La cura

arte | doctor

Por Kalton Bruhl


El doctor Page entró a la habitación de su hija. Sintió un vacío en el estómago al ver la terrible figura que parecía inclinarse hacia la pequeña niña. Tardó un tiempo en recomponerse. No era más que la sombra de un perchero que se proyectaba siniestramente al lado de la cama. Pensó en descorrer las cortinas, pero no quería despertar a su hija. Ahora dormía. La placidez de su respiración contrastaba con la tos que le atenazaba la garganta cuando estaba despierta. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Todos los tratamientos habían fallado. Los médicos le habían dicho que no quedaba más que asegurar la calidad de sus últimos días. Él se resistía a aceptarlo. No tenía a nadie más en el mundo. Si en un platillo hubiesen colocado el destino de la humanidad y en el otro la vida
de su hija, él no habría dudado un solo instante en decidir hacia dónde se movería el fiel de la balanza. 

Salió de la habitación y se dirigió a su laboratorio. La ciencia, se dijo, es como la libertad: sus verdaderos límites los establece la moral. Ahora que Amanda estaba agonizando, sus escrúpulos habían quedado relegados al rincón más apartado de su conciencia. Desde luego, sin ese lastre, sus investigaciones avanzaban en forma acelerada. Ya había aislado el virus causante de la enfermedad. Podía detener su avance en las etapas iniciales, cuando aún era vulnerable, pero en el estado en que se encontraba su hija, el virus ya había mutado infinidad de veces. Sus descubrimientos eran suficientes para crear una vacuna que significaría la salvación para millones de personas. Él se limitó a lanzar las muestras al cesto de la basura. Se llevó las manos al rostro y dejó escapar un grito de frustración. No entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Cerró los ojos y comenzó a respirar rítmicamente. Debía tranquilizarse. Visualizó el virus. Lo imaginó en permanente transformación. Súbitamente abrió los ojos. La solución era tan obvia, se dijo, volviendo al microscopio. Nada es eterno. Todo tiene un principio y un final. Lo mismo sucedería con el virus. Tarde o temprano alcanzaría su última mutación. El problema residía en que las células no contaban con el tiempo necesario para regenerarse. El doctor Page volvió a desanimarse. Era una carrera perdida. El logro que esperaba alcanzar era más propio de un alquimista que de un científico. Quizás existía otra solución. Una más inmediata. Volvió a concentrarse. Ningún virus puede medrar en células muertas. Sin embargo, una absoluta muerte celular implica, por fuerza, la muerte de cualquier persona. Sería necesario simular la muerte de todas las células. 

Tras deshacerse de los cuerpos de un pequeño zoológico de perros, gatos y ratas, decidió darse una ducha. Dejó correr el agua fría sobre su cabeza mientras se masajeaba con fuerza el cuero cabelludo. La respuesta estaba allí, en el fondo de su mente. Estaba seguro de ello. Cerró la válvula y se quedó unos momentos tiritando. Finalmente tomó una toalla y la anudó a su cintura. Se plantó frente al espejo. Miró fijamente a su propia imagen. No podía fracasar. No debía fracasar. Lanzó un puñetazo al espejo. Algunas astillas de vidrio se incrustaron en sus nudillos. Los retiró uno a uno. Abrió el grifo del lavamanos. Los hilos de sangre se arremolinaban en el borde del desagüe. Comenzó a reír. Ya no tenía que buscar más. El virus mismo tenía en sus componentes químicos el germen de su destrucción. 

Los resultados de los experimentos le devolvieron la esperanza. Corrió a la habitación de su hija. Ella abrió los ojos por un momento y le dedicó una débil sonrisa. Él hizo un esfuerzo por sonreír. Era tan fácil desmoronarse ante la ominosa certeza de su sufrimiento. No debía mostrarse débil. Debía ignorar la opresión en el pecho. Se acercó a ella y se inclinó para darle un beso en la frente. Nadie podía arrebatársela. No lo permitiría jamás. 

Contempló el líquido amarillento que llenaba la jeringuilla. Oprimió suavemente el émbolo. Una pequeña gota se deslizó por la aguja hipodérmica. Limpió el hombro de su hija con un trozo de algodón empapado en alcohol, luego le inyectó todo el líquido. La niña dejó escapar un suave quejido, pero siguió dormida. 

Pasaron las horas. La angustia era insostenible. Asió la muñeca de su hija. El pulso era casi imperceptible. Colocó la palma de la mano sobre su pecho. Era difícil determinar si respiraba. De pronto el doctor Page sintió miedo. Sabía que debía producirse un estado letárgico casi idéntico a la muerte. Sin embargo, siempre existía la posibilidad de un error en la dosificación. La espera se convirtió en un verdadero infierno. 

