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Un año más de lo mismo

Publicado originalmente en Play FM

Esta semana, que junto con el mes de abril nos abandona, ha sido importante aunque podría ser trascendental para las personas con discapacidad en Honduras.

Decimos esto porque como cada año a partir de 1984, los catrachos conmemoramos el día de solidaridad con las personas con discapacidad el último viernes de abril. Dicha tradición se ha extendido durante toda esa última semana, realizando las personas con discapacidad y sus  instituciones encargadas y afines una serie de actividades tendientes entre otras cosas a visibilizar, concienciar y generar en el resto de la sociedad ese vínculo que permita crear espacios y condiciones para que todos aquellos que vivimos con algún tipo de discapacidad podamos crecer, desarrollarnos y desenvolvernos de la mejor forma posible en los distintos aspectos, circunstancias y eventos que nos presenta el diario vivir.

Sin embargo, el tiempo y los acontecimientos nos han demostrado desgraciadamente la ineficacia y el poco aporte que dichas actividades han ofrecido a los hondureños, pues vivimos en una sociedad en la que día a día se agrandan las distancias, aumenta la discriminación, escasean las oportunidades, etc.

Esto es así porque cada año al llegar la última semana de cada caluroso abril, las personas con discapacidad suelen ser expuestas, exhibidas cual maniquíes en escaparate por políticos, empresarios, mismas personas con discapacidad, y por un largo grupo de oportunistas que ven en esta tipo de momentos la oportunidad perfecta para fotografiarse, brindar floridos, ampulosos, rebuscados y falsos discursos para aparecer ante la opinión pública como los abanderados de la lucha en contra de la discriminación, los elegidos para sacar de la pobreza y el abandono a aquellos que muchas veces de forma inconsciente y orillados por la necesidad asisten a fastuosos eventos organizados en grandes centros de convenciones, mientras en las calles de las ciudades y pueblos de Honduras campean la miseria y la marginación; mismas a las que tendrán que regresar después de llenar por un rato sus estómagos, luego de ser utilizados y engañados al recibir una bolsa con una pequeña cantidad de alimentos, un miserable y pírrico bono, o cualquiera de esas dádivas acostumbradas para acompañar los discursos ante los medios de comunicación.

A esto se suma  el abandono estatal del que somos objeto las personas con discapacidad, pues el Estado hondureño ha reducido su labor de acompañamiento y apoyo a la entrega de lo mencionado arriba, olvidando totalmente la implementación y difusión de políticas públicas encaminadas a mejorar realmente las condiciones y la calidad de vida de las personas en cuestión.

Salud, educación, trabajo digno; no parecen ser temas relevantes en la agenda del Ejecutivo o el Legislativo para las personas con discapacidad, pues esto implicaría acercarse, sentarse y sobre todo destinar recursos para su puesta en funcionamiento, cuestiones que para una administración que emplea el dinero de todos en la compra de armas, aviones lujosos e innecesarios, sueldos exorbitantes para la inoperante burocracia, la compra de periodistas y medios de comunicación, resulta un obstáculo y una carga que aparte de ser pesada, es innecesaria y no contribuye en lo absoluto a sostener y consolidar la posición autoritaria en la que se han instalado quienes detentan el poder.

El último y más completo indicio que dio el Gobierno de la República de interés por los hondureños en situación de discapacidad lo encontramos en 2005, cuando mediante decreto No 160-2005 se aprobó la Ley de Equidad y Desarrollo Integral para las Personas con Discapacidad, misma que como ya es costumbre con las leyes en el país, permanece sin cumplirse. La responsabilidad fundamental al respecto recae en nuestras autoridades, quienes no han reglamentado dicha ley, factor que se constituye en decisivo, pues las instituciones y personas a quienes se les obliga a cumplirla y aplicarla carecen de base jurídica para poder llevar a cabo sus disposiciones. Y mientras el tiempo transcurre sin que haya sido reglamentada y sin que se cumpla, esta ley va quedando irremisiblemente desfasada e inútil, ya que los adelantos tecnológicos, las nuevas conceptualizaciones y teorías generan nuevas adaptaciones, nuevos escenarios y nuevas posibilidades no contempladas en el citado documento.

La gran transformación, la gran conquista contenida en la ley -para muchos de los que vaya usted a saber por qué son buscados para hablar en nombre de todas las personas con discapacidad- lo referente a los descuentos aplicados en centros de conveniencia, restaurantes, hoteles, farmacias, demostrando así su visión cortoplacista, acomodada y poco crítica de la realidad tremenda en la que viven la mayoría de sus congéneres. No quiere decir con esto que se esté en contra de que, por ejemplo, una persona reciba algún tipo de beneficio a la hora de adquirir sus medicinas, pues la falta de empleo y por ende la falta de recursos hacen muchas veces inalcanzable poder llevar a su casa los productos a la venta; lo cuestionable es el estancamiento, el conformismo y la difusión muchas veces excesiva que se les concede a este tipo de medidas, generando la percepción errónea de que todo marcha sobre ruedas y que se están atendiendo y satisfaciendo todas las necesidades elementales de la gente.

