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20 años después, y la vulnerabilidad sigue hundiendo a la capital

Texto: Fernando Silva

Fotografía: Martín Cálix

 

–Cada vez que llueve tenemos que estar como quien vela un muerto. No es nuevo, siempre se ha dado, pero el fin de semana sólo me acordaba del huracán Mitch. –Ángela sentencia como presagiando que el desastre se puede repetir 20 años después, justo en el mismo mes.

La última semana, Ángela, se ha tenido que acostumbrar a la idea de ser dueña de nada. Después de dos días de lluvia en Tegucigalpa, su casa fue invadida por el río que tiene como vecino y sus pertenencias se las llevó la corriente.

Ésta  no es la primera vez que Ángela pierde todo. Hace casi veinte años cuando vivía en la colonia Los Pinos, su casa se hundió a causa de la saturación de los suelos que provocó los aproximadamente 600 milímetros de lluvia que cayeron en 1998 con el paso del huracán Mitch por la capital de Honduras.

Desde ese año se aprobaron 700 planes de planificación y riesgo, según un estudio del Observatorio Universitario de Ordenamiento Territorial. Sin embargo, la mayoría de estos planes se han quedado sin ejecutar en una ciudad donde entre 300 y 400 barrios viven en situación de alto riesgo.

Lluvia que recuerda la tragedia

Ángela vive junto a su hija e hijo en la colonia Betania de Tegucigalpa, su casa hecha de madera se ubicaba en la orilla del río Choluteca, pero desde hace una semana solo hay ruinas de una casa que construyó consciente del riesgo de vivir ahí y sin otras opciones pues no tenía para pagar el alquiler de una habitación en un lugar seguro. El sábado 6 de octubre por la tarde, después de pedirle a su hija que hiciera el almuerzo, escuchó el grito de una vecina que le avisó que el río estaba comenzando  a entrar a su casa para llevarse lo poco que tenía.

«Cuando menos lo acordé ya tenía el agua por la rodilla y ya andaban nadando la cama, la ropa de mis hijos y la comida que había comprado para todo el mes –dice Ángela con lágrimas en sus ojos– no me quiero acordar de ese desastre, aunque no es primera vez que se me inunda la casa. Ya me había dejado dos veces en la calle, pero nunca había buscado un albergue», finaliza.

Según datos de la Comisión Permanente de Contingencias (COPECO) las lluvias entre el jueves y sábado de la primera semana de octubre, dejaron un aproximado de 17 mil personas afectadas y casi mil viviendas dañadas, por lo que esta institución del Estado le dio refugio a casi 7 mil personas en aproximadamente 50 albergues a nivel nacional.

El 6 de octubre, el río Choluteca había rebasado su cauce a su paso por Tegucigalpa. Foto: Martín Cálix

Aunque para Ángela el terror de perder sus pertenencias entre el lodo le recuerde a la catástrofe de finales de octubre de 1998, el Huracán Mitch dejó 5 mil muertos y este sistema de baja presión dejó 9.

Cada año, la población ubicada en las zonas de alto riesgo de la capital no duerme durante el periodo de lluvias. No duermen mientras el agua que tanto necesitan en los primeros seis meses del año a causa de la sequía, cae sobre los techos de cartón en la ciudad con más riesgo de derrumbes y deslizamientos en Honduras, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

Pedro Landa, experto en temas ambientales, dice que las acciones que han hecho tanto el gobierno central como los gobiernos locales no han reducido la vulnerabilidad que desnudó el Huracán Mitch.

Landa explica que «estamos por cumplir el veinte aniversario del Mitch, y la tragedia de estas semanas se dio no por la intensidad de las lluvias sino por la falta de prevención o medidas correctivas que tendría que hacer el Estado».

En Tegucigalpa más de 130 barrios y colonias se vieron afectados por las lluvias según datos oficiales de COPECO, además señalan que 350 mil los capitalinos viven en riesgo de deslizamiento, inundación o derrumbes.

Claudia Mondragón, coordinadora del Observatorio Universitario de Ordenamiento Territorial, dice que «se invierte en obras de respuesta pero se debería invertir en obras de prevención, ya que no se están evitando las catástrofes», además afirma que hay que invertir para evitar asentamientos como el de la colonia Betania que está a la orilla del río y que se inunda cada año.

Personal de COPECO y agentes de la Policía Nacional, durante las labores de rescate el 6 de octubre. Foto: Martín Cálix

Reubicación necesaria

Ángela está albergada en la escuela Juan Guifarro López de la colonia Betania. Esta pequeña escuela aloja temporalmente a 60 familias: 287 personas que viven en la rivera del río Choluteca que ha inundado sus casas o se las ha llevado completamente.

En las seis aulas de esta escuela, los ancianos duermen en colchonetas quizá enfermos por la tristeza que representa no saber a dónde ir. Las mujeres hacen la comida y administran la distribución de los alimentos y medicinas que traen como donación o que les proporcionan las instituciones estatales.