Por la noche, los signos vitales desaparecieron por completo. La espera sería ahora más terrible. Los días transcurrieron lentamente. El doctor tenía el aspecto de un vagabundo. No se había aseado en tres días. Tampoco había comido nada. Apenas había bebido unos cuantos sorbos de agua cuando la sed se había vuelto demasiado acuciante. El cuerpo de su hija seguía intacto. No había detectado ni el más pequeño atisbo de descomposición. Sabía que había triunfado. La muerte que él había fabricado estaba venciendo a la verdadera muerte. Una simple molécula terminaría por derrotar al más poderoso de los ángeles del Señor. 

Ver cómo su hija abría los ojos había sido igual a volverla a ver nacer. «¿Cómo te sientes?», le preguntó, acariciándole una mejilla. Ella no respondió. Incluso pareció no reconocerlo. Él no se sintió desanimado. Lo peor había pasado. Ya iría mejorando. 

El doctor Page abrió la puerta de su casa. Entró silbando. Bajo uno de los brazos llevaba un cachorrito. Era una sorpresa para su hija. Lo levantó con ambas manos y se lo acercó al rostro. Sonrió mientras el pequeño animal intentaba lamerlo. Amanda se pondría feliz. 

Amanda estaba despierta. A decir verdad ahora casi nunca dormía. Podía quedarse inmóvil durante horas. Pero era una especie de vigilia. Cualquier ruido la hacía aguzar sus sentidos. El doctor entreabrió la puerta de la habitación de su hija. Escuchó los pasos de Amanda. Deslizó al perrito hacia el interior y cerró la puerta de prisa, apoyando su peso en ella. Corrió los cerrojos. La puerta era gruesa, pero aun así pudo escuchar los lastimeros quejidos del cachorro. Luego sobrevino un terrible silencio que quedó roto por los desagradables ruidos que hacía Amanda al masticar. 

Recordaba con nitidez aquel día. Le había llevado un poco de papilla a su hija. Ella se había limitado a lanzar una feroz dentellada. No hacia la cuchara, por supuesto, sino hacia su mano. Recordó cómo poco a poco su cuerpo iba recuperando la movilidad. El repentino enrojecimiento de sus ojos. Los sonidos guturales que surgían de su garganta, como si una furia inmemorial quisiera gritarle al mundo que el final de los tiempos había llegado. Él había acondicionado la habitación. Una argolla en la pared y una gruesa cadena. Barrotes en las ventanas. Cristales insonorizados y una puerta de doble grosor. No había hecho los cambios por temor. Era imposible que su hija le provocara algo más que amor. Debía protegerla. De ella misma, pero sobre todo, de los demás. Si llegaba a escapar, podrían hacerle daño. Podrían arrebatársela. Sintió un escalofrío. No sería capaz de soportarlo. 

Pasaba la mayor parte de su tiempo en el laboratorio. Había vencido a la muerte. Ahora debía devolverle a Amanda la humanidad que había perdido. Quería escuchar su voz, no esos terribles gruñidos. Daría cualquier cosa por volver a escucharla diciéndole papá. Respiró profundamente, anticipando ese momento. Su felicidad sería completa. Sin embargo, la nueva cura se le resistía. Estaba seguro de que no existía ningún daño neuronal. Tampoco podía tratarse de un simple trauma psicológico causado por la reanimación. Había algo que se le escapaba. Seguro que la respuesta sería sencilla. Debía ver primero lo más evidente. Adelantó los labios y los levantó en dirección a su nariz. Necesitaba pensar. 

El doctor Page tardó bastante en dejar de reír. Tenía razón. La solución era más que evidente. Había sido un tonto al no haberla encontrado por sí mismo. Un filósofo alemán le había mostrado el camino. «Somos lo que comemos», había dicho Ludwig Feuerbach. Sólo debía cambiar la dieta de Amanda. Sintió deseos de bailar. Ya era tiempo de que Amanda volviera a jugar con algún niño.

Kalton Bruhl Author
Sobre
Honduras, 1976. Escritor, miembro de la Academia Hondureña de la Lengua. Premio Nacional de Literatura «Ramón Rosa» 2015, primer premio en el certamen Arcadio Ferrer Peiró de Narrativa en Castellano del Ayuntamiento de Canals (España, 2010), III Y IV Premio de Relato Sexto Continente (España, 2010 y 2011), Premio único del III Certamen Literario Centroamericano Permanente de Novela Corta (Honduras, 2011), entre otros. Su obra ha sido publicada en diversas antologías en España, México, Estados Unidos y Argentina.

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