El secreto

Por Kalton Bruhl

La confesión de mi abuelo mientras agonizaba en su cama me tomó por sorpresa. Cuando me habló de la existencia de un doble, pensé que no era nada nuevo. Muchos explicaban  de esa forma la supervivencia de aquel hombre al atentado de 1944 y así se lo hice saber. Mi abuelo sonrió. La aparición  del doble era mucho más antigua. Me habló entonces de su descubrimiento. Se hallaba realizando, a finales de 1950, una investigación en los archivos del hospital Beelitz-Heilstätten cuando encontró un reporte de defunción fechado en octubre de 1916. Le extrañó encontrarlo traspapelado en un anaquel que no le correspondía. Lo leyó por curiosidad. Una septicemia originada por una herida de bala en la pierna había acabado con la vida de aquel soldado. Sintió un vacío en el estómago al leer el nombre del paciente. Debía tratarse de un error o, en todo caso, de una falsificación. Decidió que, mientras no determinara su autenticidad, no comentaría con nadie aquel hallazgo. Miró en todas direcciones y lo guardó en su maletín. Remitió a un laboratorio especializado un pequeño fragmento del papel, a efecto de que realizaran todas las pruebas necesarias, incluyendo la datación y constitución de las fibras y el análisis químico de la tinta utilizada en la firma. Todas las pruebas resultaron positivas. No cabía duda: el documento era auténtico. En ese momento sopesó las posibles consecuencias de hacerlo público. Un simple folio cambiaría la historia y crearía un sinnúmero de nuevas interrogantes. ¿Quién era el hombre que había muerto el 30 de abril de 1945? ¿Se había suicidado o fue ejecutado para  evitar un eventual interrogatorio? ¿Quiénes habían guiado sus pasos y le habían proporcionado los medios necesarios para alcanzar el poder? Y la pregunta más inquietante de todas: ¿quiénes se habían beneficiado con la guerra?

La búsqueda de respuestas podría, sin duda, convertirse en el detonante de una nueva conflagración mundial. Seguramente, dentro del grupo de autores de esa  conspiración, porque estaba seguro de que se trataba de eso, se encontraban los hombres más poderosos de la época, aquellos para los cuales el poder y las riquezas eran los únicos credos aceptables. 

Supo con certeza que el día que sacara a la luz aquel documento, sus días estarían contados. Resolvió mantenerse callado y desde entonces cargó sobre su conciencia la responsabilidad de negarle al mundo los nombres de los culpables de más de cincuenta y cinco millones de muertes. 

Ahora, mientras su vida se apagaba, había decidido compartir conmigo su secreto y aliviar el peso de su culpa, colocándola sobre mis hombros. 

Apretó mi mano y me dictó la clave cifrada de una casilla en un banco de Suiza. 

Días después de su funeral, me encontraba en la  habitación de un hotel en Ginebra sosteniendo aquel papel entre las manos. Estaba amarillento y gastado por el  tiempo. Una insignificante hoja de papel y, sin embargo, no  podía siquiera imaginar cuáles serían los resultados de su divulgación. 

La decisión me tomó apenas unos segundos. Saqué de mi bolsillo el encendedor y contemplé, casi hipnotizado, cómo quedaba reducida a un puñado de cenizas.

Kalton Bruhl Author
Sobre
Honduras, 1976. Escritor, miembro de la Academia Hondureña de la Lengua. Premio Nacional de Literatura «Ramón Rosa» 2015, primer premio en el certamen Arcadio Ferrer Peiró de Narrativa en Castellano del Ayuntamiento de Canals (España, 2010), III Y IV Premio de Relato Sexto Continente (España, 2010 y 2011), Premio único del III Certamen Literario Centroamericano Permanente de Novela Corta (Honduras, 2011), entre otros. Su obra ha sido publicada en diversas antologías en España, México, Estados Unidos y Argentina.

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