Los adultos esperan que el gobierno decida qué hacer con los refugiados al bajar las alertas. Una gran cantidad de niños, de niñas que juegan en el patio de recreo, comen dulces e ignoran que las condiciones de pobreza y desempleo en el país han condenado a sus familias a vivir en la orilla de un río que en cualquier momento puede llevarse sus casas, puede llevárselos a ellos.

Un estudio reciente del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) indica que el 77% de los niños, niñas y adolescentes en Honduras viven en situación de pobreza.

Parece que estos niños no quisieran irse del albergue, parece que allí reciben la suficiente alimentación, hasta el punto en que han empezado a enfermarse del estómago por comer más de lo normal, los adultos lo dicen entre risa, como bromeando y burlándose de su verdad.

Entre todas las familias de este albergue, sólo Ángela perdió completamente sus pertenencias, pero todos los demás saben que tarde o temprano podrían ser los siguientes, por eso piden que se les reubique en una zona menos vulnerable, más digna.

Líderes comunitarios en el albergue de la colonia Betania junto con personal de COPECO reciben y ordenan las donaciones. Foto: Martín Cálix

Rigoberto Rivera, gerente del Comité de Emergencia Municipal (CODEM) en Tegucigalpa, afirma que «con la alerta verde ya es tiempo de irse, ya les dieron sus cosas pero hay gente que no se va si  no le dan una casa nueva. Nos está pasando y es que la falta de educación nos ha matado, si fuéramos más educados, conscientes y disciplinados esto no ocurriría».

Este miembro de la comuna capitalina dice que «el problema es que es prohibido vivir a la orilla de los ríos, la gente no hace caso, va a hacer sus casitas al borde del río y cuando crece lo pierden todo», además dice que el 90% de las calamidades que le pasaron a la gente fueron provocadas por ellas mismas.

«Vinieron los de la alcaldía y dijeron que los que tienen su casita, que vayan a limpiarla porque van a ser ubicados de nuevo allí –dice Ángela, que también es parte de una comitiva de líderes en su comunidad–, yo le dije que cómo nos íbamos a meter allí, por ejemplo mi casa está débil. Para irme a meter allí tengo que reforzarla».

Según Mondragón «se deben hacer viviendas sociales en zonas adecuadas que garanticen reubicar población que se encuentra en riberas de ríos o cerca de fuentes de agua. A largo plazo el costo es mínimo en comparación a las obras de mitigación».

José Francisco Nolasco de 42 años y que hace 3 años luego de que un camión le pasara encima quedó con una discapacidad permanente, es una de las personas que viven el albergue de la colonia Betania. Foto: Martín Cálix.

El beneficio de la tragedia

El domingo 7 de octubre, mientras la capital permanecía en alerta roja, el Presidente Juan Orlando Hernández, comunicaba en una conferencia de prensa que iniciaría una petición internacional para que Honduras obtenga recursos del Fondo Verde del Clima de la Organización de Naciones Unidas (ONU), a fin de enfrentar los desastres naturales provocados por el cambio climático.

Ismael Zepeda, economista del Foro Social para la Deuda Externa de Honduras (FOSDEH), desconfía de esta búsqueda de recursos que se viene haciendo desde el paso del huracán Mitch en el país, recibiéndose una gran cantidad de fondos de la cooperación internacional para realizar obras de mitigación y respuesta a los desastres pero que al final no se ven reflejados en la realidad.

«Eso de beneficiarse de los desastres naturales es como un ciclo perverso de tener cierta cantidad de ingresos cada vez que hay un desastre –dice Zepeda– por ejemplo, a COPECO siempre se le aprueban presupuestos de emergencia para comprar víveres y antes de la lluvia hacer obras de prevención, esta política pública perversa de beneficiarse de los desastres es bien evidente», finaliza.

La Secretaría de Finanzas destinó doce millones de lempiras para la cobertura de la emergencia presentada entre el 4 y 11 de octubre, pero Honduras viene recibiendo una gran cantidad de recursos, supuestamente para reducir la vulnerabilidad desde 1998 . Hasta el momento parecen ser insuficientes.

En el interior de algunas casas, las pertenencias que no fueron evacuadas a tiempo, lucen llenas de lodo y húmedas. Foto: Martín Cálix

Pedro Landa afirma que «ha sido evidente con las acciones de investigación que se han dado en los últimos años que muchos de los recursos del Estado destinados para diferentes actividades, en este caso en el tema de prevención y mitigación, se han utilizado para fondos de actividades políticas y han sido robados por funcionarios públicos».

