Todo se vale

olla

Por Miguel Cálix Cueva 


Tras colocar, con delicadeza, el capullo de kadupul que decoraría el platillo, el chef Marcel Antoine Lambon retrocedió un par de pasos, se frotó las manos y esbozó una sonrisa, al contemplar a su mayor y más ambiciosa creación culinaria terminada. Se trataba de un postre, excepcional desde su misma concepción, que desafiaría las reglas del oficio al hacer depender su apreciación final de un evento sobre el cual nadie tendría control alguno. Tal como se lo había explicado su proveedor, la flor kadupul —también conocida como «la reina de la noche»— es una enigmática flor que nace a medianoche y muere en la madrugada, por lo que su dulce esencia solo puede sentirse por un breve lapso. Utilizarla en su receta era sin duda algo extremo, pero después de treinta años de experiencia, cuando se quiere alcanzar la victoria, todo se vale.

Decir que era un platillo elaborado con los más finos ingredientes era poco: el chef Lambon había aprovechado su excelente reputación para obtener los de mejor calidad, con el único objetivo de que fueran parte de su obra maestra, y pudieran ser degustados por los mejores cocineros y críticos en el certamen que decidiría esa misma noche cuál era el mejor postre del mundo.

Infortunadamente, Lambon, emocionado como nunca, había caído fulminado por un infarto en esa misma cocina minutos después de darle el toque final a su creación, por lo que no tenía manera de presentarla oficialmente al concurso.

«¡Es una jugada del destino!», dijo con voz amarga su espectro, atrapado en un brumoso limbo mientras apreciaba orgulloso el resultado de su esfuerzo. En ese mismo instante retornó a él la fugaz consciencia de su último respiro: ya no podría dar a conocer su maravilloso postre.

Tras reflexionar durante un rato y merodear por su cocina, Lambon llegó a la conclusión de que la única forma en que su postre podía concursar era que alguien lo presentase por él, de forma póstuma. Pero, ¿quién podría presentar su platillo en el concurso? Casi de inmediato, pensó en Maurice, su talentoso sous-chef, pero había tenido extrema cautela con respecto a quién le hablaba de su ambicioso proyecto, y no le había revelado que lo preparaba en la cocina de su propia casa. En seguida, consideró a su hija, Sophie, a quien los críticos le auguraban un futuro brillante siguiendo sus pasos en el mundo de la cocina, pero terminó descartando la idea, puesto que ella estudiaba en una prestigiosa academia culinaria en Japón, por lo cual aún desconocía su repentina muerte. Por último, sumido en la desesperación, le vino a la mente su acérrimo rival, el chef Patrice Bernard, pero desechó la idea categóricamente, pues al ser su antagonista de toda la vida nada le garantizaba que no presentaría el postre como suyo. Definitivamente, estaba en un grave predicamento. 

«¿Quién?», se preguntaba el angustiado cocinero, mientras su espectro deambulaba por su cocina. «¿Quién? ¿Qui…?»

Súbitamente, su mente encontró la solución.

Esa misma noche, cuando la «flor de la luna» desprendió su efímera y excéntrica fragancia, los cuatro miembros del jurado decidieron que el postre del chef Marcel Antoine Lambon era, sin lugar a dudas, el mejor postre del mundo. Al escuchar esto, el chef sonrió satisfecho y alzó las manos en señal de victoria. Lo había conseguido. Había triunfado.

Utilizar un capullo de flor de kadupul en su postre podía considerarse arriesgado, pero había resultado. Lo mismo podría decirse de hacer los arreglos necesarios en el más allá para que, en el momento de la competencia, el techo del camerino de los jueces del concurso se derrumbara «por accidente», matándolos en el acto. Pero aquello no importaba ya. Era apenas un detalle menor que había facilitado la evaluación exitosa de su obra maestra, el mejor postre de este mundo… y del otro. Porque, cuando se quiere alcanzar la victoria, todo se vale. Todo.

Sobre
Miguel Cálix Cueva (Tegucigalpa, 2003), joven escritor hondureño, egresado del Liceo Franco Hondureño, y quien actualmente comenzará sus estudios de Letras modernas en la Universidad de la Sorbona, en París. Ha escrito algunos cuentos cortos, y participado en dos talleres de narrativa breve, organizados por el escritor hondureño Luis Lezama Bárcenas.

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