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Decir adiós: Historia de un restaurante

Recuerdo el primer día del restaurante, todos los meseros estaban nerviosos (eran menores de 20 años y nunca habían trabajado). Arrancamos con pocos cocineros que sí tenían experiencia y estaban acostumbrados a hacer turnos con muchos pedidos, al punto de no poder levantar la cabeza en todo el día. Estaban emocionados y nerviosos. Javier (mi esposo) y yo no cabíamos de la emoción y de los nervios, pero jamás nos esperamos lo que pasó.

Abrimos en un edificio nuevo que nadie conocía, al sol de hoy, la mayoría de la gente en Tegucigalpa todavía no lo conoce. Abrimos con las paredes casi blancas y cero decoración, porque nuestro presupuesto no nos lo permitía. El proveedor de las mesas y sillas nos quedó súper mal: ¡eran horribles! Solo teníamos un horno de leña gigantesco, sin estufa y el equipo básico en el área de meseros. Recuerdo también que vendimos nuestro amado carrito, con el que anduvimos recorriendo todo Honduras. Comenzamos con la ayuda de un socio que siempre creyó en nosotros y que fue y ha sido un apoyo importante desde el inicio y, obviamente, con el apoyo de nuestra familia por la cual todo comenzó.

Abrimos las puertas en mayo de 2016, exactamente a las 11:30 a. m., y para las 12:15 p. m.  estábamos a full capacidad, ¡fue un desastre maravilloso! Los meseros estaban totalmente confundidos y nerviosos, los cocineros dando el todo para sacar las órdenes lo más rápido posible. Javier y yo nos mirábamos y nos reíamos con nervios y pensábamos: ¿de dónde salió toda esta gente? Les tengo que explicar que no habíamos hecho ninguna gira de medios, no habíamos contratado ningún especialista en marketing, no hicimos inauguración con corte de cinta y champagne, ningún padre regó agua bendita, no había ningún diario o revista, es más, creo que no teníamos ni siquiera redes sociales cuando abrimos.

Desde el primer día de apertura nunca paramos. Corregimos los errores en el camino y cada vez más mejorábamos nuestro servicio. Los meseros fueron agarrando confianza, nuestro menú se fue expandiendo de un par de pizzas y entradas, a un menú completo. Tuvimos que equipar bien la cocina porque los clientes nos pedían cada vez más variedad. 

En este mes de mayo, estaríamos cumpliendo 4 años desde ese primer día caóticamente bello. Desde ese día hasta el 15 de marzo de 2020 pasaron miles y miles de historias, recuerdos, experiencias, días malos y días buenos. Tanto que podría hacer un libro de varios volúmenes contándolo todo.

Abrir un restaurante es para valientes, locos, o un poco de ambas, pero el mundo de la hospitalidad «es un mundo de piratas», como dijo Anthony Bourdain en su libro Kitchen Confidentials. Las horas son interminables, no hay feriados ni días libres. Mientras todos están de vacaciones o relajados, la vida en un restaurante nunca para. Javi y yo entramos al mundo de la gastronomía por puro amor y pasión a la cocina, crear momentos y recuerdos en los paladares de las personas. En mi caso, poco sabía de las consecuencias de meterme a este mundo en el que, como en muchas o en casi todas las profesiones, es el doble de difícil para las mujeres. Poco sabía que muchas veces iba a tener que decidir entre cumplir mi turno o dormir a mis hijos, o que los domingos iba tener que pasar el día cocinando y atendiendo clientes recién salidos de sus misas e iglesias, solo para soportar en algunos casos sus tratos de tipo «esclavistas» (ellos los dueños, nosotros sus esclavos). Muy poco sabía, que al meterme a este mundo, mis hijos iban a comer, hacer tareas, en algunos casos aprender a caminar, a decir sus primeras palabras y a veces hasta dormir en el restaurante, hasta que mami y papi terminaran el turno y cerraran el restaurante.

Ahora que lo pienso este año fue el primero en que trabajé en el día de la madre, desde que me convertí en mamá hace 11 años. Tuvo que aparecer una pandemia, para que pudiera descansar por primera vez en el día de la madre. No me malinterpreten, amo mi profesión, amo lo que hago y durante los últimos 13 a 14 años que he estado en este mundo, he vivido y he aprendido muchísimas cosas, tanto dentro como fuera de la cocina. He trabajado desde mesera hasta asistente de cocina. En la carrera de cocina nos enseñan desde cómo limpiar los baños del restaurante, hasta cómo manejar el el puesto más alto en la cocina.

Tener un restaurante es casi como tener un hijo. En nuestro caso, el restaurante nos abrió las puertas para conocer a muchísima gente increíble, muchos de los cuales ahora se han convertido en amigos, casi en familia. No creo que en otro trabajo lo hubiéramos logrado de la forma en que lo hicimos con nuestro propio restaurante. Muchos clientes se convirtieron en amigos,  llegamos a querer a colaboradores como a nuestros propios hijos, muchos proveedores se convirtieron en nuestros aliados, esto, es lo más maravilloso que pudimos haber sacado de estos últimos 4 años.

