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Sobar y purgar: la herencia que me dejó mi abuela 

Ante la dura crisis de salud que enfrenta Honduras a causa del COVID-19, la corrupción estatal y política que tiene colapsados los hospitales y servicios de salud pública, muchas personas optan por el uso de remedios naturales heredados o aprendidos en su familia. Y ante la desigualdad y el capitalismo, es necesario que trascienda esa memoria familiar y que se repliquen los saberes ancestrales.

Recuerdo de mi niñez las veces en que mi abuela -a quien yo llamo mamá- sobó y purgó a muchas personas que venían a ella buscando lo que hoy se llama medicina alternativa. Las infusiones, los brebajes de raíces, hojas y semillas hace mucho que existen en nuestro país y en nuestra cultura, y desde hace mucho que anteceden a los medicamentos que hoy nos venden las droguerías. El poder sobar y sanar el cuerpo es un conocimiento que en mi familia ha pasado de generación en generación, también recuerdo cuando mamá me sobaba porque «la panza me sonaba como tambor de un lado y como comal del otro», y eso es parte de ese conocimiento ancestral. 

Sobar y purgar a una persona es una de las prácticas ancestrales más comunes en las comunidades de Honduras, para ayudar a que las personas mejoren su salud generalmente «cuando hay empacho», es decir, cuando hay problemas digestivos, o cuando «le hicieron ojo a los niños» (de eso no tengo una explicación) o en situaciones de «descompostura de huesos», fiebre u otras. Para quien cree, acudir donde una sobadora o un sobador, puede salvarle la vida. 

Mamá murió el viernes 12 de junio de 2020, a las ocho y cuarenta y cinco de la mañana en mis brazos y en los de mi madre, ambas vimos ese último suspiro y ante un último gesto en su rostro, solo decidimos sobarla y dejarla descansar. Y es que al sobar, como ella decía, «le pasas tu energía a la gente y ellas te pasan su calor», creo que inconscientemente quisimos darle nuestra energía en ese momento de adiós, anhelando quedarnos con su calor para siempre.

Con la muerte de mamá  entre miles de cuestiones emocionales —que no relataré para que no se vuelva un escrito de lamento—, la familia perdió una enorme fuente de conocimientos sobre nuestra propia esencia, y su comunidad perdió a una sobadora. Una sobadora que toleró a niñas y niños llorones que la mordían o que incluso la escupían cuando los sobaba muy duro, pero a la que sus madres querían mucho por ayudarles a sanar a sus cipotes. Mamá decía que después de la sobada con manteca de gallina y la purga con sal inglesa, o con sal y azúcar o con aceite de ricino, y últimamente con limonadas laxantes, «al día siguiente esas cipotas y cipotes ya andaban como nuevos». 

Los vecinos han preguntado si mamá murió de COVID-19, pero no han preguntado sobre cómo se siente mi madre por haber perdido a una de las personas a quien ella más ama en la vida. Como decía Eduardo Galeano: «vivimos en la cultura del envase», lo que está por fuera importa más que lo que hay adentro. Cuando la salud de mamá empeoró, la llevamos al Hospital Cardiopulmonar, porque siempre la atendieron allí, aunque ella odiaba los hospitales y no quería morir en uno de ellos. ¡Gracias a Dios la sacamos de allí a tiempo!, la atendieron en la capilla católica que hay dentro del hospital, no como un ritual de espiritualidad o en busca de que la gente «encuentre paz», sino porque —como en los demás hospitales públicos de Honduras— no hay espacio, ni medicamentos, ni condiciones para recibir a la enorme cantidad de pacientes que están ingresando a diario. Evitar que muriera junto a pacientes de COVID-19 fue una decisión dolorosa, pero acertada. 

La ignorancia sobre el COVID-19 y la falta de políticas y protocolos claros sobre velatorios y entierros para quienes no mueren por este virus, sumado a la negligencia de las autoridades de comunidades como Vallecillos en Francisco Morazán, hacen que enterrar a nuestros muertos, sea más duro que verlos morir.  

Mamá para la familia, doña Julia para sus amistades y vecinos y María Siriaca, según su fe de bautismo y cédula de identidad. Vaya que tenía múltiples identidades mi abuela, y de todas sus facetas, la de sobadora me llena de enorme orgullo porque entiendo que, pese a sentirse cansada después de sobar a alguien, ella siempre lo hizo como un servicio a su gente, de forma desinteresada, con amor por sus vecinos, por su pueblo Vallecillos, y por el legado de su familia. Ese legado pasó a manos de mi madre y de manera más reciente a mí. 

Como intuyendo que mamá se iría, decidí preguntarle cosas, observar un poco más y sobar de vez en cuando a uno que otro incauto que cree que sí aprendí. Sobre todo decidí amar mis manos calientes, que según mamá eso ayuda para ser buena sobadora, pero no para hacer baleadas.

Las herencias familiares, en un país empobrecido como Honduras no son grandes propiedades ni fortunas inmensurables. Ese tipo de herencias solo son posibles para las pocas familias que controlan el sistema económico y político del país. Para el «pueblo pueblo», las herencias familiares son la enorme riqueza cultural y ancestral que cada familia posee: las recetas de comida, las costumbres de celebraciones, los conocimientos sobre remedios y sobre todo, el amor y el ánimo por mantenerse unidos y poder servir a otros. Todo esto pese a la norma, pese al miedo, pese a lo lejanos que nos está volviendo esta pandemia, pese a lo pasivos que nos ha vuelto la corrupción y la impunidad.

En los últimos años mamá sobaba cada vez a menos personas, porque sus fuerzas ya no eran las mismas y porque cada vez que lo hacía tendía a enfermarse. Ella decía que «al vecino hay que servirlo siempre, y que si uno no tiene dinero para dar se da lo que se sabe y se ayuda con lo que se puede».

Pamela Sánchez Contributor
Correctora de estilo
Total Posts: 9
10 julio, 2020
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13 julio, 2020
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Comentarios

  • Dilcia
    REPLY

    Mi admiración siempre!!!

    11 julio, 2020
  • Maryorie Herrera
    REPLY

    Me encanto y me uno a las condolencias para la familia de Pamela Sanchez. Un mensaje con una gran reflexion para ser mas humanos.

    11 julio, 2020

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