Aunado a lo anterior es importante mencionar también el enfoque que como personas con discapacidad le hemos dado a esta fecha, pues lo hemos encasillado muchas veces únicamente en el concepto de la solidaridad, palabra que hace referencia a un sentimiento, a la posibilidad de generar “unidad basado en las metas o intereses comunes”. Esto sin duda es el punto de partida, el inicio (pero solo eso) para caminar hacia la divulgación de conceptos más concretos como la inserción, la inclusión, etc. Pues el sentimiento de la solidaridad por sí mismo resulta insuficiente si no consigue que se den los pasos necesarios para lograr y alcanzar estadios de desarrollo, condiciones que le permitan a la persona ciega, a la persona sorda, etc. Vivir en situación de igualdad con el resto de su entorno, sintiéndose parte activa del proceso de producción que sostiene a un país.

Es en esto en lo que debemos hacer énfasis y enfocarnos a partir de ahora, tomando en cuenta y replicando actividades como las que este año ha llevado a cabo la UNAH, CIARH, entre otras; cuyo gran propósito  fue el de la inclusión y la inserción, haciendo fuerza en campos específicos como la educación y empleo, factores en los que más atrasada se encuentra la población con discapacidad en Honduras.

Es mucho lo que hay por hacer, son demasiados pasos los que se tienen que dar para que los hondureños en situación de discapacidad podamos sentirnos parte activa, beligerante e influyente en esta sociedad que se debate entre la pobreza, la violencia, los fraudes y la falta de democracia, etc. Es el Estado el primero que tiene que avanzar hacia la implementación de políticas públicas concretas, reales y objetivas que nos permitan el acceso igual y libre a la vida política, económica, cultural… anteponiendo y garantizando siempre la dignidad, condición inherente a todo ser humano.

La sociedad tiene que entender también que no somos seres extravagantes, súper humanos ni nada por el estilo. Tampoco somos personas a las que hay que compadecer, no padecemos de una discapacidad, no sufrimos por el hecho de ser ciegos, sordos, usuarios de sillas de ruedas ni ninguna otra discapacidad de cualquier naturaleza. Somos seres humanos iguales; acertamos algunas veces con nuestras decisiones, nos equivocamos en muchas otras, tenemos nuestras inclinaciones políticas o no, religiosas o no, nos formamos y educamos cuando podemos, trabajamos si encontramos espacios, salimos a tomarnos unas cuantas si nos gusta, vamos al estadio, al teatro, al cine, leemos, nos informamos, tenemos criterio, tenemos capacidad para decidir sobre nuestra vida y nuestros actos, también queremos, también odiamos, decimos cosas bonitas, insultamos, votamos… ¿igualito verdad?. Sí; somos personas como usted, personas como vos. No somos incapaces, no tenemos “habilidades disminuidas”, no somos “especiales”, somos seres humanos que andan y van por ahí, buscando espacios, buscando escenarios y trincheras para acompañarles, caminar con ustedes y ayudarles a construir un país de todos, un país para todos, una patria justa, libre, incluyente, democrática.

Pretendemos ser independientes: solo necesitamos las condiciones adecuadas, los aparatos y las adaptaciones necesarias para conseguirlo.

Y por último, las personas con discapacidad tenemos que entender que el mundo no nació adaptado para nosotros, que no lo va a ser nunca en su totalidad. Tenemos que entender y asumir además que no basta con pedir al Estado las políticas públicas para nuestra inclusión y desarrollo, que no basta con pedir que la sociedad nos preste o nos regale los espacios y nos abra las puertas. Pues todo esto será en vano si nosotros que somos los protagonistas de este cuento no nos ponemos las pilas y comenzamos a demostrar en serio que si podemos, que somos capaces de defender nuestros derechos, que podemos luchar por verdaderas conquistas y transformaciones sociales, que no somos trampolín ni escalera para nadie; en fin, que tenemos los argumentos y las ideas suficientes para ser forjadores de nuestro presente, nuestro futuro y el de quienes nos seguirán en estos caminos de la vida.

Será así: participando activamente, incorporándonos a las actividades, aportando y trabajando para construir, siendo agentes de cambio como será posible decir que como hace algunos años, ya no es más de lo mismo el día de la solidaridad con las personas con discapacidad en Honduras.

 

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Escrito por:

Licenciado en Historia y apasionado por la radio.

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