el cronómetro para mensurar mis escapadas y volver al trabajo a tiempo. Eso es algo que sigo agradeciendo porque, de otra manera, creo que me habría vuelto loco.

De alguna manera, este reloj siempre se iba a la cama conmigo durante aquel tiempo de encierro. Y también me acompañaba durante todos aquellos días de soledad. Por la mañana, sonaba mi alarma y le daba al snooze. Tras cinco minutos más en la cama, bebía un poco de agua y comenzaba mi día. Lo empezaba siempre con una serie de ejercicios de respiración y asanas. Utilizaba el cronómetro para llevar cuenta de la retención de oxígeno en mis ejercicios. De vez en cuando, yo veía una ligera mejora que podía medir gracias a mi reloj. Esto me producía gran alegría. En días más lentos, veía el tiempo y no me importaba mucho porque estos ejercicios eran una suerte de afirmación de vida. Realmente me hacían empezar con buen pie mis tareas. Este reloj formó parte de eso. Y de hecho, creo que fue la pieza fundamental para que todo sucediera «a tiempo». 

Como dije, es un reloj que se encuentra en las muñecas de la gente, de todas las edades, de todas las profesiones y condiciones sociales. 

Por ejemplo, recuerdo cuando estaba viajando por la región vinícola de Argentina, Mendoza, algunos meses después de que comenzó la pandemia. Caminando de vuelta a casa con un amigo después de una alegre degustación, nos encontramos un conocido suyo. Me presentaron. Mattia luego se convertiría en mi amigo por la noche. Mattia también llevaba su Casio F-91w. Calentado por el vino, le indiqué que teníamos el mismo reloj de pulsera. Por supuesto, aquello dio pie a que se intercambiaran los números de teléfono y se organizaran planes para ir a la ciudad al siguiente día. Me gusta pensar que este gesto condujo a una de las noches más memorables y emocionantes de mi vida.

Siempre he creído que el Casio F-91w debería estar al alcance de todos. Seamos coleccionistas de relojes o no. 

Para cerrar, como dije, esta es una carta de amor. La otra noche, mi pareja vino a cenar. Cociné una pasta que mi hermano me había enseñado a hacer y luego nos pusimos cómodos en el sillón y pusimos un documental. Después de terminado, a dormir. Acostados, la habitación estaba velada por una agradable oscuridad. Me tumbé de lado y mi pareja se acercó a mí. Su cabeza estaba apoyada en mi hombro. Después de un rato en que pareció quedarse dormida, se despertó y preguntó: «¿Qué hora es?». Levanté el brazo para ver. Nada. Solo oscuridad. Me acordé. Alcancé con mi otro brazo, ahora abrazándola por completo, y presioné la luz. «Mirá», dije. El reloj estaba muy cerca de su cara y sus ojos, y este reloj tuvo la delicadeza de mostrarle qué hora era con una respetuosa luz verde. Momentos como este rara vez ocurren hoy en día. Pude haber respondido su pregunta agarrando cualquiera de nuestros teléfonos, y sí, habría sabido la hora, pero también habría visto cualquier cantidad de notificaciones, perdiendo así un momento que merecía ser solo nuestro. Nada mal para un reloj de 12 dólares.

Sobre
Diego Aguilar es estudiante de Comunicación Social. Escritor. Deportista. Amante de las emociones fuertes. En la perpetua búsqueda de esos tesoros que solo se encuentran en libros. Reside en Buenos Aires, Argentina.
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