Antes de que el gobierno anunciara la cuarentena, nosotros ya sentíamos que algo no estaba bien, ya que cuando por fin las ventas estaban subiendo, de un día a otro bajaron drásticamente y trabajamos hasta donde pudimos. Lastimosamente no nos podíamos dar el lujo de cerrar desde antes que anunciaran las medidas de confinamiento, como otros restaurantes que sí pudieron hacerlo. Obviamente, sabíamos que estábamos hasta cierto punto exponiendo a nuestro equipo y a nosotros mismos, finalmente tomamos la decisión de no abrir hasta saber que iba a pasar y al día siguiente, declararon cuarentena absoluta.

No pudimos despedirnos de nuestro staff, no tuvimos una última «comida familiar» con nuestro equipo, no pudimos estar con ambos turnos juntos. Tampoco pudimos despedirnos del cliente chileno que llegaba todos los días a comer solo y pedía lo mejor del menú con 2 copas de vino, no nos pudimos despedir de nuestro cliente dentista que llegaba a tomarse una copita de vino y a platicar con los meseros. No nos pudimos despedir de nuestro proveedor de hielo con quien teníamos una relación de amor y odio porque siempre dejaba el piso mojado justo cuando lo acaban de limpiar. No nos pudimos despedir de nuestros chicos… creo que esto es lo que todavía me pone mal. Pensar que el 14 de marzo fue nuestro último día de servicio, me hace sentir que no tuve el cierre que merecíamos. Simplemente no hubo un final justo y era necesario ese cierre definitivo para poder seguir adelante con nuestras vidas. Así es como se siente recordar el último día que abrimos.

Hay varias razones por las cuales abrir un restaurante no volverá a ser igual. La primera es porque creo que los Hondureños en general, somos desconfiados —puede ser por que desde el principio de nuestra historia hemos sido engañados: los españoles, los gringos con su chiquita banana y por supuesto los políticos que a través de la historia solo han sabido saquear y torturar a su mismo pueblo—, por lo tanto hacer que el consumidor regrese a un restaurante, donde hay más de 20 personas a distancias muy cortas, donde probablemente y por un buen tiempo, lo primero que se nos va a venir a la mente es que todas las cosas y todo el mundo tiene coronavirus, va a ser bien difícil de superar y no solo en Honduras si no que a nivel mundial. Probablemente ni yo voy a querer que alguien se me acerque mucho, y no voy a querer tocar ni las mesas, ni los menús —de por sí ya tengo una manía con la higiene y limpieza, no digamos ahora—. 

La segunda razón: lastimosamente después de la cuarentena se viene una recesión económica mundial. Miles de personas sin trabajo, miles de negocios cerrados. Los negocios en línea van a aumentar exponencialmente, los trabajos desde casa también aumentarán, incluso la educación,  habrá un giro en la forma de enseñar. De repente nos estamos dando cuenta, que hay varias cosas que podemos hacer en línea y que no es necesario presentarnos físicamente en algún lugar —como los restaurantes lastimosamente—.

Incluso se me han cruzado por la mente, varias razones para no volver abrir un restaurante propio de nuevo. Pero la razón principal es porque se sacrifican muchas áreas de la vida personal, por ejemplo: mi tiempo con mi familia. 

Espero que algún día podamos regresar a la interacción humana que se da en los restaurantes, que la gente llegue porque al primo o al compañero de trabajo le fascinó y se lo recomendó, que la gente llegue porque quiere probar algo nuevo y diferente sin perder la calidad y que lo disfrute con amigos, familia, compañeros de trabajo y pasen un buen tiempo; porque al final se trata de brindar una experiencia en todos los sentidos y porque son el corazón del lugar, los clientes, —incluso esos, a quienes queremos prohibir la entrada para siempre—.

Mi mamá siempre me ha dicho: “puede ser que ahorita no entendás por qué pasan las cosas, pero todo pasa por algo y Dios tiene todo planeado”. Para mí siempre había sonado como una excusa para justificar todo lo malo que estás pasando, pero con los años, es como que me han quitado una venda y ya puedo entender esa frase que mi mami me ha dicho toda la vida. No tenemos la menor idea de lo que pasará, no sabemos siquiera por dónde volver a empezar, pero irónicamente estas últimas semanas son las que mas tranquilos hemos estado, hemos podido pasar tiempo con nuestros hijos —a veces se siente que son parte tan parte de mí que ni al baño puedo ir sola— estas últimas semanas, Javier y yo nos hemos consolidado más como pareja, hablamos más de nosotros, de nuestra relación y de que queremos en el futuro y pues, hemos llegado a la conclusión de que sobre todas las cosas, queremos paz y queremos ser felices.

Nuestro futuro es muy incierto, así como el de miles de personas, pero una lección que si hemos aprendido de todo esto es que la vida no se trata de cosas materiales, ni dinero, ni éxito, si no de estar en paz con uno mismo y con tus seres queridos… y de ser felices.

Sabemos que la próxima etapa de nuestras vidas no va ser fácil y así mismo va a ser para muchas personas en nuestro país y el mundo. Pero algo que todos deberíamos sacar de estos meses en cuarentena, es que tenemos que cambiar nuestra forma de pensar, de actuar, de tratar a los demás y volvernos más humanos, valorar más las cosas que no tienen valor económico, —como nuestras relaciones personales, familia, amistades, el prójimo, el medio ambiente, los valores, el trabajo honesto, el arte, la cultura, la música, en fin, tantas cosas que valorar—, y más ahora, cuando hasta hace un par de meses, lo dábamos todo por hecho.

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