Según un informe de 2008, presentado por la Asociación de Organizaciones No Gubernamentales (ASONOG), desde el Mitch y con la Estrategia de Reducción de la Pobreza (ERP) se gastaron más de 130 mil millones de lempiras (5.4 millones de dólares) para lograr la condonación parcial de la deuda externa, mejorar la imagen de las autoridades a partir del anuncio de proyectos, cubrir parte del déficit del gasto corriente del gobierno y atender la emergencia provocada por los desastres naturales. Esta cantidad es casi el equivalente al cálculo estimado por el Centro de Estudios para América Latina (CEPAL) de los daños ocasionados por el Huracán Mitch.

«Todo este mal manejo y robo de enormes cantidades de dinero de la cooperación internacional ha impedido que se realicen las obras con la calidad o cantidad necesaria para reducir la vulnerabilidad –dice Pedro Landa, quien también trabaja en el Equipo de Reflexión Comunicación e Investigación de la Compañía de Jesús (ERIC SJ)– porque si bien es cierto, la Cooperación Japonesa ha hecho muchas obras, ha sido porque la misma cooperación ha estado al frente de estos proyectos, cuando son realizados por dependencias estatales uno ve la pésima calidad e ineficiencia de las obras».

Las personas en los albergues parecen entrar en cierta cotidianidad: los niños juegas, los adultos conversan. Foto: Martín Cálix

Según el informe Mitch+10 elaborado por la cooperación japonesa, hasta el 2008 este país asiático había invertido casi 27 millones de dólares en proyectos que aportaran al desarrollo del país después del desastre.

Casi como una metáfora de la situación, Ángela cuenta que después del Mitch la Cruz Roja le dio un bono de ayuda por 50 mil lempiras, pero un hombre con el que había sido pareja la vigiló para ver dóndelo guardaba y se lo rompió. «Si no, ya tendría mi casita», lamenta.

Según Zepeda estas crisis también ayudan al gobierno porque cuando alguien tiene que abandonar su casa, los gobernantes les asisten con colchonetas, una bolsa de comida y el perfil se les incrementa. Pero las propuestas terminan siendo mínimas para prevenir o contrarrestar los desastres naturales.

Además, sobre el reclamo de algunos hondureños por la falta de un aviso previo a la entrada del sistema de baja presión que afectó al país, este economista afirmó que «la perversidad de no anunciar el temporal en semana Morazánica es para seguir ilusionando al pueblo con que hay cierto nivel de ingreso y cierto incremento económico. El culpable real de lo que pasó es quien administra el estado, o sea el gobierno».

La foto mohosa de Juan Orlando Hernández en las oficinas del Centro de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos (CENAOS), indica la entrada al lugar de donde sale la información del estado del tiempo en el país y la más recriminada por la población, ya que supuestamente no anunció las lluvias del final de una semana de feriado.

Carlos Canales, meteorólogo de esta oficina dice que «la información salió en tiempo y forma, el miércoles, luego otro comité emite sus alertas y se puede verificar desde cuándo tienen las alertas, entonces se puede juzgar si ellos hicieron lo correcto o no».

Además dice que los modelos de pronóstico no pueden ser tan amplios.  «Yo puedo enseñarle 10 días de pronóstico, el que no sabe puede decir que vienen lluvias pero al final no, entonces lo que se está haciendo es desinformando a la población, causando alarmas que no existen», finaliza.

Alimentos que están por ser preparados por las mujeres en el albergue. Foto: Martín Cálix

El departamento de Francisco Morazán actualmente se encuentra en alerta amarilla y desde el 10 de octubre se comunicó por parte de COPECO, el monitoreo de un sistema de baja presión al norte del Golfo de Darién que se ubica  entre Colombia y Panamá. De acuerdo a la información dada en una conferencia de prensa, este sistema tendría un 50% de probabilidad de desarrollarse en el mismo lugar donde hace 20 años se formó el Huracán Mitch.

Cuando se dieron cuenta de esta información en el albergue donde se encuentra Ángela, se apresuraron a orar para pedir que no cayera más lluvia. Una situación que los tiene en la incertidumbre pero con una esperanza que se mantiene en las promesas del Presidente, quien prometió ayudarles si tenían paciencia.


El 9 de octubre Juan Orlando Hernández visitó el albergue de la colonia Betania, sirvió la cena y prometió a los pobladores la reubicación de sus hogares, pero dejó claro que esto sería «dentro de las posibilidades del gobierno».

Ángela no ha recibido más información desde que habló con el Presidente, pero está muy confiada pues ha escuchado que el titular del Ejecutivo está asistiendo a la iglesia. «No creo que alguien que conoce de la palabra de Dios mienta. Nosotros que vamos a la iglesia no tenemos que mentir, porque la mentira es del diablo»

Una anciana con fiebre intenta descansar en una colchoneta en el albergue de la colonia Betania. Foto: Martín Cálix

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Periodista
Soy periodista que cuenta historias en un mar de fueguitos. Amante del cine y coleccionista de aventuras sacadas de libros.
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