La depresión postparto también nos pasa a las feministas

Portada: Fotografía tomada de Pixabay

Voy a empezar diciendo que ha sido difícil tomar el ordenador y escribir sobre algo tan personal y al mismo tiempo, tan común (como no quisiera que fuese). Me motivé a hacerlo al ver la valentía de una amiga, quien contó una experiencia dolorosa y personal, entonces decidí —por fin—  hacer algo que había postergado por casi dos años. Además, como apuntaba Kate Millet: «lo personal es político», y creo que no hay nada más personal que contar mi experiencia con la depresión postparto. Creo que es un tema necesario de hablar y me atrevo a pasarlo por la mirada feminista. 

Hace un tiempo encontré el feminismo y no hubo regreso. He ido abandonando poco a poco las formas de discriminación interiorizada, identificando los estereotipos y roles de género que nos discriminan a las mujeres, y trabajo en liberarme de ellos. También intento que otras personas: mujeres y hombres, hermanas, amigas, colegas y estudiantes visibilicen esas formas de discriminación contra la mujer. Debo confesar que no ha sido fácil el camino, como dice Andrea Dworkin: «muchas mujeres se resisten al feminismo porque es una agonía ser totalmente conscientes de la brutal misoginia que perpetran la cultura, la sociedad y las relaciones». 

Pero, en este camino, una de las experiencias más duras que me ha tocado enfrentar, ha sido luchar con la depresión postparto. Como feminista, cuando estaba embarazada, en mi mente, ya lo tenía resuelto, ya tenía teorizada la necesidad de la deconstrucción del mito de la «maternidad romantizada» por el sistema patriarcal y capitalista, que dicho sea de paso ambos se alimentan entre sí para coexistir y sostener la explotación de las mujeres. No obstante, al nacer mi bebé por cesárea y no por parto vaginal —como exigen los estándares de ser madre—, una colega me dijo que yo aún no era mujer porque no había «parido normal». Sumado a ello, de manera inexplicable no pude amamantar. Pese a que mis cercanas me provisionaron de todos los brebajes acostumbrados: pinol, cocoa, malta y hasta cerveza, no tuve resultados positivos. 

Mi frustración y tristeza crecía cada día. El primer mes no fui capaz de descansar o dormir, aunque tomaba litros de té de tilo, alhucema etc., y lloraba al menos quince veces cada día. No exagero, lloraba por todo, pero lloraba más por no estar feliz y porque no me sentía afortunada de haber dado vida, pues se supone que ser madre es el sueño de toda mujer y a pesar de que mi hijo estaba perfectamente sano, sentía toda una carga de culpas que me mataban. No sentir esa conexión o esa magia —de la que me habían hablado— al intentar amamantar a mi hijo, era una tortura y me llené de frustración, pues me sentía inútil. Pensé que nunca sería «buena madre», que era una mujer de casi cuarenta años incapaz de cuidar de mi propio hijo. Llegué a pensar que lo mejor era morir. 

Me sentía avergonzada por mi tristeza, escuchaba mil opiniones de cómo hacer dormir al bebé, pero el comentario que más me dolía era que «las madres ni cansancio sentimos cuando se trata de cuidar de un hijo». Estaba devastada, esa frase me calaba hondo. En una ocasión mi hermana mayor —que ha sido una figura materna para mí— me dijo: «creo que vos tenés depresión postparto, leé, buscá información que eso existe», esa fue mi primera alerta. Días después el pediatra de mi hijo —que es una gran amigo y un enorme apoyo— me dijo: «veo en usted signos que indican que podría padecer depresión postparto, es mejor referirla con un especialista». Así fue como busqué ayuda profesional y entendí que mi profunda tristeza tenía una causa hormonal, y que desafortunadamente muchas mujeres lo viven y no lo cuentan por temor a verse juzgadas como malas madres o mujeres cobardes e inútiles.

La depresión postparto es real y dolorosa. Según datos de la Organización Mundial de la Salud afecta a una de cada seis mujeres que dan a luz. Lo más grave, además de los impedimentos por sesgos patriarcales para buscar apoyo, es que en este país la salud mental es un lujo que no todas las mujeres, o tal vez la mayoría, pueden costearse, cuando en realidad es obligación del Estado satisfacer este derecho. Así que me reconozco mujer privilegiada por haber podido tratarme. 

Con el tratamiento que tomé —pese a que tampoco es reconocido por seguros médicos privados— mi salud ha mejorado. Logré comprender que había construido un mito en torno a ser feminista, pensaba que si lo cuestionaba todo no me perturbaría la crítica y el juzgamiento, pero no fue así, pues deconstruirme es una lucha diaria y aunque me niego a los mandatos patriarcales, inevitablemente estos todavía me alcanzan. Si bien, mi tristeza era una situación de salud, no poder estar a la altura de los estándares patriarcales de ser una «buena madre» profundizaba aún más mi dolor. Por ello las feministas insistimos en lo nocivo que estos roles y estándares impuestos pueden llegar a ser, tratándose de depresión —en el caso más grave— puede conducir al suicidio. 

Al compartir esta situación quisiera que si alguien al leer estas líneas se siente identificada, busque apoyo profesional, no sienta vergüenza de estar triste o agotada y pida ayuda. Si bien —como he dicho—, el Estado está obligado a satisfacer el derecho a la salud incluyendo la salud mental, lamentablemente la realidad informa abandono estatal, sin embargo aún se puede acudir al apoyo de organizaciones no gubernamentales. De igual forma a las personas que no están viviendo con depresión, pero son cercanas a mujeres maternando, las motivo a que apoyen y respeten la forma de ejercer la maternidad de las mujeres,  que apoyen sin imponer estándares de lo que representa ser «buena madre» o no. Los hombres deben involucrarse en igual proporción al cuidado de hijas e hijos, apoyar a sus compañeras si están pasando una situación de salud, no juzgar ni cuestionar a las mujeres, ya que maternar ya en sí es difícil y más aún si se padece depresión u otra enfermedad.

He sido afortunada por poder vivir para compartirlo, he tenido redes de apoyo de mujeres fantásticas, mis hermanas y amigas cercanas que nunca me juzgaron, y aunque a veces siento coletazos de la depresión, sigo caminando. 

Sobre
Claudia Isbela López, feminista, abogada, jueza, profesora universitaria y aficionada al buen café. Actualmente escribe algunas de sus vivencias con enfoque de género.
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1 comentario en “La depresión postparto también nos pasa a las feministas”

  1. Muy poderoso artículo, mis felicitaciones para usted por la valentía con que manejo este tema. Gracias por mostrar las mil caras de la maternidad y como usted dijo, tenemos que dejar de un lado esos estándares de “la buena madre o la mala madre” , solo mujeres. Siga adelante es un gran ejemplo a seguir para mi. Un abrazo y bendiciones <3

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