Patriarcado

Maite solía permanecer sentada en el sillón grande de la sala. Se notaba que era el mueble más cómodo de la habitación, ideal para estar ahí por horas, o inclusive días enteros cuando Lucía no se encontraba.

La sala estaba pintada de color azul claro. Era lógico, dicen que es un color que ayuda a mantener la serenidad y la concentración. Las amplias ventanas se enmarcaban con largas cortinas doradas de un solo color, pero con un patrón en ligero relieve logrado con hilos de un dorado un poco más brillante, detalle de un gusto tan fino como todo lo que escogía Lucía y vestía Maite. Los muebles de caoba eran el más grande lujo de la habitación. Les seguía una suave alfombra color crema con finas líneas púrpura en sus bordes. En la sala no se atendía el teléfono y tampoco se leían libros. Para eso estaba el estudio, espacio que poco o nada frecuentaba Maite. Ella pasaba las horas al lado de pequeños cuadros con paisajes de lugares que Lucía nunca conocería.

Casi siempre, Maite parecía querer lograr tejer patrones con lana u ovillo, mientras diminutas agujas se posaban en sus manos y a veces, perdiendo el equilibro, caían de ellas. Lucía las recogía y volvía a colocar en las manos de Maite. A Lucía también le encantaba ayudarle a sacar las cosas del refrigerador en aquella cocina de azulejos naranjas. Le encantaban los detalles en las pequeñas latas y frascos, incluso de las botellas de vino y licor que Lucía no tenía permitido tocar en la cocina de su tía.  

Los azulejos naranjas tenían diferentes tonalidades que se intercalaban hasta rellenar el espacio entre el mesón y los gabinetes superiores. Las frutas y verduras solían verse secas y viejas en el tazón que permanecía inmóvil a un costado del lavadero, hasta donde Lucía debía llevar agua para poder ayudar a Maite a lavar los trastos y trapos que ella misma usaba.

Solo cuando Lucía tenía mucho tiempo libre, lograba dejar a Maite sobre la cama de la habitación en la planta superior, con el cuidado de dejar la ventana cerrada. ¡No vaya a ser que le dé un resfriado!, pensaba Lucía.

En los calurosos días de verano, a Lucía le gustaba llevar a Maite al balcón de su habitación y acomodarle ahí una pequeña mesa, con flores recién cortadas del jardín de su tía, al lado de una pequeña y delicada tetera color lila, con tazas pertenecientes a otro juego color cyan. Esas tazas cyan hechas con plástico barato le daban un poco de vergüenza a Lucía, pero para Maite servían y las lilas se habían extraviado, quizás el odioso perro de su tía se las había comido.

A lo largo de los años el tono de piel de Maite se iba oscureciendo mientras Lucía aprovechaba el tiempo con ella intercalando los convivios de habitación en habitación, pero aquel estudio blanco lleno de imágenes de arquitectura, pequeños libros multicolores y un teléfono sobre el escritorio de la esquina, parecía no ser muy popular entre Lucía y Maite, quizás porque Lucía nunca encontró la silla ideal.

Su madre, Julia, le había entregado esa casa de muñecas a los cinco años. Por tres meses la había construido con sus propias manos para Lucía, agregando al típico y básico diseño, un estudio que inspirara a la pequeña a atreverse a conocer el mundo a través de los libros y ayudarle así a soñar con su independencia. No tenían dinero para libros, eran un lujo, pero existía una biblioteca a dos cuadras de su casa.

Julia desapareció poco antes del cumpleaños número seis de Lucía. Su esposo huyó sospechosamente cuatro días después.

Lucía quedó a cargo de la tía mayor de Julia que vivía en las afueras. Ella, como muchas damas que se esfuerzan por mantener una impecable reputación frente a la sociedad, siempre decía a Lucía que el lugar de una mujer estaba en la cocina, el aseo y en el salón principal, como anfitriona de cualquier gala particular que a su marido se le ocurriera ofrecer.

Lucía nunca entendió por qué su madre había puesto un estudio al lado de la habitación de Maite. Veinte años después moriría asesinada en manos de un marido que no soportó la mancha sobre su corbata, mientras Maite permanecería estática en un baúl.

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