Marisol y yo

Texto: Rocío Anderson
Ilustración: Pixabay

Me gusta tener pesadillas. De esas en las que tenés que despertar varias veces antes de despertarte de verdad. Entre más oscuras y perturbadoras, mejor. En realidad, no es la secuencia terrible de imágenes en sí lo que disfruto, sino el alivio de encontrarme en una realidad considerablemente mejor que lo que me estaba imaginando. Recuerdo que ese primer año en Buenos Aires no tuve ninguna. Al contrario, mi subconsciente reproducía con despiadada vividez escenas cotidianas de mi vida anterior. Lo más cruel era cuando estaba a punto de abrir los ojos. El murmullo de mis compañeros de residencia en la cocina sonaba como mis hermanos desayunando antes de ir a la escuela, y del bar de abajo subía un aroma a algo que estando semiconsciente se podía confundir con café hondureño, y hasta la manta tiesa y peluda con la que me tapaba los pies me parecía que era Capitán, el perro miedoso de mi abuela, que le gustaba amanecer en mi cama cuando llovía. Despertarse de algo así es desolador. 

Siempre me imaginé que a Marisol le pasaba lo mismo en el zoológico. Su jaula estaba ambientada y climatizada para recrear su hábitat con precisión científica. Había hasta parlantes que reproducían sonidos de jungla: agua borboteando, monos aullando a lo lejos y, por supuesto, otras guacamayas cantando y platicando. Hacía todo lo posible para no despertarla cuando le llevaba su fruta en la mañana y así no tener que verla caer en cuenta de dónde estaba en realidad. 

Cuando me escuchaba llegar, abría los ojos y el pico, como si estuviera a punto de cantar. Pero al reconocer su cautiverio, cambiaba la canción por un grito desesperado. 

Llegué a ese trabajo en el zoológico como reemplazo de un compañero de la universidad que iba a pasar el verano en su provincia. Era informal y pagaba muy poco, pero me acababan de robar el celular en el tren y me tuve que comprar uno nuevo con los dólares que me había dado mi abuela antes de viajar. Se suponía que ese dinero me tenía que durar por lo menos tres meses más, así que salté a la primera oportunidad laboral que se me presentó. No hubo entrevista y la capacitación fue una hoja de papel de cuaderno con las horas a las que había que cambiarles el agua y la comida a todos los pájaros. Abajo de todo había una nota en mayúscula:

OJO CON MARISOL

Cuando llegué a la residencia después del primer día, mi compañera de cuarto pensó que me habían vuelto a asaltar. Marisol me había rasguñado el cuello y picado los dedos a través de la reja. Atacar cuidadores parecía ser lo más estimulante de todo su día. El resto del tiempo gritaba de estrés y preocupación durante horas, ahogando los sonidos ambientales que se suponían que la relajaban. Los veterinarios argumentaban que solo tenía una personalidad difícil, pero que con el tiempo se iba a apaciguar. Cuando pregunté, nadie me dio una respuesta clara de cómo la habían conseguido, pero me aseguraron que era «rescatada», y que solo estaba allí mientras se sanaba una de sus alas. 

Yo le empecé a hablar. Le contaba como venía mi semana y hubo veces en las que en todo un día no hablaba con nadie más después de ella. Hace años, mi papá me había contado que los dialectos y acentos de una región suelen imitar los sonidos de los animales nativos. O tal vez era al revés. Pero mi teoría era que Marisol me iba a querer más si se daba cuenta de que veníamos de las mismas latitudes. Yo sé que me escuchaba: porque durante todo el tiempo que yo me desahogaba, ella dejaba de quejarse.

Una mañana llegué muerta de hambre y con resaca al zoológico. Al borde del desmayo, abrí la refrigeradora donde guardaban la fruta de los pájaros y me encontré no solo con la primera papaya que había visto en Argentina desde que llegué, sino también la más grande, colorida y jugosa de toda mi vida. La partí en cuatro y, con un huracán en el estómago, se la llevé a Marisol. 

Ella, por primera vez permitiéndose una canción de alegría, voló hacia el plato y con sus talones pescó dos de los cuatro pedazos para comérselos en su rincón. Los otros dos gajos, los dejó intactos en el plato. Fue ahí cuando me atreví a abrir la puerta de la jaula, y entré.

Antes de trabajar en el zoológico yo ya sabía un par de cosas sobre la guacamaya porque es el ave nacional de Honduras, y en quinto grado hice una cartulina por puntos extra para mi clase de Cívica. Sabía que su nombre científico es «Ara Macao», que están en peligro de extinción desde 1998 y que pueden llegar a vivir hasta 70 años. Pero lo más triste es que sabía que se emparejan de por vida, que son notorias por vivir siempre con su misma familia.

Una vez hicimos un picnic con mi mamá y mis hermanos en el río Cangrejal, y en la otra orilla veíamos un árbol que tenía seis guacamayas que parecían hojas rojas y amarillas. Parecía que se reían entre ellas y, cada tanto alguna volaba a otro árbol y regresaba con algo en el pico y así retomaban la «conversación». Recuerdo haber pensado que éramos dos familias, una a cada lado del río, disfrutando del sol de la selva. 

Y un día nos despertamos las dos en la misma jaula. Solas, extrañando, compartiendo una papaya.

Así nos acompañamos hasta que mi amigo, Andrés, volvió a Buenos Aires y le tuve que regresar su trabajo. 

Mi último día en el zoológico pedí el turno de la noche. 

Entré a la jaula de Marisol y le expliqué todo. Le pedí que siguiera portándose mal, y le prometí que nos íbamos a volver a encontrar en un lugar más colorido. Limpié su plato por última vez, y me llevé una pluma. 

Yo, al igual que Marisol, nunca pude terminar de adaptarme. Estuve tres veranos más en Buenos Aires rotando entre chambitas en tiendas de ropa y de cobertores de celular, hasta que pude ahorrar lo suficiente para regresar a Honduras y quedarme del todo. 

El zoológico lo cerraron poco después de que dejé de ir, y Andrés me contó que a Marisol –supuestamente– la llevaron a Colombia. 

No he vuelto a ver una guacamaya tan de cerca. Mejor así. Si las ves bien no son muy majestuosas que digamos, en realidad son bastante horribles; pero también porque, ahora –acá–, cuando voy al río y las veo volando alto, y lejos, en grupos de cuatro o de seis, me gusta pensar que alguna podría ser ella.

Sobre
Rocío Anderson nació en La Ceiba, Atlántida en 1996, a dos cuadras del mar, en una casa llena de libros. Actualmente está en su quinto y último año de la carrera de economía y finanzas en la Universidad de Palermo. Vive en Buenos Aires, Argentina desde el 2019. Ha escrito ensayos, narrativa y poesía.
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