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La unidad local contra la violencia de género en medio de la pandemia

Texto: Omar Cruz

Portada: Tomada de Pixabay

Cierto día de esta semana estábamos descansando en casa, eran más o menos las ocho y treinta de la noche, había dejado de llover y solo sentíamos el olor a tierra mojada y el aire fresco que quedó después de la lluvia. Rápidamente la calma acabó, escuchamos un par de gritos que venían de la casa del lado, en casa creímos que era un robo o algo parecido. Decidí salir al corredor y percatarme un poco de la situación, ya que imaginamos que alguien podía estar en peligro. Pero entonces lo vi: uno de los vecinos estaba ebrio y agrediendo a su compañera de hogar. 

En ese instante pensé en ir y tratar de dialogar con él para que de alguna manera las cosas no pasaran a más, sin embargo había una parte de mí que me lo impedía, ya que pensé que no era buena idea intervenir en asuntos de familia que no me corresponden, y tratar de hacerme «el héroe» no es algo que me agrade tanto que digamos. Finalmente decidí ir porque pensé en que no se trata de jugar a ser el héroe sino sentir un poco de empatía ante estas situaciones. 

Salí de casa, no sin antes llamar al 911, para reportar el caso. Estaba nervioso y lo único que se me ocurrió fue acompañarme de mi perro. Al salir, mi sorpresa fue encontrarme con los otros vecinos, que también se acercaron para ver de qué manera podían apoyar a la vecina. En mi barrio nuestras casas están muy cercanas, por lo que al dar un par de pasos ya nos encontrábamos frente al portón presenciando una escena terrible: el hombre le gritaba a su esposa amenazas y palabras soeces. Ella al no tener cómo defenderse, únicamente agachaba su cabeza, como rogando para que esa pesadilla que estaba viviendo terminara.

Supuse desde que colocamos un pie frente al portón de esa casa que lo que venía no sería agradable. Con toda la amabilidad posible, junto con los vecinos, llamamos al señor para que se acercara y platicara con nosotros, obviamente la intención era hacer tiempo mientras la policía aparecía y dejar las cosas en manos de ellos. Estaba ebrio y a juzgar por lo que vi, creo  que el alcohol le desinhibe una cantidad desmedida de enojo e ira. Con un poco de nervios, le hice un par de comentarios para que pudiera entablar una plática conmigo, sin embargo no dejaba de gritarle a su esposa y, en honor a la verdad, me animaba a darle un puñetazo, pero hacer eso tampoco era una solución, simplemente reconozco que lo pensé y por un momento creí que era una posibilidad.

En ese tratar de calmarlo y de escuchar sus constantes expresiones denigrantes —también para los que estábamos presentes— el tiempo se fue rápido, o al menos eso imagino, ya que pude divisar luego de un corto rato una patrulla de la policía nacional enviada tras la llamada al 911. Fue un alivio enorme, puesto que ya no teníamos otra estrategia para  tratar de disuadir al que ahora había dejado de ser solo «nuestro vecino» y se había convertido en un agresor. La policía se acercó y después de un par de preguntas realizadas por el oficial, procedió a entrar al hogar, llevarse al agresor y decirle a la joven que era necesaria una declaración en contra de él.

Ella después de la agresión le dijo a los oficiales, casi susurrando, que no podía denunciar a su esposo, ya que tenía miedo de una posible represalia y que después de todo él era el padre de sus hijos, agregó que tampoco podía porque después no habría quién llevara comida al hogar. 

De alguna manera, yo entendía su posición, entonces decidí buscar mi teléfono y comunicarme con una amiga psicóloga que pensé nos podía ayudar. Me acerqué a ella y le dije: «me gustaría que pudiera hablar con una amiga que se llama Meulin, ella es psicóloga, de mucha confianza, podrá darle un par de consejos sin llegar a señalar o juzgar».

