Contra Corriente

Regresando a casa

Escribo este texto desde Costa Rica, donde cumplo veinte días de estar a la espera de un vuelo que me lleve a Honduras. El gobierno ha comunicado que los hondureños han podido regresar al país, pero eso es una verdad a medias y las medidas no han sido claras. Se habilitaron vuelos para Tegucigalpa y San Pedro Sula, pero todo aquel que sea de otra región del país quedará encerrado en cualquiera de estas dos ciudades, ya que —por orden del gobierno— sus salidas y entradas permanecen cerradas. Y ese es mi caso.  

Nací en Honduras, de donde partí, hace 11 años. Mi madre, mi hermana y gran parte de mi familia viven allá. Me vine a vivir a los Estados Unidos cuando apenas tenía 10 años. Mi madre se vino conmigo, pero cuando comencé  la universidad, ella se regresó a Honduras. Siempre he sentido que mi hogar está donde ella se encuentre, por eso, cada vez que puedo o tengo vacaciones me voy a visitarla.

Estudio Derechos Humanos con especialización en Cultura Latinoamericana. Como parte del currículum de la carrera, los estudiantes, podemos hacer un programa de intercambio, y —emocionada de poder embarcarme en una experiencia nueva— el 3 de marzo de 2020 me enviaron a Jordania. Días después, el mundo se vió afectado por una pandemia. En Jordania decidieron cerrar fronteras como medida preventiva y me vi obligada a organizar mi regreso en menos de tres días, de lo contrario me quedaría varada en Oriente Medio. El 16 de marzo, el día que mi vuelo salía, recibí la llamada de un amigo a las 3 a. m. (eran las 7 p. m. del día anterior en Honduras). Me avisó sobre la nueva medida que había tomado el gobierno de Honduras para limitar el brote de COVID-19. 

«Mami, Mami, cerraron las fronteras de Honduras», las palabras se me escaparon antes de poder sentir el peso en mi propio corazón. Las dos empezamos a llorar. Cinco horas antes habíamos estado conversando de lo lindo que iba a ser estar en familia, incluso si los primeros catorce días tuviese que estar en cuarentena. Mi realidad cambió en un instante y la verdad es que nunca imaginé que las fronteras de mi país se cerrarían, al menos no para mí y mis compatriotas. No obstante, entiendo que en un país como Honduras, donde el sistema de salud ya no da abasto —incluso sin la presencia de una pandemia—, las medidas extremas son necesarias.

Cuando el gobierno tomó la decisión de cerrar las fronteras desde el 15 hasta el 22 de marzo, solo le dio a la población unas cinco horas para salir o entrar al país. Sin embargo, indicaron que «se exceptúa del cierre de las fronteras el ingreso de hondureños, residentes permanentes y temporales, así como cuerpo diplomático acreditado». Al enterarse mi madre, la mañana del 16 de marzo, hizo una llamada al Aeropuerto Toncontín, donde le informaron que no había vuelos aterrizando al territorio nacional y que por ende, ningún ciudadano podría entrar. Me vi obligada a venir a Costa Rica, donde seres queridos (personas que se han vuelto en una segunda familia) me aceptaron en su hogar, mientras esperaba que las fronteras de mi país se abrieran para estar de nuevo con mi mamá.   

Honduras declaró toque de queda absoluto desde el 20 hasta el 29 de marzo en todo el territorio nacional. Tal medida alargó el cierre de las fronteras, pero a cambio del comunicado del gobierno, la Secretaría de Seguridad indicó que solo se exceptuaba al personal de carga de ingresar o salir del país. 

El 26 de marzo, Sinager publicó que se habilitaría de manera temporal todo tipo de vuelo para el ingreso de hondureños. Al darme cuenta de la medida, me puse a buscar vuelos de Costa Rica a Honduras. El resultado de la búsqueda: «no se han encontrado vuelos en las fechas especificadas». Luego, me enteré que habilitaron vuelos en ciertos aeropuertos estadounidenses. Y cuando le avisé a mi mamá, me dijo: «pero Jalileh, las carreteras hacia Siguatepeque están cerradas. Nadie puede entrar ni salir». Soy de Siguatepeque, Comayagua, a 125 kilómetros de la capital, eso implicaba que al llegar a Honduras me quedaría de nuevo varada, solo que esta vez en Tegucigalpa, sin poder regresar a casa y en medio de un toque de queda. Como lo dije antes: las medidas son necesarias. Sin embargo, cerrar las fronteras sin dar aviso previo es dejar a hondureños con mucha incertidumbre en el exterior.

A pesar de vivir en Estados Unidos, siempre estoy pendiente de lo que sucede en Honduras. Primero, porque tengo a mi familia allí, y segundo, porque hago la cobertura de Honduras para Central American News, donde mi trabajo consiste en recopilar las noticias que ocurren todas las semanas. Es interesante ver cómo el discurso del gobierno se enfoca en ayudar a personas de escasos recursos, mejorar escuelas y el sistema de salud, sin embargo, el tiempo pasa y el cambio es nulo. Se hace la promesa que los militares son los que mantienen la seguridad. Si fuera cierto, Honduras  — el país de Centroamérica con mayor inversión en tal sector—  sería el país más seguro en la región. Además, resulta contradictorio ya que las Fuerzas Armadas son responsables de muchas violaciones a los derechos humanos en contra de los hondureños, entonces, ¿qué tipo de protección provee y para quién?

Continúo en Costa Rica, sin ningún tipo de protección y auxilio de parte del gobierno de Honduras. Por suerte, tengo amigos y familiares que estuvieron dispuestos a cuidar de mí, no obstante, esta no es la realidad de todos. Creo que la frustración que siento se rige de una inconsistencia comunicacional por parte del gobierno. Si las fronteras están cerradas, que se cierren para proteger al país donde ya se vive una situación social precaria, y si las fronteras están abiertas a los ciudadanos hondureños, que se hagan las medidas necesarias para el bien de la salud pública y, a la vez, asegurar el paso seguro de los ciudadanos. Lo que no se puede hacer es comunicar una cosa y hacer otra, aunque esto no le sorprende a ningún hondureño que ha visto cómo el gobierno hace más promesas de las que cumple. 

Siguatepeque, 1999. Estudiante de Derechos Humanos con una especialización en Cultura Latinoamericana en la Universidad de Columbia. Trabaja en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS), como Asistente Administrativa. Corresponsal de Central American News
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Siguatepeque, 1999. Estudiante de Derechos Humanos con una especialización en Cultura Latinoamericana en la Universidad de Columbia. Trabaja en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS), como Asistente Administrativa. Corresponsal de Central American News

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