El oficial de policía subió al agresor y se lo llevó a la patrulla quien desde ahí se dirigió a mí con insultos. Antes de irse, el oficial insistió a la vecina que tenía que interponer una denuncia en la jefatura de estación policial. Yo decidí intervenir de nuevo y le dije al oficial que le diera un poco de tiempo para que tomara un poco de aire y que si ella se animaba a denunciar, personalmente la iba acompañar. El oficial se retiró y me dijo que la decisión debía tomarse lo más pronto posible, puesto que no podían tener al hombre detenido tanto tiempo sin muchas pruebas. De manera inmediata pensé y  dije entre dientes que la cara de terror de la muchacha era suficiente prueba, pero el sistema de justicia de nuestro país tristemente es así.

Cuando la patrulla se fue, recibí una respuesta de Meulin, mi amiga psicóloga. Ella me sugirió que le comentara a mi vecina que lo ideal, en estos casos, es no tener miedo de denunciar, si así lo desea. También me dijo que a pesar de que las autoridades no tienen un buen manejo, existen organizaciones que pueden ayudar en estos procesos, que en realidad las víctimas no están solas y es importante hacerles ver que no tienen la culpa y que pueden salir de esa problemática que les afecta su salud mental y física porque además estos casos muchas veces suelen terminar en tragedias. 

Entendí, en cierto modo la presión que sentía mi vecina, así que decidí irme para que descansara, pero le hice saber lo último que me dijo Meulin: «cuando hay hijos de por medio los más afectados son ellos, ya que cargan con gran responsabilidad ante esta problemática, tienen que ver el sufrimiento de su madre y ellos sufrir maltrato por algo que no comprenden. Muchas veces sienten culpa, lo que genera mucha ansiedad sobre ellos y en un futuro eso seguramente afectará en sus relaciones interpersonales».

Los vecinos y yo nos retiramos del lugar reiterándole nuestro apoyo. Luego de eso Meu y yo, seguimos hablando un poco del tema y me comentó que según los últimos reportes e investigaciones de diferentes oenegés, en este tiempo de pandemia los casos de violencia intrafamiliar y de género han ido en un aumento desproporcionado.

Se han realizado estudios que indican que la población hondureña en un cuarenta por ciento está consumiendo alcohol en este tiempo de confinamiento y que la mayoría de estas causas es la depresión u otros trastornos y el desempleo que genera impotencia. Sin duda es una situación terrible la que las familias están viviendo en medio de la cuarentena y más aún con la precaria situación que se vive en el país, al parecer no salimos de una para entrar en otra.

Meulin me comentaba que las autoridades realmente no están listas para tratar este tipo de situaciones, ya que no actúan como debe ser ante denuncias por este tipo de abusos. Históricamente estos casos han sido mal manejados, incluso los han querido resolver dándoles categoría de simples «peleas maritales», «ya se le pasará al marido, o sólo anda tragueado, no pasa nada». El asunto es que sí pasa algo y es que después de situaciones como estas nace o se refuerza el miedo y la dependencia, surgen las peleas, gritos, ocurre violencia física en la que se involucran a las personas que viven en el hogar, pueden ocurrir muertes o separaciones donde se puede dar hasta la migración por escapar de ese problema.

Días después de lo sucedido, supe que la vecina decidió interponer la denuncia y las autoridades le dieron al agresor una orden de alejamiento y de responsabilidad sobre el cuidado y alimentación de los hijos. Mi vecina retiró la denuncia, sin embargo ahora vive separada del agresor, y gracias a grupos feministas de la zona, tuvo la oportunidad de obtener un empleo y así tratar de reconstruir su vida.

Omar Cruz Author
Sobre
Omar Cruz, Villa de San Francisco, Francisco Morazán, Honduras, 1998. En la actualidad reside en El Progreso, Yoro. Es estudiante de la carrera de Periodismo y Antropología. Ha publicado el poemario Hologramas de ayer, hoy y para siempre… (ATEA EDITORIAL, 2019). Es miembro del Colectivo Cultural Atrapados en Azul y de la Fundación Educativa Cultural ApoyArte.
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